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Los tatuajes favoritos de las personas introvertidas (una lista tentativa)

Arte

Por: pijamasurf - 01/10/2016

La singularidad de los introvertidos también se expresa en el cuerpo

En varias ocasiones hemos escrito en Pijama Surf a propósito de introversión, una categoría de uso frecuente en la psicología contemporánea para caracterizar a personalidades que se distinguen por estar más abocadas al mundo interno que al externo. El silencio, la reflexión y la timidez son algunos de los rasgos que popularmente se atribuyen al introvertido, a veces también la sensibilidad, la comprensión de las emociones propias y de los otros, la melancolía, el amor al detalle, el gusto por los lugares solitarios, la aversión a las grandes multitudes, etcétera.

Curiosa y paradójicamente, la introversión parece haber ganado popularidad en la era de Internet y las redes sociales, medios que por sus características (en especial su uso individual y aquello que de eso se deriva) dieron exposición a los introvertidos, sus actividades y su manera de ser.

¿Pero es que los introvertidos de verdad son tan diferentes? Quizá no, al menos no como si se tratara de una de esas criaturas míticas que sólo unos pocos han visto. Pero es cierto que aquello que valoran puede parecer extravagante en un mundo que privilegia otras cosas. Si, por ejemplo, lo usual es apreciar el éxito y el reconocimiento público, será extraño que alguien prefiera la discreción y la celebración en la intimidad y el recato.

De manera más lúdica, podríamos seguir esta idea en un ámbito que muchos conocemos bien: los tatuajes. Dado que están ligados desde el origen con la subjetividad, los tatuajes son expresión cabal de nuestras ideas, nuestra manera de habitar el mundo, nuestras preferencias y, quizá por encima de todo, del momento de nuestra existencia en que nos encontramos. Si esta premisa es correcta, entonces también puede ser admisible que hay tipos de tatuajes específicos para ciertas personalidades.

El amor a la profundidad, el gusto por los libros, el solaz en las artes y el minimalismo son algunas de las características que comparten los introvertidos y estos tipos de tatuajes que ahora presentamos. Una narrativa singular hecha de pequeños elementos gráficos que en su brevedad son sumamente elocuentes, como si contaran una historia secreta y sin embargo comprensible para aquellos iniciados en los misterios de la introversión.

 

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Imágenes vía Mashable

Algunas consideraciones sobre las promesas de la inmortalidad del transhumanismo

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El plan de los más radiantes tecnoentusiastas es finalmente descargar su conciencia a una máquina y vivir para siempre. Una idea ciertamente fascinate, llena de grandiosidad pero quizás un tanto engañosa.

Dentro de la nueva ola de fervientes promotores de la tecnología --ese propuesto élixir secular-- Jason Silva ha cobrado cierta notoriedad, como una voz más joven y vigorosa, si bien no especializada, parte también ya de un ecléctico grupo de "transhumanistas" en los que podemos incluir a Terence McKenna, Kevin Kelly o Ray Kurzweil.

Haciendo de un nuevo Carl Sagan, Silva llama a reencantarnos con la tecnología y a ver la maravillosa complejidad de la red que hemos tejido en ella, no distinto a como una araña hace una telaraña:

Lo increíble es que cada vez notamos que nuestros sistemas tecnológicos están espejeando algunos de los sistemas neurales más avanzados de la naturaleza. El Internet está cableado como las neuronas de nuestro cerebro, que están cableados como los modelos computacionales de la materia oscura en el universo. Todos comparten la misma estructura entrelazada filamentosa. ¿Qué nos dice esto? Que no existe distinción entre lo que nace y lo que se hace. Todo es naturaleza; todo es nosotros. Ser humanos es ser transhumanos.

Silva explica de manera excitante la idea de que la tecnología es algo completamente natural: las computadoras también son tierra transformada, todo es parte de una única matriz planetaria. Cita a Richard Dawkins, quien dice que la tecnología es un fenotipo extendido, y sugiere, como los otros transhumanistas, la siempre latente idea de que al final, en la apoteosis tecnológica, podremos hacernos inmortales a través del casi perfecto simulacro del hardware. Esta idea intrigante a la vez que controversial tiene ciertamente sus detractores entre aquellos que se oponen a la visión materialista, tanto de la conciencia como del sentido de la vida.

