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Juan José Arreola consigue hacer pasar al camello por el ojo de una aguja

Arte

Por: Adán de Abajo - 02/17/2016

Para mantener a su esposa y a sus pequeños hijos, el joven juglar, además de narrar historias y dar clases de literatura y de francés, ejerció el oficio de vendedor ambulante por varios años. En una ocasión se dedicó a intentar vender al público de su pueblo un aparato para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja

No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.

Juan José Arreola, Confabulario

 

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La gente se arremolinaba alrededor del joven juglar, fascinada y a la vez poseída por cierto temor, debido a su curiosa y poco común figura y su aún más singular habla, gestos y ademanes. Ataviado con desmodados sacos de terciopelo y estrafalarios sombreros de copa que nadie se atrevería a portar. Llamativos moños en el cuello, iguales a mariposas nocturnas y raras posadas sobre su camisa. Aparentaba, más que un muchacho con 21 años de edad, tratarse de un excéntrico caballero de la Europa del siglo XVIII.

Aun a pesar de que muchos le temían y soltaban habladurías sobre su persona, no dejaban de congregarse a su alrededor al encontrarlo por las calles de la pequeña ciudad o en los cafés  de la misma, en donde mantenía entretenidos con sus monólogos durante horas a sus amigos, a los curiosos y sobre todo a las muchachas bonitas.

Lo lanceaban con sus preguntas insistentes y obsesivas sin dejarle tregua. Todos tenían noticia de su memoria prodigiosa, enciclopédica, y de la proverbial facilidad de palabra con que narraba cuentos, historias, del mismo modo que recitaba versos, coplas y letras de antiguas melodías. Sabían de sus conocimientos infinitos sobre diversos campos del saber humano. Como él mismo confesara años más tarde en el prólogo de uno de sus libros, el habla y la conversación de campesinos y rancheros de su pueblo natal sería su principal escuela. Además de la biblioteca de su maestro de segundo de primaria, el humilde profesor José Ernesto Aceves, quien lo introduciría en el mundo de los poetas. Sabía de memoria novelas completas, cuentos de muchísimos autores y libros enteros de poesía en español, francés e inglés. A los 12 años había leído ya a Baudelaire, a Giovanni Papini, a Zolá, a Dickens, a Víctor Hugo y a muchos otros, en no pocas ocasiones en su lengua original. Era además un implacable y célebre jugador de ajedrez.

Como a todo buen juglar, quien jamás es profeta en su tierra, a veces se le olvidaba que había nacido en el mismo pueblo que sus perseguidores: Zapotlán el Grande, ahora conocido como Ciudad Guzmán, en Jalisco.

En esta ocasión lo acosaban con el rumor de que conocía de memoria la última versión del parto de los montes, una narración del dominio público que a muchos intrigaba, de la cual se decía que el flacucho juglar conocía el inicio.

Los curiosos y resentidos cerraron su paso mientras se dirigía a su trabajo en el colegio de monjas francesas donde impartía clases de literatura, redacción y francés a muchachos de secundaria. Lo amedrentaron y amenazaron con lincharlo en la plaza pública, frente a la catedral, si no se los contaba. Él se defendió igual que gato erizado, diciéndoles que en breve lo compartiría con todos en edición impresa a través del único periódico del pueblo, del cual era también periodista, para que lo leyesen y tuviesen acceso a él. Pero la gente era demasiado exigente con su modesta persona, acostumbrada a las bellas luces y fuegos artificiales de sus charlas, narraciones, pláticas y disertaciones en público. Como a buen juglar, querían escuchar el relato de sus propios labios. Le exigieron a toda costa, por sobre todas las cosas y en ese mismo instante, que les narrara el inicio de la última versión del parto de los montes.

