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Bukowski y Barbet Schroeder entran en un cine porno de México

Arte

Por: Adán de Abajo - 01/19/2016

Tan sólo un viejo letrero luminoso blanco con letras rojas, perforado y poblado de moscas, anunciaba la programación de aquel día en el antiguo cine: Barfly, la película de Schroeder con guión del novelista y poeta norteamericano, Charles Bukowski

Imagen: http://www.ak43.de/the-charles-bukowski-tapes

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Cualquier imbécil puede tener un trabajo; vivir sin trabajar es cosa de sabios. Por aquí lo llamamos chulear. A mí me gusta ser un buen chulo.

Charles Bukowski, Cartero

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La fachada no aparentaba en lo absoluto tratarse de la parte externa de un viejo teatro o cine. Era un añejo edificio de cantera, que podría encontrarse en el centro de cualquier ciudad colonial de México o de Latinoamérica, el cual antaño albergó a alguna familia católica y aristocrática del siglo XIX. Venida a menos, perdida en algún embargo o pleito legal por herencias, quizá intestada, a la otrora suntuosa construcción le habían mutilado todas sus recámaras, lujosas habitaciones y ostentosas salas. Vendida en partes, arrendada y subarrendada en fragmentos, la vieja casona parecía ahora un maltrecho rompecabezas mal armado, parchado, diseccionado en múltiples partes y con incontables adaptaciones.

En el segundo piso se encontraba instalado un negocio de caldos de pollo y tortas de pavo que trabajaba las 24 horas, con las ventanas  y el techo cubiertos de infinitas capas de aceite y vapor grasiento, acumuladas durante décadas. Tan sólo un viejo letrero luminoso blanco con letras rojas, perforado y poblado de moscas, anunciaba la programación de aquel día en el antiguo cine: Barfly, la película de Schroeder con guión del novelista y poeta norteamericano, Charles Bukowski. Comenzaba a las 9:00pm.

Unas escaleras bajaban hacia el sótano, donde se encontraba otro negocio de comida china que apestaba a sebo y humedad, junto con una tienda de ropa y zapatos de segunda mano. Ahí, escondida, iluminada por un tenue foco amarillento, se encontraba la diminuta taquilla, en donde un individuo cuya afeminada voz delataba su preferencia sexual vendía las entradas. A su lado, casi invisible, la puerta de hierro amarillento y despintado del elevador por donde se accedía a la sala del cine, ubicada en el quinto piso.

La sala cinematográfica tenía más de 3 décadas en funcionamiento, sobreviviente de una época en que asistir al cine consistía en todo un ritual de recreación y esparcimiento. En los años 60 y 70 muchos cines se erigieron en la zona del centro de la ciudad, cuando ésta aún era habitacional, y en otras colonias aledañas, lujosas y antiguas. Los horarios de casi todos ellos estuvieron llenos todos los días, pero sobre todo los sábados y domingos.

Este viejo cine en particular fue célebre durante muchos años por las funciones de matiné los fines de semana a las 12 del día, dedicadas a legiones de niños que se arremolinaban en su elevador para entrar a él, en los sillones de su sala de espera, en su cafetería y su confitería, donde se vendieron todos los dulces, palomitas de maíz, sándwiches, papas a la francesa, refrescos y pasteles de chocolate posibles. Por su pantalla desfiló la totalidad de los largometrajes clásicos de Walt Disney: Pinocho, La dama y el vagabundo, Bernardo y Bianca, Cenicienta, La bella durmiente, La noche de las narices frías y un infinito etc., del mismo modo que muchas películas mexicanas para niños y jóvenes: Santo y Blue Demon contra las momias de Guanajuato, Santo contra el Encapuchado Negro, las sagas de Chavelo y Pepito, Pulgarcito y el ogro, La isla del tesoro, adaptada interesantemente en México por el director Gabriel Retes.

Sus mejores años pasaron también hace mucho tiempo, sustituyendo el ritual de asistir al cine solo, en pareja o en familia por los videoclubs, las videocaseteras, luego por los DVDs, el Internet, la televisión por cable y ahora Netflix y otros sistemas interactivos.

Para sostenerse, diversas administraciones del cine del Centro trataron de adaptarse a los tiempos que sobrevenían y superar las crisis financieras como podían: de ser un cine especializado en niños y tramas infantiles, se convirtió en una sala de cine de arte durante finales de los años 80 y buena parte de la década de los 90. Ahí se expuso completo el Decálogo de Kieslowski, así como su trilogía de Azul, Blanco y Rojo y su majestuosa La doble vida de Verónica. Directores como Kim Ki-duk, Polanski, Antonioni, Wong Kar-wai, Wim Wenders, Godard y desde luego, Barbet Schroeder, transitaron por ahí. Muchos de los niños que asistieron durante su infancia a las matinés volvieron a la vieja sala ya convertidos en adultos para contemplar los ciclos de cine europeo y oriental, y también el llamado cine independiente norteamericano, del que Schroeder se convertiría en uno de los principales exponentes pese a su singular origen: mitad iraní y mitad francés.

