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Los 5 arrepentimientos más comunes que experimentan los pacientes antes de morir

Por: pijamasurf - 01/18/2016

Aceptar la muerte resulta más sencillo cuando la vida se vive con conciencia y voluntad, siendo fieles a nosotros mismos y con la libertad de no cumplir expectativas que no sean del orden del afecto y la felicidad

eutanasia

La enfermera de cuidados paliativos Bronnie Ware pasó muchos años dando alivio y escuchando las historias de cientos de pacientes durante las últimas 12 semanas de sus vidas. Sin ser periodista profesional, Ware abrió un blog llamado Inspiration and Chai, que posteriormente se convirtió en un libro, denominado apropiadamente The Top Five Regrets of the Dying.

Según Ware, las historias que escuchaba de aquellos que iban a morir pronto no eran lamentos sobre no haber saltado del bungee o no haber conducido un auto de carreras, sino cosas mucho más simples y cotidianas que la amenazante cercanía de la muerte clarifica y muestra en su devastadora urgencia. "Cuando les preguntaba de qué se arrepentían o qué hubieran querido hacer distinto, algunos temas comunes salían a la superficie una y otra vez":

 

1. Desearía haber tenido el valor de vivir la vida fiel a mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí

El miedo a la opinión de los demás es el arrepentimiento más común de los listados por la enfermera Ware. La mayoría de la gente repasaba mentalmente su propia vida poco antes de morir y veía un camino de sueños truncos, de elecciones fallidas, pero sobre todo de caminos y elecciones dejadas en blanco, sin explorar. Las cosas que no hicimos y las decisiones que no tomamos pesan más a la larga que los errores de lo que sí hicimos. Ware nos recuerda que "la salud trae consigo una libertad que muy pocos consideran, hasta que ya no la tienen".

 

2. Desearía no haber trabajado tanto

Un arrepentimiento común en todos los pacientes masculinos. En las generaciones anteriores a la nuestra, donde los hombres tenían el rol tradicional de trabajar, la vida familiar quedaba relegada para ellos a un plano secundario; de sus ajetreadas vidas laborales y de las presiones por subir rápidamente la escalera del éxito recuerdan solamente las infancias de sus hijos, a quienes apenas conocen, y el no haber buscado más a sus padres mientras envejecían. Todos ellos lamentaron haber pasado el tiempo trabajando en lugar de viviendo.

 

3. Desearía haber tenido el valor de expresar mis sentimientos

Los sentimientos son vistos --incluso por quien los experimenta-- como algo personal, subjetivo y más o menos secreto; algo que no debemos compartir y que es preciso guardar bajo llave. Como resultado de esto, afirma Ware, "muchos desarrollaron enfermedades relacionadas con la amargura y el resentimiento que cargaron consigo". Ignorar los sentimientos no hace que desaparezcan --incluso podemos esconderlos de otros, pero no de nosotros mismos.

 

4. Desearía haber mantenido contacto con mis amigos

Esta generación operó una radical transformación en lo que hasta este siglo se entendía por "amistad": los amigos ya no son las personas que crecen con nosotros, que nos apoyan y nos quieren sin importar cuántas cosas cambien en el mundo; los amigos hoy en día son listas de contactos, avatares de redes sociales a quienes rara vez vemos "en vivo". "Vi mucho arrepentimiento sobre no darle a las amistades el tiempo y esfuerzo que merecían. Todos extrañan a sus amigos cuando están muriendo", afirma Ware.

 

5. Desearía haberme permitido ser más feliz

Lo más sorprendente de esta lista es un lugar común que probablemente muchos sospechamos desde el fondo de nosotros, pero que nos avergonzaría admitir abiertamente: la felicidad es una elección. Cada cual conoce sus propios patrones, vicios y hábitos, el nivel de reticencia al cambio y de angustia por el futuro incierto; sin embargo, y aunque suene al peor de los lugares comunes, la gente que va a morir se da cuenta de que todas sus elecciones, buenas y malas, dependían de su propia actitud, incluso la decisión de contentarse con una vida acorde al gusto de los demás, a costa de perder amigos y relaciones, y de dejar sueños frustrados en el camino. Esforzándose por ser adultos, los enfermos que la enfermera Ware consolaba en sus últimos días, lograban confesar finalmente que "en el fondo de sí mismos añoraban haber reído mucho más y recuperar la ligereza de sus vidas una vez más".

