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La relación entre el destino y la libertad humana es mucho más fluida y permeable de lo que aparenta; la astrología sugiere que el porvenir surge del concurso sincrónico de las fuerzas del cielo y la tierra, de la necesidad y de la capacidad del ser humano de trascender los vectores que impulsan su trayectoria.

En lo referente a la predestinación y su contradicción frente al libre albedrío, el debate ha sido bastante extenso y acalorado. Es un tema apasionante, de profundas consecuencias filosóficas, y por el que se me pregunta con cierta frecuencia. Como no soy filósofo sino astrólogo, he de intentar responder desde la disciplina que me ocupa. Mi intención es mostrar que la relación entre el destino y la libertad humana es mucho más fluida y permeable de lo que aparenta, y aunque el tema no está exento de polémica, es posible una perspectiva razonable que reconcilie ambos extremos. Asumamos en primer lugar que la astrología plantea un modelo de universo predictible y por lo tanto organizado en torno a una noción determinista, aunque no necesariamente causal. Me refiero a un determinismo en sentido lato, no circunscrito a la estricta lógica de causa–efecto que heredamos del pensamiento de Aristóteles o del paradigma mecanicista de Isaac Newton.

El determinismo astrológico dista mucho de parecerse a ese universo de engranajes de relojería que dimana de la física clásica. Por el contrario, se trata de un determinismo orgánico, más semejante a la interrelación simultánea de los órganos y tejidos de un ser vivo. Con algunas excepciones como la de Al-Kindi (801-873 d. C.), quien fuera el más aristotélico de los astrólogos árabes, la mayoría de los augures celestes rechazaron la teoría de una causalidad astrológica o influencia estelar directa, inclinándose más bien por la idea de una confluencia sincrónica en la que los sucesos del cielo y de la tierra ocurrían de forma coordinada. La concepción de una línea causal resultaba tentadora para algunos, pues tendía a resolver en términos razonables la incómoda situación de tener que dar cuenta de este extraño oráculo de origen mágico-babilonio. Desde la filosofía griega, que para aquel entonces era expresión de la racionalidad más exquisita, se podía establecer un vínculo causal entre los astros y la vida terrestre. Sin embargo, los astrólogos menos versados en las elucubraciones de aristotélicos y estoicos siguieron manteniendo una visión de concurrencia y simultaneidad de las signaturas celestes. De este modo, sostener un cosmos determinista no implica necesariamente una visión de causalidad, como la evidenciada en la famosa definición de Cicerón sobre el destino en De divinatione.

Esa visión de sincronía cósmica guardaba alguna compatibilidad con una tercera posición, mucho más arcaica y de corte mágico-religioso, en donde los cuerpos celestes son el rostro visible de los dioses, cuya voluntad se manifiesta a los hombres por medio del movimiento y posición de los astros. Como sea, las tres versiones tienen en común la idea de un hado preexistente, susceptible de ser conocido de antemano. En ellas también es evidente la noción de un universo inteligible, cuyo accionar expresa un sentido y quizás también un propósito. Dicha inteligibilidad del firmamento inaugura la posibilidad de predicción dentro de un marco determinista, o lo que es igual, dentro de un futuro cognoscible de posibilidades finitas. Esto, es evidente, entra en choque con los fundamentos ideológicos de la modernidad, donde el futuro es abierto, desconocido, de infinitas posibilidades, y cuya cristalización depende del ejercicio de la libertad. Por lo tanto, la visión ancestral de un tiempo con posibilidades predeterminadas suele resultar molesta para la mentalidad en boga. Pero volveremos sobre este tema un poco más adelante.

Cuando digo que el cosmos astrológico es predecible y determinista, me refiero a que la capacidad del astrólogo para vaticinar los sucesos que se avecinan depende de una concepción en donde los signos celestes indican la cualidad del tiempo y su propensión a manifestarse en hechos concretos. Las artes mánticas en general conciben un futuro cerrado o preestablecido, puesto que si no estuviese determinado de antemano no podría ser objeto de adivinación. Surge entonces un tremendo problema filosófico, pues si la vida está predestinada ¿qué lugar tiene el libre albedrío? Y peor aún, si las acciones humanas están predeterminadas, ¿qué responsabilidad moral cabe adjudicarle a las personas por sus actos? Pues bien, estas complejas preguntas surgen justamente por la misma manera de plantear la cuestión del destino. Tal vez exista otra forma de enfocar el problema.