 

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Unos años antes marchó hacia la Ciudad de México, contando tan sólo con 3 años de la escuela primaria como únicos estudios formales, con la finalidad de estudiar teatro, abandonando al poco tiempo sus clases debido a su impulsivo autodidactismo y al gusto por pasar las horas más bien sumergido en las bibliotecas de México y en los cafés, charlando con sus incontables amigos, declarándose autodidacta desde entonces.

Su infancia transcurriría en plena Guerra Cristera, con monjas y curas escondidos en pasadizos secretos de antiguas casonas en Zapotlán y Guadalajara, misas clandestinas y rosarios a la media noche, en catacumbas, cuando los federales no pudiesen detectar a los fugitivos católicos.

Como principal formación, su padre, hombre a la vez práctico y soñador, simplemente lo pondría a trabajar, desempeñándose desde entonces en los más variados oficios: encuadernador, vendedor ambulante, periodista, corrector de estilo, difusor de la cultura, cuentacuentos, gramático, traductor, actor, guionista de teatro y cine, juglar e impresor.

En Guadalajara conocería al actor Louis Jouvet, quien le proporcionaría una beca del gobierno francés para viajar a París e involucrarse en el teatro como espectador y extra en puestas en escena de las obras de Shakespeare. Empero, ni su frágil salud ni su delicado temperamento nervioso le permitirían adaptarse al frío clima europeo, viéndose obligado a regresar a México, donde proseguiría trabajando, leyendo, contraería matrimonio y escribiría su primer libro y luego otros más.

El público de resentidos y curiosos que lo atosigaba no tendría piedad con él, consiguiendo acorralarlo y convencerlo al fin. No le quedaría más remedio que ponerse de pie, muy derecho, sobre una de las bancas de la plaza principal de Zapotlán el Grande. Se aclaró la garganta, a su alrededor se encontraban por lo menos cuarenta y tantas personas congregadas, a la expectativa del añorado inicio de su relato del parto de los montes. Repentinamente, un “calor de nido” se apoderó de su axila, debajo de su camisa y su chaleco. Algo comenzó a moverse, tierno y delicado: era un diminuto ratón blanco, casi recién nacido.

 

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Para mantener a su esposa y a sus pequeños hijos, el joven juglar, además de narrar historias y dar clases de literatura y de francés, ejerció el oficio de vendedor ambulante por varios años. En una ocasión se dedicó a intentar vender al público de su pueblo un aparato para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Se trataba de un producto muy seguro para comercializarse, recomendado desde hace 2 mil años por el mismísimo Jesucristo. ¿Quién no lo adquiriría?

Para ello hizo toda clase de experimentos lingüísticos, alquímicos y narrativos. Redujo al camello primero desde su estado animal a su expresión química más pura: un diminuto derivado del zinc, haciendo gala de toda clase de conocimientos sobre física, química, gramática, fonética y matemáticas. Para atraer a la mayor cantidad de público, adoptó el nombre de un físico alemán: Arpaud Niklaus, producto de su enorme e incansable imaginación.

La consistencia del zinc, aunque breve, no era aún lo suficientemente pequeña como para penetrar el ojo de la aguja. Se esforzó aún más por reducir al camello hasta su parte más ínfima: la eléctrica. Al igual que el escritor y astrónomo inglés Rodney Collin señala: la expresión más pura de la energía consiste en electrones libres, los cuales son la manifestación cuántica del alma. Ellos vienen del Sol y regresarán a él cuando logren cumplir su ciclo cósmico, y tal vez luego irán más allá, hacia otra galaxia: Sirio o Antares. Un pedazo de las estrellas que todos los seres en el planeta Tierra poseemos en nuestros corazones.

El alma del camello consiguió al fin penetrar el ojo de la aguja sin ningún problema, deslizándose a través de él y teletransportándose hacia el otro lado del diminuto instrumento, transformada en un delgado hilo de energía. Así, el joven juglar lograría también reducir sus cuentos y relatos hasta su mínima expresión narrativa, como el más preciso y diestro relojero del lenguaje, creando los más bellos y perfectos microrrelatos de la literatura universal, convirtiéndose en uno de los padres de este género.

