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La palabra es para usarla, parece habernos dicho Francisco en su paso por un país que no derrocha palabras

Es la primera vez en mi vida que siento que el papa es una persona; por eso puedo ahora hablar de él. Estuvo en México hace unos días, cuando yo también estaba ahí. Sentí de cerca el latir de su presencia, repercutida estruendosamente en las calles, los medios, los hoteles, las periferias y los aeropuertos. Francisco estuvo por acá.

Como alguna vez hicimos con “El sermón de la montaña”, también podemos pensar en estas intervenciones de Francisco como las actuaciones de un maestro. Jesús fue maestro de sus fieles en aquella mítica escena de las bienaventuranzas; Francisco también lo fue ahora en la Ciudad de México, en Ecatepec, en Ciudad Juárez y en donde más que haya estado.

Francisco llegó a México sabiendo qué quería; y todos sabíamos que estaba llegando a México sabiendo que algo quería. Tenía un propósito pedagógico; quería dejar una enseñanza; sabía que estaba ante la oportunidad de contribuir a la conformación de una nueva posición de un pueblo; sabía que no podía dejar pasar esta oportunidad porque probablemente no habría otra. Estaba consciente de que a la Iglesia le tocaba su momento y que si no lo asumía, no sería la Iglesia que él se propone representar. Tenía ganas, se le veían. Llegó sonriendo, aunque sabía que lo suyo no sería de paneles, lobbies acaramelados y levedades. Venía a dejar su marca.

Su herramienta era pura y exclusivamente la palabra; no tenía otra, como nosotros, los maestros. O le confería a la suya un peso suficiente o apenas habría pasado por allí otro conversador más, por más argentino que éste fuera. Y no alcanzaba con que se proclamara como la palabra de Dios, entre otras cosas porque no lo es. Tenía que hacerla pesar como la palabra del papa Francisco. Si su palabra no pesa, su presencia no trasciende. Primer gran desafío docente.

El gran riesgo estaba –otra vez más-- en caer en la neutra palabra moral; esa que pondera en abstracto pero no enseña; esa que se jacta sin por eso dejar marcas; esa que no produce más que reivindicación narcisista en quien la emite. Francisco no cayó en la trampa. También estaba el riesgo de gastarla en bastidores y cenáculos cerrados (especializados en el desgaste y la disuasión), como si desde ahí luego pudiera irradiar. Lo evitó con sagacidad y regaló sonrisas “sociales” como escudo, cuando sabía que no era ni la hora ni el lugar. Reservó su palabra para cuando ella pudiera valer. Fue muy calculador con eso. Y acertó. Nada le dijo al presidente Peña Nieto nunca, pero mucho menos aún recién aterrizado; apenas sonrió, se divirtió con los niños, rompió el protocolo y se retiró a descansar (lo mismo que deberíamos hacer los maestros ante los padres cada primer día de clases).

Su_Santidad_Papa_Francisco“Sean Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad…”, soltó en su hora, y también luego rompió el protocolo y se retiró a descansar. Prudente y calmo esperó su hora y cuando ésta había llegado y el clero en pleno estaba delante de él, a su merced, espetó. No estoy diciendo que explicó; estoy diciendo que disparó. No es lo mismo. No dio una clase descriptiva de lo que podemos entender por transparencia; no había salido de Roma con sus cansados 80 años, pasado por La Habana construyendo el símbolo que construyó y llegado hasta este México profundo apenas para explicar lo obvio y lo disponible. Como los maestros, que no deberíamos justificar nuestras largas cruzadas diarias apenas por explicaciones zonzas, obvias y redundantes, apoyados en cansinos libros didácticos. Sabía que estaba ante un clero corrupto y socio del poder y sabía que no era cuestión de que les explicara nada; que su enseñanza –si la hubiera-- tenía que ser la de la conmoción, la de la desestabilización, la del shock y la de la denuncia frontal. También sabía que su palabra iría cogiendo su crescendo y que cuando estuviera en el clímax, él tendría que tener a mano su daga final. Y la tuvo: “La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar”. Esas frases que no se olvidan, porque te atrapan en tu experiencia y te atraviesan. Palabras simples, en concatenación fácil, para producir una enseñanza ejemplar y letal. ¿Tú recuerdas alguna de tus maestros? Yo no. Toda la visita de Francisco estaba en esas nueve palabras. Era esa frase a esa hora en ese lugar. Toda su enseñanza quedó allí. Y se retiró a descansar.

