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Juan José Arreola consigue hacer pasar al camello por el ojo de una aguja

Arte

Por: Adán de Abajo - 02/17/2016

Para mantener a su esposa y a sus pequeños hijos, el joven juglar, además de narrar historias y dar clases de literatura y de francés, ejerció el oficio de vendedor ambulante por varios años. En una ocasión se dedicó a intentar vender al público de su pueblo un aparato para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja

No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.

Juan José Arreola, Confabulario

 

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La gente se arremolinaba alrededor del joven juglar, fascinada y a la vez poseída por cierto temor, debido a su curiosa y poco común figura y su aún más singular habla, gestos y ademanes. Ataviado con desmodados sacos de terciopelo y estrafalarios sombreros de copa que nadie se atrevería a portar. Llamativos moños en el cuello, iguales a mariposas nocturnas y raras posadas sobre su camisa. Aparentaba, más que un muchacho con 21 años de edad, tratarse de un excéntrico caballero de la Europa del siglo XVIII.

Aun a pesar de que muchos le temían y soltaban habladurías sobre su persona, no dejaban de congregarse a su alrededor al encontrarlo por las calles de la pequeña ciudad o en los cafés  de la misma, en donde mantenía entretenidos con sus monólogos durante horas a sus amigos, a los curiosos y sobre todo a las muchachas bonitas.

Lo lanceaban con sus preguntas insistentes y obsesivas sin dejarle tregua. Todos tenían noticia de su memoria prodigiosa, enciclopédica, y de la proverbial facilidad de palabra con que narraba cuentos, historias, del mismo modo que recitaba versos, coplas y letras de antiguas melodías. Sabían de sus conocimientos infinitos sobre diversos campos del saber humano. Como él mismo confesara años más tarde en el prólogo de uno de sus libros, el habla y la conversación de campesinos y rancheros de su pueblo natal sería su principal escuela. Además de la biblioteca de su maestro de segundo de primaria, el humilde profesor José Ernesto Aceves, quien lo introduciría en el mundo de los poetas. Sabía de memoria novelas completas, cuentos de muchísimos autores y libros enteros de poesía en español, francés e inglés. A los 12 años había leído ya a Baudelaire, a Giovanni Papini, a Zolá, a Dickens, a Víctor Hugo y a muchos otros, en no pocas ocasiones en su lengua original. Era además un implacable y célebre jugador de ajedrez.

Como a todo buen juglar, quien jamás es profeta en su tierra, a veces se le olvidaba que había nacido en el mismo pueblo que sus perseguidores: Zapotlán el Grande, ahora conocido como Ciudad Guzmán, en Jalisco.

En esta ocasión lo acosaban con el rumor de que conocía de memoria la última versión del parto de los montes, una narración del dominio público que a muchos intrigaba, de la cual se decía que el flacucho juglar conocía el inicio.

Los curiosos y resentidos cerraron su paso mientras se dirigía a su trabajo en el colegio de monjas francesas donde impartía clases de literatura, redacción y francés a muchachos de secundaria. Lo amedrentaron y amenazaron con lincharlo en la plaza pública, frente a la catedral, si no se los contaba. Él se defendió igual que gato erizado, diciéndoles que en breve lo compartiría con todos en edición impresa a través del único periódico del pueblo, del cual era también periodista, para que lo leyesen y tuviesen acceso a él. Pero la gente era demasiado exigente con su modesta persona, acostumbrada a las bellas luces y fuegos artificiales de sus charlas, narraciones, pláticas y disertaciones en público. Como a buen juglar, querían escuchar el relato de sus propios labios. Le exigieron a toda costa, por sobre todas las cosas y en ese mismo instante, que les narrara el inicio de la última versión del parto de los montes.

 

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Unos años antes marchó hacia la Ciudad de México, contando tan sólo con 3 años de la escuela primaria como únicos estudios formales, con la finalidad de estudiar teatro, abandonando al poco tiempo sus clases debido a su impulsivo autodidactismo y al gusto por pasar las horas más bien sumergido en las bibliotecas de México y en los cafés, charlando con sus incontables amigos, declarándose autodidacta desde entonces.

Su infancia transcurriría en plena Guerra Cristera, con monjas y curas escondidos en pasadizos secretos de antiguas casonas en Zapotlán y Guadalajara, misas clandestinas y rosarios a la media noche, en catacumbas, cuando los federales no pudiesen detectar a los fugitivos católicos.

Como principal formación, su padre, hombre a la vez práctico y soñador, simplemente lo pondría a trabajar, desempeñándose desde entonces en los más variados oficios: encuadernador, vendedor ambulante, periodista, corrector de estilo, difusor de la cultura, cuentacuentos, gramático, traductor, actor, guionista de teatro y cine, juglar e impresor.