No tardaron en acosarlo ahora nuevos clientes, curiosos y agresivos, demandándole que los ayudase a transformar sus pesados cuerpos y almas a su estado energético más puro, no sólo para transitar a través de ojos de agujas sino para escapar hacia lejanos sitios, huyendo de sus pecados, crímenes y pasado intentando mediante su aparato, expiar sus culpas y evadir sus responsabilidades. El juglar se dio cuenta de que si accedía se volvería cómplice de criminales, gentes de dudosas reputaciones y turbias historias. Por ello, decidió abandonar el nombre de Niklaus, cancelar sus experimentos físicos y las ventas del famoso aparato, más no los narrativos.

Con la finalidad de alejarlos o de ofrecerles una salida más justa para sus culpas y pecados, además de continuar generando recursos económicos para sostener a su familia, se convirtió ahora en vendedor de exóticos y mortíferos animales. Consiguió una migala, un tipo poco común de arácnido, mezcla de cangrejo, araña y escorpión: una escorpéndula, la cual, según prometía con su habilidosa voz de cuentacuentos y comerciante, asesinaría a su comprador sin ningún dolor ni molestia, en plena noche y cuando menos se lo esperase, ayudando a suicidas y delincuentes a escapar de sus responsabilidades morales y crímenes. Entonces todos los curiosos, exigentes y resentidos se alejaron y lo dejaron en paz para siempre. Y aunque se vendieron varios ejemplares de aquel repulsivo y peligroso ser, jamás se tuvo noticia de que ninguno de ellos lograra picar a nadie.

Juan José Arreola60 años después, luego de escribir vastamente, dar clases y tratar de preparar a jóvenes escritores para convertirse en la vanguardia que revolucionaría la literatura mexicana, su exigente pero fiel clientela y público conseguiría finalmente acorralarlo y recluirlo en el interior de una estatua de bronce, situada en la parte lateral de la Rotonda de los Hombres Ilustres, en el Centro Histórico de su amada Guadalajara, con forma semejante a la suya, aunque no exactamente igual, sobre todo en la parte del rostro, por lo cual el juglar no estaría muy satisfecho ni conforme con su nuevo hogar.

Se le hicieron homenajes y reediciones de todos sus libros para intentar convencerlo de quedarse ahí; lecturas públicas y maratones literarios con niños que leían en voz alta sus cuentos y sus novela durante horas.

A pesar de que el juglar ya tenía más de 80 años de edad, aún seguía manteniendo aquel carácter indómito que lo impulsara a convertirse en un célebre escritor autodidacta y campeón de ajedrez. Negándose por completo a permanecer recluido dentro de aquella prisión helada y metálica, escaparía una madrugada, habiéndose transformado a sí mismo en un fino y delicado hilo de electrones libres, igual que en su antiguo aparato para reducir al camello.

Como una columna de espermatozoides inquietos y anhelantes, buscando su destino definitivo en el óvulo de alguna estrella lejana, los electrones sutiles de su alma escaparon a través del gélido corazón de aquella estatua desidentificándose y liberándose de ella de manera definitiva, extendiéndose una y otra vez sin parar, desdoblándose desde el delicado y magnífico hilo energético que ahora era, hacia una amplia tela solar sin principio ni fin, la cual formaría parte de todos los textos, relatos, comedias, poemas, tragedias, narraciones, lenguas, lenguajes y libros escritos por la humanidad.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

Jack Kerouac y Neal Cassady en San Miguel de Allende

Arte

Por: Adán de Abajo - 02/17/2016

Tras el primer encuentro en San Francisco entre Kerouac y Cassady, ambos personajes se constituyeron en un dúo legendario

I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked/ dragging themselves…

Allen Ginsberg, “Howl”

Comprendí que había muerto y renacido innumerable veces aunque no lo recordaba porque el paso de vida a muerte y de muerte a vida era fantasmalmente fácil; una acción mágica sin valor, lo mismo que dormir y despertar millones de veces, con una profunda ignorancia totalmente casual.