El destino o fatum es ese poder sobrenatural que se impone sobre la vida de los hombres con la fuerza de lo inevitable, guiando los acontecimientos hasta un fin no escogido, aunque no necesariamente negativo, pues el destino también puede a veces superar las aspiraciones y expectativas personales. En la mitología órfica esta fuerza aparece bajo la forma de Ananké, personificación de lo inevitable y de la ineludible necesidad a la que están sometidos tanto los dioses como los mortales. Se la representaba como un ser serpentino, entrelazada con su eterno compañero Cronos, el señor del tiempo. Así, destino y tiempo se extendían por todo el universo, dando origen a la red de la existencia. Ananké era madre de las tres Moiras, aquellas diosas primigenias que distribuían el hado a cada ser y determinaban la duración del hilo de la vida.

¿Y qué hay del libre albedrío? Pocas personas están conscientes de que, así como la noción del destino tiene una innegable raíz pagana, la idea del libre albedrío surgió de las discusiones de los teólogos judeocristianos. Los rabinos y obispos de los primeros siglos de la era común estaban muy interesados en debatir con los paganos sobre esta idea de que los dioses y/o los astros determinaban el curso del destino humano, pues esta creencia básica del paganismo entraba en contradicción con la doctrina moral que responsabiliza al hombre por sus pecados. Si existe el destino y es inexorable, ¡estaba predestinado que Adán y Eva desobedecieran! Siendo así, la culpa sería de Dios y no del hombre. Partiendo de este punto, los teólogos se esmeraron por echar abajo la idea de la predestinación, postulando que Dios le había otorgado al hombre el regalo de la libertad para actuar de acuerdo al bien o al mal. Obrando la voluntad de Dios, expresada en las sagradas escrituras, se hacía el bien y se alcanzaba la salvación del alma en el más allá. Pero en el rincón opuesto, los filósofos estoicos, todos ellos paganos, defendían una posición bien distinta; el universo está predeterminado hasta el último centímetro por el destino, y el hombre tan sólo puede liberarse interiormente de sus apegos mundanos para alcanzar la paz y la felicidad, puesto que la materia, el tiempo y el espacio están sujetos a un inevitable determinismo causal.

Grabado Flammarion, 1888El debate entre filósofos paganos y teólogos cristianos terminó, argumentum ad baculum, con el triunfo de la libertad de acción propuesta por estos últimos. Consecuencia de aquello es que en la mentalidad occidental el libre albedrío es un dogma de fe incuestionable, al punto de ser defendido por aquellos que se oponen tajantemente a la iglesia, la sinagoga, la mezquita y todo lo que huela parecido. Es un triunfo teológico sin parangón en la historia universal. Pero como la astrología es una ciencia vetusta, en la que se han fusionado elementos provenientes de cuanta cultura hizo uso de ella, no podía sino sobrevivir en su seno ese elemento pagano y determinista. No obstante, también el libre albedrío de los teólogos encontró cabida en ella. ¿Cómo es posible? La posición intermedia que reconcilia ambas perspectivas se conoce como “compatibilismo” y se basa en un determinismo suave. Plantea que destino y libre albedrío son compatibles en la medida en que asumimos un universo determinista en el que opera un sujeto capaz de realizar elecciones entre las opciones que se presentan como fruto de la predestinación. Encontrarme esa billetera abultada en el asiento del bus estaba claramente predestinado, pero es mi libre elección quedarme con el dinero o buscar una identificación para devolverlo a su dueño. Y aunque existen situaciones en las que casi no tenemos elección, ello no niega que contemos con esa libertad de elegir la mayoría del tiempo.

