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La relación entre el destino y la libertad humana es mucho más fluida y permeable de lo que aparenta; la astrología sugiere que el porvenir surge del concurso sincrónico de las fuerzas del cielo y la tierra, de la necesidad y de la capacidad del ser humano de trascender los vectores que impulsan su trayectoria.

En lo referente a la predestinación y su contradicción frente al libre albedrío, el debate ha sido bastante extenso y acalorado. Es un tema apasionante, de profundas consecuencias filosóficas, y por el que se me pregunta con cierta frecuencia. Como no soy filósofo sino astrólogo, he de intentar responder desde la disciplina que me ocupa. Mi intención es mostrar que la relación entre el destino y la libertad humana es mucho más fluida y permeable de lo que aparenta, y aunque el tema no está exento de polémica, es posible una perspectiva razonable que reconcilie ambos extremos. Asumamos en primer lugar que la astrología plantea un modelo de universo predictible y por lo tanto organizado en torno a una noción determinista, aunque no necesariamente causal. Me refiero a un determinismo en sentido lato, no circunscrito a la estricta lógica de causa–efecto que heredamos del pensamiento de Aristóteles o del paradigma mecanicista de Isaac Newton.

El determinismo astrológico dista mucho de parecerse a ese universo de engranajes de relojería que dimana de la física clásica. Por el contrario, se trata de un determinismo orgánico, más semejante a la interrelación simultánea de los órganos y tejidos de un ser vivo. Con algunas excepciones como la de Al-Kindi (801-873 d. C.), quien fuera el más aristotélico de los astrólogos árabes, la mayoría de los augures celestes rechazaron la teoría de una causalidad astrológica o influencia estelar directa, inclinándose más bien por la idea de una confluencia sincrónica en la que los sucesos del cielo y de la tierra ocurrían de forma coordinada. La concepción de una línea causal resultaba tentadora para algunos, pues tendía a resolver en términos razonables la incómoda situación de tener que dar cuenta de este extraño oráculo de origen mágico-babilonio. Desde la filosofía griega, que para aquel entonces era expresión de la racionalidad más exquisita, se podía establecer un vínculo causal entre los astros y la vida terrestre. Sin embargo, los astrólogos menos versados en las elucubraciones de aristotélicos y estoicos siguieron manteniendo una visión de concurrencia y simultaneidad de las signaturas celestes. De este modo, sostener un cosmos determinista no implica necesariamente una visión de causalidad, como la evidenciada en la famosa definición de Cicerón sobre el destino en De divinatione.

Esa visión de sincronía cósmica guardaba alguna compatibilidad con una tercera posición, mucho más arcaica y de corte mágico-religioso, en donde los cuerpos celestes son el rostro visible de los dioses, cuya voluntad se manifiesta a los hombres por medio del movimiento y posición de los astros. Como sea, las tres versiones tienen en común la idea de un hado preexistente, susceptible de ser conocido de antemano. En ellas también es evidente la noción de un universo inteligible, cuyo accionar expresa un sentido y quizás también un propósito. Dicha inteligibilidad del firmamento inaugura la posibilidad de predicción dentro de un marco determinista, o lo que es igual, dentro de un futuro cognoscible de posibilidades finitas. Esto, es evidente, entra en choque con los fundamentos ideológicos de la modernidad, donde el futuro es abierto, desconocido, de infinitas posibilidades, y cuya cristalización depende del ejercicio de la libertad. Por lo tanto, la visión ancestral de un tiempo con posibilidades predeterminadas suele resultar molesta para la mentalidad en boga. Pero volveremos sobre este tema un poco más adelante.

Cuando digo que el cosmos astrológico es predecible y determinista, me refiero a que la capacidad del astrólogo para vaticinar los sucesos que se avecinan depende de una concepción en donde los signos celestes indican la cualidad del tiempo y su propensión a manifestarse en hechos concretos. Las artes mánticas en general conciben un futuro cerrado o preestablecido, puesto que si no estuviese determinado de antemano no podría ser objeto de adivinación. Surge entonces un tremendo problema filosófico, pues si la vida está predestinada ¿qué lugar tiene el libre albedrío? Y peor aún, si las acciones humanas están predeterminadas, ¿qué responsabilidad moral cabe adjudicarle a las personas por sus actos? Pues bien, estas complejas preguntas surgen justamente por la misma manera de plantear la cuestión del destino. Tal vez exista otra forma de enfocar el problema.

