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Jack Kerouac y Neal Cassady en San Miguel de Allende

Arte

Por: Adán de Abajo - 02/29/2016

Tras el primer encuentro en San Francisco entre Kerouac y Cassady, ambos personajes se constituyeron en un dúo legendario

I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked/ dragging themselves…

Allen Ginsberg, “Howl”

Comprendí que había muerto y renacido innumerable veces aunque no lo recordaba porque el paso de vida a muerte y de muerte a vida era fantasmalmente fácil; una acción mágica sin valor, lo mismo que dormir y despertar millones de veces, con una profunda ignorancia totalmente casual.

Jack Kerouac, On The Road

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Los extranjeros de apariencia anglosajona tenían décadas aterrizando en San Miguel de Allende, en particular los norteamericanos. Llegaban de paso algunos de ellos y se iban luego para siempre. Otros se quedaban, incluso a morir ahí, como Neal Cassady. Predominaban los de vestimenta desenfadada: viajeros, existencialistas, hipsters y hippies, no todos auténticos ni sinceros. Así es que el arribo de un nuevo gringo, quien desembarcó en un vuelo, primero en la Ciudad de México y luego en autobús hacia la pequeña ciudad de Guanajuato, expresamente para realizar una investigación periodística, no tenía nada de novedoso para los pobladores ni para los de nacionalidad mexicana; mucho menos para los numerosos inmigrantes europeos y norteamericanos que la habitaban, avecindados algunos de ellos desde muchos años antes de la llegada del forastero.

Enfundado en sandalias, con gorro de piel y barba blanca bien cuidada, la apariencia del gringo semejaba bastante un Hemingway resucitado y algo trasnochado. Experimentado periodista y escritor, con un par de novelas publicadas, una de ellas, la más reciente, Old Heart de 2015, la cual le hizo ganar un par de reconocimientos por parte de la prensa, con alto porcentaje de ventas en Amazon. De hecho, Peter Ferry provenía de la misma ciudad que Hemingway: Illinois. Escritor especializado en viajes, al mismo tiempo que publicaba sus novelas y se graduaba en literatura norteamericana, enseñó inglés en un bachillerato durante casi 27 años.

Ferry se dirigió a la oficina de un pequeño magazine para extranjeros publicado en inglés en el centro de San Miguel. La editora, una australiana “glamorosa”, como él mismo describiera, lo recibió amablemente, gustosa de hablar en inglés con él. Empero, las informaciones proporcionadas por ella resultaron desconcertantes: nadie en la actualidad hablaba ni había oído mencionar acerca de Neal Cassady, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso y W. S. Burroughs en la ciudad. No era la primera vez que una investigación se resistía a ser abordada por Ferry. Al contrario, cuanto más difícil de penetrar aparentaba ser un caso, más parecía estar seguro el escritor de encontrarse en el camino correcto (puedes acceder al artículo completo de Ferry aquí).

Suzanne, la bella australiana, señaló que muy pocos recordaban en San Miguel de Allende la época cuando los autores beats llegaron y se quedaron a vivir. También en Estados Unidos las informaciones al respecto eran nebulosas y contradictorias. Ferry había leído y escuchado a gente diversa, supuestos expertos y especialistas, afirmar que la estancia de la generación beat en esta pequeña ciudad del bajío mexicano era más un mito que un hecho comprobable.

De pronto, la editora recordó el nombre de un anciano norteamericano, jubilado del ejército y de un diario neoyorquino, quien vivía en San Miguel desde hace muchos años. “Ah… busca al viejo Lou Christine…. Él se dedica a recopilar historias antiguas y a menudo habla de Neal Cassady en ellas…”.

El bar Berlín, cerca del centro de la ciudad, era su oficina permanente. También Christine era un escritor veterano, coleccionista de mitos, historias y anécdotas de San Miguel de Allende y de muy diversos sitios del mundo en los que había vivido, escrito y laborado. Buen bebedor y mejor conversador. Entre cervezas artesanales y humo de tabaco accedió a compartir con el recién llegado todo lo que sabía al respecto: “¿Quién dice que Cassady no vivió en San Miguel, eh…? De hecho, te puedo señalar exactamente en dónde vivía: en la calle Beneficencia #17. Cerca de aquí…”, le dijo amablemente el viejo escritor. Gracias a él, Ferry dio con la primera pista importante acerca de la estancia de Cassady en la ciudad mexicana.

