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Emprender es una manera de pararte ante la vida; una manera de vivir
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Imagen: pixabay.com

 

El emprendedurismo está de moda. También en las escuelas. Se dice por todas partes que emprender es un valor del siglo XXI y lo será mucho más aún en el XXII.

Creo que esa movida encierra un diamante; pero también creo que cuanto más moda se vuelve, menos nítido resulta su diamante nuclear.

¿Qué es emprender? Esencialmente, hacer. La posición ética del emprendedor ante el mundo, ante su realidad, es la de hacer, antes que padecer. Él puede, por eso hace. Se mueve. Luego, a la mística fundacional del concepto se la devoró, demasiado rápida y eficientemente, la empresa, el dinero y esas cosas de otro calado.

La palabra “emprendedor” fue definida por primera vez en el Diccionario de Autoridades de 1732 como "La persona que emprende y se determina a hacer y ejecutar, con resolución y empeño, alguna operación considerable y ardua". Se llamaba emprendedores a los que entonces eran considerados aventureros. Luego –como decíamos-- a todo esto se lo llevó el río histérico, ruidoso y poco profundo de los dineros y los éxitos.

Emprender es una manera de pararte ante la vida; una manera de vivir. No una manera de ganar dinero o perder dinero o de salir en la prensa. No emprende el que quiere, emprende el que puede; emprende el que sabe que puede, por eso emprende. Para emprender hay que sentir que la realidad depende de ti, por eso le haces lo que le haces. La construyes desde ti y por ti. Emprender es acometer, ir hacia las cosas; buscarlas, entrarles. A cualquier cosa, no sólo a las empresas y a los productos.

Siempre me llamó la atención cómo definimos a los antónimos del emprendedor o del emprendedurismo; me llama la atención por qué al emprendedor lo definimos hoy día como:

una persona que tiene una idea de negocio y que la percibe como una oportunidad que le ofrece el mercado y que ha tenido la motivación, el impulso y la habilidad de movilizar recursos a fin de ir al encuentro de nuevas ideas. Es capaz de acometer un proyecto que es rechazado por la mayoría.

Pero cuando vamos a sus antónimos, el registro es muchísimo más esencial y lapidario que lo que esta definición empresarial parecería indicar. No decimos que lo contrario del emprendedor es el que dilapida dinero o el que no hace nada por producir dinero ni nada de eso; decimos que son antónimos de emprendedor “apagado, apocado, apático, dejado, desanimado, encogido, incumplidor, indeciso, indolente, inseguro, pusilánime, tímido, vago, zángano…”. Qué raro resulta que a un cualquier empresario osado se le opongan todas estas lacras sociales esenciales, ¿verdad? Por eso me gusta más buscar la entidad del concepto en sus antónimos que en su definición positiva.

Porque si es verdad que lo opuesto de emprendedor es encogido y pusilánime, entonces también debe ser verdad que el emprendedor es el echado para adelante y confiado de sí mismo. Y eso es lo que es, precisamente. Por eso decía que emprender es hacer, consecuencia de poder.

¿Qué hace la escuela con el emprendedurismo? Da clases de microemprendimientos; stocks, balances, contrataciones, caja, marketing, análisis de riesgos, etc. Se equivoca otra vez y se pierde una gran oportunidad. Liga el emprendedurismo con las finanzas personales y con las cuentas (incluso, tiende a iconizarlo con marranitos). Y se olvida de conectarlo con la ética y con la filosofía y la psicología. No cala hondo; al contrario, trae todo para la superficie ramplona de los negocitos de turno. No conecta al emprendedor con la vida ni con su proyecto de vida; al contrario, pone el emprendedurismo en las horas extra o en el contraturno. Lo asemeja al golpe de suerte del que sabe tener su padre rico. Y lo hace entrar tarde, como a los 13 años, cuando lo constitutivo ya tuvo su primera gran horneada. Se pierde la oportunidad de forjar una verdadera ética emprendedora en niños de 5 años, 7 años, que sepan que el mundo depende de ellos y ellos son parte activa del mundo en el que vivirán. Y que por eso es que harán y que por eso también, en el fondo, deberán asumir el deber de hacer. Todo una gran confusión.

Emprender no es un tema, es un valor; una premisa, no un objeto de estudio. Tiene que estar antes de todo lo demás. Subyace a todo lo demás. Determina y le da su impronta a todo lo demás. Luego se estudia o no con actitud emprendedora, se piensa o no con actitud emprendedora, se hacen las cosas para adelante o se esperan las cosas para atrás. Es un parteaguas. No es emprendedor el que gana; lo es el que juega, gane o pierda (que cuando pierde probablemente también esté ganado). Y eso no lo ha entendido la escuela.