Desde la astrología tradicional es mejor pensar en términos de elecciones que en un libre albedrío absoluto. El hecho de que no controlamos el tiempo ni los flujos del devenir, y que gran parte de los altibajos de la vida no fueron deseados ni anticipados por nuestra parte, demuestra que habitamos en un mundo determinista, en el que los avatares del destino definen cuestiones fundamentales como el país y ciudad en que nacimos, los padres que nos tocaron, la mujer que nos flechó en aquella fiesta, esa enfermedad que nos llevó al hospital, el desplome de nuestro negocio en medio de la crisis económica o sencillamente el día de nuestra inevitable muerte. Si somos honestos con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que los eventos más importantes y determinantes de nuestras vidas no fueron fruto de nuestros deseos; simplemente sucedieron a pesar nuestro, partiendo por el propio nacimiento. Todos estos aparentes accidentes que condicionan los eventos, coordinados con el texto simbólico del firmamento, constituyen lo que la astrología entiende por destino.

En la Edad Media el reputado Tomás de Aquino (1224-1274), teólogo y filósofo cristiano, intentó abordar el tema. Tras mucho cavilar propuso una máxima que es repetida una y otra vez por los astrólogos: las estrellas inclinan, pero no obligan. No fue extraño que se interesara por ello, ya que su maestro había sido el famoso Alberto Magno, obispo y teólogo, pero también naturalista, alquimista, geógrafo, herbolario, astrólogo y a la sazón, mago. La cuestión del determinismo astrológico ocupó a las mentes más brillantes de la humanidad durante muchos siglos, prueba suficiente de que la astrología no es una simple superstición de un montón de gente ignorante.

Lo que dice Tomás de Aquino es que los astros no pueden obligarte a proceder en una dirección, pero efectivamente inclinan los eventos y las fuerzas del devenir hacia un lado en particular. La posibilidad de elegir, y no un absoluto libre albedrío, nos presentará alternativas. O nos dejamos arrastrar por la corriente del río astral o bien nadamos en su contra. La voluntad adquiere aquí un rol central, ya que sólo un hombre de tenaz empeño podrá perseverar nadando río arriba. Dado que una voluntad de hierro no es lo habitual, en la mayoría de los casos la corriente efectivamente arrastra a las personas hacia donde ellas no han elegido. ¿Se habrá notado que al llevar a cabo nuestros cuidadosos planes la situación suele presentar tantos imprevistos que el proceso y el resultado nunca son exactamente lo que uno había planificado? Un derviche turco me dijo una vez que al hombre pertenece el esfuerzo, pero de Dios depende el resultado. Es una forma piadosa de verlo, en la que se esconde la misma verdad que planteamos. Hay una interacción entre lo que está predestinado y lo que el hombre escoge realizar. No siempre nuestras elecciones conducen a un resultado satisfactorio, porque han entrado en contradicción con el destino. Otras veces nuestras acciones fluyen con el río de la existencia, y coordinadamente con el cielo se obtiene lo esperado. De allí la ventaja que otorga el conocimiento del porvenir, pues si se conoce la cualidad del tiempo es posible escoger el momento adecuado para realizar cualquier cosa con éxito. A esto se le conoce como astrología electiva, una rama de la antigua tradición astrológica que busca adelantarse a los hechos y aprovechar ese conocimiento para obtener desenlaces favorables.

Respecto a la responsabilidad moral de las personas en un marco determinista, al asumir la libertad que tiene todo ser humano para escoger el curso de sus acciones frente a los eventos predestinados, debemos asumir también como consecuencia inevitable que todo sujeto consciente es plenamente responsable de sus actos. Puede que en la vida nos topemos con alguien que nos saque de quicio, y que nuestro mal temperamento nos haga proclives a los arranques de ira, pero eso no nos libra de la responsabilidad moral si le causamos lesiones en un arrebato. Entonces, en un marco determinista, la responsabilidad moral es mucho mayor, pues a medida que las alternativas se van cerrando y limitando, nuestra incertidumbre decrece y tenemos mucha mayor claridad para decidir y asumir las consecuencias.

