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¿Trabajas para ganarte la vida o para ganar el derecho a consumir?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 02/29/2016

¿Por qué soñamos con el trabajo de nuestros sueños y no con la vida ideal?

Si no dejaste tu trabajo en 2013, este podría ser el año.

El consumo parece ser la categoría predominante de nuestros tiempos: a los humanos nos encanta dividirnos por nacionalidades, géneros, raza o preferencias de todo tipo, pero nada segrega más en la práctica que la capacidad de consumo. No nos referimos solamente a la adquisición de todo lo necesario para sobrevivir, desde comida hasta vestido y alojamiento, sino a la subdivisión infinita de esas necesidades en opciones de consumo hiperpersonalizadas.

El hombre más rico del mundo, Carlos Slim, incluso se ha manifestado a favor de que la semana laboral sea de 3 días, y aunque los avances en materia de robótica y cibernética todavía no nos entregan un futuro donde el trabajo sea un placer más que un engranaje del sistema, en el presente, el trabajo de muchas personas ni siquiera les alcanza para cubrir esas “necesidades básicas”, mientras que otras se estresan más allá de toda racionalidad por participar en la vida del consumo.

¿Pero qué ocurre si nuestras necesidades “básicas” no pasan por adquirir los nuevos gadgets de la temporada sino por hacernos de tiempo libre para el ocio y la contemplación? ¿Qué sucede cuando lo “básico” para nosotros es aire y agua limpios, convivencia familiar, tiempo para organizar nuestra biblioteca o nuestra colección de libros o estampillas? ¿Por qué trabajamos, a pesar de que el estrés asociado al trabajo es nocivo para la salud? Escapar del consumo en masa no es cosa fácil, pero es posible hacernos una pregunta pertinente: ¿trabajamos para ganarnos la vida o para ganar el derecho a consumir?

Mohit Satyanand dejó de trabajar en una oficina hace unos años luego de visitar un paradisíaco lugar en las montañas de la India, donde decidió quedarse con su esposa para criar a su hijo durante sus primeros años. Comenzó a trabajar remotamente y, aunque pronto se dio cuenta de que ganaba una fracción de lo que le pagaban en su trabajo regular según sus años de experiencia, se sentía agradecido porque su calidad de vida estaba tasada según términos relevantes para él.

Satyanand no pasa por alto algunas de las desventajas: su auto es una antigüedad, y concede que el aislamiento extremo de la civilización no es para todos, pero renunciar al consumo masivo le dio una sensación de independencia y autonomía imposible de definir.

Probablemente la mayor lección que podríamos extraer de ese caso es lo que dice cuando le preguntan cómo hizo para poder tener esa vida: según Satyanand, la clave es no pedir permiso. No va a llegar nadie a darte la libertad para vivir tu vida en tus propios términos, pero sin duda llegarán muchos a decirte cómo debes vivirla según los de ellos. El mercado es parte de esa fuerza que pretende que todos vivamos pendientes de la moda y el consumo simplemente para mantener dicho mercado con vida. (Queda pendiente explorar el potencial político del consumo dirigido: ¿qué pasaría si la gente se comportara como ciudadanos y utilizara su poder de consumo para pedir sistemáticamente mejoras en las condiciones de vida de quienes producen lo que ellos consumen, que muchas veces viven en condiciones de esclavitud? ¿Qué pasaría si penalizamos a las marcas o productos que dañan el medio ambiente y que no dan buenas condiciones laborales a su personal, en favor de otras que sí?).

Sin duda dejar de trabajar no es una opción para muchos de nosotros, pero aunque siempre existan las famosas “cuentas por pagar”, hay que preguntarnos de vez en cuando qué haríamos si no tuviéramos el trabajo que tenemos. Simplemente por el hecho de tener acceso a Internet (y estar leyendo esta página, por ejemplo) seguramente vives en un mundo que millones de personas considerarían privilegiado, incluso “excéntrico”; podemos pensar que para un pescador en Guerrero o un minero en Sierra Leona, comprar el último videojuego/la última camioneta/el último smartphone/beber cafés saborizados/asistir al cine/etc., son ocupaciones superficiales e incluso excéntricas, y (también en el orden de la suposición) experimentan la alienación laboral de otra manera.