El destino o fatum es ese poder sobrenatural que se impone sobre la vida de los hombres con la fuerza de lo inevitable, guiando los acontecimientos hasta un fin no escogido, aunque no necesariamente negativo, pues el destino también puede a veces superar las aspiraciones y expectativas personales. En la mitología órfica esta fuerza aparece bajo la forma de Ananké, personificación de lo inevitable y de la ineludible necesidad a la que están sometidos tanto los dioses como los mortales. Se la representaba como un ser serpentino, entrelazada con su eterno compañero Cronos, el señor del tiempo. Así, destino y tiempo se extendían por todo el universo, dando origen a la red de la existencia. Ananké era madre de las tres Moiras, aquellas diosas primigenias que distribuían el hado a cada ser y determinaban la duración del hilo de la vida.

¿Y qué hay del libre albedrío? Pocas personas están conscientes de que, así como la noción del destino tiene una innegable raíz pagana, la idea del libre albedrío surgió de las discusiones de los teólogos judeocristianos. Los rabinos y obispos de los primeros siglos de la era común estaban muy interesados en debatir con los paganos sobre esta idea de que los dioses y/o los astros determinaban el curso del destino humano, pues esta creencia básica del paganismo entraba en contradicción con la doctrina moral que responsabiliza al hombre por sus pecados. Si existe el destino y es inexorable, ¡estaba predestinado que Adán y Eva desobedecieran! Siendo así, la culpa sería de Dios y no del hombre. Partiendo de este punto, los teólogos se esmeraron por echar abajo la idea de la predestinación, postulando que Dios le había otorgado al hombre el regalo de la libertad para actuar de acuerdo al bien o al mal. Obrando la voluntad de Dios, expresada en las sagradas escrituras, se hacía el bien y se alcanzaba la salvación del alma en el más allá. Pero en el rincón opuesto, los filósofos estoicos, todos ellos paganos, defendían una posición bien distinta; el universo está predeterminado hasta el último centímetro por el destino, y el hombre tan sólo puede liberarse interiormente de sus apegos mundanos para alcanzar la paz y la felicidad, puesto que la materia, el tiempo y el espacio están sujetos a un inevitable determinismo causal.

Grabado Flammarion, 1888El debate entre filósofos paganos y teólogos cristianos terminó, argumentum ad baculum, con el triunfo de la libertad de acción propuesta por estos últimos. Consecuencia de aquello es que en la mentalidad occidental el libre albedrío es un dogma de fe incuestionable, al punto de ser defendido por aquellos que se oponen tajantemente a la iglesia, la sinagoga, la mezquita y todo lo que huela parecido. Es un triunfo teológico sin parangón en la historia universal. Pero como la astrología es una ciencia vetusta, en la que se han fusionado elementos provenientes de cuanta cultura hizo uso de ella, no podía sino sobrevivir en su seno ese elemento pagano y determinista. No obstante, también el libre albedrío de los teólogos encontró cabida en ella. ¿Cómo es posible? La posición intermedia que reconcilia ambas perspectivas se conoce como “compatibilismo” y se basa en un determinismo suave. Plantea que destino y libre albedrío son compatibles en la medida en que asumimos un universo determinista en el que opera un sujeto capaz de realizar elecciones entre las opciones que se presentan como fruto de la predestinación. Encontrarme esa billetera abultada en el asiento del bus estaba claramente predestinado, pero es mi libre elección quedarme con el dinero o buscar una identificación para devolverlo a su dueño. Y aunque existen situaciones en las que casi no tenemos elección, ello no niega que contemos con esa libertad de elegir la mayoría del tiempo.

Desde la astrología tradicional es mejor pensar en términos de elecciones que en un libre albedrío absoluto. El hecho de que no controlamos el tiempo ni los flujos del devenir, y que gran parte de los altibajos de la vida no fueron deseados ni anticipados por nuestra parte, demuestra que habitamos en un mundo determinista, en el que los avatares del destino definen cuestiones fundamentales como el país y ciudad en que nacimos, los padres que nos tocaron, la mujer que nos flechó en aquella fiesta, esa enfermedad que nos llevó al hospital, el desplome de nuestro negocio en medio de la crisis económica o sencillamente el día de nuestra inevitable muerte. Si somos honestos con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que los eventos más importantes y determinantes de nuestras vidas no fueron fruto de nuestros deseos; simplemente sucedieron a pesar nuestro, partiendo por el propio nacimiento. Todos estos aparentes accidentes que condicionan los eventos, coordinados con el texto simbólico del firmamento, constituyen lo que la astrología entiende por destino.