Hay personas que por su condición social nacen con un grado de libertad mucho más limitado. Es el caso de la pobreza y de la esclavitud, que lamentablemente siguen existiendo en nuestro planeta de un modo velado. Otros son afortunados y nacen bajo condiciones de vida muy ventajosas, donde no falta el dinero ni las oportunidades. El poderoso hado, que los griegos conocían como Εἱμαρμένη (Heimarmene), decreta para unos lo fácil y para otros lo difícil. Mientras entre los hindúes existe una explicación kármica individual para dar cuenta de las aparentes injusticias de la vida, entre los estoicos se apela a un determinismo causal de orden general o cósmico; pero tanto los afortunados como los desafortunados, en sus distintos niveles de libertad, tienen un cierto grado, más grande o más pequeño, para elegir la naturaleza de sus acciones. He conocido a gente desposeída de lo más bondadosa y compasiva, como me he encontrado con personajes pudientes de lo más crueles y maliciosos. Desde luego, lo opuesto también es cierto, habiendo gente pobre que se esmera en dañar al resto y gente adinerada que intenta ayudar sinceramente. La frecuencia estadística no es mi asunto. Intento sugerir que a pesar de las condiciones preestablecidas, y muchas veces ajenas a la propia voluntad, existe igualmente la posibilidad de escoger y de ser moralmente responsables por dichas elecciones.

Al comienzo advertíamos del evidente conflicto entre la visión tradicional sobre el destino y la conciencia de libertad individual que caracteriza al sujeto moderno. La predestinación molesta a la mentalidad contemporánea y supone una amenaza a nuestra necesidad psicológica de sentirnos completamente libres para satisfacer nuestros deseos. Creo que en ello hay un signo de cierta inmadurez colectiva, una forma de negación de las experiencias de frustración, pero también es resultado del esfuerzo de los teólogos y apologetas de los primeros siglos del cristianismo. De todas maneras, cabe aclarar que la predestinación astrológica no faculta al astrólogo para conocerlo todo de antemano, ya que existe el potencial humano para elegir, e incluso, a fuerza de tenacidad volitiva, dar vuelta al curso de los eventos. La astrología determina categorías o tipos de objetos, personas y situaciones, pero no puede predecir cualquier cosa hasta el más mínimo detalle. En este sentido, plantea un determinismo categorial que deja espacio suficiente para la emergencia de la voluntad humana. En lo concreto, la astrología no va a decirnos cuál es la banda de rock favorita del sujeto que se robó mi bicicleta, pero con una figura horaria sí que puede ayudarnos al indicar el tipo de lugar en que se encuentra, si está completa o ya la vendió por partes, e incluso qué aspecto general tiene el ladrón.

Para explicar la relación entre astrología, predestinación y libre albedrío suelo usar una analogía. Supongamos que navegamos en altamar. Nuestro navío se ve expuesto al empujón de las corrientes marinas y de los vientos, que lo arrastran en una determinada dirección. Son las fuerzas del destino signadas en los astros. Empero, como capitanes del barco podemos asumir la situación y haciéndonos responsables de la nave, tomar el timón de la voluntad y dirigir las velas del intelecto, usando los vientos y corrientes a nuestro favor, con el fin de llegar al puerto deseado. Debido a que navegar con seguridad implica una buena cuota de conocimientos, es buena idea contar con los mapas de navegación que proporciona la astrología.

De tal manera, nuestra actitud frente a lo inevitable depende completamente de nosotros, y ese accionar va condicionando las posibilidades de expresión del propio destino, de modo que no somos unas pasivas marionetas movidas por los hilos de la fatalidad. Por el contrario, somos agentes participativos en la configuración del destino, determinando una parte del mismo por el ejercicio de nuestro grado de libertad al elegir nuestras acciones frente a la manifestación de lo predestinado. Entonces, que el universo esté sujeto al determinismo significa sencillamente que es inteligible, al presentar un orden identificable y comprensible para el intelecto. Finalmente, es importante no olvidar un principio fundamental. El destino, desde el punto de vista metafísico, debe ser trascendido. De allí la búsqueda de la anábasis platónica, ese ascenso del alma a través de las siete esferas planetarias para alcanzar el empíreo, allende las regiones de Saturno, en donde el tiempo no existe y por lo tanto, la Ananké ya no rige. Esa es la meta final --o destino-- a la que todo hombre y mujer debe dirigir su navío.

