*

X
Si logras una posición inteligentemente problematizadora vuelven comentarios igualmente inteligentes, además de interesados y de profundización; y a ésos les siguen otros que van construyendo una suerte de trama envolvente que incluye y excede tu propio artículo y lo enriquece

Ya me lo habían avisado, pero no me lo creí; me dijeron que lo que más recibes son insultos, si bien te va. Yo andaba con aquello de que si logras una posición inteligentemente problematizadora vuelven comentarios igualmente inteligentes, además de interesados y de profundización; y que a ésos les siguen otros que van construyendo una suerte de trama envolvente que incluye y excede tu propio artículo y lo enriquece. Y que así se van nutriendo los ecosistemas y vamos construyendo juntos nuevos conceptos, colaborativamente.

Llevo no menos de 100 publicaciones y a la fecha he recibido –esencialmente-- algunas felicitaciones, poquísimas discusiones, ninguna pregunta y una cantidad significativa de insultos y groserías difamatorias, del tipo:

Me manifiesto en completo desacuerdo con su opinión, que a todas luces tiene su fundamento en la nada (o en el mejor de los casos en una lectura relámpago de Wikipedia). Sus analogías son sumamente burdas y sus comparativos lamentables e inconexos. Evidentemente no tiene usted idea de la diferencia entre la ciencia experimental y la aplicada. Es muy triste que se pierdan espacios como éste en opiniones pletóricas de miseria intelectual. (SinEmbargo)

O del tipo: “Que no te gusta la ciencia, vamos... Pues nada oye, vete a interpretar sueños y deja a los profesionales trabajar” (Huffington Post). O:

Que muchos de los escritos que aquí se publican se sientan paridos sin epidural. escribir por escribir qué pereza, sólo por cumplir con la tarea, me imagino que hasta los temas los dan a “pedido” de los editores… Umm, qué lastima! La verdad hoy escribe cualquiera. (SinEmbargo)

De esas cuatro categorías, de las dos que saco más conclusiones son la de las preguntas y la de los insultos. Mientras no desarrolle preguntas no habré disparado ningún proceso de construcción colectiva; mientras no promueva inquietudes o preguntas en mi lector, no habré generado nada que valga demasiado la pena. No me refiero a preguntas de comprensión sobre lo que escribí o quise escribir, me refiero a las preguntas de expansión, de búsqueda metonímica. Yo sé que una parte de la ausencia de preguntas se explica por las convenciones del género “comentarios”, que no se usa habitualmente para preguntar o debatir con el autor; pero la otra parte debo explicármela por la estructura, el contenido y la índole general de mis publicaciones. Mientras siga generando más felicitaciones que preguntas deberé estar consciente de que no se está produciendo en mis lectores el efecto esencial. Me toca seguir trabajando.

¿Y qué concluir de los insultos? Lo primero que me llama la atención es que no son homogéneos y constantes; es decir, no son un “modus operandi” de los lectores ante cualquier publicación, ni siquiera ante este autor determinado. Recibo la descarga de insultos sólo en algunos de mis artículos; en pocos de ellos. Por eso me parece que vale la pena preguntarse qué características en común tendrán esos artículos.

Me insultan cuando transgredo alguna convención de alta raigambre cultural. Recibí insultos cuando retiré mi aval a los niños lectores; cuando discordé esencialmente con las neurociencias (con el modelo científico en general) en favor de la psicología; cuando rompí el código del género y usé el espacio de un artículo de periódico para escribir como si fuera un adolescente escribiendo una redacción; cuando osé desconfiar de la erudición o retirar mi apoyo político a la ortografía; cuando quise remontar la formación del escritor lejos de los estereotipos; cuando contradije a un columnista célebre y cuando ironicé sobre el modelo de evaluación imperante en escuelas y universidades. Yo sé que no es conmigo, sino con todo aquel que se anime a poner en entredicho esas deidades decimonónicas. Las ideas pueden generar desacuerdos, pero cuando tú te metes con las creencias, el argumento se vuelve agresión y los desacuerdos se expresan como guerra. Mientras la dialéctica trabaje con lo que pensamos somos capaces de mantener la civilidad, pero cuando algo entra en el terreno de lo que creemos (sobre todo en lo que no sabemos que creemos), las formas se pierden y lo visceral emerge en estado puro.