En la Edad Media el reputado Tomás de Aquino (1224-1274), teólogo y filósofo cristiano, intentó abordar el tema. Tras mucho cavilar propuso una máxima que es repetida una y otra vez por los astrólogos: las estrellas inclinan, pero no obligan. No fue extraño que se interesara por ello, ya que su maestro había sido el famoso Alberto Magno, obispo y teólogo, pero también naturalista, alquimista, geógrafo, herbolario, astrólogo y a la sazón, mago. La cuestión del determinismo astrológico ocupó a las mentes más brillantes de la humanidad durante muchos siglos, prueba suficiente de que la astrología no es una simple superstición de un montón de gente ignorante.

Lo que dice Tomás de Aquino es que los astros no pueden obligarte a proceder en una dirección, pero efectivamente inclinan los eventos y las fuerzas del devenir hacia un lado en particular. La posibilidad de elegir, y no un absoluto libre albedrío, nos presentará alternativas. O nos dejamos arrastrar por la corriente del río astral o bien nadamos en su contra. La voluntad adquiere aquí un rol central, ya que sólo un hombre de tenaz empeño podrá perseverar nadando río arriba. Dado que una voluntad de hierro no es lo habitual, en la mayoría de los casos la corriente efectivamente arrastra a las personas hacia donde ellas no han elegido. ¿Se habrá notado que al llevar a cabo nuestros cuidadosos planes la situación suele presentar tantos imprevistos que el proceso y el resultado nunca son exactamente lo que uno había planificado? Un derviche turco me dijo una vez que al hombre pertenece el esfuerzo, pero de Dios depende el resultado. Es una forma piadosa de verlo, en la que se esconde la misma verdad que planteamos. Hay una interacción entre lo que está predestinado y lo que el hombre escoge realizar. No siempre nuestras elecciones conducen a un resultado satisfactorio, porque han entrado en contradicción con el destino. Otras veces nuestras acciones fluyen con el río de la existencia, y coordinadamente con el cielo se obtiene lo esperado. De allí la ventaja que otorga el conocimiento del porvenir, pues si se conoce la cualidad del tiempo es posible escoger el momento adecuado para realizar cualquier cosa con éxito. A esto se le conoce como astrología electiva, una rama de la antigua tradición astrológica que busca adelantarse a los hechos y aprovechar ese conocimiento para obtener desenlaces favorables.

Respecto a la responsabilidad moral de las personas en un marco determinista, al asumir la libertad que tiene todo ser humano para escoger el curso de sus acciones frente a los eventos predestinados, debemos asumir también como consecuencia inevitable que todo sujeto consciente es plenamente responsable de sus actos. Puede que en la vida nos topemos con alguien que nos saque de quicio, y que nuestro mal temperamento nos haga proclives a los arranques de ira, pero eso no nos libra de la responsabilidad moral si le causamos lesiones en un arrebato. Entonces, en un marco determinista, la responsabilidad moral es mucho mayor, pues a medida que las alternativas se van cerrando y limitando, nuestra incertidumbre decrece y tenemos mucha mayor claridad para decidir y asumir las consecuencias.

Hay personas que por su condición social nacen con un grado de libertad mucho más limitado. Es el caso de la pobreza y de la esclavitud, que lamentablemente siguen existiendo en nuestro planeta de un modo velado. Otros son afortunados y nacen bajo condiciones de vida muy ventajosas, donde no falta el dinero ni las oportunidades. El poderoso hado, que los griegos conocían como Εἱμαρμένη (Heimarmene), decreta para unos lo fácil y para otros lo difícil. Mientras entre los hindúes existe una explicación kármica individual para dar cuenta de las aparentes injusticias de la vida, entre los estoicos se apela a un determinismo causal de orden general o cósmico; pero tanto los afortunados como los desafortunados, en sus distintos niveles de libertad, tienen un cierto grado, más grande o más pequeño, para elegir la naturaleza de sus acciones. He conocido a gente desposeída de lo más bondadosa y compasiva, como me he encontrado con personajes pudientes de lo más crueles y maliciosos. Desde luego, lo opuesto también es cierto, habiendo gente pobre que se esmera en dañar al resto y gente adinerada que intenta ayudar sinceramente. La frecuencia estadística no es mi asunto. Intento sugerir que a pesar de las condiciones preestablecidas, y muchas veces ajenas a la propia voluntad, existe igualmente la posibilidad de escoger y de ser moralmente responsables por dichas elecciones.