 

Twitter del autor: @cubicado

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Estudiando de cerca algunos fenómenos como el placebo, la hipnosis o la telepatía, se infiere que la conciencia cuenta con características que no pueden explicarse solamente a través del cerebro

De manera convencional la ciencia moderna ha difundido y defendido la idea de que la conciencia es generada solamente por el cerebro y que estamos cerca de localizarla, de atraparla en su gestación, en la actividad de algún grupo especial de neuronas. Esta es la culminación de la filosofía materialista, el dogma esencial de la ciencia establecida. En este artículo haremos un comentario a la excelente revisión que hace el doctor Larry Dossey de algunas de las teorías más populares que intentan explicar la conciencia, desde la hipótesis materialista a otras hipótesis que surgen a la luz de fenómenos como la hipnosis, el placebo y los llamados eventos psi estudiados por la parapsicología. 

La hipótesis materialista considera que la conciencia tiene una base material y puede ser reducida a una serie de señales en el cerebro, las cuales determinan nuestra experiencia del mundo. Un ejemplo de esta hipótesis puede encontrarse en Francis Crick, el biólogo que descubrió la doble hélice del ADN, quien consideraba que todos los fenómenos biológicos acabarían por ser explicados solamente con química y física. En su libro The Astonishing Hypothesis escribe: "Tus alegrías y tus penas, tu memoria y tu libre albedrío, son de hecho sólo el comportamiento de una vasta asamblea de células nerviosas y sus moléculas asociadas". Así todo puede reducirse a un paquete limitado de neuronas: el encandilamiento del amor, la 5a sinfonía de Beethoven, un viaje de DMT o el asombro por nuestro origen y propósito en el universo, son sola y exclusivamente la actividad aleatoria de una serie de neuronas. 

La certidumbre de Crick ciertamente no es compartida por todos los científicos de renombre en el campo. Como cita oportunamente Dossey, el Nobel Eugene Wigner afirmó: "No tenemos ni la más vaga idea de cómo conectar los procesos psicoquímicos con el estado de la mente", y el también Nobel Roger Sperry dijo: "los procesos centrales del cerebro con los que la conciencia está presumiblemente asociada simplemente no son entendidos actualmente". Así, ante el misterio fundamental de la conciencia, algunos científicos buscan atrapar al fantasma de la mente en la máquina del cerebro y al hacerlo, más que seguir el canonizado método científico, recaen en un procedimiento enteramente dogmático, buscando que la realidad se ajuste a su modelo preestablecido del mundo.

Una de las formas en las que se han dividido las teorías sobre la causación de la conciencia son aquellas que consideran que ésta se genera de abajo hacia arriba (o causación ascendente) y las que creen que se genera de arriba hacia abajo (o causación descendente). La teoría ascendente indica que la conciencia es generada por la mente y de ahí se difunde a la materia; la teoría descendente sugiere que las neuronas operan de manera determinista y generan nuestra mente (y toda la personalidad asociada). En la primera son las intenciones conscientes las que determinan lo que hacemos; en la segunda, las células nerviosas de alguna manera ya "han hecho su mente" y causan todos nuestros estados mentales. "Puede ser que los neurocientíficos lo hayan entendido al revés, y la experiencia que sentimos de empatía sea la causa de que las neuronas espejo se enciendan y no al revés", dice Dossey. ¿Dónde está la jerarquía, en la entidad que aparentemente ejerce el mando, o en las células que componen esa identidad? 