 

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Jack Kerouac sat beside me on a busted rusty iron pole, we though the same thoughts of the soul…

Look at the sunflower, he said, there was a dead gray shadow against the sky, big as a man, sitting dry on top of a pile of ancient sawdust…

Allen Ginsberg, “Sunflower Sutra”

William S. Burroughs fue el primero de toda la jauría de escritores de su generación en aterrizar y desempacar en México a finales de los años 40, viajero incansable hasta su muerte, “Old Bull”, como lo llamaría Kerouac en su emblemática novela, el manifiesto indiscutible de la generación beat: On the Road. Hijo de padres adinerados, Burroughs estudió primero medicina en Viena, luego antropología en Frankfurt y EEUU. “Lo había leído todo….”, tal como dice de él Kerouac de nueva cuenta, al referirse con cariño y admiración al gran “Old Bull”. Estuvo en África, en Sudamérica, en Europa Oriental, en Rusia, inscrito en diversos cursos de medicina, etnología, literatura, botánica y antropología, leyendo, estudiando, escuchando, bebiendo, conversando, amistando, acostándose indistintamente con hombres y muyeres de su agrado, consiguiendo e introduciendo en su organismo toda clase de drogas extravagantes.

“Old Bull” o Burroughs estuvo en San Miguel de Allende varias veces y por largas temporadas, viviendo alternativamente ahí y en la Ciudad de México, antes de disparar en la cabeza a su esposa Joan ¿accidentalmente? mientras jugaban a Guillermo Tell en su departamento de la Ciudad, hasta atinarle en la frente. Con ella y sus dos hermosos hijos intentó comprar primero un rancho en alguna parte del norte del país para cultivar manzanas y cannabis o emprender cualquier tipo de negocio que le redituara, pero sus intentos fracasaron una y otra vez.

Ya instalado en México, lo siguieron Kerouac y Cassady. Más tarde el poeta Allen Ginsberg, Gregory Corso y toda una fauna de nombres conocidos y no tanto, de escritores y artistas norteamericanos que iban en la cola de los primeros y más importantes.

Imagen: Carolyn Cassady (www.nytimes.com)

Imagen: Carolyn Cassady (www.nytimes.com)

El encuentro entre Kerouac y Cassady es legendario y bastante conocido por todos, de hecho, constituye el inicio de la trama de la novela On the Road, de Kerouac. Paulatinamente Jack Kerouac comenzaba a ser bastante conocido y a abrir brecha en el mundo de las editoriales para los miembros de su generación, los cuales, en conjunto, llegarían a ser el grupo de autores en lengua inglesa más influyentes de su tiempo. Cassady era amigo de un estudiante universitario que conocía a Kerouac y a Burroughs. Escuchó hablar de ellos, particularmente de Kerouac, de quien se decía que había inventado un método de escritura literaria muy semejante al jazz, igual de libre, espontáneo y movido que las síncopas jazzísticas. Entonces recorrió cientos de kilómetros desde su natal Salt Lake City, donde previamente y desde niño fue ladrón de autos, pistolero, alcohólico y donde se casaría por primera vez con apenas 21 años de edad. Hijo de un barbero, viajero y vagabundo igual que él, su padre también sería un personaje secundario de la novela de Kerouac antes mencionada.

Una mañana, sin más ni más, Cassady se presentaría llamando a la puerta del departamento de Kerouac en San Francisco, en donde vivía con su tía. El joven, impetuoso e hiperactivo Cassady, sin conocer al novelista, le diría que había viajado desde su ciudad natal tan sólo para que le enseñara a ser escritor. Desde entonces se convertirían en amigos inseparables. En On the Road se relata algo de la formación que Kerouac intentó transmitirle brevemente al joven viajero, mostrándole algunos autores. Resulta fascinante imaginar a Cassady de niño y adolescente, hijo de padres divorciados, criado por un vagabundo y barbero que lo llevaba furtivamente a través de trenes de carga y lo hacía dormir en el bosque con otros homeless o en los suburbios de diferentes ciudades de EEU en las calles. Cassady estaría en varias ocasiones en reformatorios y en la cárcel por robo de autos, agresiones con arma blanca y asaltos. A pesar de su humilde y turbulento origen social, era un gran lector y admirador de la poesía y la literatura universal. Su única formación académica la obtuvo en la cárcel, estudiando cursos por correspondencia de literatura, inglés, mecánica, biología y química, y escuchando estaciones de música clásica en la radio norteamericana.