Luego, el viejo cine del Centro también fue olvidado por los jóvenes universitarios, los intelectuales y artistas que lo hicieron suyo por lo menos durante 1 década dejaron de frecuentarlo. Funciones completas transcurrían con tan sólo uno o dos espectadores, ya casi nadie asistía. Un ciclo completo dedicado a Polanski se proyectó sin casi un solo asistente, y funciones de películas suyas entrañables, como su genial adaptación de Oliver Twist de Dickens, se suspendieron por falta de público y asistentes.

El viejo cine fue revendido y luego del año 2001 una nueva administración sustituyó las películas de autor por la pornografía de todas las X existentes. Su vida como sala cinematográfica para adultos heterosexuales fue breve, convirtiéndose pronto en un cine gay en donde no eran raros la prostitución y los encuentros íntimos fortuitos.

Fue ahí, como por un milagro o accidente providencial, que en su época ya de cine porno gay, en el cine del Centro, alguien programó, tal vez sin darse cuenta, Barfly, de Barbet Schroeder con guión de Bukowski.

 

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Se proyectó solamente 1 día, en dos horarios: en la tarde a las 6:00pm y por la noche a las 9:00pm. Sus comensales se encontraban bastante lejos de ser los infantes y padres de familia que lo concurrieran en los años 70 y 80, mucho menos los intelectuales y artistas que lo hicieron suyo en la década de los 90. Un público homosexual y afín al mismo arribó a la antigua sala cinematográfica. No eran poco frecuentes los ligues, encuentros y desencuentros, un furtivo sexo oral bajo la luz del cinematógrafo, a cambio de 50 pesos, una masturbación mutua entre dos amantes desesperados y anónimos. Incluso, contaban algunas leyendas, alguna rápida penetración anal, en medio de ayes y quejidos, bajo el cobijo de la penumbra.

Ahí habrían ingresado sin ningún problema el director francés Barbet Schroeder, avecindado en Estados Unidos desde que estrenara Barfly a fines de los 80, y el poeta y novelista Charles Bukowski con la finalidad de contemplar, sin ningún pudor ni dejo de admiración, la exhibición de su película, así como para observar a la singular fauna urbana de depravados y adictos al sexo casual que asistirían a la misma, tal vez para inspirarse un poco y escribir luego incansables y atrayentes poemas, novelas y guiones cinematográficos.

Ninguno de los dos tendría problema alguno, ni prejuicios ni aspavientos. Seguramente habrían adquirido previamente una botella de buen whisky, envuelta en su infaltable bolsa de papel, junto con otra de agua mineral y vasos desechables. No habrían dudado en servirse sus sendas bebidas e ingerirlas alegremente mientras veían la película, fumaban un tabaco tras otro y se divertían con la actividad del público.

El viejo Bukowski no poseía ningún prejuicio hacia la homosexualidad, él mismo había tenido, como nos cuenta en su novela La senda del perdedor, que prostituirse para sobrevivir, proporcionando sus servicios sexuales a viejos dandis ricachones en Los Ángeles cuando aún era un joven y pobre aprendiz de escritor y un estudiante mediocre de periodismo. A Charles Bukowski, del mismo modo que al escritor Jack Kerouac, le fascinaban las mujeres mexicanas. Nos lo revela tanto en La senda… como en su célebre libro Cartero. Se iba por las mañanas a los barrios latinos de Los Ángeles para transcurrir las horas contemplando las caderas y pronunciados culos de las prostitutas y obreras mexicanas acompañado únicamente de un sexteto de cervezas, sentado sobre una banca.

Al director Barbet Schroeder le fascinaban tanto los mundos de las transgresiones que iniciaría su carrera cinematográfica con More, un filme con música de Pink Floyd dedicado al consumo de la heroína. Su afición por lo subterráneo lo llevaría en el año 2000 a realizar magistralmente en Colombia La Virgen de los sicarios, de temática eminentemente gay, basada en el libro de Fernando Vallejo. Aunque no le faltarían grandes propuestas para saltar a los grandes negocios hollywoodenses de cine, contando con la ayuda de su amigo Francis Ford Coppola, siempre habría elegido el camino de la independencia y del cine de autor.