La hipótesis de la causa material o descendente se mete en problemas cuando se enfrenta con cosas como la hipnosis, los efectos de las drogas psicodélicas, el placebo y el fenómeno psi. Siguiendo con el recorrido de Dossey, debemos mencionar una experiencia que tuvo cuando fue médico interno en el Valle del Río Grande en Texas. Dossey tenía un paciente afroamericano moribundo que presentaba un enigma ya que no podía determinar la causa de su estado. Un médico de más experiencia lo entrevistó y descubrió que el paciente creía que había sido embrujado por una adivinadora a la cual le debía dinero. "Convencido de su maldición, estaba cumpliendo su destino". Como último recurso, Dossey y su colega hicieron una ceremonia de desembrujamiento en la noche en el hospital. La ceremonia tuvo éxito en la mente del paciente, y al día siguiente se levantó con un apetito voraz, ya en vías de recuperarse.  

La capacidad de la mente --de ideas e ilusiones-- de modificar el cuerpo y la forma en la que éste procesa la realidad queda manifiesta en fenómenos como la hipnosis y el placebo. Durante la hipnosis, una persona puede llegar a producir una quemadura de segundo grado cuando se le avisa que tiene una moneda hirviendo en su brazo. El psicólogo Julian Jaynes, de Princeton, señala:

Si te digo que pruebes vinagre y te sepa como champagne, que sientas placer cuando te coloco un alfiler en el brazo, o que mires en la oscuridad y contraigas las pupilas como ante una luz imaginaria... encontrarías estas tareas difíciles por no decir imposibles de hacer... pero si antes te hipnotizo lograrías estas cosas sin ningún esfuerzo.

Ante esto Dossey concluye que "la hipnosis permite que el cuerpo desafíe las funciones neuronales ordinarias". En el caso del placebo, algo similar ocurre, donde el poder de la sugestión detona respuestas de autosanación equivalente en sus efectos a poderosos fármacos, demostrando que lo que se puede hacer químicamente también puede hacerse de manera mental, a través de pensamientos intangibles que se vuelven tangibles posteriormente.

Dossey hace hincapié en que esta visión de la mente sobre la materia no sostiene que las neuronas o las células no tengan una función operativa, sino que considera que su nivel de operación es el de los transmisores de una señal y no de los generadores de esa señal, es decir, de correlación no de causación: "No podemos decir que las neuronas espejo causan la empatía, de la misma manera que nuestras televisiones no causan la Copa del Mundo o el Superbowl, solamente están correlacionadas con ellos". El cerebro es como la televisión que nos permite sintonizar la señal y focalizar una experiencia de la conciencia que existiría en la atmósfera. Por otro lado, esta perspectiva reconoce, en cambio, que los pensamientos, las creencias, las emociones, etc., no son sólo imaginarios sino que tienen efectos verdaderos: logran transmitir sus señales a través del cuerpo (el aparato de sintonización). 

En su libro Science and Psychic Phenomena el filósofo Chris Carter cita miles de estudios en los que fenómenos de percepción extrasensorial, telepatía y precognición han apilado evidencia de ocurrir desafiando las probabilidades estadísticas de un comportamiento meramente aleatorio. Dossey nos dice que Carter considera que los fenómenos psi sí entran en conflicto con el mundo de la física clásica newtoniana, pero no con la perspectiva de la física cuántica-relativista. De su investigación Carter concluye que la conciencia se manifiesta de formas no-locales (al igual que el entrelazamiento cuántico), y por lo tanto parece no estar constreñida por el espacio-tiempo, lo cual es un importante indicativo de que la conciencia no puede ser solamente material. Explica Dossey:

Los fenómenos psi implican que la conciencia puede hacer cosas que el cerebro y las neuronas no pueden. Las implicaciones son vastas. Si la conciencia es temporalmente no-local, infinita en el tiempo, entonces es inmortal y eterna, porque una no-localidad limitada es una contradicción de términos; y si la conciencia es espacialmente no-local, es omnipresente. 