Cassady no tendría tiempo de escribir demasiado, viviendo como vivía, hiperactivamente casi en todo momento, sin tomar apenas muy breves descansos, cuando la bipolaridad se lo permitía. Dejaría escrita una autobiografía no muy fácil de conseguir y un conjunto de cartas entre él y sus amigos beats que conformarían su mayor producción literaria y un testimonio interesantísimo de los años vividos con ellos. Aunque no escribiera mucho, llegaría a ser un singular motor que impulsara a Kerouac a  convertirse cada vez más él mismo en su vida y en su literatura. También inspiraría a Ginsberg a escribir, quien le dedicaría su hermoso e implacable poema “Howl”.

Kerouac siempre necesitó tomar personalidades prestadas o álter egos de sus amigos más entrañables. Cassady no sería el único héroe-hermano o amigo-casi-amante con quien el novelista se encontrara y fusionara. Más tarde el poeta y naturalista Gary Snyder se volvería también el hermano inseparable de Kerouac, su maestro de budismo y hermano con quien protagonizara otra de sus mejores y más emblemáticas novelas: Los vagabundos del Dharma. Al parecer la homosexualidad no les era ajena ni causante del menor conflicto a la mayoría de los escritores beats. Aparentemente el macho alfa de la manada, W. S. Burroughs, iniciaba sexualmente a todo aquel que deseaba incorporarse a la jauría. Se sabe que Cassady, además de haber estado matrimoniado tres veces y tener por lo menos cuatro hijos, también fue durante un tiempo pareja de Allen Ginsberg. No resultaría raro, como sugieren algunos, que también hubo acercamientos íntimos bastante frecuentes e intensos entre alcohol, drogas y sexo, entre Kerouac y Cassady, y entre Kerouac y G. Snyder.

Tras el primer encuentro en San Francisco entre Kerouac y Cassady, se constituyen en un dúo legendario. Se les une al poco tiempo la hermosa e impredecible Marylou, la segunda esposa de Cassady. Esta parte de la trama de On the Road ha inspirado varias películas. El viaje que realizan los tres es igualmente mítico, en un enorme Ford a toda velocidad, desde la costa este a la oeste de EEUU, una y otra vez sin tomar más que unas pocas pausas para conseguir algún dinero de la tía de Kerouac para continuar en el camino, levantar a otros autostopistas y vagabundos  por la carretera, hacer el amor, beber y encontrarse en Texas con el viejo “Old Bull” o W. S. Burroughs en su rancho y con su esposa Joan, con la esperanza inacabable que mantiene Kerouac de que en algún momento, como se lo han prometido, se separen Marylou y Cassady al llegar a Los Ángeles, en donde le espera a este último su primera esposa, con quien se reencontrará. Al quedar libre Marylou, Kerouac, quien está enamorado de ella, podría tener el camino libre. De hecho, más o menos entre los tres tienen apalabrado este raro acuerdo. Pero la espera es inútil y nunca llega; en cuanto arriban a su destino y Cassady vuelve con su primera mujer, Marylou no da la menor muestra de amor hacia Kerouac, abandonándolo para dedicarse a la prostitución.

Aquí terminan de hecho las dos primeras y más importantes partes de la trama de On the Road, que la mayoría de las personas conocen, sobre todo a través del ámbito del cine. Lo que sigue es el viaje a México de Kerouac y Cassady en la última y tercera parte de la obra.

 

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En algún momento Jack Kerouac conoce a bordo de un autobús en California a Terry, una hermosa morenita, inmigrante mexicana, quien tiene un pequeño hijo y de quien se enamora. El novelista, aventurero y vagabundo decide por un instante en su vida tomar una pausa y tratar de sentar cabeza al lado de ella. Terry es una morena delicada y hermosa quien lo fascina y su niño un negrito simpático, el cual se encariña rápidamente con el escritor.