Jack Kerouac, On The Road

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Los extranjeros de apariencia anglosajona tenían décadas aterrizando en San Miguel de Allende, en particular los norteamericanos. Llegaban de paso algunos de ellos y se iban luego para siempre. Otros se quedaban, incluso a morir ahí, como Neal Cassady. Predominaban los de vestimenta desenfadada: viajeros, existencialistas, hipsters y hippies, no todos auténticos ni sinceros. Así es que el arribo de un nuevo gringo, quien desembarcó en un vuelo, primero en la Ciudad de México y luego en autobús hacia la pequeña ciudad de Guanajuato, expresamente para realizar una investigación periodística, no tenía nada de novedoso para los pobladores ni para los de nacionalidad mexicana; mucho menos para los numerosos inmigrantes europeos y norteamericanos que la habitaban, avecindados algunos de ellos desde muchos años antes de la llegada del forastero.

Enfundado en sandalias, con gorro de piel y barba blanca bien cuidada, la apariencia del gringo semejaba bastante un Hemingway resucitado y algo trasnochado. Experimentado periodista y escritor, con un par de novelas publicadas, una de ellas, la más reciente, Old Heart de 2015, la cual le hizo ganar un par de reconocimientos por parte de la prensa, con alto porcentaje de ventas en Amazon. De hecho, Peter Ferry provenía de la misma ciudad que Hemingway: Illinois. Escritor especializado en viajes, al mismo tiempo que publicaba sus novelas y se graduaba en literatura norteamericana, enseñó inglés en un bachillerato durante casi 27 años.

Ferry se dirigió a la oficina de un pequeño magazine para extranjeros publicado en inglés en el centro de San Miguel. La editora, una australiana “glamorosa”, como él mismo describiera, lo recibió amablemente, gustosa de hablar en inglés con él. Empero, las informaciones proporcionadas por ella resultaron desconcertantes: nadie en la actualidad hablaba ni había oído mencionar acerca de Neal Cassady, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso y W. S. Burroughs en la ciudad. No era la primera vez que una investigación se resistía a ser abordada por Ferry. Al contrario, cuanto más difícil de penetrar aparentaba ser un caso, más parecía estar seguro el escritor de encontrarse en el camino correcto (puedes acceder al artículo completo de Ferry aquí).

Suzanne, la bella australiana, señaló que muy pocos recordaban en San Miguel de Allende la época cuando los autores beats llegaron y se quedaron a vivir. También en Estados Unidos las informaciones al respecto eran nebulosas y contradictorias. Ferry había leído y escuchado a gente diversa, supuestos expertos y especialistas, afirmar que la estancia de la generación beat en esta pequeña ciudad del bajío mexicano era más un mito que un hecho comprobable.

De pronto, la editora recordó el nombre de un anciano norteamericano, jubilado del ejército y de un diario neoyorquino, quien vivía en San Miguel desde hace muchos años. “Ah… busca al viejo Lou Christine…. Él se dedica a recopilar historias antiguas y a menudo habla de Neal Cassady en ellas…”.

El bar Berlín, cerca del centro de la ciudad, era su oficina permanente. También Christine era un escritor veterano, coleccionista de mitos, historias y anécdotas de San Miguel de Allende y de muy diversos sitios del mundo en los que había vivido, escrito y laborado. Buen bebedor y mejor conversador. Entre cervezas artesanales y humo de tabaco accedió a compartir con el recién llegado todo lo que sabía al respecto: “¿Quién dice que Cassady no vivió en San Miguel, eh…? De hecho, te puedo señalar exactamente en dónde vivía: en la calle Beneficencia #17. Cerca de aquí…”, le dijo amablemente el viejo escritor. Gracias a él, Ferry dio con la primera pista importante acerca de la estancia de Cassady en la ciudad mexicana.

