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La oración ha perdido su esencia de recogimiento místico en un mundo materialista, sugiere el papa Francisco

Unos días antes de su llegada a México, el Papa Francisco dio unas interesantes declaraciones sobre cómo la oración se percibe hoy en día. No haya nada que la economía y la visión utilitaria y mercantilista de nuestro paradigma actual no toque, incluso lo más íntimo --que es la relación entre el individuo y la divinidad-- ha sido invadido por una mentalidad de usufructo y ganancia. 

Según informó la agencia Notimex, Francisco dijo que la oración no debe emplearse para obtener beneficios como si uno “tomase una aspirina” o “un negocio”. 

“No es así, ‘yo rezo para obtener esto', porque eso es un negocio. No es así, la oración es otra cosa, es una obra de misericordia espiritual, que quiere llevar todo al corazón de Dios: ‘toma tú que eres padre'. Es simple, es esta relación con el padre. Es un don de fe y de amor, una intercesión que se necesita como el pan”, dijo el papa en la Plaza de San Pedro en el Vaticano ante 80 mil fieles. 

La idea que manifestó el papa nos puede parecer sorprendente, ¿para qué rezar si no es para obtener una mejoría, un milagro o algo? En nuestra concepción de la naturaleza todas las cosas se hacen con la intención de producir un efecto. Pero es justamente por esto que la religión mantiene que el acto de unión con la divinidad debe mantenerse alejado de este ímpetu utilitario, preservar de alguna manera un santuario de pureza en el corazón. La única razón para rezar es el rezo mismo, es decir, el deseo de rezar, la necesidad mística de acercarse a la divinidad, no de recibir algo a cambio. La introspección de la oración podría pensarse como un acto de entrar en un templo o en un jardín, no como llamar por teléfono a alguien o formarse en un banco a pedir un préstamo. La actitud de alguien que ora, entonces, es la de admiración y gratitud ante la belleza y la bondad. 

Para muchos estas ideas no tendrán cercanía, especialmente ante una sociedad mayormente secular, pero pueden ciertamente asociarse con todo aquello a lo que le damos más importancia y significado en nuestras vidas: escribir un poema, ver a un amado o a una amada, contemplar las estrellas. ¿Para que hacer estas cosas? Sería un despropósito pensar que uno escribe un poema para ganar dinero o recibir la admiración de los demás, o que uno visita a su amada para gratificarse o suprimir un deseo sexual, etc. En todo aquello que es más puro y noble, en todo aquello que existe honestidad, el individuo se da a sí mismo sin buscar recibir nada a cambio: y así recibe el más grande don que es la unidad, la cual sólo es posible al abandonarse a sí mismo, al hacerse uno con el objeto al cual dirige su atención. 

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La visita del papa Francisco a México representará enorme ganancias económicas para la Ciudad de México y otras entidades, que ya planean revitalizar el "turismo religioso". Además, podrá servir de una valiosa distracción de uso político con el riesgo político de que el papa se pronuncie en contra de las atrocidades e injusticias que han cometido los diferentes gobiernos que visita, según ha sido la costumbre de este papa de ser más frontal. Algunos analistas creen que debido a las enormes ganancias que representa también México para el Vaticano, el papa será mesurado y dirá lo que piensa pero en reuniones privadas, donde tratará de tener injerencia política.

En este sentido es indudable (y quizás inextricable) que la religión y el capital se han mezclado (empezando por el mismo Vaticano hace mucho ya). Estas muestras multitudinarias, estas procesiones político-religiosas sustituyen la verdadera necesidad de experiencias religiosas y místicas, las cuales son canjeadas por la idolatría circense y el "show business". Los actos políticos y criminales de la religión institucional han ensombrecido el nombre de todo lo religioso, y en su alarma nos han hecho dejar de notar que el mundo, avanzando hacia la secularidad, sigue necesitando de principios y valores atemporales que le den significado a nuestras vidas. Detrás de la pompa religiosa y la aparatosidad, persiste la llama ardiente del corazón místico y de la experiencia mística como uno de los actos esenciales de la humanidad.

