*

X
No sé bien qué es un genio
Imagen: www.gaiaciencia.com

Imagen: www.gaiaciencia.com

 

Ahora que pasaron tantos años es fácil saber que fue un genio, pero su mamá y su papá y sus amigos no lo sabían. Entonces, no sé si siempre fue un genio, la verdad. No sé bien qué es un genio. Y los genios de los que me hablan en la escuela no sé por qué, pero me aburren. Siempre que empiezan avisándome que me van a hablar de un genio, eso mismo ya me aburre. A mi me gustan los genios, pero son como otros genios, ¿no?

Eso se aprende rápido: cuando el libro de la escuela dice que tal persona fue muy importante quiere decir que lo vas a tener que estudiar. Y que te van a contar dónde nació, cuándo nació y si era una democracia y así. Nos van a contar que hizo genialidades pero no creo que nos muestren sus genialidades. Hay que creerle, al libro, que ese hombre fue genial, no hay de otra. Ah, porque casi siempre ya están muertos. Es normal –me parece: ¿cómo te das cuenta de que es un genio antes de que se muera?

Son importantes las personas geniales, ok, pero no todas las personas importantes son geniales. Y eso también me aburre. Entonces: peor que cuando nos avisan en la escuela que nos van a hablar de un genio es cuando nos dicen que van a hablarnos de una persona importante. Y lo peor de lo peor es cuando lo llaman “célebre”. Ahí más que estudiártelo vas a tener que aprendértelo de memoria. Antes, en la escuela, cuando decían “célebre” te tenías que parar; ahora ya no exageran tanto.

Cuando pienso en personas importantes yo pienso en otra cosa. Por eso es difícil para mí ir a la escuela. Todo es como parecido pero muy diferente. Y te confundís todo el tiempo. No sé. Por ejemplo, Picasso. No, no es un buen ejemplo. No me acuerdo de él en la escuela. ¿Picasso o Picuso, era? Otro ejemplo, Homero. Una persona después de 100 años de muerto ya no es persona, es monumento o nada. ¿No te parece? ¿Cómo voy a hacer para imaginarme a Homero una persona? Siempre la foto de él es un mármol; siempre. Me es más fácil imaginarme a Ulises que a Homero. Ulises transpiraba; Homero, no sé ni por dónde. Ulises te da ganas. Otro ejemplo, Maradona. No, sí, ya sé: tienen que ser ejemplos de la escuela. Lo puse por lo de genio… pero sí, ok, otro. Albert Einstein. Me lo presentaron a los 8 años, en 3ro, y después me volvieron a hablar de él a los 10, 11, 13 y ahora de nuevo. Siempre vuelve el viejo de pelo blanco y de los pelos parados. No se me hace simpático (lo digo por la foto, que es lo que más me acuerdo), pero insisten por todos lados con que era simpático y genial. Es que los alemanes también se me hacen un poco abstractos, debo confesar; salvo en el fútbol, que menos. Es raro para mi ser alemán y hablar en alemán y estar siempre abrigado y haciendo cuentas. Einstein, sí, estábamos hablando de Einstein, vuelvo. En Brasil es un hospital. Ahí operaron a mi papá; yo fui. En México lo vi poco. En los libros tiene corbata y en mi cabeza, la lengua afuera. ¿Fue siempre canoso? Sé que se metió en un mundo muy complejo, abstracto y vertiginoso y sé también que salió de pie, como sale el genio del surf del tubo de las olas gigantes de Hawái. No sé en qué fue genial. Sí, física, sí, pero no sé en qué. No pude darme cuenta todavía. Me interesé en él y leí que trabajó en el registro de patentes de por allá y que eso dicen que lo inspiró. Yo no creo. Necesitaría la plata. Nunca me encontré con su día de gloria. El día que destrabó la cosa y abrió el universo a su nueva dimensión. Lo estudié y aprobé y listo.

