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¿Qué hace a los millennials la generación más conformista de la historia?

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/02/2016

A partir de lo que sucede en el pop y el rock contemporáneo es posible trazar un perfil generacional del conformismo al que el estilo de vida contemporánea ha orillado a esta generación
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Imagen: Rafiq Sarlie (Flickr)

Ahora para muchos la denominación “millennial” es conocida o al menos identificada. Se trata de un segmento generacional específico que, según algunos analistas de lo social, comparte algunas características, entre otras:

-Su fecha de nacimiento: algún momento entre mediados de la década de 1980 y principios de los años 2000 (años más, años menos).

-Psicológica y conductualmente presentan cierta tendencia al egoísmo, el narcisismo y otras formas vivir el mundo casi exclusivamente desde el yo (de ahí también que, en cierto momento, se les conociera como “Generation Me”. En ese sentido, los propios millennials se han reconocido como absortos en sí mismos, derrochadores e incluso codiciosos. A diferencia de otras generaciones, en esta muchas cosas se toman como transitorias, fugaces, volátiles, como si todo participara del ciclo de compra-desecho-reemplazo necesario para el consumismo en que vivimos desde hace poco más de 20 años.

-También como rasgo de comportamiento presentan el llamado “síndrome de Peter Pan”: como el personaje de J. M. Barrie popularizado por Walt Disney, en cierta forma los millennials también son, en ciertos aspectos, niños que se niegan a crecer, jóvenes que rehúyen a las responsabilidades y el estatus de la edad adulta (independizarse de los padres, comprometerse con algo, etcétera).

-Políticamente son más proclives al liberalismo y sus batallas: las uniones civiles entre personas del mismo sexo, la legalización del uso recreativo y medicinal de ciertas sustancias, etcétera.

-Económicamente es algo similar: difícilmente se plantean una alternativa real al capitalismo, sino más bien los espacios liberales que se ofrecen dentro de éste: el voluntariado, la cooperación (en formas como el crowdsourcing), el “emprendedurismo”, etcétera.

Este perfil es sucinto y quizá no del todo exacto, pues mucha de su definición pasa por las formas de vida según se caracterizan en la ideología dominante. Dicho de otro modo, es claro que un joven neoyorquino de clase media no vive en las mismas circunstancias que un joven en Caracas, en Río de Janeiro o en Cali, aun cuando estas podrían ser equivalentes. Con todo, es posible hablar de ciertas similitudes. El adjetivo dominante no es gratutito: este sistema tiene medios suficientes para crear un entorno en donde la mayoría nos formamos de manera similar, con valores parecidos, a veces con los mismos propósitos y objetivos de vida. Por eso es posible encontrar millennials en Los Ángeles, Ciudad de México y Cali. Jóvenes que escuchan a Justin Bieber o Tame Impala, que tienen cuenta de Facebook, que apoyan las luchas por los derechos de los animales, que viven en la casa familiar tanto como puedan.

¿Pero cuál es la síntesis de todo esto? Si es posible hablar de un solo rasgo que caracteriza a los millennials, tal vez este sea que no sufren. En comparación con generaciones anteriores, cierto sector de los jóvenes de ahora tiene acceso a una mejor educación, empleos mejor pagados, mejores servicios públicos, más información y de mejor calidad, etc. Y esto no es un discurso político de país subdesarrollado. Es una realidad más o menos fácil de comprobar con sólo voltear a mirar las circunstancias propias: en varios casos los millennials son la primera generación con estudios universitarios de su familia, o con un posgrado; muchos de ellos trabajan en el sector de servicios, lo cual muchas veces supone un trabajo físico menos desgastante a cambio de un salario suficiente o francamente bueno; una computadora, un smartphone, una tablet: gadgets que los millennials tuvieron pronto en su vida, a diferencia de sus padres, por ejemplo, o aun generaciones más cercanas, para quienes el acceso a la tecnología no fue así de sencillo ni inmediato.

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Imagen: wackystuff (Flickr)

Todo esto, en general, nos habla de un estado de bienestar en el que los millennials crecieron y se formaron para, eventualmente, sustraerlos a la noción y la experiencia del sufrimiento, ese sufrimiento que, como bien sabían Nietzsche y los estoicos (entre varios más), templa la vida como la espada en la forja, nos enseña a apreciarla y entenderla mejor, en todos sus matices, nos da conocimiento y sabiduría. El sufrimiento que, por otro lado, tanto se empeña esta época en evitar, evadir, ignorar, esconder detrás de paliativos gozosos y recompensas efímeras: el entretenimiento, la distracción, la procrastinación y más.