 

Twitter del autor: @alepholo

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La palabra es para usarla, parece habernos dicho Francisco en su paso por un país que no derrocha palabras

Es la primera vez en mi vida que siento que el papa es una persona; por eso puedo ahora hablar de él. Estuvo en México hace unos días, cuando yo también estaba ahí. Sentí de cerca el latir de su presencia, repercutida estruendosamente en las calles, los medios, los hoteles, las periferias y los aeropuertos. Francisco estuvo por acá.

Como alguna vez hicimos con “El sermón de la montaña”, también podemos pensar en estas intervenciones de Francisco como las actuaciones de un maestro. Jesús fue maestro de sus fieles en aquella mítica escena de las bienaventuranzas; Francisco también lo fue ahora en la Ciudad de México, en Ecatepec, en Ciudad Juárez y en donde más que haya estado.

Francisco llegó a México sabiendo qué quería; y todos sabíamos que estaba llegando a México sabiendo que algo quería. Tenía un propósito pedagógico; quería dejar una enseñanza; sabía que estaba ante la oportunidad de contribuir a la conformación de una nueva posición de un pueblo; sabía que no podía dejar pasar esta oportunidad porque probablemente no habría otra. Estaba consciente de que a la Iglesia le tocaba su momento y que si no lo asumía, no sería la Iglesia que él se propone representar. Tenía ganas, se le veían. Llegó sonriendo, aunque sabía que lo suyo no sería de paneles, lobbies acaramelados y levedades. Venía a dejar su marca.

Su herramienta era pura y exclusivamente la palabra; no tenía otra, como nosotros, los maestros. O le confería a la suya un peso suficiente o apenas habría pasado por allí otro conversador más, por más argentino que éste fuera. Y no alcanzaba con que se proclamara como la palabra de Dios, entre otras cosas porque no lo es. Tenía que hacerla pesar como la palabra del papa Francisco. Si su palabra no pesa, su presencia no trasciende. Primer gran desafío docente.

El gran riesgo estaba –otra vez más-- en caer en la neutra palabra moral; esa que pondera en abstracto pero no enseña; esa que se jacta sin por eso dejar marcas; esa que no produce más que reivindicación narcisista en quien la emite. Francisco no cayó en la trampa. También estaba el riesgo de gastarla en bastidores y cenáculos cerrados (especializados en el desgaste y la disuasión), como si desde ahí luego pudiera irradiar. Lo evitó con sagacidad y regaló sonrisas “sociales” como escudo, cuando sabía que no era ni la hora ni el lugar. Reservó su palabra para cuando ella pudiera valer. Fue muy calculador con eso. Y acertó. Nada le dijo al presidente Peña Nieto nunca, pero mucho menos aún recién aterrizado; apenas sonrió, se divirtió con los niños, rompió el protocolo y se retiró a descansar (lo mismo que deberíamos hacer los maestros ante los padres cada primer día de clases).

Su_Santidad_Papa_Francisco“Sean Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad…”, soltó en su hora, y también luego rompió el protocolo y se retiró a descansar. Prudente y calmo esperó su hora y cuando ésta había llegado y el clero en pleno estaba delante de él, a su merced, espetó. No estoy diciendo que explicó; estoy diciendo que disparó. No es lo mismo. No dio una clase descriptiva de lo que podemos entender por transparencia; no había salido de Roma con sus cansados 80 años, pasado por La Habana construyendo el símbolo que construyó y llegado hasta este México profundo apenas para explicar lo obvio y lo disponible. Como los maestros, que no deberíamos justificar nuestras largas cruzadas diarias apenas por explicaciones zonzas, obvias y redundantes, apoyados en cansinos libros didácticos. Sabía que estaba ante un clero corrupto y socio del poder y sabía que no era cuestión de que les explicara nada; que su enseñanza –si la hubiera-- tenía que ser la de la conmoción, la de la desestabilización, la del shock y la de la denuncia frontal. También sabía que su palabra iría cogiendo su crescendo y que cuando estuviera en el clímax, él tendría que tener a mano su daga final. Y la tuvo: “La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar”. Esas frases que no se olvidan, porque te atrapan en tu experiencia y te atraviesan. Palabras simples, en concatenación fácil, para producir una enseñanza ejemplar y letal. ¿Tú recuerdas alguna de tus maestros? Yo no. Toda la visita de Francisco estaba en esas nueve palabras. Era esa frase a esa hora en ese lugar. Toda su enseñanza quedó allí. Y se retiró a descansar.