Kerouac intenta trabajar en los campos de algodón en California, pero gana demasiado poco, se mata en jornadas extenuantes bajo el sol y lo que gana apenas le alcanza para proporcionar una modesta cena de salchichas enlatadas y frijoles a la mujer y al chico en las noches. El intento por formar una familia con Terry dura tan sólo unos cuantos meses; una mañana Kerouac ya no puede más con el trabajo físico, ha dejado de escribir y de viajar, las dos actividades que conforman su naturaleza más esencial. Sobre todo, extraña a la jauría de escritores adictos y vagabundos amigos suyos. Se despide de Terry, prometiéndose que se reencontrarán en unos meses en Nueva York, pero esto jamás ocurre.

Es entonces que Kerouac y Cassady proyectan su viaje en compañía de otro joven expresidiario a quien Cassady conoció en un reformatorio. Entre los tres emprenderán el viaje, penetrando en el inhóspito y enigmático México a través de Ciudad Juárez, descargando en los prostíbulos en brazos de bellas y culonas hetairas latinas, mexicanas y venezolanas.

Beben, aman, escriben y describen su zigzagueante viaje con singulares escalas en cantinas, esquinas, desiertos, prostíbulos. Consiguiendo droga, haciendo nuevas amistades y proyectando conocer en breve la Ciudad de México, Zacatecas y San Miguel de Allende.

 

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La estancia del escritor Peter Ferry en San Miguel no fue demasiado prolongada. Apenas tres noches y 4 días. En aquellas noches, gracias a la incansable conversación del viejo y veterano Lou Christine, pudo tomar bastantes notas y preparar a mano un borrador de lo que sería uno de sus reportajes más entrañables, sobre dos de sus escritores más queridos. Se reunieron varias veces en el bar Berlín, en el centro de la ciudad. Lou le presentó a varios extranjeros amables y alivianados amigos suyos, gustosos de hacer amistad con él y platicar de cualquier cosa. Desafortunadamente, nadie de ellos conocía demasiado acerca de los libros de Kerouac ni de la vida de Cassady en San Miguel. Algunos ni siquiera oyeron jamás hablar de ellos.

En la última noche, Christine le confesó que cuando niño encontró varias veces a Cassady en las cantinas de San Miguel, e incluso en un par de ocasiones entablaron alguna que otra conversación breve y cortante.

Una noche, la bebida pareció no caer demasiado bien al poeta beat. Algunos de sus amigos lo extrañaron por no despedirse de la fiesta donde bebían y se divertían alegremente. Cassady vivió demasiado aprisa, dicen que lucía algo cansado. Sin proponérselo, conseguiría convertirse en el personaje principal en las obras de muchos de sus compañeros escritores, apareciendo en casi todos los libros de ellos: desde Kerouac y Ginsberg hasta Tom Wolfe y Charles Bukowski.

Aquella noche de 1968 el poeta intentó regresar a su casa, algo congestionado en sus intestinos, tambaleándose. Al cruzar por el camino donde pasaba la vía del tren se desplomó sobre los rieles para nunca más levantarse. Al parecer estaba demasiado cansado.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

¿Por qué el genial director de cine polaco Andrzej Zulawski no ha muerto y no morirá jamás?

Arte

Por: Psicanzuelo - 02/29/2016

Los conceptos que este director ha plantado en nuestra conciencia vivirán por siempre, y pasarán de nosotros a nuestros hijos. Así se ha creado un juego de mesa infinito, que plantea las películas como mapas de estados de conciencia

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La muerte física de Andrzej Zulawski (1940–2016) este pasado 17 de febrero del año en curso deja aparentemente un hueco que será imposible subsanar, ¿por qué razón? Difícil podría ser encontrar un genio de su magnitud en cualquier otro arte, menos aún resulta encontrarlo en un arte que se ve azotado por la exigencia de una audiencia que cada vez exige contenidos más ágiles, divertidos y superficiales: entretenimiento para una era apocalíptica. Un profeta en toda la extensión de la palabra, a quien los medios definieron, por producir un cine histérico y excesivo.   