 

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Jack Kerouac sat beside me on a busted rusty iron pole, we though the same thoughts of the soul…

Look at the sunflower, he said, there was a dead gray shadow against the sky, big as a man, sitting dry on top of a pile of ancient sawdust…

Allen Ginsberg, “Sunflower Sutra”

William S. Burroughs fue el primero de toda la jauría de escritores de su generación en aterrizar y desempacar en México a finales de los años 40, viajero incansable hasta su muerte, “Old Bull”, como lo llamaría Kerouac en su emblemática novela, el manifiesto indiscutible de la generación beat: On the Road. Hijo de padres adinerados, Burroughs estudió primero medicina en Viena, luego antropología en Frankfurt y EEUU. “Lo había leído todo….”, tal como dice de él Kerouac de nueva cuenta, al referirse con cariño y admiración al gran “Old Bull”. Estuvo en África, en Sudamérica, en Europa Oriental, en Rusia, inscrito en diversos cursos de medicina, etnología, literatura, botánica y antropología, leyendo, estudiando, escuchando, bebiendo, conversando, amistando, acostándose indistintamente con hombres y muyeres de su agrado, consiguiendo e introduciendo en su organismo toda clase de drogas extravagantes.

“Old Bull” o Burroughs estuvo en San Miguel de Allende varias veces y por largas temporadas, viviendo alternativamente ahí y en la Ciudad de México, antes de disparar en la cabeza a su esposa Joan ¿accidentalmente? mientras jugaban a Guillermo Tell en su departamento de la Ciudad, hasta atinarle en la frente. Con ella y sus dos hermosos hijos intentó comprar primero un rancho en alguna parte del norte del país para cultivar manzanas y cannabis o emprender cualquier tipo de negocio que le redituara, pero sus intentos fracasaron una y otra vez.

Ya instalado en México, lo siguieron Kerouac y Cassady. Más tarde el poeta Allen Ginsberg, Gregory Corso y toda una fauna de nombres conocidos y no tanto, de escritores y artistas norteamericanos que iban en la cola de los primeros y más importantes.

[caption id="attachment_106645" align="alignright" width="300"]Imagen: Carolyn Cassady (www.nytimes.com) Imagen: Carolyn Cassady (www.nytimes.com)[/caption]

El encuentro entre Kerouac y Cassady es legendario y bastante conocido por todos, de hecho, constituye el inicio de la trama de la novela On the Road, de Kerouac. Paulatinamente Jack Kerouac comenzaba a ser bastante conocido y a abrir brecha en el mundo de las editoriales para los miembros de su generación, los cuales, en conjunto, llegarían a ser el grupo de autores en lengua inglesa más influyentes de su tiempo. Cassady era amigo de un estudiante universitario que conocía a Kerouac y a Burroughs. Escuchó hablar de ellos, particularmente de Kerouac, de quien se decía que había inventado un método de escritura literaria muy semejante al jazz, igual de libre, espontáneo y movido que las síncopas jazzísticas. Entonces recorrió cientos de kilómetros desde su natal Salt Lake City, donde previamente y desde niño fue ladrón de autos, pistolero, alcohólico y donde se casaría por primera vez con apenas 21 años de edad. Hijo de un barbero, viajero y vagabundo igual que él, su padre también sería un personaje secundario de la novela de Kerouac antes mencionada.

