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Celebramos los 20 años de la Declaración de Independencia del Ciberespacio

Por: Javier Raya - 02/08/2016

Hace 20 años un correo "cadena" llegó poco a poco a las bandejas de entrada y generó momentum: el ciberespacio había nacido no sólo como plataforma tecnológica, sino como una forma nueva de pensar y relacionarse con las ideas

Justamente hoy hace 20 años, el poeta, editor, fundador de la Electronic Frontier Foundation, además de letrista de los Grateful Dead, John Perry Barlow, envió un correo electrónico de un par de cuartillas de longitud a todos sus contactos (unos 600), titulado Declaración de Independencia del Ciberespacio. Escrito durante la estancia de Barlow en el Foro Económico Mundial 1996 en Davos, Suiza, su contenido puede parecer demasiado ceñido a una forma de mundo donde "ellos" y "nosotros" (los habitantes del mundo "real" y los habitantes del ciberespacio) están muy bien delineados y separados, como en un juego de ajedrez con piezas negras y blancas, ordenadas aunque hostiles, pero en su momento se trató de una de las piedras Rosetta de lo que era el ciberespacio para los primeros usuarios, no ya como interfaz a medio camino entre la conciencia androide o pseudoiluminada de la cultura raver, sino como una hermosa posibilidad de terreno no invadido y no dominado: un idílico espacio no para los cuerpos, sino para las ideas.

Sin embargo, las piezas del ajedrez electrónico se han vuelto grises, al igual que las zonas de excepción que los gobiernos utilizan para recabar información de los usuarios, zonas que funcionan como arma de doble filo, porosidades, donde los activistas y librepensadores pueden conocerse, organizarse y construir mundos más justos. 

Revisando su incendiario manifiesto, a 20 años de distancia, Barlow, de 68 años, sigue creyendo en la fuerza de sus palabras. Tal vez puede admitir que se le filtra un poco de irritación personal contra el personaje del presidente Clinton, quien trató de impulsar una ley que prohibiera material "obsceno" en línea, lo que amenazaba con regular el Internet de fines de los 90 de una forma tan arbitraria y moralina como la televisión o la radio tradicionales. También podríamos criticar el aspecto evidentemente anglocéntrico de la declaración: ya desde el título se anuncia como un contrapeso o relevo generacional de la Declaración de Independencia, salpimentado por la retórica de tribuna a la que el autor se vio expuesto durante su estancia en Davos. Ni qué decir que algunas expresiones no han pasado inmunes la prueba del tiempo --aunque en contraste, otras siguen siendo relevantes como contrapeso a los poderes políticos y económicos del mundo 1.0.

Sin embargo, el impacto de este manifiesto no quedó en la anécdota: esos 600 contactos de Barlow lo redistribuyeron, como una pieza viral antigua, que cundió como pólvora y ayudó a matizar la reforma a la ley de telecomunicaciones con base en la Primera Enmienda, además de formar parte de las lecturas tecnoanarquistas que formaron el inconsciente colectivo del Internet temprano. En entrevista con WIRED, Barlow afirma que "el ciberespacio es algo que ocurre de manera independiente del mundo físico (...) Depende del mundo físico, sin el cual no podría existir, pero en gran medida se trata de otra cosa, sin precedentes en la historia mundial: un medio ambiente donde la gente de todo el planeta puede reunirse y tener cierto sentido de electorado político".

Celebrar no es solamente alzar la copa en gesto ambiguo --tanto cómplice como fraterno, sino también criticar y cuestionar la historia de las ideas a través de sus manifestaciones más radicales. Sería triste quedarnos con la idea de lo que el ciberespacio "pudo ser" pero nunca fue: eso nos garantiza una vía rápida a la vejez creativa y al ostracismo político. Construir un Internet libre, plural y sin cortafuegos gubernamentales sigue siendo una tarea tan actual en 2016 como era en 1996. 

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Declaración de Independencia del Ciberespacio

John Perry Barlow

Gobiernos del Mundo Industrial, gigantes vetustos de carne y acero, yo vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, les pido a ustedes, del pasado, que nos dejen en paz. No son bienvenidos entre nosotros. No tienen soberanía alguna ahí donde nos reunimos.

No tenemos gobierno electo, ni es probable que lo tengamos, así que me dirijo a ustedes sin otra autoridad que la de la libertad, que siempre habla por sí misma. Declaro que el espacio social y global que estamos construyendo es por naturaleza independiente de las tiranías que buscan imponernos. No tienen derecho moral para gobernarnos, ni poseen métodos de coerción que sean verdaderamente de temer.

