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La revolucionaria y desconocida modista que inspiró el arte de Gustav Klimt (FOTOS)

Por: pijamasurf - 01/03/2016

Emilie Flöge no gozó del reconocimiento a su renovador estilo de diseño de moda y su figura apenas empieza a ser recuperada por casas de alta costura, al igual que su memoria

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Gustav Klimt es uno de los más reconocidos pintores de la historia, con una obra que se cotiza en millones de dólares y que es parte del paisaje imaginario de cualquier individuo más o menos versado en artes. No es tan famoso como Van Gogh ni cuenta con una paleta tan versátil como la de Picasso, pero su historia de vida y obra no carecen de interés, especialmente el largo episodio que cuenta su relación con una mujer adelantada --como él mismo-- a su época, pero que no gozó del mismo reconocimiento: Emilie Flöge.

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La carrera de Emilie comenzó como costurera en Viena a principios del siglo XX; poco a poco su talento fue haciéndola famosa en los círculos de la alta costura, por lo que abrió una tienda e incursionó en el diseño experimental. Miraba desde Austria las luces de París y estudiaba lo que sus contemporáneos (como Coco Chanel y Christian Dior) hacían.

Por relaciones comunes, Emilie y Gustav comenzaron a frecuentarse y a desarrollar una relación amorosa y de mutua colaboración. Ella figura como modelo en muchos de los cuadros más famosos de Klimt, y se rumora que son nada menos que ellos los protagonistas de El beso

Aquí algunas imágenes de Flöge junto a Klimt, además de sus inspiradores diseños y algunas de las pinturas donde su revolucionario estilo es patente.

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Corrección: una versión anterior de este artículo afirmaba que la modelo de Woman in gold (arriba, izquierda) era Emilie Flöge (arriba, derecha). La modelo de dicha pintura es Adele Bloch-Bauer, mecenas y amiga de Klimt. El artículo ha sido modificado para reflejar dicha información.

Una dosis diaria de LSD y una obsesión con el mito del héroe: la clave para estas increíbles fotografías

Por: pijamasurf - 01/03/2016

Steven Arnold, amigo y protegido de Salvador Dalí, vivió una temporada en una pequeña isla de España, entre LSD y obsesiones creativas, y al final materializó esta obra fotográfica

La relación entre drogas y creatividad siempre ha sido un asunto polémico. Para muchos, la creatividad se presenta tal cual, como una cualidad o como un chispazo, quizá como algo sostenido que algunos pocos elegidos tienen desde el nacimiento o como un lucky strike que llega de pronto a coronar el trabajo realizado. “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”, dijo alguna vez Picasso.

Sin embargo, también está el otro bando, el de aquellos que defienden la influencia positiva que el consumo de ciertas sustancias puede tener sobre las actividades artísticas y que, por decirlo de algún modo, requieren ir más allá de ciertos límites fijados por la convención. Del alcohol a otras drogas prohibidas, hay quienes consideran que ese impulso suplementario es indispensable para entrar a ciertas zonas del alma creativa a las que ordinariamente no tenemos acceso.

Que una u otra cosa sea verdad no es fácil decirlo. Las pruebas se podrían ofrecer en ambos bandos. Y en esta ocasión toca citar un ejemplo para el segundo caso, el de aquellos que concretaron una obra increíble gracias, en parte, a “la apertura de las puertas de la percepción” que usualmente se atribuye a los psicodélicos. Ese fue el caso de Steven Arnold, un fotógrafo ahora casi olvidado que en su tiempo fue protegido de Salvador Dalí y amigo de otros importantes artistas.

Arnold, de origen californiano, vivió una temporada en Formentera, una pequeña isla al sur de Ibiza, durante 3 meses de 1964. Ahí fue uno de los muchos entusiastas que experimentaron recreativamente con el LSD, sustancia que en aquella época aún no tenía las restricciones que conoció después y que, por sus efectos sobre la mente, gozó de enorme popularidad entre artistas de distintas disciplinas e incluso filósofos y otro tipo de pensadores. “Esta nueva droga era tan eufórica y visionaria, tan positiva y ensanchadora de la mente… Ascendía a otra dimensión, una tan bella y espiritual que nunca fui el mismo”, dijo alguna vez Arnold a propósito de la experiencia que tuvo consumiendo diariamente LSD.

En ese estado, el artista dio rienda suelta a una obsesión que por entonces tenía tomados sus intereses intelectuales: el mito del héroe tal y como lo estudiaron, entre otros, Carl G. Jung y más famosamente Joseph Campbell. Arnold combinó ese poderoso arquetipo con algunos de los elementos del surrealismo y, finalmente, la técnica artística del tableau vivant, que congrega a una multitud de personas para evocar escenas clásicas de los imaginarios mítico o religioso.

La obra de ese período es perturbadora y transgresora. Tiene también una poderos fuerza creativa que proviene de la originalidad con que combinó motivos nuevos y antiguos, temas que el arte ya había tratado con su propia forma de acercarse a ellos.

¿Lo hubiera conseguido sin su consumo cotidiano de LSD? No podemos saberlo. Después de todo, lo único cierto es que esa fue la forma en que llegó a su obra.