Quizá, parafraseando el famoso título de Raymond Carver, podríamos preguntarnos por qué sufren los millennials cuando dicen sufrir. Porque, en efecto, por ciertas manifestaciones culturales sabemos que los millennials también sufren, aunque no por las causas que antes provocaban pesar.

A partir de la situación contemporánea de la música pop y rock que domina los top charts en Estados Unidos y otros países del mundo, el Tumblr POWERevolution publicó hace poco una interesante entrada a propósito del conformismo de los músicos millennials. Además de la tesis de la evasión del sufrimiento que hemos reformulado aquí, el redactor introduce otro elemento señalado anteriormente pero en este caso relacionado con la vida de goce perpetuo. Éste, de alguna forma, se convierte en una vida absorta en sí misma, sin ninguna otra preocupación más que la trivialidad de una existencia vacua en donde la carencia de sentido se llena con el consumo y el reemplazo incesante de mercancías (o de experiencias tratadas como mercancías). Al respecto de los músicos (y sus consumidores millennials) se lee en el artículo:

El mejor arte nace usualmente de la lucha, sea personal o empática. Y el estilo de vida de muchos de nuestros músicos más populares es cualquier cosa menos difícil. Su música no está basada en experiencias de vida, golpes duros o asuntos políticos o sociales. Tonterías ensimismadas, imbéciles, que harían sonrojarse a John Lennon con la vergüenza de toda la especie humana. Los “artistas” populares de hoy son una racha de llenos totales que no pueden estar contentos con la mansión que su música les permite. Necesitan una línea de fragancias, de ropa, un trabajo como conductores de un show, ganancias comerciales, para así poder adquirir todavía más cosas que no necesitan. Y muchos de los millennials de hoy se lo compran. Creen que si no se meten en lo que no les importa, si se mantienen lejos de los problemas, si nunca desafían al sistema y trabajan para mantener el mismo estilo de vida que sus ejemplos, hacen lo correcto. Obviamente la realidad es que eso los ha convertido en completos tontos.

El artículo abunda en circunstancias que, al menos en el ámbito musical, hacen de esta época millennial una más conformista y adecuada del todo a las necesidades del sistema (antes que a las propias). Una de éstas, entre las más inquietantes, es el control que tomaron los grandes consorcios de las estaciones de radio en Estados Unidos, con lo cual la programación y las prioridades radiofónicas viraron paulatinamente hacia lo comercial, en detrimento de lo artístico. La radio se convirtió en un negocio y poco a poco dejó de ser un medio de difusión de propuestas creativas y artísticas. “Los millennials se encuentran entre los más vulnerables porque no tienen una conexión personal con la época en que la música importaba”, se dice en la nota.

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Imagen: powerevolution.tumblr.com

¿Es posible extrapolar esta situación en la música a una suerte de malestar generalizado de la cultura en tiempos de los millennials? Al menos para fines del discurso y la discusión, podríamos intentarlo. Para nadie es un secreto que, por un lado, desde hace unos años las corporaciones se han erigido como el verdadero poder detrás del poder, sus intereses se imponen a los de los gobiernos y las poblaciones nacionales, su influencia trasciende fronteras y es capaz de burlar casi cualquier obstáculo. Por otro, el mercado millennial es uno de los más suculentos y anhelados por parte de las marcas comerciales, de todos los tamaños y todos los productos, porque saben que los jóvenes contemporáneos difícilmente conocen otra forma de vida distinta al consumo constante (de información, de productos, de experiencias, etcétera).

La situación del millennial, es cierto, no es sencilla. Aunque se trate de una elección desafortunada de palabras, en vista de los muchos malentendidos que suscitó, la definición marxista de ideología como “falsa conciencia” lleva algo de razón, al menos en este caso. ¿Cómo resistirse a ese paraíso que ofrecen las marcas y las corporaciones? ¿Cómo renunciar a eso tan inmediato, tan fácil de alcanzar, a cambio de algo que aunque quizá se quiera, se percibe incierto, distante, a medio camino entre su consecución o el fracaso?