Una visión espiritual de la realidad nos dirá que querer encontrar la inmortalidad del yo es de hecho la más grande ilusión concebible puesto que se basa en un error crucial: la creencia en la existencia de ese yo y, a la vez, que es deseable perpetuar la existencia de ese yo, lo cual implica una especie de alucinación crónica de permanecer en un estado de separación y extravió de la fuente universal y la verdad (cuyo conocimiento es la liberación del yo). Esto es, nos dirían la mayoría de las tradiciones místicas, que el único ente real, de suyo inmortal es el Uno, el ser universal impersonal, la totalidad en su estado de experiencia integrada, la conciencia misma que experimenta el mundo a través de una miríada de seres que no existen más que como extensiones o emanaciones del sí mismo: "Aquel Que Es" es todas las cosas, el Tat Tvam Asi del pensamiento védico.

Silva dice que la tecnología puede alcanzar lo que la religión siempre ha deseado, pero lo que podría conseguir es exactamente lo opuesto. La trampa de la autoperpetuación --la autoglorificación en paraísos de placer incesante-- es un nuevo pacto faústico en este sentido. La conciencia digital que guiña en la máquina tiene una cierta cualidad mefistofélica. Lo que nos ofrece es darnos todo a nosotros sin que tengamos que dar nada a cambio: hacernos príncipes del mundo virtual, reyes del infinito dentro de un palacio de silicio de memoria (en vez de la cáscara de nuez de Hamlet). La religión, en cambio, en su aspecto esotérico, sostiene que para alcanzar el estado paradisíaco es necesario darlo todo, es decir, morir por el otro, dejar de ser individuos, entregarse al vacío para fusionarse con la corriente creativa universal, puesto que la caída o el exilio del paraíso no es más que la percepción de la separación o la desunión que es sostenida por la habituación consensual. Uno se dirige al paraíso, nos dirían los antiguos, cuando se brinda a los demás y se convierte en el sirviente de la Voluntad, es decir, de las leyes de la naturaleza. El engaño de querer reinar en el mundo --y no servir como un engrane más entre las jerarquías de la máquina celestial-- es justamente el precipicio de los ángeles. El hombre moderno, haciendo del mundo un templo al dinero y al poder terrenal, mantiene vivo el mito de Lucifer.

Sobre la inmortalidad, nos dice la religión, no es necesario hacer nada, puesto que la naturaleza de la conciencia es la inmortalidad, aquello con lo que buscamos ser inmortales ya es inmortal. Sin embargo, el individuo que se identifica con la personalidad nunca conseguirá esa ansiada existencia incondicionada, tendrá que renunciar a sí mismo para relajarse a la realidad inmortal de su inexistencia como ente individual (como la gota de agua que arriba al mar). El ego quiere ser inmortal bajo la fijación materialista con la que identifica y constriñe su existencia a un cuerpo. Pero si no nos identificamos con el cuerpo y el yo que depende de un cuerpo para existir, y en cambio notamos que somos parte un único impulso original --la vida misma que es una en todas las vidas y los cuerpos que anima, partes de un solo "animal divino", como describió el cosmos Platón-- entonces la inmortalidad deja de ser un ansia. Si somos, entonces nunca podremos dejar de ser, puesto que es la esencia del Ser que no puede no ser. Es decir, el ser no es el no-ser. Es tan simple que nos puede parecer complicado y lleno de abstrusión metáfisica, pero por definición si somos, somos inmortales y como el ego no es inmortal, entonces, no podemos ser el ego. Es el ego el que desea ser inmortal --aferrándose a una vida única-- pero es la paradoja del ego que jamás podrá obtener el poder que desea: nunca podremos experimentar la dicha que hemos vinculado a lo divino --la omnipotencia, la inmortalidad, la alegría infinita, etc.-- más que en la muerte misma del individuo que consigue así unirse con el universo, como la gota de agua regresa al mar.

 

Twitter del autor: @alepholo