*

X
Reseña del documental sobre la banda The National, próximo a estrenarse en México

Poster

 

La imagen-movimiento ha estado ligada a la música desde sus inicios. En este libro extraordinario, Walter Murch argumenta que Edison se interesó en inventar algo que pudiera captar a los músicos que ya podía grabar gracias a otro invento suyo: el fonógrafo, y así armó esa nueva máquina que se convertiría poco tiempo después en la cámara de cine. Es decir, uno de los primeros rodajes de la historia fue un video musical, como se muestra al final de esta breve compilación. De ahí a nuestros días, el documental musical se ha mantenido como una pieza clave en la historia cultural del mundo.

Escuché a The National por primera vez alrededor de 2007, cuando ya habían sacado Boxer, quizá el disco que los catapultó después de casi 1 década de existencia. A partir de ahí he sido testigo lejano del éxito mundial que han cosechado, y puedo decir que una de mis más finas experiencias escuchando música en vivo fue con ellos, en un concierto al aire libre en Prospect Park, en Brooklyn, en donde viven desde hace 20 años, con Beach House como grupo abridor. 

El grupo está compuesto por cinco integrantes: dos parejas de hermanos y el vocalista, Matt Berninger, que decidió otorgarle al suyo un puesto de trabajo en una gira por Europa y Estados Unidos. Tom, ese hermano incómodo, llevó una cámara de video para hacer un documental de rock, y el resultado fue una película completamente inesperada. Es un milagro que una cinta como The National: No somos extraños haya sido terminada y exhibida al público, además con críticas aduladoras en la prensa del cine independiente gringo y en medios dedicados a la música.

Es la historia de un fracaso o el retrato de un fracasado que alcanza algo parecido a la redención. Porque aunque la banda está ahí constantemente, en la película que Tom logró armar ellos no son los protagonistas, y su música tampoco. El protagonista es él, exhibiendo sus fallas y sus más profundas inseguridades, al lado de un hermano rodeado por la fama y el reconocimiento crítico y popular. No es un documental sobre la banda, y tampoco es un falso documental, pese a que en varias ocasiones a lo largo de la película el espectador se lo pregunta. ¿Estará todo armado? ¿Será una actuación deliberada? En esa incertidumbre radica la belleza de esta obra cómico-existencial, que analiza una crisis de identidad desde adentro, con un sujeto de estudio que está más que dispuesto a ofrecerse para ser estudiado, y, dentro de este esquema, también puede ser vista como un examen de lo que significa ser reconocido, y lo que Tom está dispuesto a hacer para que eso suceda.

El genio de la película está separado de su creador, a quien difícilmente se le podría etiquetar como un “genio”. No lo es. Tom Berninger no podría hacer otra película que no fuera esta, surgida a partir de su afán de protagonismo, de la ayuda de su hermano mayor —eje vital durante la producción de la película— y del arduo proceso de montaje. No somos extraños nació verdaderamente en el proceso de edición, cuando el foco cambió 180º para mostrar a Tom en vez de a Matt y su banda. Carin Besser, la mujer de Matt y coeditora de la película, merece gran parte del crédito. El resultado final hubiera sido imposible sin esos ojos externos, que supieron ver lo que ahora, en retrospectiva, puede parecer evidente. La situación remite al mentado caso del burro que tocó la flauta, y lo hizo como si fuera un maestro. 

“La banda siempre ha lidiado con el lado incómodo y menos halagador del cerebro”, dice Matt en una entrevista. “Románticamente, socialmente, todos los esfuerzos que se requieren para ser un humano en el mundo. La película se siente como una de nuestras canciones”. Y además de ser un finísimo y divertido estudio de un raro individuo y sus peripecias, otro tema seductor de la película es el armado de la película en sí. Al igual que Tom se analiza a él mismo, hay un esfuerzo constante por parte del medio, casi como un efecto incontrolable por parte de los realizadores (Tom y Carin), por cuestionarse y replantearse sin cesar, hasta llegar a ese último estado de corte final que podemos ver terminado. No somos extraños se ve a sí misma en el espejo y se estructura frente a nosotros, y de paso pone de manifiesto las dificultades que implica pretender hacer un documental. Es un ejercicio alucinante.

Se exhibe en la Cineteca Nacional a partir del 15 de enero.

 

Twitter del autor: @jpriveroll

Te podría interesar:

"Animalia" en Tenochtitlán: el bestiario fantástico de Rafael Toriz llega a la gran ciudad

Arte

Por: pijamasurf - 01/09/2016

Rafael Toriz nos comparte un extracto de su libro "Animalia", a presentarse este sábado 23 de enero en la Ciudad de México

eebca8da-31eb-4036-a916-e7aa11d53910

El intermitente y espiritoso tour literario de Rafael Toriz llega a la Ciudad de México con la presentación de la nueva edición de Animalia, de la editorial Vanilla Planifolia. El libro seminal de Rafael Toriz, colaborador de Pijama Surf, Clarín, Letras Libres, Perfil y otros medios, es una mezcla de zoología fantástica, poesía y furor precoz que ahora cuenta con las ilustraciones de Édgar Cano.

La cita es el próximo sábado 23 de enero a las 16:00 en el centro de la Ciudad de México. La presentación estará a cargo del poeta Fabio Morábito y se llevará a cabo en Casa de El Hijo del Ahuizote, un edificio histórico donde tuvo su redacción el diario antiporfirista El Hijo del Ahuizote, la célebre publicación de la que se hicieron cargo los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, órgano que criticaba al régimen del dictador a través de la sátira humorística, esencialmente con la caricatura.

Animalia es un fresco testimonio de una voz mercurial y lúcidamente tropical, un bestiario de la escuela de Arreola y Borges, de una ebriedad fantástica en contacto con los seres esenciales de la imaginaria mexicana.

Como regalo para los lectores compartimos el Ahuizotl, animal contenido en el bestiario y símbolo de la casa donde se presentará el libro e iniciará el guateque:

 

AHUIZOTL

Nací viejo, bajo cielos muy antiguos, como el último de mi raza. Mi tierra era Tlatilco, que en lengua natural significa “el lugar de las cosas escondidas”, pero en aquellas leguas nunca fui bueno, ni justo ni bien querido: los hombres rojos me odiaban por engañarlos como a niños. Y por ahogarlos a las orillas de los lagos.

Al tercer día –y sólo hasta al tercer día– volvían sus cuerpos rotos por el agua. Sin dientes, sin carne y sin ojos, como balsas maldecidas por mi aliento para el estudio de sus profetas.

Pero nada fueron mis tormentos comparados con lo que habría de venir: vi arder a manos de rufianes a la civilización más pura, la de la ciudad flotante; vi las violaciones con la espada con que partieron a las mujeres y vi también cómo la enfermedad de la piel acabó con hombres recios, ancianos y niños, profanando sus despojos más allá de la muerte.

Todo lo que trajo el hombre blanco fue una ruina sanguinaria; acabó con los señores de esta tierra y anegó de sangre enferma los altares de los templos.

Soy el último de mi especie, ya nadie nunca dirá mi nombre ni sabrá que yo era el coyote del agua con los pies de mono. Por eso, antes de que mis ojos salgan de sus cuencas y atestigüen los horrores del Mictlán, muero bebiéndome este lago envenenado, junto con la pesadilla de lumbre de lo que supo ser Tenochtitlán.

 

Puedes leer aquí también la entrada del jaguar