En Guadalajara conocería al actor Louis Jouvet, quien le proporcionaría una beca del gobierno francés para viajar a París e involucrarse en el teatro como espectador y extra en puestas en escena de las obras de Shakespeare. Empero, ni su frágil salud ni su delicado temperamento nervioso le permitirían adaptarse al frío clima europeo, viéndose obligado a regresar a México, donde proseguiría trabajando, leyendo, contraería matrimonio y escribiría su primer libro y luego otros más.

El público de resentidos y curiosos que lo atosigaba no tendría piedad con él, consiguiendo acorralarlo y convencerlo al fin. No le quedaría más remedio que ponerse de pie, muy derecho, sobre una de las bancas de la plaza principal de Zapotlán el Grande. Se aclaró la garganta, a su alrededor se encontraban por lo menos cuarenta y tantas personas congregadas, a la expectativa del añorado inicio de su relato del parto de los montes. Repentinamente, un “calor de nido” se apoderó de su axila, debajo de su camisa y su chaleco. Algo comenzó a moverse, tierno y delicado: era un diminuto ratón blanco, casi recién nacido.

 

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Para mantener a su esposa y a sus pequeños hijos, el joven juglar, además de narrar historias y dar clases de literatura y de francés, ejerció el oficio de vendedor ambulante por varios años. En una ocasión se dedicó a intentar vender al público de su pueblo un aparato para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Se trataba de un producto muy seguro para comercializarse, recomendado desde hace 2 mil años por el mismísimo Jesucristo. ¿Quién no lo adquiriría?

Para ello hizo toda clase de experimentos lingüísticos, alquímicos y narrativos. Redujo al camello primero desde su estado animal a su expresión química más pura: un diminuto derivado del zinc, haciendo gala de toda clase de conocimientos sobre física, química, gramática, fonética y matemáticas. Para atraer a la mayor cantidad de público, adoptó el nombre de un físico alemán: Arpaud Niklaus, producto de su enorme e incansable imaginación.

La consistencia del zinc, aunque breve, no era aún lo suficientemente pequeña como para penetrar el ojo de la aguja. Se esforzó aún más por reducir al camello hasta su parte más ínfima: la eléctrica. Al igual que el escritor y astrónomo inglés Rodney Collin señala: la expresión más pura de la energía consiste en electrones libres, los cuales son la manifestación cuántica del alma. Ellos vienen del Sol y regresarán a él cuando logren cumplir su ciclo cósmico, y tal vez luego irán más allá, hacia otra galaxia: Sirio o Antares. Un pedazo de las estrellas que todos los seres en el planeta Tierra poseemos en nuestros corazones.

El alma del camello consiguió al fin penetrar el ojo de la aguja sin ningún problema, deslizándose a través de él y teletransportándose hacia el otro lado del diminuto instrumento, transformada en un delgado hilo de energía. Así, el joven juglar lograría también reducir sus cuentos y relatos hasta su mínima expresión narrativa, como el más preciso y diestro relojero del lenguaje, creando los más bellos y perfectos microrrelatos de la literatura universal, convirtiéndose en uno de los padres de este género.

No tardaron en acosarlo ahora nuevos clientes, curiosos y agresivos, demandándole que los ayudase a transformar sus pesados cuerpos y almas a su estado energético más puro, no sólo para transitar a través de ojos de agujas sino para escapar hacia lejanos sitios, huyendo de sus pecados, crímenes y pasado intentando mediante su aparato, expiar sus culpas y evadir sus responsabilidades. El juglar se dio cuenta de que si accedía se volvería cómplice de criminales, gentes de dudosas reputaciones y turbias historias. Por ello, decidió abandonar el nombre de Niklaus, cancelar sus experimentos físicos y las ventas del famoso aparato, más no los narrativos.

Con la finalidad de alejarlos o de ofrecerles una salida más justa para sus culpas y pecados, además de continuar generando recursos económicos para sostener a su familia, se convirtió ahora en vendedor de exóticos y mortíferos animales. Consiguió una migala, un tipo poco común de arácnido, mezcla de cangrejo, araña y escorpión: una escorpéndula, la cual, según prometía con su habilidosa voz de cuentacuentos y comerciante, asesinaría a su comprador sin ningún dolor ni molestia, en plena noche y cuando menos se lo esperase, ayudando a suicidas y delincuentes a escapar de sus responsabilidades morales y crímenes. Entonces todos los curiosos, exigentes y resentidos se alejaron y lo dejaron en paz para siempre. Y aunque se vendieron varios ejemplares de aquel repulsivo y peligroso ser, jamás se tuvo noticia de que ninguno de ellos lograra picar a nadie.