Si el clero mexicano está hipotecado en la oligarquía y en el poder mexicanos, no había más remedio que enfrentarlo. Sacudirlo cuando no tuviera defensas y luego dejarlo para que se reorganizara como pudiera, cuando él se haya retirado a descansar. Lo apeló, que eso es enseñar; lo obligó a asumir su posición, que eso es formar. Fue el gran maestro que se propuso ser y que el papa tiene que ser.

La proporción del fenómeno (narco), la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extension es como metástasis que devora; la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos conciernen a nosotros. No debemos, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino exigirnos un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza.

Le dijo al clero que ante lo que parece que “no se puede hacer nada”, mañana mismo algo ellos deben hacer. Y les dijo también --sin elipsis-- que eso de condenar no sirve para nada, y mucho menos para exculparse. Que no sean obscenos. Los mandó a trabajar, que es lo que les toca. Pastores de la Iglesia, ¡a la pastoral! Organícense y organicen a su pueblo. Sean actores; sean activos; den el ejemplo. ¿Cuándo un maestro se atreve a aquello? ¿Cuando un maestro asume que lo suyo es de esa índole? Otra vez, no es explicar, es apelar. No se trata de convencer a nadie de nada, sino de empujar a todos a algo. Esa es la docencia; la única docencia que reconozco. Los maestros servimos para eso o no servimos para nada, como el papa.

Tuvo su exabrupto también (“¡Deja de ser egoísta!”), y lo podemos poner en la serie de la construcción de su posición de maestro. Al egoísta hay que decirle simple y directamente que deje de ser egoísta, con esa palabra pesada que tiene el gran maestro.

Decimos muy a menudo que se trata de forjar competencias en nuestros alumnos y luego damos clases de historia. Para forjar competencias –que bien podemos llamarlas, para entendernos, actitudes-- debemos usar nuestra palabra con otro sentido y en otra dirección; valiéndonos de otras habilidades; trayendo otros propósitos; asumiendo todos los riesgos. No alcanza con ser el papa para hablar así; como tampoco alcanza con ser maestro para lograr este tipo de objetivos. Francisco usó su investidura como punto pivote, pero fue construyendo con cuidado y buen manejo de los tiempos y espacios su palabra, su daga, su herramienta de trabajo, su didaxis. Le fue confiriendo poco a poco peso específico y supo capitalizar cuando su primera intervención golpeó, como aquel boxeador que al fin alcanza la quijada. De ahí en adelante, sabía que lo que dijera impactaría, si no cometía errores inocentes que no cometió. De ahí en más anduvo seguro. El maestro lo mismo, día tras día; debe construir su palabra de a poco y luego cuidarse de no dilapidarla en eternos discursos vacíos, ponderaciones inútiles, descriptivas tautológicas o explicaciones sin sentido. Saber usarla y cuidarla, para que le sea útil. La palabra en las escuelas está gastada de tanto ser mal usada.

Y Francisco se retiró, calmo y justificado, otra vez a descansar. Los maestros también lo mereceremos, entonces.

La palabra es para usarla, parece habernos dicho Francisco en su paso por un país que no derrocha palabras. Pero en el mundo en general, la palabra está saturada. Hablamos demasiado; escribimos insensatamente; publicamos de una manera absurda; sermoneamos como si supiéramos en cada bar, en todas las aulas y dentro de cada taxi… Por eso creo que Francisco nos ha dejado una enseñanza pedagógica. Nos mostró cómo opera quien sabe que puede formar y sabe también que debe formar; ah, y además es plenamente consciente de que no sobrarán próximas oportunidades.

Si apenas eso aprendiéramos de sus 5 días en México, el mundo educativo se podría dar por feliz.

 

Twitter del autor: @dobertipablo