La inquieta y convulsa actividad del extraño público no les permitiría admirar con toda calma su película. Gente moviéndose de un asiento a otro, voces inquietas, susurros, quejidos, húmedos chasquidos en la oscuridad de la sala cinematográfica. Individuos que también bebían e introducían otras sustancias en sus organismos mientras se les practicaba una masturbación o un blow job a bajo costo.

 

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Imagen: www.amazon.com

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Las críticas no tuvieron piedad en su momento con Barfly, a finales de los 80. Los admiradores de Schroeder y su anterior carrera en el cine francés señalarían que la adaptación de la literatura a la pantalla de las aventuras de Henry Hank Chinaski, el antihéroe de casi todos los libros de Bukowski, era errática. Por su parte, los fans del escritor se sentían ofendidos con la actuación de Mickey Rourke representando al buen Chinaski, afirmando que no coincidía en lo absoluto con lo que ellos habían imaginado al leer los libros. Algunos decían que Rourke parecía más bien un mono con daño cerebral balanceándose por todo el filme. La verdad es que al propio Bukowski le encantaron tanto la adaptación al cine de Schroeder como la actuación de Rourke, y en más de una ocasión los tres artistas aprovecharían los espacios de descanso durante la filmación para beber buenas cantidades de alcohol y conversar en el set entre tabacos y carcajadas, lo cual no es difícil imaginar para nadie.

Al contemplar Barfly podemos deducir que su historia transcurre en la etapa de madurez de Chinaski, luego de dejar de trabajar en el servicio postal norteamericano durante casi 15 años, un trabajo de esclavo enajenante que casi mata su creatividad y su voz de poeta, abandonándolo, como nos cuenta en su obra Cartero, un buen día, decidido a vivir como fuera de sus poemas, relatos y novelas. Y vaya que lo conseguiría.

Al finalizar la exhibición de Barfly en el viejo cine porno del centro, el público prácticamente habría desaparecido, encontrándose casi solos los dos personajes al encenderse las luces, sentados en sus sillones, ya un poco ebrios y contentos. Se despedirían tomándose las manos y dándose un abrazo; hace algunos años que el viejo Bukowski habría pasado a ser un habitante del Otro Mundo, en donde seguramente encontraría buenos amigos con quienes beber, departir y hablar de libros, y Schroeder  retornaría a Francia, a su casa, con su esposa, en París.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

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Nuestra era ha embanderado la tecnología como una nueva Ilustración. Hace algunos años, la ONU y el MIT lanzaron el programa "Una laptop por niño", en una especie de cruzada mundial de educación bajo el supuesto de que tener una computadora era un derecho universal --casi tan fundamental como la comida-- y el detonador de la liberación de las fuerzas opresoras de la pobreza y la dictadura. La computadora, sugiere el director del Media Lab del MIT y cabeza del proyecto, Nicholas Negroponte, es la herramienta de conocimiento más poderosa de la historia. En esto estaría de acuerdo Steve Jobs, quien en varias ocasiones habló del poder de las computadoras de revolucionar el aprendizaje, y quien, incluso más que Negroponte, se encargó de evangelizar al mundo y hacer que las computadoras fueran ya no sólo deseables sino imprescindibles (al menos para nuestra percepción). 

No hay duda de que la tecnología moderna ha "revolucionado" el conocimiento, pero quizás, a diferencia de lo que supone Negroponte, esta revolución no ha significado una verdadera Ilustración, ni un incremento de un conocimiento capaz de mejorar la vida de las personas y, por qué no, de liberarlas de la opresión política y social --que a fin de cuentas es el sentido esencial del conocimiento: usarse para vivir bien, no sólo para informarse. Quizás ha ocurrido lo opuesto, de la misma manera que la evangelización de la Iglesia Católica significó el yugo y la pérdida de tradición e identidad de los pueblos indígenas de América. Negroponte y la ONU fundamentalmente reparten computadoras en África, pero esta evangelización tecnológica ha ocurrido de manera global, casi sin que nadie se inquiete por lo sucedido. Y es que asumimos que las computadoras y la tecnología no tienen ninguna agenda y son esencialmente bienes materiales de gran valor cultural. (El filósofo anarcoprimitivista John Zerzan sugiere que existe “una intencionalidad en la tecnología… La Revolución Industrial no fue sólo sobre economía. Como dice Foucault, fue más sobre imponer una disciplina”). 