Mi primera experiencia con el cine del maestro fue por medio de una copia VHS de su gran obra maestra Posesión (Zulawski, 1981), misma que me voló la tapa de los sesos y que al principio odié profundamente, sin poder dejar de pensar en ella irremediablemente. Mis obsesiones cinematográficas empezaron a una corta edad, con esa secuencia de Peter Pan en la que tiene que luchar por recobrar su sombra. Más tarde, como estudiante de cine, vi que esa rebeldía de la sombra tenía que ver con el llamado cine expresionista alemán. La manera en que Disney había asimilado el duelo del personaje con su sombra en El estudiante de Praga (Wegener, 1913) tenía que ver con una técnica cinematográfica que evidenciaba un proceder metafísico; el cine podía funcionar como una herramienta con ese objetivo. Me parece que la oscuridad en los temas del cine se presta naturalmente, una oscuridad que asemeja la profunda noche donde uno puede soñar en la pantalla (la sala de proyección siempre es oscura). En ese tiempo, de joven estudiante, me vi expuesto a potentes imágenes fuera de los directores clásicos, pertenecientes a cintas que se conectaban contraculturalmente al underground independiente que no dejaba de pecar aspirando a ser una de las bellas artes:  directores como Lynch, Jodorowsky, Teshigahara, Glauber Rocha o Antonioni, por citar algunos, al mismo tiempo que veía la sofisticada serie Z más radical con joyas como Begotten (Merhige, 1991), Nekromantik (Buttgereit,1987)  y Liquid Sky (Tsukerman, 1982) pero nunca nada como Zulawski, ni siquiera el bello exceso de La masacre en Texas (Hooper, 1974) podía compararse a lo que hacía el director polaco. Posesión superaba en mucho a estos sueños-artilugios construidos, porque en el camino trazado por Pasolini, volvía la metáfora real como un video casero (la copia del Chopo ayudaba en este efecto como con la filmografía de Olmi y otros clásicos italianos). Corría el año 1995 y Zulawski entró a mi vida; el hecho de que Isabel Adjani actuara en la misma cinta que Sam Neill abrió mi mente en un sentido de pregunta: ¿podía NO existir una frontera entre películas como El inquilino (Polanski) y Parque jurásico (Spielberg)?

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Volví a ver Posesión una vez más después de casi 1 año, una y otra vez la volvía a ver compulsivamente sin poder parar, después de no encontrar lo que buscaba en los giallos de Argento, en la violencia de Ferrara, ni siquiera en la bondad y el espíritu registrados con la cámara en la obra temprana de Kiarostami (altamente recomendable).

Buñuel (Ensayo de un crimen) y Bergman (Gritos y susurros) habían estado cerca pero ignoraban la sustancia primigenia del cinematógrafo, sus orígenes circenses y gestuales, y su base científica, por medio de su naturaleza fotográfica; renegaban al espectáculo de evidenciar el mecanismo del celuloide, a esa cámara desquiciada que consolida la obra del maestro, y ese lente angular por excelencia en rebeldía alternado con los lentes largos en contraste.

La siguiente película que vi fue Lo importante es amar (Zulawski, 1975); quedé embelesado: el horror podía ser tan sutil como lo que no te dice nunca una mujer, como lo que revela su mirada, lo que mira y nunca comparte, lejos, inalcanzable. Esa cinta me preparó para ver una película como lo es el clásico de Billy Wilder Sunset Boulevard (1950) con otros ojos, pero al verla volvía a reconocer el genio del maestro. El melodrama de Wilder era eficaz llenando de fantasmas la pantalla, con luz, con sombras, con los gestos de Gloria Swanson y William Holden. Pero Zulawski lograba que a Romy Schneider la poseyeran los fantasmas del cine, quizás de la misma Gloria Swanson y tantas más. Como lo ha subrayado el escritor Bret Easton Ellis en su podcast desde hace tiempo ya, la obsesión en el cine es gasolina para el motor de las imágenes. Eso es lo que pasa en esta película: imaginar es una enfermedad, verlo en pantalla es la cura.