Los gobiernos derivan sus justos poderes del consenso de los gobernados. Ustedes no han solicitado ni recibido el nuestro. Nosotros no los invitamos. No nos conocen, ni conocen nuestro mundo. El ciberespacio no recae dentro de sus fronteras. No crean que pueden construirlo, como si fuese un proyecto de obra pública. No pueden. Es un acto de la naturaleza y crece por medio de nuestras acciones colectivas.

Ustedes no se han involucrado en nuestra gran y abarcadora conversación, ni crearon valor alguno en nuestros mercados. Ustedes no conocen nuestra cultura, nuestra ética, ni los códigos no escritos que le otorgan a nuestra sociedad mayor orden del alcanzable por cualquiera de sus imposiciones.

Afirman que existen problemas entre nosotros que necesitan resolverse. Utilizan esta afirmación como excusa para invadir nuestros predios. Muchos de esos problemas no existen. Donde hay problemas reales, donde hubiere errores, los identificaremos y resolveremos con nuestros propios medios. Estamos formando nuestro propio Contrato Social. Esta autoridad se levantará según las condiciones del nuestro mundo, no del de ustedes. Nuestro mundo es diferente.

El Ciberespacio está hecho de transacciones, relaciones, y pensamientos, desplegados como una ola erguida en la red de nuestras comunicaciones. El nuestro es un mundo que está a la vez en todas partes y en ninguna, pero no es donde habitan los cuerpos.

Estamos creando un mundo donde todos puedan entrar sin privilegios ni prejuicios dictados por la raza, el poder económico, la fuerza militar o las circunstancias de nacimiento.

Estamos creando un mundo en donde cualquiera, en cualquier parte, pueda expresar sus creencias, sin importar qué tan singulares sean, sin miedo a ser forzado al silencio o al conformismo.

Sus conceptos legales de propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto, no se aplican a nosotros. Están todos basados en la materia, y aquí no hay materia.

Nuestras identidades no tienen cuerpos, así que, a diferencia de ustedes, no podemos ser llevados al orden por medio de la coerción física. Creemos que nuestra autoridad emanará de la ética, del luminoso interés en uno mismo, y del bien común. Nuestras identidades podrían distribuirse a través de sus jurisdicciones. La única ley que todas nuestras culturas constitutivas reconocen, por lo general, es la Regla de Oro. Esperamos ser capaces de construir nuestras soluciones particulares bajo esa premisa. Pero no podemos aceptar las soluciones que están tratando de imponernos.

En Estados Unidos, ustedes han creado hoy una ley, el Acta de Reforma a las Telecomunicaciones, que repudia su propia Constitución e insulta los sueños de Jefferson, Washington, Mill, Madison, De Tocqueville y Brandeis. Estos sueños deben nacer hoy, como nuevos, entre nosotros.

Se encuentran aterrados de sus propios hijos, pues son nativos de un mundo donde ustedes siempre serán inmigrantes. Debido al miedo, confían a sus burocracias las responsabilidades paternalistas que son demasiado cobardes para ejercer por ustedes mismos. En nuestro mundo, todos los sentimientos y expresiones de la humanidad, de las más viles a las más angelicales, son parte del mismo todo sin fronteras, la conversación global de los bits. No podemos separar el aire que asfixia del que baten las alas al volar.

En China, Alemania, Francia, Rusia, Singapur, Italia y Estados Unidos, están tratando de protegerse del virus de la libertad erigiendo puestos de guardia en las fronteras del Ciberespacio. Esto puede mantenerlos fuera de contagio por un corto lapso, pero no funcionarán en un mundo que pronto será cubierto por medios hechos de bits.

Sus industrias de información crecientemente obsoletas podrán perpetuarse a sí mismas a través de leyes, en Estados Unidos y en cualquier parte, que reclamen la propiedad de la palabra por todo el mundo. Estas leyes declararán que las ideas son solamente otro producto industrial, no mucho más noble que el hierro oxidado. En nuestro mundo, cualquier cosa que la mente humana pueda crear puede ser reproducido y distribuido infinitamente sin costo alguno. El tráfico global de ideas ya no necesita de sus fábricas para realizarse.

Estas medidas cada vez más hostiles y coloniales nos colocan en la misma posición que la de los anteriores amantes de la libertad y autodeterminación quienes rechazaron las autoridades de poderes distantes y poco informados. Es preciso declarar nuestro ser virtual como inmune a dicha soberanía, incluso si seguimos aceptando su poder sobre nuestros cuerpos. Nos extenderemos por todo el planeta para que nadie pueda arrestar nuestras ideas.