Juan José Arreola60 años después, luego de escribir vastamente, dar clases y tratar de preparar a jóvenes escritores para convertirse en la vanguardia que revolucionaría la literatura mexicana, su exigente pero fiel clientela y público conseguiría finalmente acorralarlo y recluirlo en el interior de una estatua de bronce, situada en la parte lateral de la Rotonda de los Hombres Ilustres, en el Centro Histórico de su amada Guadalajara, con forma semejante a la suya, aunque no exactamente igual, sobre todo en la parte del rostro, por lo cual el juglar no estaría muy satisfecho ni conforme con su nuevo hogar.

Se le hicieron homenajes y reediciones de todos sus libros para intentar convencerlo de quedarse ahí; lecturas públicas y maratones literarios con niños que leían en voz alta sus cuentos y sus novela durante horas.

A pesar de que el juglar ya tenía más de 80 años de edad, aún seguía manteniendo aquel carácter indómito que lo impulsara a convertirse en un célebre escritor autodidacta y campeón de ajedrez. Negándose por completo a permanecer recluido dentro de aquella prisión helada y metálica, escaparía una madrugada, habiéndose transformado a sí mismo en un fino y delicado hilo de electrones libres, igual que en su antiguo aparato para reducir al camello.

Como una columna de espermatozoides inquietos y anhelantes, buscando su destino definitivo en el óvulo de alguna estrella lejana, los electrones sutiles de su alma escaparon a través del gélido corazón de aquella estatua desidentificándose y liberándose de ella de manera definitiva, extendiéndose una y otra vez sin parar, desdoblándose desde el delicado y magnífico hilo energético que ahora era, hacia una amplia tela solar sin principio ni fin, la cual formaría parte de todos los textos, relatos, comedias, poemas, tragedias, narraciones, lenguas, lenguajes y libros escritos por la humanidad.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

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Por: pijamasurf - 02/17/2016

Los premios no siempre se conceden a los mejores, y estas 9 equivocaciones en la historia de los premios Óscar así lo muestran

Los premios Óscar que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos pueden llegar a ser polémicos pues, a diferencia de otros galardones, en éstos a veces se percibe cierto tufo comercial que enturbia el reconocimiento, un poco como si se contagiara de esa búsqueda obsesiva por la ganancia económica que usualmente asociamos con el cine hollywoodense y otras manifestaciones culturales surgidas en EEUU.

Con los Óscares a veces podemos tener la sospecha o la impresión de que no se premian únicamente los méritos cinematográficos de una película, un actor o una producción, sino también su potencial comercial, su posible impacto en su consumo masivo y cómo el premio podría favorecerlo o perjudicarlo, o el interés ideológico, de adoctrinamiento en los valores del discurso dominante que, como buen imperio, EEUU también practica. Entre otros intereses.

Esto puede sonar un tanto paranoico; sin embargo, la historia misma del Óscar da algunos ejemplos que pueden apoyar dicha suposición.

A continuación compartimos algunos de estos casos, tomando como referencia una lista publicada por el diario inglés The Independent. Además, después de esta relación, cerramos con algunas sugerencias para ver en línea las películas mencionadas.

 

1980

Película premiada: Ordinary People, Robert Redford

Película que debió ganar: Raging Bull, Martin Scorsese

Aunque en general la crítica es benevolente con esta película de Robert Redford (quien en esta misma premiación obtuvo el Óscar a Mejor Director), no soporta fácilmente la comparación en términos fílmicos con la obra en que Martin Scorsese examinó la locura del boxeador Jake LaMotta, un filme que además contó con guión de Paul Schrader.

 

1997

Película premiada: Titanic, James Cameron

Película que debió ganar: L. A. Confidential, Curtis Hanson

Titanic es quizá el mejor ejemplo de cómo a veces EEUU se premia a sí mismo, esto es, cómo sus instituciones reconocen aquello que ideológicamente más las identifica como netamente estadounidenses. La superproducción, la grandilocuencia, la historia de amor entre la dama y el vagabundo, el final feliz (a su manera): Titanic lo tenía todo para ser premiada con el Óscar a la Mejor Película, ¿pero también calidad cinematográfica? Ante la adaptación de la novela pulp de James Ellroy realizada por Curtis Hanson, ese punto es al menos debatible.

 

2010

Película premiada: The King's Speech, Tom Hooper

Película que debió ganar: The Social Network, David Fincher

The King's Speech tuvo una buena recepción entre la crítica y quizá muchos convendrán en que se trató de una buena película en un año de “vacas flacas”, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, cuando nos enteramos de que en esa misma nominación estuvo The Social Network, la película de David Fincher sobre el nacimiento de Facebook, de nuevo surgen las dudas. Fincher es un director más que eficiente, que ha alcanzado un estilo notable y cuenta en su filmografía con al menos un clásico contemporáneo, Fight Club (1999), y aunque esta película de 2010 quizá no es su mejor creación, sin duda da la pelea.