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Siguió La mujer pública (Zulawski, 1984), que en esta misma nota es un apunte de el lugar al que nunca llega Polanski, a ese frenesí en el buscar sin encontrar. El baile exaltado de Kaprisky desnuda no es interpretado por alguien humano; es un ritual que rebasa una coreografía. La fotografía del veterano Sacha Vierny encuentra por fin un lugar para liberarse de todo lo que la rodea lejos de Resnais y Duras, lejos del más audaz Raúl Ruiz, creando sombras y apagándolas con apremio. Una vez más el tras bambalinas de la creación de un personaje por un actor, de sus motivos, una exploración del ganarse la vida pretendiendo ser alguien más. Todas las mecánicas en el pedir que otro sea alguien más que uno trae en la cabeza. El personaje que interpreta Kaprisky en la misma trama metaficticia se sujeta a las ordenes de un director de cine que pide cosas imposibles, que se pierde entre ficción y fantasía, entre sadomasoquismo y construcción dramática.

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Así fue como pronto el viaje por la obra del maestro empezó en retroceso y aparecieron las primeras obras; me di cuenta de cómo no puedo caber en Polonia. Saber que La tercera parte de la noche (Zulawski,1971) era su opera prima no dejó de sorprenderme, pero sobre todo me colmó de entusiasmo y esperanza: el cine se podía hacer de la magnitud que las ideas que pudiera guardar uno en su cabeza se lo permitieran (o canalizar, más bien). Era un ejemplo de un concepto recientemente aprendido, “el MacGuffin” de parte de Hitchcock, el objeto misterioso que sólo funcionaba gracias a que era un objeto misterioso y nunca dejaba de serlo. Así los bancos de piojos en la cinta eran un espacio libre donde los personajes se encontraban, las garrapatas eran lo que unía la trama que ni siquiera es que tratara sobre los planes de revolución, de conjuras políticas, disidencias, etc… Se trataba de la gente arrastrándose por las paredes que se vuelven pasillos, que en realidad sólo son recuerdos, que son cine. De mujeres que pierden bebés enfrentándose a sus dobles y de planos que sin cortar conjugan espacios que sólo existen en la cabeza del personaje que se ha abandonado en un travelling a sus más violentas decisiones, para retomar la acción creciente en un montaje paralelo, con actores históricos montando caballos. La tercera parte de la noche continuaba el trazo existencialista mucho más puro que ninguna corrupción estética por parte de Hollywood escondida tras estilos provenientes del negocio que era adaptar pulp fiction en film noir. Un cine puro, en constante tensión cinematográfica que se extendía en estados psicológicos de los personajes, que no era claro si la película los irradiaba o si ellos eran una especie de intercambio. El tifus, las garrapatas, los pacientes, son la verdadera guerra que se libra hoy en día, era una profecía para lo que se vive en el mundo digital, y en ese entonces se sentía como una lógica inexistente de una ciencia ficción que venía del pasado, se hablaba de nazis fuera de la Segunda Guerra Mundial.

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Varios años después encontré en California (mientras hacía estudios de posgrado relacionados, a través de una empresa que empezaba a ofrecer películas en renta DVD por correo destruyendo el negocio de blockbuster en 2005 llamada Netflix) una copia de la obra maldita por excelencia del maestro, una obra de ciencia ficción que no se conseguía en México: Sobre el globo plateado (Zulawski, 1987). Era el eslabón perdido entre el cine clásico épico y las películas de aventuras de cine de acción tipo Conan o Mad Max 3, un verdadero relato apocalíptico perdido en loops de tiempo antes de que Terry Gilliam adaptara a Chris Marker, o Linklater a K. Dick. Había algo en las imágenes posmodernas de Sobre el globo plateado que proféticamente continuaba preparando para una época actual de comunicación, una nueva manera de vivir virtual, ligada completamente a la tecnología: de sensaciones a larga distancia, de fríos y cálidos mensajes de texto y problemáticas de comunicación directas. En muy pocas palabras, no hay Qué difícil es ser un dios (Alexei German) sin Sobre el globo plateado, que narra las andanzas de exploradores espaciales terrícolas que llegan a un planeta demasiado parecido a la Tierra donde, después de fundar la sociedad perfecta, se percatan de que tiende a la corrupción invariablemente (¿suena a Prometeo de Ridley Scott?) y que para lo único que sirve es para crucificar mesías. La elocuencia visual del maestro Zulawski (en paz descanse) es avasalladora por la manera de fluir ante una errática producción que no lo detiene en ninguna medida para gestar imágenes que embriagan, que se enclavan en nuestra conciencia para crecer por años, para generar otros árboles de imágenes. La posesión de Zulawski es continua, es un brujo.