Crearemos una civilización de la Mente en el Ciberespacio. Que sea más humana y justa que el mundo que sus gobiernos hicieron antes.

Davos, Suiza

Febrero 8, 1996

 

A Declaration of the Independence of Cyberspace [ENG]

 

Twitter del autor: @javier_raya

¿Los científicos rezan? La pregunta de una niña a Einstein, y la sensata respuesta del científico

Por: pijamasurf - 02/08/2016

El intercambio epistolar entre una niña y Albert Einstein arroja mucha luz sobre el debate entre el pensamiento científico y el religioso

El Renacimiento fue un punto de quiebre en la historia del pensamiento occidental. Parafraseando el famoso planteamiento de Freud, podría decirse que en ese momento comenzó a gestarse una de las grandes heridas narcisistas, en buena medida porque si bien el ser humano se colocó en el centro del universo, ese lugar estuvo signado desde el inicio por la incertidumbre, la duda, quizá incluso la indecisión, esto en comparación con una etapa dominada por el pensamiento religioso o mágico, por ejemplo, cuando en cierta forma todo era más sencillo porque estaba todo dado: la cosmogonía, el plan de Dios, la teleología de las cosas, etcétra.

En este sentido, el pensamiento religioso y el racional emprendieron una divergencia que aunque no ha sido completa, se ha mantenido como tal desde entonces; por momentos los cursos de cada uno pueden cruzarse y encontrarse, pero en general puede decirse que marchan separados, cada uno en su propio desarrollo.

Un momento interesante y particularmente elocuente al respecto de la relación entre la fe religiosa y la confianza en el conocimiento religioso ocurrió cuando nada menos que Albert Einstein respondió a una niña en escuela primaria que, justificadamente, se preguntó con otros compañeros de clase si los científicos rezan. Quizá nuestra primera reacción a esta duda sería pensar que no, que una persona dedicada a la ciencia está volcada de lleno a las formas racionales del pensamiento pero, por otro lado, ¿no son seres humanos también? Y no porque en nuestro código esté inscrita naturalmente la inclinación a la creencia religiosa, sino más bien porque, culturalmente, en momentos de asombro e incomprensión, estamos más o menos condicionados a reconocer que la razón no tiene todas las explicaciones para los fenómenos que ocurren en el universo y que, por lo mismo, posiblemente haya “algo más”.

Como sea, reproducimos a continuación este intercambio epistolar que no sólo es claro, sino también emotivo y, quizá lo mejor de todo, estimulante para las preguntas que nosotros mismos tengamos sobre esta discusión, que aún ahora, casi 80 años después del envío de estas cartas, dista mucho de estar cerrada.

 

Iglesia de Riverside

Enero 19, 1936

Querido Dr. Einstein:

Tuvimos una duda en nuestra clase dominical: ¿Los científicos rezan? Esta surgió al preguntarnos si es posible creer tanto en la ciencia como en la religión. Estamos dirigiéndonos a científicos y otras personas importantes para intentar tener respuesta a nuestra duda.

Nos sentiríamos muy honrados si usted contestara a nuestra pregunta: ¿Los científicos rezan? Si es así, ¿qué piden al hacerlo?

Somos de sexto grado, del grupo de la Srita. Ellis.

Respetuosamente suya,

Phyllis

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Enero 24, 1936

Querida Phyllis:

Intentaré responder a tu pregunta de la manera más sencilla posible. Esta es mi respuesta:

Los científicos creen que cada acontecimiento, incluidos los hechos de los seres humanos, se deben a las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, un científico no puede inclinarse por creer que un rezo puede incidir sobre el curso de los eventos, esto es, por un deseo manifestado de forma sobrenatural.

Sin embargo, podemos conceder que el conocimiento que tenemos actualmente de estas fuerzas es imperfecto, así que, después de todo, la creencia en un espíritu ulterior, último, se traduce en una especie de fe. Esa creencia se encuentra ampliamente difundida incluso con los logros en curso de la ciencia.

Pero también, cualquier persona que esté involucrada seriamente en las búsquedas de la ciencia queda convencida de que algún tipo de espíritu se manifiesta en las leyes del universo, uno que es vastamente superior al hombre. En este sentido, la búsqueda de la ciencia conduce a una especie de sentimiento religioso, el cual seguramente es muy distinto a la religiosidad de alguien un tanto más ingenuo.

Con saludos cordiales,

Su A. Einstein