Me siento eterno. La muerte no me preocupa nada. Me preocupan otras cosas. Genial me parece mi hermano. Le sale todo bien. Nada como nadie, rápido y bien ordenado; parece que domina el agua. Trae buenas notas y no lo veo estudiar nunca. Le va bien con las chicas y es muy lindo conmigo. Incluso cuando llora me parece genial, porque cuando acaba de llorar se recupera y parece que no hubiera llorado. Se refriega los ojos y sigue estudiando o viendo la tele o leyendo alguna cosa o en el celu.

Yo, más o menos. La tele no me gusta tanto, pero eso de leer no me parece. Yo sé que es fácil (eso me dice mi hermano) y que pone muy contentos a todos: te sientas a leer por ti mismo 10 minutos cualquier libro y todos te sonríen, vas a ver. Y yo sé que es verdad, pero no me parece. Me da –por ejemplo-- más ganas de escribir que de leer. Es raro, ya sé. A él, no (¿irá coma acá?). Pero a mí me aburre leer y me gusta mucho escribir. No, no, en la escuela no. En casa, sí. Me gusta escribir. Se me da; no, fácil no. Digo que me dan ganas.

Ah, sí, de los genios, sí, de eso estábamos hablando. Me acuerdo de Mozart, de… Colón (está bien?). Colón es prócer, ok. Genios: Mozart… (estoy pensando), Mozart, Beethoven, ¿qué mas? No, no toco ningún instrumento, no. No, tampoco nunca los escuché. Bueno, alguna vez sí, pero poco. Me acordé de esos nombres porque en la escuela…

Si yo tuviera que escribir ahora una redacción sobre “Los Genios de la Humanidad” para la escuela empezaría así: En la Historia de la Humanidad hubo muchas personas geniales e importantes, personas que ayudaron al mundo a ser mejor y a las demás personas a saber más y más (no, no debería repetir dos veces la misma palabra)… saber más. Como por ejemplo: Einstein, Mozart, Freud, Lincoln…

¿Que qué escribiría si lo escribiera para mí, en casa? No sé… Creo que empezaría así: Ahora que pasaron tantos años es fácil saber que fue un genio, pero su mamá y su papá y sus amigos no lo sabían. Entonces, no sé si siempre fue un genio. No sé bien qué es un genio. Y los genios de los que me hablan en la escuela no sé…

Mi hermano hubiera buscado una de esas redacciones perfectas de Internet.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

Te podría interesar:
No puedo entrar sabiendo, porque si entro sabiendo, nadie aprenderá
[caption id="attachment_105859" align="aligncenter" width="600"]Gustave Courbet, "The Wave" (1869) Gustave Courbet, "The Wave" (1869)[/caption]

Ella está por entrar en el aula. Como siempre, cuatro o cinco veces al día, todos los días. Se prepara, pero poco. Siente que hace tiempo que está preparada; siente que ya se preparó. Y repite su partitura, una y otra vez. Aprovechó el recreo de las 10:50 para hacer dos llamadas telefónicas personales, contestar siete WhatsApp, revisar su Face, comer 3/4 partes de un sándwich de pan integral que trajo en un tupper de casa, conversar un poco con sus colegas en la sala e ir al baño. Durante esos 15 minutos no pensó en el reingreso al aula que ahora le toca. Es la parte más previsible de su día; es de nuevo aquella monotonía bajo control de todos sus días. Simplemente, abrir la puerta, saludar y despacharse. Tiene 43 años; tres hijos, ya crecidos; se llama Luciana y es maestra de sexto grado de primaria. Da clases en una escuela que puede ser cualquier escuela, como casi todas las escuelas.

Y está por entrar en el aula.

Ya se olvidó hasta de que en esos momentos suele pensar (con un tipo de pensamiento evanescente que pasa como un flash): "¿qué debo dar hoy en clase?"; lo hace automáticamente. Casi no tiene registro de ese pensamiento repetido que le pasa por la parte sorda de su cerebro. Revisa la planificación -que siempre tiene a mano, como las pastillas para sus jaquecas-- y sortea el obstáculo. Abre la puerta, entra y ejecuta.