Llama la atención cómo los diferentes países y políticos de los países usan los verbos administrar y gobernar. Visto sin agudeza, parecen hasta sinónimos: la administración Bush, el gobierno de Obama. Pero si te detienes puedes encontrar constantes de sentido. El que dice que administra es el que supone que lo dado está dado y a él le toca administrar aquello, ponerle algún orden, darle alguna cadencia. Como si el poeta considerara que administra las palabras. El que administra no ejerce el poder; se lo niega, porque se considera sobredeterminado; es el zángano aquel del que hablábamos antes. El que gobierna –en cambio-- sabe que debe hacer; que su trabajo pasa precisamente por no admitir que su materia venga dada; que está ahí para tomar posición; que su misión es construir. Por eso gobernar exige tener un proyecto, y ejecutarlo. Uno va, el otro espera; uno es el apocado, el otro, el lanzado. Uno hace, el otro ni deshacer sabe. Son --como se ve-- posiciones diferentes; diferentes configuraciones delante de la ética emprendedora. O gobierno para desarrollar un proyecto o administro un proyecto ajeno. Es la misma diferencia entre el empresario y el gerente, dicho sea de paso. Y no es diferencia de propiedades (nominal, quiero decir), es diferencia fundamentalmente actitudinal. Hay gerentes apropiados y hay empresarios indolentes. Conozco de los dos.

Pasan y pasan cosas y las cosas y la escuela nada que se entera. Tritura todas las oportunidades; hasta las que las modas le dan. Hace texto de todos los ambientes y vuelve meros contenidos a todas las actitudes. Destruye. Se le van las cosas porque su gramática rigidísima no admite sino lo que admitió una vez. Y nos confunde. Porque si fuera honesta, la escuela debería decirnos “no haremos eso, no es parte de nuestro modelo” y nosotros lo iríamos a buscar a no sé dónde o al menos sabremos que no lo estamos teniendo. Pero cuando nos dice que sí y hace como que lo hace, nos confunde y nos engaña. ¡Ahora resulta que hasta actitud emprendedora se enseña en las escuelas de hoy! Mentira. Como tampoco se desarrolla ética ciudadana, educación sexual, lectura y escritura, habilidades oratorias, inteligencia emocional y todo ese paquete de excluidos esenciales incluidos como etiquetas de marketing en los folletos de casi todas las escuelas del barrio.

Deberíamos rebelarnos –nosotros, padres-- también por esto.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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Si logras una posición inteligentemente problematizadora vuelven comentarios igualmente inteligentes, además de interesados y de profundización; y a ésos les siguen otros que van construyendo una suerte de trama envolvente que incluye y excede tu propio artículo y lo enriquece

Ya me lo habían avisado, pero no me lo creí; me dijeron que lo que más recibes son insultos, si bien te va. Yo andaba con aquello de que si logras una posición inteligentemente problematizadora vuelven comentarios igualmente inteligentes, además de interesados y de profundización; y que a ésos les siguen otros que van construyendo una suerte de trama envolvente que incluye y excede tu propio artículo y lo enriquece. Y que así se van nutriendo los ecosistemas y vamos construyendo juntos nuevos conceptos, colaborativamente.

Llevo no menos de 100 publicaciones y a la fecha he recibido –esencialmente-- algunas felicitaciones, poquísimas discusiones, ninguna pregunta y una cantidad significativa de insultos y groserías difamatorias, del tipo:

Me manifiesto en completo desacuerdo con su opinión, que a todas luces tiene su fundamento en la nada (o en el mejor de los casos en una lectura relámpago de Wikipedia). Sus analogías son sumamente burdas y sus comparativos lamentables e inconexos. Evidentemente no tiene usted idea de la diferencia entre la ciencia experimental y la aplicada. Es muy triste que se pierdan espacios como éste en opiniones pletóricas de miseria intelectual. (SinEmbargo)

O del tipo: “Que no te gusta la ciencia, vamos... Pues nada oye, vete a interpretar sueños y deja a los profesionales trabajar” (Huffington Post). O:

Que muchos de los escritos que aquí se publican se sientan paridos sin epidural. escribir por escribir qué pereza, sólo por cumplir con la tarea, me imagino que hasta los temas los dan a “pedido” de los editores… Umm, qué lastima! La verdad hoy escribe cualquiera. (SinEmbargo)

De esas cuatro categorías, de las dos que saco más conclusiones son la de las preguntas y la de los insultos. Mientras no desarrolle preguntas no habré disparado ningún proceso de construcción colectiva; mientras no promueva inquietudes o preguntas en mi lector, no habré generado nada que valga demasiado la pena. No me refiero a preguntas de comprensión sobre lo que escribí o quise escribir, me refiero a las preguntas de expansión, de búsqueda metonímica. Yo sé que una parte de la ausencia de preguntas se explica por las convenciones del género “comentarios”, que no se usa habitualmente para preguntar o debatir con el autor; pero la otra parte debo explicármela por la estructura, el contenido y la índole general de mis publicaciones. Mientras siga generando más felicitaciones que preguntas deberé estar consciente de que no se está produciendo en mis lectores el efecto esencial. Me toca seguir trabajando.

¿Y qué concluir de los insultos? Lo primero que me llama la atención es que no son homogéneos y constantes; es decir, no son un “modus operandi” de los lectores ante cualquier publicación, ni siquiera ante este autor determinado. Recibo la descarga de insultos sólo en algunos de mis artículos; en pocos de ellos. Por eso me parece que vale la pena preguntarse qué características en común tendrán esos artículos.