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En esa misma época pude ver por el mismo sistema de contenidos Mis noches son más bellas que tus días (Zulawski, 1989), que se hizo tan sólo 1 año después que la golpeada por la censura polaca El globo plateado, y no podía ser más distinta. Asombrosamente, un nuevo Zulawski había nacido, era una resurrección después de su propia crucifixión, vivida con su obra cumbre en su propio hogar. Zulawski hizo lo que faltaba hacer: se dejó poseer por su película; su relación con la bella Sophie Marceau en la realidad busca un equivalente en la película. El personaje principal, Lucas (Dutronc), es un programador de computadora (Zulawski también es un programador en cierto sentido ((de)mente(s))) que sufre una enfermedad mortal (como la que afectó al maestro) e inicia una relación con el personaje que interpreta Marceau. La mujer de Zulawski sería el personaje: una telépata que vive de noche trabajando en un antro disco-bar, siendo médium espiritual; intercambian lenguajes hasta que uno posee al otro y viceversa, una actividad que Zulawski reportó mientras duró su relación con Marceau.

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Lucas inventó un nuevo lenguaje de computadora, pero no puede comunicarse con una mujer que lo atrae y que no necesita palabras para hablar. Podríamos pensar que Zulawski se volvió convencional haciendo una comedia romántica, si sólo fuera que los movimientos de cámara no fueran extensiones de los estados internos de los personajes; si los personajes no miraran de esa forma a la eternidad en cada contraplano, si los personajes no sólo estuvieran conscientes de pertenecer a una película sino de ser existencia filmada, pareciera que las dimensiones se revelan por medio de la cámara entre diálogos que resuenan en un eco sin caverna en exteriores franceses, en noches de día.

Finalmente llegaron a mi vida torrents, esa nueva maravilla que venía de las rebeldías ante el nuevo sistema tecnócrata de películas faltantes del maestro.    

El Diablo (Zulawski, 1974) era una continuación de lo que empezó a articular en La segunda parte de la noche. Mucho tiene que ver con su estructura  en un sentido histórico, pero aquí se alejaba más del tiempo actual para acercarse. 1793 en Polonia, durante la invasión a cargo de Prusia; un noble llamado Jacob es salvado de la cárcel por un misterioso personaje que quiere una lista de los conspiradores. La cinta es una road movie a la Zulawski, que nunca deja de moverse, donde Jacob se percata de la corrupción que lo rodea y el poco sentido que tiene seguir rebelándose, y finalmente fluye con esa energía. De las musicales Boris Godounov (1989) y La nota azul (1991) necesitaríamos muchas más páginas.

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No he tenido la fortuna de ver Cosmos, la última de sus creaciones, pero sentí que al hacer La chamana (Zulawski, 1996) dejó claro lo que siempre dejó sólo entrever: la mujer no sólo es más fuerte e inteligente que el hombre, lo posee cuando él piensa que la posee, es eterna y él finito. Eso es lo que oculto, encriptado está en sus películas y lo que vuelve locos a muchos al verlas, desatando tenaces odios. Zulawski finalmente se volvió mujer con esta película en un acto generoso como dar a luz, un acto que no podría hacer un hombre de otra manera. Nos habla indirectamente de otras culturas que no se enseñan en la escuela, culturas antediluvianas, de otras maneras de ser antes de que la mujer perdiera su poder por lo menos en el exterior y se interiorizara de tal manera en esta humanidad; plantea salvajemente que hay que ayudarla a que emerja de las sombras. Zulawski crea un relato que no necesita una tecnología en 3D para quedar fijado a nuestra conciencia holográficamente, habla de verdades eternas que pocos pueden ver aunque las vivan a diario. El profesor de antropología estudia el cadáver de una antigua chamana que se congeló en el pasado, se conserva intacta, y lidia con una pequeña joven a la que le dobla la edad, a la que quiere controlar por medio de sexo. El macho termina siendo devorado por la hembra en una perfecta metáfora infinita, en un caleidoscopio enérgicamente exhausto, fluyendo al cosmos.

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Andrzej Zulawski fue un cometa; agradezco al mundo por haber parido un ser como el maestro, que nos pudo mostrar vagamente las potencialidades que duermen en el centro creador del ser humano. Hay mucho que celebrar: el arte trasciende en su eterna obra.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo