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Un recuento de 5 cualidades que hacen del catolicismo una religión más bien regresiva, en vez de progresista

La importancia de las religiones en el desarrollo civilizatorio de la humanidad es insoslayable. Las religiones han fomentado el sentido de comunidad y de pertenencia, en otros momentos han sido nodos de conocimiento que fomentaron la investigación de la realidad, proveyeron explicaciones del mundo y también soporte emotivo y, en suma, han ocupado un lugar preponderante en nuestra historia cultural, intelectual y aun de nuestra cotidianidad.

Sin embargo, que las religiones sean importantes no quiere decir que sean completamente provechosas. Hablando aún en términos generales, las religiones tienen un gran historial de obstrucción, censura y prohibiciones, nacidas en buena medida de esa cualidad tan inherente a su estructura que es imponer su manera de entender y vivir el mundo, sus valores, sus ideas, sus objetivos y más.

En el caso especifico del catolicismo, la historia de su desarrollo es sumamente interesante, pues pasó de ser una fe más bien marginal, surgida en una esquina del mundo, a convertirse en una religión mayoritaria, que cumplió tanto como pudo la vocación universalista que lleva etimológicamente en su nombre y que, a la fecha, congrega a poco más de mil millones de creyentes.

En este sentido, el impacto del catolicismo en la historia es notable y quizá incluso decisivo. De las esferas de lo social y lo político al corazón mismo de la psique del individuo, la estela del catolicismo se erige como uno de los elementos constituyentes de nuestra realidad, para bien y para mal.

A continuación compartimos una breve enumeración de cualidades y momentos por los que el catolicismo podría considerarse un sistema de creencias más bien regresivo, en vez de progresivo. La hemos elaborado con un espíritu crítico, el mismo que se encuentra en la famosa y elocuente línea del Evangelio de San Juan: “La verdad os hará libres”.

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Su cercanía con las élites políticas

Desde que se volvió una religión mayoritaria y, con ello, demostró una enorme capacidad de influir en una enorme cantidad de personas, el catolicismo ha tenido una relación estrecha con las élites políticas. Desde los reinos medievales hasta las dictaduras latinoamericanas de mediados del siglo XX, es posible encontrar muchos momentos en que la jerarquía católica se ha alineado preferentemente con los gobiernos en turno en vez de con la grey a la que en el discurso asegura cuidar.

 

Su inclinación al conservadurismo

En términos generales, el ideario católico es conservador, desde casi cualquier ángulo que se le observe. En el ámbito sexual, por ejemplo, sabemos bien que la prohibición es el espíritu de sus “virtudes”. En el terreno intelectual existe una frontera que, por definición, vuelve imposible la libertad de pensamiento: el dogma. Socialmente su estructura jerárquica, piramidal, en donde se debe obediencia a alguien superior, también propicia la conservación del statu quo, antes que su revolución.

 

Y, por consecuencia, su desprecio por las oportunidades de cambiar

El catolicismo ha tenido oportunidades de ser diferente, pero en muchos de esos casos ha optado por permanecer igual. Uno de los momentos más revolucionarios de su historia reciente estuvo en el surgimiento de la Teología de la Liberación, un movimiento de sacerdotes latinoamericanos caracterizado por una lectura “social” del Evangelio. A diferencia de las directrices nacidas en el Vaticano, los teólogos de la liberación interpretaron las enseñanzas de Jesucristo como preceptos que llamaban a luchar por una mejor vida en este mundo, en especial para los más desfavorecidos, los “condenados de la Tierra”, por usar la expresión de Frantz Fanon, en vez de conformarse con la promesa de retribución en el Reino de los Cielos. Previsiblemente, las autoridades máximas de la fe reaccionaron en contra de tal postura (en especial por su cercanía con la manera marxista de entender el mundo) e impusieron severas sanciones a sus principales representantes.

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Por su contribución en la construcción de la neurosis, la histeria y otros trastornos mentales

Como mencionamos antes, la ideología católica se distingue por imponer sobre la sexualidad pesadas cadenas prohibitivas, lo cual, llevado al desarrollo psíquico del sujeto en un contexto social y familiar, deviene en la represión de ese elemento tan propio de nuestra naturaleza pero con el añadido de nociones como la culpa, el castigo, el cargo de conciencia y otras. El sujeto desea, porque es inevitable, pero por causa del catolicismo y sus prohibiciones se ve orillado a negar ese deseo, esconderlo, sentirse avergonzado de desear y más. Y eso, por decirlo de alguna manera, es el camino que lleva.

 

¿Moral de esclavos?

Famosamente Nietzsche acusó al cristianismo de propagar una “moral de esclavos”. Más allá de las tergiversaciones que se dio a este concepto, vale la pena rescatar esa tendencia hacia la medianía y la pasividad que se detecta en los valores que el cristianismo, de origen, ha tenido en alta estima: la humildad, el sometimiento, la pobreza, la debilidad. El “Sermón de la Montaña” es la síntesis de dicha postura ante el mundo y la realidad, y aunque es cierto que, por ejemplo, los teólogos de la liberación dieron una lectura mucho más combativa a éste y otros textos, en general su interpretación se ha dado en el sentido de esperar antes que actuar, diferencia que, en breve, es uno de los núcleos de la crítica de Nietzsche al cristianismo.

A propósito de este tema, compartimos este enlace a una versión digitalizada de Nietzsche y el cristianismo, de Karl Jaspers.

 

¿Hay otras razones que hacen del catolicismo una de las peores religiones de la historia? Contribuye a esta lista en los comentarios.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Sólo percibimos un fragmento insignificante del espectro electromagnético, sólo escuchamos una minúscula parte de las ondas sonoras, el universo es casi todo invisible y las cosas están fundamentalmente vacías

Probablemente no es más que la costumbre --la habituación de miles de años como especie y la de la cultura en la que nacemos como individuos-- la que nos hace ver el mundo de cierta forma y no de otra. Creemos comúnmente que el mundo es estable, sólido, tridimensional y está fundamentalmente compuesto sólo de lo que podemos ver, tocar, escuchar, oír y saborear. Pero esto es apenas una pequeñísima rebanada de la realidad: sólo percibimos un porcentaje de 1 en 10 billones del espectro electromagnético, por citar sólo un ejemplo. Es con este fragmento que reconstruimos la realidad y, más aún, es con este insignificante pedazo de todo lo que es que determinamos que existe una realidad determinada, correcta... y por default negamos todo lo demás. Es con este pequeñísimo reducto en la ventana del mundo que definimos el paisaje de la totalidad y que construimos todos nuestros conceptos: nuestra ideología política, nuestra cosmología, nuestra visión religiosa, nuestro comportamiento sexual, etcétera.

La realidad siempre será más de lo que podemos aprehender y quizás es imposible abarcarla toda, a menos de que nos podamos convertir en un gigante del mismo tamaño del universo. Dentro de esta carencia, sin embargo, queremos, incluso necesitamos, encontrar sentido y obtener seguridad --a riesgo de ser devorados por la incertidumbre o por el mismo vacío que constituye la inmensa mayoría de las cosas (¡las cuales de hecho están levitando sobre un campo electrostático y nunca realmente tocamos!): 

99.9% de los átomos están constituidos por espacio vacío.

96% del universo es invisible, está compuesto de materia y energía oscura, mayormente desconocida para la ciencia.

Percibimos ondas electromagnéticas entre 430 y 70THz, esto es sólo 0.0035% de todo el espectro electromagnético.

Escuchamos sonido sólo entre 20Hz y 20 kHz. Algunos animales pueden escuchar frecuencias hasta cinco veces más altas y varias veces más bajas. El ámbito de lo que percibimos sobre el total del espectro de audio es igualmente inane. 

El neurocientífico David Eagleman escribe:

Cada organismo asume que su unwelt [su ambiente] es la totalidad de la realidad objetiva. Hasta que un niño aprende que las abejas disfrutan de señales ultavioletas y las cascabeles ven infrarrojo, no se vuelve obvio que existe gran cantidad de información transmitiéndose en canales a los que no tenemos acceso natural. De hecho la parte del espectro electromagnético visible para nosotros es menos de 1 en 10 billones del total. Nuestro sensorium es suficiente para movernos en nuestro ecosistema pero no más.

¿Cómo cambiaría nuestro concepto del mundo si pudiéramos ver la luz invisible? ¿Qué importante información en los extremos de los espectros de luz y sonido se nos revelaría? 

En este video Eagleman explica gráficamente, con una ilusión óptica, por qué la percepción de la realidad tiene que ver más con lo que pasa dentro de nosotros que con lo que pasa afuera, en el mundo exterior.

Evidentemente es posible ver más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos, utilizando herramientas tecnológicas, pero cómo saber que los resultados que obtenemos y las interpretaciones y las conclusiones a las que llegamos son las acertadas cuando estamos filtrándolas a través de una percepción condicionada por un aspecto limitado de la realidad. ¿Acaso no es necesario también extender nuestros sentidos, refinar nuestra percepción para cubrir un mayor aspecto de la realidad? En otras palabras, no sólo un progreso tecnológico externo, por ejemplo, en hacer un telescopio que pueda ver más lejos, también incrementar la habilidad de pensar de un científico y su capacidad de ver más. 

En el budismo se habla de que existen 32 mundos (lokas) o planos en los que la mente puede existir, de los cuales sólo habitamos actualmente en uno. Una interpretación teosófica de las enseñanzas esotéricas del hinduismo sostiene que el ser humano tiene siete cuerpos, desde el cuerpo físico hasta el atman o cuerpo espiritual idéntico a la divinidad, es decir, que el cuerpo que conocemos es sólo uno de siete más que yacen de alguna manera ocultos. Esto nos puede parecer inaudito, aberrante, pseudociencia rampante, delirio alucinatorio, lo que sea. ¿Pero cómo estar seguros si apenas podemos percibir tan pequeño porcentaje del pastel electromagnético de la realidad? ¿Cómo saberlo si cada uno de nosotros está mirando desde un túnel de realidad? Esto nos puede llevar a un razonable agnosticismo y al asombro o a la impotencia ante nuestra pequeñez e insignificancia o, si creemos que la realidad no sólo existe sino que es cognosible en nuestro estado actual, a afirmar entonces que el ser humano cuenta con capacidades subyacentes de percepción con las cuales puede penetrar más allá de los velos materiales y observar y entender lo que normalmente es invisible. En el cuerpo humano, en el crecimiento de un árbol, en la vibración de una ola, entender las leyes universales que rigen el inconmensurable espacio cósmico. Como aquí en todas partes: la razón humana capaz de deducir de un fragmento la totalidad (¿la suerte o divinidad de que el universo sea esencialmente un holograma?). O, aún más que la razón, que tengamos una misteriosa cualidad perceptiva que nos hace encontrar en nuestra profunidad una ventana al cosmos más precisa y poderosa que el telescopio Hubble, como sugiere Lao-Tse en el enigmático Tao Te King:

Puedes conocer el universo

Sin salir de tu casa.

Puedes ver los caminos del cielo

Sin mirar afuera a través de tu ventana.

Dejemos esto entonces como una interrogante abierta, bajo la consideración de que en nuestro estado de capacidad perceptiva actual es más sensato notar que no sabemos, pero también que quizás podríamos saber, porque tampoco sabemos que no podemos saber. No sería exacto decir que la realidad no existe o que no podemos alcanzar a percibir la realidad, pero decir que ya hemos conquistado la realidad y que hemos llegado a una visión de la realidad satisfactoria es evidentemente una crasa ilusión. Así las cosas, sólo queda disfrutar de la incertidumbre, abrazar lo insondable e intentar seguir aumentando nuestra capacidad de percibir, de ver más lejos, de ver más claro, hacia afuera y hacia adentro. 

 

Twitter del autor: @alepholo