¿Cómo renunciar a eso que aunque quizá sea falsa conciencia, se presenta con toda la apariencia de lo auténtico y lo real?

 

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La oración ha perdido su esencia de recogimiento místico en un mundo materialista, sugiere el papa Francisco

Unos días antes de su llegada a México, el Papa Francisco dio unas interesantes declaraciones sobre cómo la oración se percibe hoy en día. No haya nada que la economía y la visión utilitaria y mercantilista de nuestro paradigma actual no toque, incluso lo más íntimo --que es la relación entre el individuo y la divinidad-- ha sido invadido por una mentalidad de usufructo y ganancia. 

Según informó la agencia Notimex, Francisco dijo que la oración no debe emplearse para obtener beneficios como si uno “tomase una aspirina” o “un negocio”. 

“No es así, ‘yo rezo para obtener esto', porque eso es un negocio. No es así, la oración es otra cosa, es una obra de misericordia espiritual, que quiere llevar todo al corazón de Dios: ‘toma tú que eres padre'. Es simple, es esta relación con el padre. Es un don de fe y de amor, una intercesión que se necesita como el pan”, dijo el papa en la Plaza de San Pedro en el Vaticano ante 80 mil fieles. 

La idea que manifestó el papa nos puede parecer sorprendente, ¿para qué rezar si no es para obtener una mejoría, un milagro o algo? En nuestra concepción de la naturaleza todas las cosas se hacen con la intención de producir un efecto. Pero es justamente por esto que la religión mantiene que el acto de unión con la divinidad debe mantenerse alejado de este ímpetu utilitario, preservar de alguna manera un santuario de pureza en el corazón. La única razón para rezar es el rezo mismo, es decir, el deseo de rezar, la necesidad mística de acercarse a la divinidad, no de recibir algo a cambio. La introspección de la oración podría pensarse como un acto de entrar en un templo o en un jardín, no como llamar por teléfono a alguien o formarse en un banco a pedir un préstamo. La actitud de alguien que ora, entonces, es la de admiración y gratitud ante la belleza y la bondad. 

Para muchos estas ideas no tendrán cercanía, especialmente ante una sociedad mayormente secular, pero pueden ciertamente asociarse con todo aquello a lo que le damos más importancia y significado en nuestras vidas: escribir un poema, ver a un amado o a una amada, contemplar las estrellas. ¿Para que hacer estas cosas? Sería un despropósito pensar que uno escribe un poema para ganar dinero o recibir la admiración de los demás, o que uno visita a su amada para gratificarse o suprimir un deseo sexual, etc. En todo aquello que es más puro y noble, en todo aquello que existe honestidad, el individuo se da a sí mismo sin buscar recibir nada a cambio: y así recibe el más grande don que es la unidad, la cual sólo es posible al abandonarse a sí mismo, al hacerse uno con el objeto al cual dirige su atención. 

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La visita del papa Francisco a México representará enorme ganancias económicas para la Ciudad de México y otras entidades, que ya planean revitalizar el "turismo religioso". Además, podrá servir de una valiosa distracción de uso político con el riesgo político de que el papa se pronuncie en contra de las atrocidades e injusticias que han cometido los diferentes gobiernos que visita, según ha sido la costumbre de este papa de ser más frontal. Algunos analistas creen que debido a las enormes ganancias que representa también México para el Vaticano, el papa será mesurado y dirá lo que piensa pero en reuniones privadas, donde tratará de tener injerencia política.

En este sentido es indudable (y quizás inextricable) que la religión y el capital se han mezclado (empezando por el mismo Vaticano hace mucho ya). Estas muestras multitudinarias, estas procesiones político-religiosas sustituyen la verdadera necesidad de experiencias religiosas y místicas, las cuales son canjeadas por la idolatría circense y el "show business". Los actos políticos y criminales de la religión institucional han ensombrecido el nombre de todo lo religioso, y en su alarma nos han hecho dejar de notar que el mundo, avanzando hacia la secularidad, sigue necesitando de principios y valores atemporales que le den significado a nuestras vidas. Detrás de la pompa religiosa y la aparatosidad, persiste la llama ardiente del corazón místico y de la experiencia mística como uno de los actos esenciales de la humanidad.

 

Twitter del autor: @alepholo