Hace algunos años con la llegada del Internet se decía que vivimos en la era de la información. Esto es indudable, todos hemos escuchado sobre cómo en nuestra época cada 5 años o algo así se duplica la cantidad total de información que generamos. El problema es que más información y más "especialistas" no nos hacen como individuos ni como sociedad más sabios. A fin de cuentas la persona que puede contestar innumerables preguntas de trivia es sólo una curiosidad, la persona verdaderamente admirable es la que puede integrar toda esa información y aplicarla no sólo para producir algo valioso según el mercado --como un nuevo gadget-- sino para aplicarla en su vida diaria y vivir sana y felizmente (independientemente de las presiones de su entorno). Esta es la forma de hacer real la información que de otra manera sólo nos lleva a estar inmersos en un torrente virtual de data, que nunca para, pero tampoco llega a ningún puerto, nunca está en paz.

Es posible que nos estemos apantallando por la cantidad de información que manejamos y confundiéndola con conocimiento cualitativo. Karl Taro Greenfeld escribe en un artículo en el New York Times:

Nunca ha sido tan fácil fingir que sabemos tanto sin verdaderamente saber nada. Elegimos temas y bits relevantes de Facebook, Twitter o alertas de email y los vomitamos después. En vez de ver Mad Men, el Superbowl, los Óscar o el debate presidencial, simplemente puedes navegar los feeds de alguien haciendo live-tweets del evento o leer los encabezados de los diferentes sitios. Nuestro canon cultural está siendo determinado por lo que sea que tenga más clics.

Un estudio reciente sugiere que las personas que dicen ser expertos en realidad no lo son y existe una tendencia innata a exagerar lo que sabemos. Quizás esto está pasando a escala global: una alucinación colectiva de creer o fingir que sabemos. "Nos acercamos peligrosamente a dar un performance de sapiencia que es en realidad un nuevo modelo de no-saber-nada”, agrega Taro Greenfeld. ¿Saber un poco de todo es lo mismo que no saber mucho de nada? O, ¿de toda esta panoplia de trivia, de todas las conexiones de datos superfluos, del agregado hipervinculado surge, como de una gestalt holística, la sabiduría?

En otro ensayo en el New York Times, astutamente titulado “Our (Bare) Shelves, Our Selves” (algo así como "Nuestros libreros vacíos hacen de nuestros seres ceros") , Teddy Wayne escribe:

Los medios digitales nos entrenan para ser consumidores de banda ancha más que pensadores reflexivos. Descargamos una canción, un artículo, un libro o una película instantáneamente, la vemos (si es que no nos quedamos distraídos revisando el infinito inventario que se ofrece) y avanzamos a la siguiente cosa inmaterial.

Esto parece ser lo que está ocurriendo, la simple tesis de que sabemos más datos, sobre muchas más cosas, pero en realidad conocemos menos cosas a fondo, y tenemos menos capacidad de transformar lo que conocemos en algo valioso (y no me refiero a algo con lo que podemos ganar dinero). Somos cada vez más superficiales, adictos a tener cosas, a la pura materialidad, y menos capaces de profundizar y menos interesados por las ideas y los aspectos inmateriales de la realidad. 

El lector podrá claramente argumentar en contra de la tesis de este artículo que, en "la era de la ignorancia", cómo es posible que el autor sepa que no sabemos. ¿Acaso no hay una contradicción? Ciertamente será un buen punto, pero me parece que es posible argumentar, con Sócrates, que el primer paso hacia el conocimiento es aceptar la propia ignorancia y esta humildad no es algo que uno pueda apreciar en la ciencia y en la tecnología modernas que avanzan con una supuesta seguridad inexorable a conquistar la realidad bajo un estrecho paradigma materialista, que poco se pregunta sobre las consecuencias que su "conocimiento" produce en la psique de los individuos y en su búsqueda de significado, y que impone su visión de mundo (de la misma forma que los misioneros religiosos). Por otro lado, más allá de citar estadísticas de lectura, desigualdad, destrucción ecológica o demás cifras que podrían indicar un deterioro cualitativo de nuestra experiencia en el mundo, me remito a la observación del entorno, justamente a la dimensión cualitativa de la realidad y hago una pregunta al lector: si en su entorno nota un incremento del conocimiento que hemos aquí definido como de uso práctico, ético y hasta espiritual (no necesariamente en el sentido religioso, pero que llena de significado la existencia).

En la segunda parte de este ensayo seguiremos la tesis del poeta Charles Simic, quien en 2012 describió nuestra era como "la Era de la Ignorancia", notando que cada vez los jóvenes a los que enseña literatura en la universidad llegan con menos conocimiento y que existe, como si fuere, una estupidización generalizada de la población en Estados Unidos, la cual es sumamente conveniente para la clase política y la élite empresarial. 

Lee la segunda parte

 

 

Twitter del autor: @alepholo