Me insultan cuando transgredo alguna convención de alta raigambre cultural. Recibí insultos cuando retiré mi aval a los niños lectores; cuando discordé esencialmente con las neurociencias (con el modelo científico en general) en favor de la psicología; cuando rompí el código del género y usé el espacio de un artículo de periódico para escribir como si fuera un adolescente escribiendo una redacción; cuando osé desconfiar de la erudición o retirar mi apoyo político a la ortografía; cuando quise remontar la formación del escritor lejos de los estereotipos; cuando contradije a un columnista célebre y cuando ironicé sobre el modelo de evaluación imperante en escuelas y universidades. Yo sé que no es conmigo, sino con todo aquel que se anime a poner en entredicho esas deidades decimonónicas. Las ideas pueden generar desacuerdos, pero cuando tú te metes con las creencias, el argumento se vuelve agresión y los desacuerdos se expresan como guerra. Mientras la dialéctica trabaje con lo que pensamos somos capaces de mantener la civilidad, pero cuando algo entra en el terreno de lo que creemos (sobre todo en lo que no sabemos que creemos), las formas se pierden y lo visceral emerge en estado puro.

Y tal vez todos tengamos razón; ellos y yo también. Ellos porque es probable insultar, denostar, ridiculizar, agredir y satanizar a quien está demoliendo tus cimientos como si jugara una partida de ajedrez un domingo por la tarde. Debes reaccionar, porque te estás jugando la vida, esa vida que tienes armada. Pero yo también tengo razón, porque si no nos metemos con esos cimientos, entonces para qué; porque si no pongo en cuestión lo que sostiene todo el tinglado que nos tiene atrapados --aunque a veces creamos que nos sostiene, cómo haré para trabajar en favor de una transformación que considero imprescindible. Y los dos tenemos razón, al fin y al cabo, porque estamos metiéndonos con las cosas más íntimas, serias, profundas e ideológicas; y esas cosas no se dirimen sin sangre y sin fuego.

Yo lo sé. Ellos no sé si lo sepan.

Pero no quiero concluir que cada publicación que reciba más enconados comentarios será, por eso, mejor; no creo que esa conclusión sea justa. Pero tampoco lo contrario; porque si a cada insulto retrocedo, entonces qué me queda, ¿verdad? Seguiré buscando, simplemente; y que cante quien quiera cantar.

También he notado que dependiendo de tu posición relativa respecto al saber, también dependen los comentarios. ¿Por qué me insultan cuando escribo y me aplauden cuando doy conferencias? Porque cuando escribo, para quien me lee, soy un desconocido desinvestido de saber; simplemente, un hombre oculto detrás de un nombre desconocido en una publicación ocasional. Y como no me reconocen en el lugar del “saber” (profesor, conferencista, autor de libro, etc.), entonces liberan sus energías vitales de la manera más animal posible. Por el contrario, en el mismo momento en que esas mismas ideas provienen del lugar del saber, en cambio de generar ira obligan a la genuflexión. El ritual de la palabra del que sabe obtura cualquier reacción descontrolada. Porque aunque esas ideas osen impugnar algunos símbolos o alterar algunos órdenes celestiales, el orden supremo de los estereotipos del flujo del saber --la voz académica-- llamará a la calma y la alineación. Al profesor, al libro de texto, a la enciclopedia y al “experto” en general, siempre palmas y respeto servicial. La relación con ellos es siempre pasiva, por definición. Porque así funciona nuestro orden; porque así se ordenan simbólicamente nuestros iconos.

¿Quién diría que encontraría tantas cosas detrás de unos compulsivos insultos, verdad?

En el seno de los debates pedagógicos más avanzados traemos permanentemente al centro a la participación; no concebimos una nueva y mejor pedagogía, una pedagogía activa, que no jale de la participación de los alumnos de manera sistemática. Y siempre aparecen este tipo de problemas que las mismas participaciones nos traen; cuando ellas son reactivas, o directamente burlonas, si no simplemente planas y desinteresadas. ¿Qué hacer? Leerlas; interpretarlas; jamás por ellas volvernos atrás. Aunque no quieran decir para nosotros lo que dicen, algo nos pueden estar diciendo. Dialoguemos con nuestra propia interpretación del fenómeno y sigamos adelante. Es lo que estoy haciendo. Y movernos a la derecha y a la izquierda, y para arriba y para abajo, hasta dar con el tono exacto, en el tiempo preciso, para que aun entre los ruidos, interjecciones y demás barullos incómodos, aparezca otra voz que concatene con la nuestra y comience algún proceso de alguna construcción que valdrá la pena.

Sé que va a haber un momento en que todo esto haya pasado y los iconos hoy tan susceptibles serán sólo recuerdo y a los nuevos –eso sí-- les enseñaremos a considerarlos, pero no necesariamente a venerarlos.

Espero tus comentarios.

 

Twitter del autor: @dobertipablo