 

2002

Película premiada: Chicago, Rob Marshall

Película que debió ganar: The Pianist, Roman Polanski

Para sorpresa de muchos, en pleno siglo XXI un musical ganó el Óscar a la Mejor Película, y no sólo eso, sino que además se impuso a un filme de Roman Polanski –un director arriesgado y ampliamente reconocido– sobre un músico judío que se afana por sobrevivir en la Segunda Guerra Mundial.

 

2012

Película premiada: Argo, Ben Affleck

Película que debió ganar: Zero Dark Thirty, Kathryn Bigelow

De nuevo una decisión polémica en términos propagandísticos. El tema de ambas películas es, grosso modo, el conflicto entre EEUU y el mundo árabe. En la película de Ben Affleck se dramatiza un rescate de seis ciudadanos estadounidenses retenidos en Teherán que sucedió realmente en la década de 1980. El filme de Kathryn Bigelow, por otro lado, sigue los hechos que llevaron a la localización y ejecución de Osama bin Laden. Como vemos, el contraste es claro, sobre todo en términos críticos: mientras que una película celebra el valor de las instituciones y autoridades estadounidenses, la otra pone a debate la forma de actuar de ese mismo aparato de gobierno.

 

1990

Película premiada: Dances with Wolves, Kevin Costner

Película que debió ganar: Goodfellas, Martin Scorsese

Martin Scorsese vuelve a figurar en esta lista, esta vez como perdedor con una de sus películas más celebradas y queridas por los espectadores, Goodfellas, que la Academia desdeñó ante el relato edulcorado de una relación entre un estadounidense hecho y derecho, Kevin Costner, y las poblaciones nativas del territorio americano.

 

2005

Película premiada: Crash, Paul Haggis

Película que debió ganar: Brokeback Mountain, Ang Lee

La crítica en torno a Crash es disímil: mientras que algunos la consideran una de las peores películas de los primeros años de esa década, para otros (por ejemplo, Roger Ebert) se trata de la mejor película de 2005. Curiosamente, aunque uno de los filmes que compitió ese mismo año por el Óscar en la categoría tiene un grado mucho más sólido de aceptación, se quedó en la línea: Brokeback Mountain, de Ang Lee. ¿Por qué razón? Hay quienes sospechan que la Academia no estaba lista para reconocer el asunto medular de la película: el amor homosexual entre dos vaqueros.

 

1998

Película premiada: Shakespeare in Love, John Madden

Película que debió ganar: Saving Private Ryan, Steven Spielberg

El Óscar Más Inmerecido de la Historia va para… Shakespeare in Love, de John Madden, una película entretenida, que cumple, que quizá tiene algunos chispazos que asombran pero que, en conjunto, dista mucho de tener los requerimientos necesarios para ostentar el galardón, en especial si tomamos en cuenta que ese año también compitió Saving Private Ryan, uno de los mejores filmes de Steven Spielberg y, en general, del cine estadounidense, una recreación cruda y por momentos incluso fuera de la esfera de la moral de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

 

1941

Película premiada: How Green Was My Valley, John Ford

Película que debió ganar: Citizen Kane, Orson Welles

Este es quizá el caso más notable de descuido o ignorancia supina en el acervo de los Óscar. Casi desde su estreno, Citizen Kane de Orson Welles se ha considerado no una de las mejores películas en la historia, sino la mejor película. En el ranking de Best Film Forever, por ejemplo, establecido por casi 900 personas relacionadas directamente con el mundo del cine y que se realiza desde 1933, sólo hasta hace pocos años fue desbancada del primer lugar que ocupó durante décadas por Vértigo, de Alfred Hitchcock. Otra circunstancia importante es que, tristemente, la genialidad cinematográfica de Citizen Kane no pudo imponerse a la influencia política de William Randolph Hearst, el magnate de los medios en cuya vida está basado parcialmente el filme y que, en la época, contaba aún con muchos “amigos” en la industria del cine estadounidense.

 

¿Dónde ver las películas?

A manera de sugerencia, compartimos tres sitios que hemos encontrado en distintos momentos de nuestro vagabundeo ocioso por Internet. Los dos primeros tienen cierta especialización en el llamado "cine de autor" (y, por ejemplo, procuran ofrecer la filmografía completa de un director, o las películas más destacadas de un estilo) y el último se aboca más hacia el cine comercial, en donde con más frecuencia de lo que suponemos también pueden encontrarse algunas joyas cinematográficas inesperadas. Para ir a los sitios haz clic sobre el nombre de éstos. Te recordamos que sólo son sugerencias que compartimos de sitios ajenos al nuestro, por lo que la responsabilidad de visitarlos y frecuentarlos queda en ti como usuario. ¡Y disfruta! 

Cultmoviez

Cineteca Universal

Pelispedia

 

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