Al comienzo advertíamos del evidente conflicto entre la visión tradicional sobre el destino y la conciencia de libertad individual que caracteriza al sujeto moderno. La predestinación molesta a la mentalidad contemporánea y supone una amenaza a nuestra necesidad psicológica de sentirnos completamente libres para satisfacer nuestros deseos. Creo que en ello hay un signo de cierta inmadurez colectiva, una forma de negación de las experiencias de frustración, pero también es resultado del esfuerzo de los teólogos y apologetas de los primeros siglos del cristianismo. De todas maneras, cabe aclarar que la predestinación astrológica no faculta al astrólogo para conocerlo todo de antemano, ya que existe el potencial humano para elegir, e incluso, a fuerza de tenacidad volitiva, dar vuelta al curso de los eventos. La astrología determina categorías o tipos de objetos, personas y situaciones, pero no puede predecir cualquier cosa hasta el más mínimo detalle. En este sentido, plantea un determinismo categorial que deja espacio suficiente para la emergencia de la voluntad humana. En lo concreto, la astrología no va a decirnos cuál es la banda de rock favorita del sujeto que se robó mi bicicleta, pero con una figura horaria sí que puede ayudarnos al indicar el tipo de lugar en que se encuentra, si está completa o ya la vendió por partes, e incluso qué aspecto general tiene el ladrón.

Para explicar la relación entre astrología, predestinación y libre albedrío suelo usar una analogía. Supongamos que navegamos en altamar. Nuestro navío se ve expuesto al empujón de las corrientes marinas y de los vientos, que lo arrastran en una determinada dirección. Son las fuerzas del destino signadas en los astros. Empero, como capitanes del barco podemos asumir la situación y haciéndonos responsables de la nave, tomar el timón de la voluntad y dirigir las velas del intelecto, usando los vientos y corrientes a nuestro favor, con el fin de llegar al puerto deseado. Debido a que navegar con seguridad implica una buena cuota de conocimientos, es buena idea contar con los mapas de navegación que proporciona la astrología.

De tal manera, nuestra actitud frente a lo inevitable depende completamente de nosotros, y ese accionar va condicionando las posibilidades de expresión del propio destino, de modo que no somos unas pasivas marionetas movidas por los hilos de la fatalidad. Por el contrario, somos agentes participativos en la configuración del destino, determinando una parte del mismo por el ejercicio de nuestro grado de libertad al elegir nuestras acciones frente a la manifestación de lo predestinado. Entonces, que el universo esté sujeto al determinismo significa sencillamente que es inteligible, al presentar un orden identificable y comprensible para el intelecto. Finalmente, es importante no olvidar un principio fundamental. El destino, desde el punto de vista metafísico, debe ser trascendido. De allí la búsqueda de la anábasis platónica, ese ascenso del alma a través de las siete esferas planetarias para alcanzar el empíreo, allende las regiones de Saturno, en donde el tiempo no existe y por lo tanto, la Ananké ya no rige. Esa es la meta final --o destino-- a la que todo hombre y mujer debe dirigir su navío.

 

Twitter del autor: @cubicado

La muerte, dice el budismo, es sólo un hábito de la mente, una etapa en un proceso continuo de desaparecer y volver a aparecer

Quizás la forma en la que vemos la muerte --como un final total-- sea solamente un hábito conceptual aprendido que no refleja la realidad de este fenómeno sino solamente nuestra creencia dualista. Son numerosas las culturas que han creído entender la muerte solamente como un estadio de transformación, una fase más o menos diferenciada de un único proceso que es la existencia, un ritmo entre la manifestación y un estado de inactividad o latencia. El budismo es sin duda una de las corrientes de pensamiento que más hondo ha meditado sobre la muerte y ha desarrollado su propio sistema de entendimiento de la muerte como una frontera más en la infinita continuidad de la mente.

Analizaremos aquí algunas de las nociones que el budismo ha desarrollado en torno a la muerte dentro de su metafísica. Tomaremos como base el texto A Cascading Waterfall of Nectar, en el que el maestro tibetano Thinley Norbu Rinpoche expone algunas de las bases del pensamiento budista para un público occidental.

Primero debemos mencionar que el budismo no considera que exista una sustancia aparte de la mente, la cual es "la fuente de toda la existencia física", según explica Thinley Norbu. El budismo sostiene que todas las cosas que vemos son solamente apariciones ligadas a un estado de habituación de la mente; cada fenómeno está ligado a un estado particular de la mente del cual emerge y no puede existir sin la mente, esto incluye al cuerpo y a la muerte misma, a los cuales podemos considerar como meros hábitos. Explica Thinley Norbu Rinpoche:

Debido a que la mente es continua, los fenómenos de la existencia son continuos  y no cesan de manera permanente. La muerte y el nacimiento sólo son nombres. La muerte no es realmente la muerte, como los nihilistas creen, es sólo hábito. La mente se retira y aparece, pero no cesa... Ya que la mente es continua, debe volver a aparecer en algún lugar, si no se ha conseguido el cuerpo de la sabiduría [y no se ha agotado el karma]. Los budistas no creen que la muerte sea nada, sino que la mente sigue ahí, continuando, pese a que los fenómenos condicionados temporalmente se separan. Cuando los seres dejan de aparecer en este reino, aparecen en otro conforme a sus hábitos. Hasta que todos los fenómenos dualistas son completamente purificados en inmaculada no-dualidad, todo se mueve de un estado de latencia a un estado de aparición [y viceversa] según cambian los fenómenos de la mente. Para los seres ordinarios, el tiempo que tardan los fenómenos en manifestarse cuando se retiran y el tiempo que duran los fenómenos cuando aparecen depende de las condiciones del karma.

Aquí tenemos una clara enunciación de una de las creencias más importantes del budismo: la continuidad de la mente. Con esto no se quiere decir lo mismo que la continuidad o la inmortalidad del alma o de la persona. El budismo niega la existencia del alma y el ser individual en tanto que su existencia es siempre condicionada a una cadena de acciones (karma) y relaciones (pratityasamutpada) que una vez que son agotadas el individuo desaparece con ellas. El alma no existe por sí misma sino como una aparición o manifestación de la mente, cuya base es el espacio infinito o vacío; el universo es mente y sabiduría pero no mentes, las existencias individuales son como espuma en la superficie del océano.  

En el Sutra del Rey del Samadhi se dice:

Antes, muchos eones atrás, el mundo ocurrió,

y de nuevo, después de ocurrir, se disolvió, y no hubo mundo.

Como fue, será, yendo y viniendo. 

Esto mismo ocurre de manera microcósmica con los seres vivos que emergen y desaparecen: la mente se manifiesta en individuos que cumplen su ciclo y dejan de existir y así infinitamente volverá a manifestarse en otros individuos que dejarán de existir como los mundos que emergen y desaparecen en el gran mar del espacio. Y todas estas existencias, por más reales y duraderas que nos puedan parecer, no tienen ninguna sustancia. No existimos, lo que existe es la existencia, una sola vida, una sola mente en un juego mágico. Todos los momentos particulares, las condiciones y aspectos específicos de la existencia son solamente adornos. Como explica Thomas Cleary en su versión del Sutra de la Guirnalda: "todas las manifestaciones, todos los fenómenos, pueden ser llamados 'adornos'. En el nivel de percepción "correcto" de la realidad, según el budismo, todas las cosas que ocurren en el universo son percibidas con la alegría y el desapego de quien aprecia los adornos de una sala muy bella".

La soltura y ligereza con la que experimentan el mundo algunos practicantes budistas y de otras disciplinas espirituales nace de que no distinguen de manera maniquea entre lo material y lo inmaterial y se mantienen abiertos a disfrutar de los fenómenos sin adherirse a ellos. Mientras que, contrariamente, el materialismo moderno sólo cree en las cosas que aparecen de manera tangible, sólo lo aparente es considerado verdad, y se aferra a estas meras apariciones como si fueran realidades absolutas, así incrustándose en un ciclo de seguro sufrimiento puesto que la naturaleza de las cosas es la impermanencia, por lo cual en el apego se lleva la penitencia. Asimismo, esto es algo bastante superficial e incompleto, puesto que las cosas que aparecen, los fenómenos materiales, no son sus propias causas y existen siempre en relación a otras cosas (por lo cual no tienen esencia);  las causas son inmateriales e intangibles y provienen de la mente. 

"Lo que parece existir o no existir es sólo el reflejo de la apariencia particular de los hábitos de la propia mente dentro del tiempo. Si esto se reconoce, toda la realidad se vuelve flexible y uno no se torturará a sí mismo al enredarse dentro de cualquier límite", dice Thinley Norbu. Al reconocer esto, los budistas pueden "usar la mente para crear los fenómenos positivos de las apariciones espirituales". Así los budistas juegan con el maia de las deidades de sabiduría, a las cuales no consideran independendientemente de la mente, para generar karma positivo y para crear los fenómenos positivos de su purificación espiritual. Esto no es diferente de la magia.

Thinley Norbu, siguiendo lo que enseña el Madhyamika (el camino medio), dice que "los fenómenos no tienen existencia verdadera pero aparecen a todos. Ver todas las apariciones como mágicas, y así abandonar el apego a la existencia como real, entonces, tiene la habilidad de lograr la liberación".

 

Twitter del autor: @alepholo