Una mañana, sin más ni más, Cassady se presentaría llamando a la puerta del departamento de Kerouac en San Francisco, en donde vivía con su tía. El joven, impetuoso e hiperactivo Cassady, sin conocer al novelista, le diría que había viajado desde su ciudad natal tan sólo para que le enseñara a ser escritor. Desde entonces se convertirían en amigos inseparables. En On the Road se relata algo de la formación que Kerouac intentó transmitirle brevemente al joven viajero, mostrándole algunos autores. Resulta fascinante imaginar a Cassady de niño y adolescente, hijo de padres divorciados, criado por un vagabundo y barbero que lo llevaba furtivamente a través de trenes de carga y lo hacía dormir en el bosque con otros homeless o en los suburbios de diferentes ciudades de EEU en las calles. Cassady estaría en varias ocasiones en reformatorios y en la cárcel por robo de autos, agresiones con arma blanca y asaltos. A pesar de su humilde y turbulento origen social, era un gran lector y admirador de la poesía y la literatura universal. Su única formación académica la obtuvo en la cárcel, estudiando cursos por correspondencia de literatura, inglés, mecánica, biología y química, y escuchando estaciones de música clásica en la radio norteamericana.

Cassady no tendría tiempo de escribir demasiado, viviendo como vivía, hiperactivamente casi en todo momento, sin tomar apenas muy breves descansos, cuando la bipolaridad se lo permitía. Dejaría escrita una autobiografía no muy fácil de conseguir y un conjunto de cartas entre él y sus amigos beats que conformarían su mayor producción literaria y un testimonio interesantísimo de los años vividos con ellos. Aunque no escribiera mucho, llegaría a ser un singular motor que impulsara a Kerouac a  convertirse cada vez más él mismo en su vida y en su literatura. También inspiraría a Ginsberg a escribir, quien le dedicaría su hermoso e implacable poema “Howl”.

Kerouac siempre necesitó tomar personalidades prestadas o álter egos de sus amigos más entrañables. Cassady no sería el único héroe-hermano o amigo-casi-amante con quien el novelista se encontrara y fusionara. Más tarde el poeta y naturalista Gary Snyder se volvería también el hermano inseparable de Kerouac, su maestro de budismo y hermano con quien protagonizara otra de sus mejores y más emblemáticas novelas: Los vagabundos del Dharma. Al parecer la homosexualidad no les era ajena ni causante del menor conflicto a la mayoría de los escritores beats. Aparentemente el macho alfa de la manada, W. S. Burroughs, iniciaba sexualmente a todo aquel que deseaba incorporarse a la jauría. Se sabe que Cassady, además de haber estado matrimoniado tres veces y tener por lo menos cuatro hijos, también fue durante un tiempo pareja de Allen Ginsberg. No resultaría raro, como sugieren algunos, que también hubo acercamientos íntimos bastante frecuentes e intensos entre alcohol, drogas y sexo, entre Kerouac y Cassady, y entre Kerouac y G. Snyder.

Tras el primer encuentro en San Francisco entre Kerouac y Cassady, se constituyen en un dúo legendario. Se les une al poco tiempo la hermosa e impredecible Marylou, la segunda esposa de Cassady. Esta parte de la trama de On the Road ha inspirado varias películas. El viaje que realizan los tres es igualmente mítico, en un enorme Ford a toda velocidad, desde la costa este a la oeste de EEUU, una y otra vez sin tomar más que unas pocas pausas para conseguir algún dinero de la tía de Kerouac para continuar en el camino, levantar a otros autostopistas y vagabundos  por la carretera, hacer el amor, beber y encontrarse en Texas con el viejo “Old Bull” o W. S. Burroughs en su rancho y con su esposa Joan, con la esperanza inacabable que mantiene Kerouac de que en algún momento, como se lo han prometido, se separen Marylou y Cassady al llegar a Los Ángeles, en donde le espera a este último su primera esposa, con quien se reencontrará. Al quedar libre Marylou, Kerouac, quien está enamorado de ella, podría tener el camino libre. De hecho, más o menos entre los tres tienen apalabrado este raro acuerdo. Pero la espera es inútil y nunca llega; en cuanto arriban a su destino y Cassady vuelve con su primera mujer, Marylou no da la menor muestra de amor hacia Kerouac, abandonándolo para dedicarse a la prostitución.