 

¿Qué te gustaría hacer antes de morir? ¿Estás haciéndolo efectivamente? ¿Por qué las cosas que no hacemos pesan, a la larga, más que las que sí hicimos? Comparte tu opinión en los comentarios.

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¿Importa el tamaño del cerebro?

Por: pijamasurf - 01/18/2016

La difícil correlación entre inteligencia y tamaño del cerebro en su masa total y en sus regiones específicas

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La obsesión por el tamaño y por destacar al individuo y a la especie humana de las demás nos ha llevado también a difundir popularmente la idea de que el tamaño del cerebro humano es un indicador de la inteligencia. El neurocientífico Christof Koch hace un recuento de esta idea y de los datos científicos que la soportan o refutan.

Nos dice Koch que un estudio notó que el tamaño promedio del volumen del cerebro en hombres adultos es de 1,274cm³ y el de una mujer es de 1,131cm³. Sin embargo, pruebas de inteligencia no muestran una diferencia sustancial entre la inteligencia de los sexos.

Un caso llamativo es el de novelista ruso Iván Turgénev, un gigante literario con un cerebro de 2,001gr; el de otro gran escritor, el francés Anatole France, pesó sólo 1,017gr.

Según Koch, el volumen total del cerebro se correlaciona con un porcentaje de entre 9 y 16% más inteligencia. No existen, sin embargo, datos claros que comprueben si la inteligencia es el resultado de un cerebro más grande o si el cerebro más grande se hace así por la inteligencia o incluso algún otro factor desconocido.

Por otro lado, experimentos que toman en cuenta conexiones particulares de ciertas regiones del cerebro de un individuo (algo así como un "huella digital neural"), según Koch, logran predecir con mayor efectividad la inteligencia fluida, esto es, la capacidad de resolver problemas en situaciones novedosas, encontrar patrones y razonar independientemente.  

La importancia del tamaño del cerebro es también puesta en duda cuando comparamos nuestro cerebro con el de otros animales y algunos homínidos. El caso del Neanderthal llama la atención: pese a tener un cerebro de más de 150cm³ en promedio que el nuestro, su masa cerebral de poco le sirvió para evitar la extinción. Una abeja, por ejemplo, puede realizar toda una serie de tareas complicadas para dar a conocer el lugar en el que se encuentra un alimento y logra ello con un cerebro 1 millón de veces más chico que el de un ser humano. Koch se pregunta: "¿Realmente somos 1 millón de veces más inteligentes que las abejas? Ciertamente no, si me fijo en cómo nos gobernamos a nosotros mismos".  

Ya que normalmente los animales más grandes tienen cerebros más grandes, se tiene una regla que busca señalar a los animales que tienen mayor masa cerebral en proporción a su masa corporal total. En el caso de los seres humanos es de 2%. Si bien esto hace que superemos a los delfines, a las ballenas o a los elefantes, también hace que algunos pájaros e incluso algunos mamíferos como la musaraña nos venzan en este sentido. Otro intento de hacer reinar al hombre en la jerarquía del intelecto ha sugerido que lo que importa es tener más cantidad de células nerviosas en lugares ligados a las funciones superiores de la inteligencia. Pero en esto también nos superan las llamadas "ballenas piloto" (en realidad delfines), que tienen el doble de células en el neocórtex, la región elegida para hacer esta distinción. Koch recuerda que el mismo Darwin había notado que en realidad lo que nos hace únicos es una serie de combinaciones que en su conjunto nos distinguen y no algo en específico. Sin embargo, esta cualidad de ser especiales en su multifactoriedad única tal vez pueda asociarse a muchas otras especies.