Si bien no es posible desentenderse por entero del trabajo (al menos no sin asumir ciertos riesgos, como estas personas que no sólo se alejaron del trabajo sino de la sociedad en su conjunto), trabajar únicamente por la opción de participar en la cultura del consumo suena bastante tonto. Pero si participar en dicha cultura es una respuesta válida para ti, seguramente existen razones igualmente válidas para asumir la alienación capitalista con alegría (pero ignoramos dichas razones). En otras palabras, ¿buscas el trabajo de tus sueños o la vida de tus sueños? ¿Una y otra son enteramente compatibles? Déjanos saber qué opinas en los comentarios.

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Mirar a otra persona a los ojos puede inducir un estado alterado de conciencia (ESTUDIO)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 02/29/2016

Un inquietante experimento mostró los efectos de mirar fijamente a una persona e incluso la propia mirada, los cuales semejan a los que producen ciertas sustancias psicoactivas

Los ojos, se dice, son la ventana del alma, metáfora que muchos hemos escuchado y quizá incluso empleado y que por ello mismo podría parecernos gastada pero, curiosamente, ocurre justo lo contrario: no ha perdido sentido. La mirada es una especie de portal tanto del yo como del otro, una vía de dos direcciones por la que transmitimos lo que somos pero también por la cual el otro puede adentrarse a eso mismo. “En su mirada insolente veo escrita mi ruina”, dice un verso de Fedra de Racine que ha sido glosado por Slavoj Zizek y el cual, dejando un poco de lado su tono trágico, da cuenta de esa condición dialéctica de la mirada, cómo ésta es el punto de encuentro del yo y el otro, del acto y el pensamiento, de lo real y lo imaginado: miramos y alguien nos mira, siempre, y en ese campo intermedio que surge ocurren muchas cosas.

En uno de los estudios psicológicos más sorprendentes con respecto a la mirada, hace un tiempo el investigador italiano Giovanni B. Caputo, de la Universidad de Urbino, encontró que mirar a otra persona continuamente a los ojos puede inducir un estado alterado de conciencia, similar a lo que sucede cuando se consumen ciertas sustancias psicoactivas.

Caputo reunió a 50 voluntarios para realizar dos experimentos. En uno, tomó a 30 personas para formar 15 parejas, cada una de las cuales fue conducida a una habitación en donde sus dos integrantes se sentaron frente a frente con una separación de 1m. Aparte, a manera de grupo de control, los 20 individuos restantes estuvieron también en una habitación pero mirando únicamente hacia la pared. El otro experimento consistió en que los 50 participantes miraran fijamente su propio rostro en un espejo, enfocándose en sus ojos. En ambas pruebas, el tiempo de cada sesión fue de 10 minutos de observación sostenida y, por otro lado, los resultado se recabaron por medio de un cuestionario con preguntas a propósito de la experiencia.

Entre lo más sorprendente, Caputo y su equipo encontraron que varios voluntarios comenzaron a alucinar, 90% de ellos con la deformación del rostro que tenían enfrente (propio o ajeno) y 75% con figuras monstruosas que parecían surgir de la nada y enfrente suyo. Muchos también dijeron sentirse “desconectados” de la realidad o abandonados en una especie de vacío.

Estos resultados son sin duda inquietantes y de algún modo, entre otras cosas, nos hacen preguntarnos qué hay en la mirada del otro que puede ser tan perturbador –y aun en la propia mirada, que en cierta medida no es sólo nuestra, sino también del otro.

Para cerrar compartimos este video de The Artist Is Present, una retrospectiva de la obra de la artista Marina Abramovic presentada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 2010. Como parte de esta exhibición, Abramovic realizó un performance en el que se sentó de un lado de una mesa para mirar a otra persona en el lado opuesto; muchos de ellos fueron desconocidos, visitantes azarosos a la muestra, quienes por alguna razón (que, curiosamente, no se sugieren en el estudio que reseñamos) terminaron llorando en casi todos los casos. El punto culminante del performance fue el encuentro entre la artista y Ulay, su pareja sentimental durante 20 años y con quien también emprendió muchos proyectos creativos. También casi 20 años después de su separación, los artistas se encontraron. O dicho de otro modo, sus miradas se encontraron.

 

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