Y tal vez todos tengamos razón; ellos y yo también. Ellos porque es probable insultar, denostar, ridiculizar, agredir y satanizar a quien está demoliendo tus cimientos como si jugara una partida de ajedrez un domingo por la tarde. Debes reaccionar, porque te estás jugando la vida, esa vida que tienes armada. Pero yo también tengo razón, porque si no nos metemos con esos cimientos, entonces para qué; porque si no pongo en cuestión lo que sostiene todo el tinglado que nos tiene atrapados --aunque a veces creamos que nos sostiene, cómo haré para trabajar en favor de una transformación que considero imprescindible. Y los dos tenemos razón, al fin y al cabo, porque estamos metiéndonos con las cosas más íntimas, serias, profundas e ideológicas; y esas cosas no se dirimen sin sangre y sin fuego.

Yo lo sé. Ellos no sé si lo sepan.

Pero no quiero concluir que cada publicación que reciba más enconados comentarios será, por eso, mejor; no creo que esa conclusión sea justa. Pero tampoco lo contrario; porque si a cada insulto retrocedo, entonces qué me queda, ¿verdad? Seguiré buscando, simplemente; y que cante quien quiera cantar.

También he notado que dependiendo de tu posición relativa respecto al saber, también dependen los comentarios. ¿Por qué me insultan cuando escribo y me aplauden cuando doy conferencias? Porque cuando escribo, para quien me lee, soy un desconocido desinvestido de saber; simplemente, un hombre oculto detrás de un nombre desconocido en una publicación ocasional. Y como no me reconocen en el lugar del “saber” (profesor, conferencista, autor de libro, etc.), entonces liberan sus energías vitales de la manera más animal posible. Por el contrario, en el mismo momento en que esas mismas ideas provienen del lugar del saber, en cambio de generar ira obligan a la genuflexión. El ritual de la palabra del que sabe obtura cualquier reacción descontrolada. Porque aunque esas ideas osen impugnar algunos símbolos o alterar algunos órdenes celestiales, el orden supremo de los estereotipos del flujo del saber --la voz académica-- llamará a la calma y la alineación. Al profesor, al libro de texto, a la enciclopedia y al “experto” en general, siempre palmas y respeto servicial. La relación con ellos es siempre pasiva, por definición. Porque así funciona nuestro orden; porque así se ordenan simbólicamente nuestros iconos.

¿Quién diría que encontraría tantas cosas detrás de unos compulsivos insultos, verdad?

En el seno de los debates pedagógicos más avanzados traemos permanentemente al centro a la participación; no concebimos una nueva y mejor pedagogía, una pedagogía activa, que no jale de la participación de los alumnos de manera sistemática. Y siempre aparecen este tipo de problemas que las mismas participaciones nos traen; cuando ellas son reactivas, o directamente burlonas, si no simplemente planas y desinteresadas. ¿Qué hacer? Leerlas; interpretarlas; jamás por ellas volvernos atrás. Aunque no quieran decir para nosotros lo que dicen, algo nos pueden estar diciendo. Dialoguemos con nuestra propia interpretación del fenómeno y sigamos adelante. Es lo que estoy haciendo. Y movernos a la derecha y a la izquierda, y para arriba y para abajo, hasta dar con el tono exacto, en el tiempo preciso, para que aun entre los ruidos, interjecciones y demás barullos incómodos, aparezca otra voz que concatene con la nuestra y comience algún proceso de alguna construcción que valdrá la pena.

Sé que va a haber un momento en que todo esto haya pasado y los iconos hoy tan susceptibles serán sólo recuerdo y a los nuevos –eso sí-- les enseñaremos a considerarlos, pero no necesariamente a venerarlos.

Espero tus comentarios.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

Te podría interesar:

La modelo Emily Ratajkowski escribe un ensayo sobre el problema de ser sexy en un mundo que objetifica la sexualidad

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/11/2016

Emily Ratajkowski, una de las mujeres "más sexy del mundo", reflexiona de manera inteligente sobre cómo la sociedad percibe la sexualidad femenina y coarta su expresión natural

La modelo Emily Ratajkowski es considerada una de las mujeres más sexy del mundo y recientemente se ha convertido en vocera de una sensualidad inteligente y empoderada, aunque no sin controversia. Hace unos días dio un discurso de apoyo a Bernie Sanders en su campaña por la candidatura demócrata a la presidencia y ahora ha generado revuelo en la red por escribir un ensayo para la revista Lenny --en el que cita a autores como John Updike y Harper Lee-- sobre la forma en la que la sexualidad femenina es percibida en el mundo.