Esta visión parece "sintonizar" la antigua creencia expresada por los filósofos de la India de que la conciencia es de hecho la misma sustancia que el espacio, sea este considerado como un éter (akasha), o como el vacío del cual emergen los fenómenos en el budismo, el cual es igual a la mente en su estado de pureza y potencialidad infinita (dharmadatu). En el Timeo, Platón esboza una cosmología en la que existe una especie de espacio primordial (khora) en el cual el demiurgo imprime la cualidad de su inteligencia: las Formas o arquetipos que son reflejos de la mente de Dios. Aquí el espacio toma un sentido maternal --es una nodriza de la conciencia (aunque Platón no tiene un término equivalente a nuestra "conciencia"), por lo que se podría hablar de un soporte material de la conciencia, pero hay que mencionar que esta especie de inseminación de aquello que viene del Padre en el lienzo de la Madre, de la cual surge el cosmos, es el acto seminal que ocurre en el origen (una misma imagen que aparece en muchas historias de creación: el espíritu que se posa sobre las aguas). Es decir, el espacio mismo está impregnado de la conciencia --podemos concebirlo como un vientre que perpetuamente está llevando la luz de la mente-- y, aunque esta semilla florezca también en una rarificación de su esencia en la materia, la conciencia preexiste a los cuerpos en los cuales puede encontrar una expresión particular. En este tenor, actualmente un grupo de teorías científicas agrupadas con el nombre de teorías de la conciencia de campo sugieren que la conciencia es idéntica a un campo no físico que existe ubicuamente en el espacio como la fuerza de gravedad o el electromagnetismo. 

La reducción de la conciencia a términos meramente materiales, como un epifenómeno o un subproducto de la complejidad de la materia, ha sido entendida por algunos importantes científicos y filósofos de una mentalidad más abierta como una de las más grandes supersticiones de la ciencia, una forma de religión materialista, basada fundamentalmente en preconclusiones de lo que el mundo debería de ser y en el deseo mesiánico de explicarlo todo en términos materiales. Esto mismo fue llamado por Karl Popper un "materialismo promisiorio", una especie de wishful thinking de la ciencia en el que finalmente el paradigma materialista habría logrado conquistar todas las dimensiones de la realidad y abolido toda visión espiritual. El neurofisiólogo John Eccles, ganador del premio Nobel, dijo que "el materialismo promisiorio es simplemente una religión basada en la creencia de los materialistas dogmáticos... que confunden la religión con la ciencia".

Para concluir, las palabras de uno de los más lúcidos críticos del paradigma materialista en la actualidad, el doctor Bernardo Kastrup. En un diálogo con Alex Tsakiris de la revista Skeptiko, Kastrup explicó:

Nuestra cultura está impulsada por esta noción de que la realidad real existe fuera de la conciencia. Es un universo material fundamentalmente independiente de la conciencia, que nuestras vidas internas y nuestras experiencias subjetivas emergen de la distribución específica de la materia en este mundo abstracto fuera de la mente. Esta es la filosofía del materialismo que subyace en la mayoría del trabajo académico y de la mayoría de la ciencia que conocemos hoy en día. Pero también subyace el sistema de valores de nuestra cultura y nuestro sistema económico. Por ejemplo, si la materia es la única realidad real, la conciencia siendo transitoria, un efecto colateral temporal, entonces, ¿qué significado tiene la vida más que acumular bienes materiales? Esto encaja perfectamente con el sistema económico y establece bucles de retroalimentación con las estructuras de poder existentes.

Kastrup sugiere que la visión materialista de la realidad penetra todas nuestras esferas de conocimiento y define todas nuestras relaciones. Esto evidentemente trastoca toda interacción y puede explicar la crisis moral, ecológica y espiritual de la actualidad. Al mismo tiempo nos sitúa en un espacio desprovisto de significado, totalmente desencantados, en un frío e inexorable abismo material. Sin embargo, esta desoladora visión es un error de percepción, un extravío en el camino. Y es que toda la riqueza que podamos percibir en la materia viene solamente de la conciencia que le deposita valor, que la carga de significado. Así cuando perseguimos bienes materiales y luchamos por obtener más cosas, actuamos erráticamente puesto que lo que en realidad queremos es el valor, las ideas, las percepciones y las experiencias que asociamos con las cosas, todos los cuales pertenecen al dominio de la conciencia... confundimos a la estatua con el poder del dios que representa. En esta idolatría del materialismo no alcanzamos a ver que la única riqueza real que podemos acumular en este mundo es la conciencia.

 

Twitter del autor: @alepholo