Luciana no es una maestra; es "la" maestra. Es el arquetipo, el estándar y también el estereotipo que domina las prácticas pedagógicas escolares. Podría haber sido de cuarto grado o de segundo, o de secundaria; podría tener especialización en X o Z. Ella es todas y todos los que se enfrentan a las aulas en las escuelas de América Latina diariamente; o casi todos, por lo menos. Todos somos Luciana, cuatro o cinco veces al día, todos los días. Y así estamos...

Entra preguntándose, sin inquietud, "¿qué dice mi planificación?, ¿qué debo dar hoy en clase?". Y entra y lo da, mejor o peor.

¿Por qué cuento esta historia que parece no contar nada? ¿Qué puede estar interesándome de este relato plano y anodino sobre la rutina de una rutinaria maestra? ¿Dónde podría haber un quid en todo esto tan obvio, automático y al parecer hasta sensato?

Pues en que la maestra que anhelo debería preguntarse: "¿qué me encontraré hoy en mi aula de clase?". No se trata de qué llevo yo –maestra-- al aula, sino de qué hay allí esperándome. Si el curso didáctico empieza en mí, mal acaba; es un proceso sin transcurso, aplastado en su propia previsibilidad; nulo de toda sorpresa; carente de todo asombro; saturado de objetos con aspecto de alumnos y de temas falsamente disfrazados de preguntas o de problemas. En la medida en que Luciana insista en entrar como entra, el clic educativo seguirá sin producirse, y nos seguiremos preguntando en foros vanidosos y grandilocuentes por qué nuestros sistemas educativos no funcionan, y si será por falta de presupuestos, de tecnología adecuada o de no sé qué. No sé si la culpa la tiene o no Luciana, pero sí sé que el resultado proviene de lo que concretamente hace Luciana cada día; y de lo que no hace Luciana.

Preguntarnos qué nos encontraremos a las 11:05 cuando entremos en clase es devolverle a todo el proceso pedagógico una vida de la que carece. No importa qué dicen el currículum ni mi planificación; importa qué están diciendo ellos, mis alumnos, cada uno de ellos, ese día, a esa hora, en ese lugar y en medio de aquel complejísimo contexto que nos rodea a todos --incluso a Luciana-- cada día, a cada hora, en cada latitud y en cada orografía. No importa mi previsibilidad obediente sino la imponderabilidad vital de ese cuerpo en funcionamiento que llamamos "grupo de sexto A". ¿Qué pasa con ellos, en ellos? ¿Qué dicen y qué callan? ¿Dónde están sus puntos de articulación entre la vida y la escuela?, ¿en qué estación están parados sus sueños y sus frustraciones?

No puedo entrar sabiendo, porque si entro sabiendo, nadie aprenderá. Tengo que entrar desconociendo y con ansiedad por interpretar aquella situación, en aquel día, en sus propias coordenadas. Debo apelar al arte de producir la participación, que es arte mayor, y dejar aparcado ese arte menor que hace tantos años ostento de hablar y ponderar como si supiera, como si eso fuera saber y enseñar. Olvidarme el cuadernito de la planificación y acordarme del grupo, que necesita de mi expectativa abierta para poder desplegarse y realizarse subjetivamente. Poner situaciones-problema en juego y dejar que venga lo que con ellas tenga que venir; y surfear esas olas cargadas de pulsión de la buena, de la vital, de la imprescindible para que un proceso de aprendizaje significativo pueda producirse en esos niños. Simplemente, no repetir mi “¿qué debo dar?”, sino abrirme al incierto y productivo “¿qué voy a encontrar?”.

Yo sé que Luciana no lo sabe. Por eso hay días que tiendo a exculparla; pero no sé si debo. Ella --como todos-- está obligada a repensar su práctica; no tanto porque esté en su contrato laboral, sino porque debería estar en su contrato vital.

 

Twitter del autor: @dobertipablo