El ensayo se llama "Baby Woman" y es un breve recuento autobiográfico de cómo ha sido crecer siendo modelo en Estados Unidos. Ratajkowski cuenta que desde que tenía 12 años su papá se refería a ella como "baby woman": una bebé-mujer precoz de 12 años, talla D de brasier, que dormía con sus papás. 

Algunas modelos han denunciado las oscuras prácticas de objetificación y acoso sexual dentro de la industria (por ejemplo, la modelo Sara Ziff), pero Emily enfatiza más la presión sexista de personas fuera de la industria: "maestros, amigos, adultos --individuos que no estaban tan regulados como los altamente escrutados del mundo de la moda me hacían sentir más incómoda o culpable por mi sexualidad en desarrollo".

La esencia de lo que Ratajkowski quiere comunicar es que no debe existir vergüenza o marginación por la expresión de la propia sexualidad, la cual es algo natural, algo que, valga el lugar común, simplemente florece,  sobre todo cuando no está lleno de conceptos y miedos proyectados. Escribe sobre la presión social de no enviar el mensaje equivocado a través de la expresión de su sexualidad:

Lo que esto implica es que ser sexual es equivalente  a ser vil [trashy] porque ser sexy es darle juego a los deseos de los hombres. Para mí, "sexy" es una forma de belleza, una forma de autoexpresión, una que debe celebrarse, una que es maravillosamente femenina. ¿Por qué la implicación debe ser que el sexo es algo que los hombres obtienen de las mujeres y las mujeres ceden a los hombres? La mayoría de las mujeres adolescentes conocen por primera vez lo que son las mujeres "sexy" a través de imágenes editadas con Photoshop de celebridades o del porno. ¿Es ese el único ejemplo que nuestra cultura proveerá para las jóvenes mujeres? ¿Dónde pueden las niñas ver mujeres que encuentran poder en decidir cuándo y cómo ser o sentirse sexualmente? Incluso si es que ser sexualizadas por la mirada de la sociedad es denigrante, de todas maneras debe haber un espacio donde las mujeres puedan ejercer su sexualidad cuando así lo consideren.

La palabras de Emily Ratajkowski en general le han traído elogios y una nueva percepción, ya no sólo como una modelo voluptuosa sino también como una persona pensante. De hecho podemos decir que su ensayo es de alguna manera "sexy". No hay duda de que la expresión genuina de la sexualidad debe permitirse y no debe ser censurada o mirada con envidia. "Me niego a vivir en un mundo de humillación y apologías silenciosas. La vida no puede ser dictada por la percepción de otros", dice Emily, Es ciertamente un derecho personal vestirse, sentirse y expresare de la manera que a uno mejor le parezca. Y es cierto también que la mirada masculina que fomenta la hipersexualización del cuerpo femenino igualmente sólo permite esta sexualidad bajo sus propios términos y en las delimitaciones en las que tiene control. Dicho eso, el tema es complejo ya que muchas jóvenes mujeres, ante la explosión de lo sexy en la esfera pública, ante una ola de empoderamiento a través del cuerpo femenino, no pueden más que sentirse enormemente inseguras comparando sus cuerpos con los de las modelos (que de todas maneras no son como se ven, lo que hace imposible que la comparación resulte medianamente positiva). Estas jóvenes mujeres no sólo no reciben dinero por ser bellas, sino que gastan toda su energía en intentar conformarse a la imagen imposible de belleza, siendo que la belleza física es uno de los factores principales que en nuestra sociedad brinda la posibilidad de éxito a una mujer --entonces, una mujer que no es sexy según los estándares del momento se ve opacada, venida a menos y cohibida, lo cual genera a veces diferentes trastornos.

Evidentemente el problema no son las mujeres como Ratajkowski sino la forma en la que nuestra sociedad ha creado una economía de la belleza y ha rodeado la economía (o los símbolos del éxito económico), la publicidad y el entretenimiento con una serie de imágenes sexy que no pueden desligarse de su contexto de poder y de intercambio de valores. Es decir, existe una responsabilidad en las imágenes" sexy" que producimos y con las que hacemos marketing de los valores. En este sentido, Emily quizás podría reflexionar sobre todos los comerciales y videos en los que ha aparecido semidesnuda vendiendo productos o bailando alrededor de un rapero que sigue promoviendo la idea del proxeneta o alcahuete como un modelo para las nuevas generaciones.