Si el clero mexicano está hipotecado en la oligarquía y en el poder mexicanos, no había más remedio que enfrentarlo. Sacudirlo cuando no tuviera defensas y luego dejarlo para que se reorganizara como pudiera, cuando él se haya retirado a descansar. Lo apeló, que eso es enseñar; lo obligó a asumir su posición, que eso es formar. Fue el gran maestro que se propuso ser y que el papa tiene que ser.

La proporción del fenómeno (narco), la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extension es como metástasis que devora; la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos conciernen a nosotros. No debemos, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino exigirnos un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza.

Le dijo al clero que ante lo que parece que “no se puede hacer nada”, mañana mismo algo ellos deben hacer. Y les dijo también --sin elipsis-- que eso de condenar no sirve para nada, y mucho menos para exculparse. Que no sean obscenos. Los mandó a trabajar, que es lo que les toca. Pastores de la Iglesia, ¡a la pastoral! Organícense y organicen a su pueblo. Sean actores; sean activos; den el ejemplo. ¿Cuándo un maestro se atreve a aquello? ¿Cuando un maestro asume que lo suyo es de esa índole? Otra vez, no es explicar, es apelar. No se trata de convencer a nadie de nada, sino de empujar a todos a algo. Esa es la docencia; la única docencia que reconozco. Los maestros servimos para eso o no servimos para nada, como el papa.

Tuvo su exabrupto también (“¡Deja de ser egoísta!”), y lo podemos poner en la serie de la construcción de su posición de maestro. Al egoísta hay que decirle simple y directamente que deje de ser egoísta, con esa palabra pesada que tiene el gran maestro.

Decimos muy a menudo que se trata de forjar competencias en nuestros alumnos y luego damos clases de historia. Para forjar competencias –que bien podemos llamarlas, para entendernos, actitudes-- debemos usar nuestra palabra con otro sentido y en otra dirección; valiéndonos de otras habilidades; trayendo otros propósitos; asumiendo todos los riesgos. No alcanza con ser el papa para hablar así; como tampoco alcanza con ser maestro para lograr este tipo de objetivos. Francisco usó su investidura como punto pivote, pero fue construyendo con cuidado y buen manejo de los tiempos y espacios su palabra, su daga, su herramienta de trabajo, su didaxis. Le fue confiriendo poco a poco peso específico y supo capitalizar cuando su primera intervención golpeó, como aquel boxeador que al fin alcanza la quijada. De ahí en adelante, sabía que lo que dijera impactaría, si no cometía errores inocentes que no cometió. De ahí en más anduvo seguro. El maestro lo mismo, día tras día; debe construir su palabra de a poco y luego cuidarse de no dilapidarla en eternos discursos vacíos, ponderaciones inútiles, descriptivas tautológicas o explicaciones sin sentido. Saber usarla y cuidarla, para que le sea útil. La palabra en las escuelas está gastada de tanto ser mal usada.

Y Francisco se retiró, calmo y justificado, otra vez a descansar. Los maestros también lo mereceremos, entonces.

La palabra es para usarla, parece habernos dicho Francisco en su paso por un país que no derrocha palabras. Pero en el mundo en general, la palabra está saturada. Hablamos demasiado; escribimos insensatamente; publicamos de una manera absurda; sermoneamos como si supiéramos en cada bar, en todas las aulas y dentro de cada taxi… Por eso creo que Francisco nos ha dejado una enseñanza pedagógica. Nos mostró cómo opera quien sabe que puede formar y sabe también que debe formar; ah, y además es plenamente consciente de que no sobrarán próximas oportunidades.