Aquí terminan de hecho las dos primeras y más importantes partes de la trama de On the Road, que la mayoría de las personas conocen, sobre todo a través del ámbito del cine. Lo que sigue es el viaje a México de Kerouac y Cassady en la última y tercera parte de la obra.

 

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En algún momento Jack Kerouac conoce a bordo de un autobús en California a Terry, una hermosa morenita, inmigrante mexicana, quien tiene un pequeño hijo y de quien se enamora. El novelista, aventurero y vagabundo decide por un instante en su vida tomar una pausa y tratar de sentar cabeza al lado de ella. Terry es una morena delicada y hermosa quien lo fascina y su niño un negrito simpático, el cual se encariña rápidamente con el escritor.

Kerouac intenta trabajar en los campos de algodón en California, pero gana demasiado poco, se mata en jornadas extenuantes bajo el sol y lo que gana apenas le alcanza para proporcionar una modesta cena de salchichas enlatadas y frijoles a la mujer y al chico en las noches. El intento por formar una familia con Terry dura tan sólo unos cuantos meses; una mañana Kerouac ya no puede más con el trabajo físico, ha dejado de escribir y de viajar, las dos actividades que conforman su naturaleza más esencial. Sobre todo, extraña a la jauría de escritores adictos y vagabundos amigos suyos. Se despide de Terry, prometiéndose que se reencontrarán en unos meses en Nueva York, pero esto jamás ocurre.

Es entonces que Kerouac y Cassady proyectan su viaje en compañía de otro joven expresidiario a quien Cassady conoció en un reformatorio. Entre los tres emprenderán el viaje, penetrando en el inhóspito y enigmático México a través de Ciudad Juárez, descargando en los prostíbulos en brazos de bellas y culonas hetairas latinas, mexicanas y venezolanas.

Beben, aman, escriben y describen su zigzagueante viaje con singulares escalas en cantinas, esquinas, desiertos, prostíbulos. Consiguiendo droga, haciendo nuevas amistades y proyectando conocer en breve la Ciudad de México, Zacatecas y San Miguel de Allende.

 

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La estancia del escritor Peter Ferry en San Miguel no fue demasiado prolongada. Apenas tres noches y 4 días. En aquellas noches, gracias a la incansable conversación del viejo y veterano Lou Christine, pudo tomar bastantes notas y preparar a mano un borrador de lo que sería uno de sus reportajes más entrañables, sobre dos de sus escritores más queridos. Se reunieron varias veces en el bar Berlín, en el centro de la ciudad. Lou le presentó a varios extranjeros amables y alivianados amigos suyos, gustosos de hacer amistad con él y platicar de cualquier cosa. Desafortunadamente, nadie de ellos conocía demasiado acerca de los libros de Kerouac ni de la vida de Cassady en San Miguel. Algunos ni siquiera oyeron jamás hablar de ellos.

En la última noche, Christine le confesó que cuando niño encontró varias veces a Cassady en las cantinas de San Miguel, e incluso en un par de ocasiones entablaron alguna que otra conversación breve y cortante.

Una noche, la bebida pareció no caer demasiado bien al poeta beat. Algunos de sus amigos lo extrañaron por no despedirse de la fiesta donde bebían y se divertían alegremente. Cassady vivió demasiado aprisa, dicen que lucía algo cansado. Sin proponérselo, conseguiría convertirse en el personaje principal en las obras de muchos de sus compañeros escritores, apareciendo en casi todos los libros de ellos: desde Kerouac y Ginsberg hasta Tom Wolfe y Charles Bukowski.

Aquella noche de 1968 el poeta intentó regresar a su casa, algo congestionado en sus intestinos, tambaleándose. Al cruzar por el camino donde pasaba la vía del tren se desplomó sobre los rieles para nunca más levantarse. Al parecer estaba demasiado cansado.

 

Twitter del autor: @adandeabajo