Si apenas eso aprendiéramos de sus 5 días en México, el mundo educativo se podría dar por feliz.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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3 cosas que se perdieron con Internet (y que sería muy bueno recuperar)

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/24/2016

Así como han llegado incontables delicias con la Red, también se han diluido joyas fundamentales de nuestra existencia

Internet es una herramienta fascinate. El inédito acceso que hoy tenemos a un cúmulo de información que hasta hace poco no podíamos siquiera concebir que existiese o la conectividad inmediata e increíblemente eficiente son sólo algunas de las inabarcables bondades que la revolución digital, con la Red como eje, nos ha traído. Sin embargo, como ocurre con cualquier otra herramienta Internet tiene un doble filo y, dentro de los numerosos aspectos sociales y culturales que ha revolucionado, también hemos visto cómo ciertas prácticas o elementos hasta entonces comunes se han diluido y algunos de ellos se extrañan, en la medida en que aportaban sabor o enriquecían la existencia. 

Tras la reflexión anterior procederemos a enlistar tres cosas invaluables que no soportaron el embate digital y que, lamentablemente, hoy parecen destinadas a formar parte de la memoria humana. Una de ellas es una práctica, materializada en un objeto, y que sin duda aportaba algo de poesía a la vida. Otra tiene que ver con una aptitud cognitiva que ha sido poderosamente amenazada por la Red; y finalmente incluimos una que debiese considerarse como un derecho humano, uno esencial, y que con la era digital se ha debilitado a niveles alarmantes. 

1) La correspondencia tradicional

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Uno de los actos más estéticos y sensibles que incluía la tradicional interacción entre seres humanos era, sin duda, el intercambio epistolar. Ese apasionante y ceremonial momento de trazar a mano los pensamientos sobre un papel, quizá a media luz y tratando de extraer las hebras más lúcidas de nuestras reflexiones y sentimientos, parece haber quedado ya en el olvido. El ritual, además, incluía ir a depositar la carta al correo y cultivar la paciencia hasta que llegase a su destino y luego regresara una misiva similar a nuestras manos. 

En fin, como tributo a la nostalgia que seguramente much0s compartimos tenemos el proyecto Snail Mail My Email, en el cual el artista estadounidense Ivan Cash convirtió correos electrónicos mandados entre extraños en tradicionales cartas escritas a mano.

 

2) La concentración 

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Si hay algo que distingue a nuestra cotidianidad es el malabar frenético de tareas y labores. No por nada se dice que hoy el capital más cotizado entre la sociedad contemporánea es la atención. Y es que la cantidad de estímulos que Internet provee es tal que los tiempos en los que nos abocábamos a una sola tarea, inmersos en las entrañas de actividad "monogámica", parecen haber terminado para siempre. Si bien la productividad y acumulación de conocimiento (o por lo menos información) fluyen hoy más que nunca, por otro lado la concentración ya no es una herramienta tan común; cada vez es más complicado alcanzar estados en los que estrictamente desplegamos un alto nivel de concentración. 

 

3) La privacidad

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Ya sea de manera voluntaria (a través de un voyeur en redes sociales) o no (por medio de espionaje legal o ilegal que implementan compañías y gobiernos), lo cierto es que hemos cedido nuestra privacidad a favor del uso de servicios que se concentran en Internet. El problema es que muchos de nosotros ni siquiera hemos hecho esto consciente y, peor aún, estamos lejos de entender las consecuencias implicadas en este fenómeno. La privacidad, que debería ser un derecho garantizado por los actuales gobiernos y entidades regulatorias, es hoy un bien cada vez más ajeno, y esto es algo que tarde o temprano podríamos lamentar enormemente. Entonces no podemos dejar de hacerte la siguiente invitación: si usas Internet, ya es hora de que defiendas tu privacidad