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9 herramientas para limpiar tu mente y tu espacio de energías negativas

Por: pijamasurf - 01/15/2016

Cambiar tu percepción física y psíquica de ti mismo y de tu espacio puede conseguirse aplicando una o varias de estas técnicas, conocidas desde tiempos antiguos por disciplinas espirituales muy diversas entre sí
imagen: sanacionnatural.net

imagen: sanacionnatural.net

 

Con mayor o menor grado de esoterismo, es innegable que los humanos somos sensibles a las atmósferas, las "vibraciones" y los murmullos --a menudo silenciosos-- del inconsciente colectivo desarrollándose en torno nuestro. Las palabras, las miradas, incluso la presencia de la gente a nuestro alrededor tiene un impacto psíquico en nosotros, lo que puede tener efectos en nuestro bienestar. Hacer cosas que nos gustan o emplear nuestra energía en cosas agradables es fuente de bienestar, mientras que convivir con gente que no nos agrada (o no nos "vibra") nos hace sentir inexplicablemente incómodos.

El pensamiento mágico puede ser una herramienta para mejorar concretamente nuestro estado de ánimo, utilizando algunos trucos provenientes de distintos caminos terapéuticos y de sanación. He aquí algunos de ellos:

 

1. Cristales

Desde cierta perspectiva nuestros gadgets, computadoras y teléfonos móviles no son sino complejas estructuras de cristales: mantienen nuestros relojes a tiempo y nuestras pantallas brillando. Los cristales de colores oscuros como el ónix, la obsidiana, la amatista y el "ojo de tigre" tienen la capacidad de protegernos de energías negativas aliviando el estrés y la ansiedad y mejorando la creatividad. Lo que hay que tener en mente al usar cristales para protección --y lo mismo aplica para el resto de las sugerencias de este post-- es una intención firme y clara, así como un sentido de apertura a las posibilidades sanadoras de estos métodos.

 

2. Sahumerios

La práctica ritual de quemar copal, salvia, palosanto y otros derivados vegetales con el fin de purificar personas o lugares se encuentra presente en muchas culturas. Recorrer un espacio llevando humo hasta los últimos rincones te dejará la sensación de habitarlo con mayor presencia y conciencia, además de que la práctica misma y los aromas del sahumerio tendrán impacto positivo en tu estado de ánimo.

 

3. Aceites esenciales

El sándalo, la mirra o el pachulí tienen poderosas propiedades "limpiadoras", afectando directamente el olfato, que está ligado al centro neuronal donde se procesan las emociones negativas a largo plazo. Colocar un poco de aceite --sin perfumes artificiales-- en tu cuerpo o en tu espacio de trabajo fomentará un vínculo intangible a través del olfato entre una intención protectora y el aroma mismo. 

 

4. Sonidos

Campanas, cuencos y gongs suelen utilizarse para armonizar intenciones y energías en prácticas de yoga y meditación. Las campanas de viento pueden ser un agregado importante en la decoración espiritualizante de un espacio, y su tranquilizador sonido te relajará. Los sonidos de agua en movimiento (como en las fuentes) también tienen un efecto positivo en tu bienestar.

cuenco tibetano

5. Visualizaciones positivas

La meditación no es otra cosa que una toma de conciencia gradual y poderosa de nuestro cuerpo, nuestra respiración y nuestra presencia en un momento determinado. La visualización es una herramienta igualmente útil en la meditación, lo que permite que el "ojo de la mente" proyecte contenidos de la conciencia en forma de imágenes; por ejemplo, puedes colocarte en una posición cómoda, cerrar los ojos e imaginar una suave luz blanca protegiéndote a ti, a aquellos a tu alrededor e incluso objetos importantes para ti. Se trata de depositar una intención en dicha visualización.

 

6. Baños mágicos

Tomar un baño tiene la consecuencia directa de remover la suciedad acumulada en el cuerpo, pero en un sentido mágico, los baños también sirven para deshacernos de contenidos inútiles de la conciencia (energía negativa). Cuando te bañes en la regadera o te sumerjas en una tina, imagina que toda la "suciedad" mental es transportada lejos con el agua y la espuma. Utiliza flores, sales de baño, cristales y velas para crear una atmósfera purificadora. Luego de limpiarte, puedes aprovechar ponerte un poco de aceite esencial, lo que te hará sentir como nuevo(a).

 

7. Mantras

Un mantra es un amuleto verbal: una orden inconsciente que diriges a ti mismo y al universo. Las palabras son capaces de cifrar intenciones, y tener un amuleto verbal puede serte de gran ayuda en momentos de estrés o tensión. Puedes buscar algunos mantras que "resuenen" contigo o crear el tuyo propio a partir de una intención concreta. Debe ser una frase simple o un par de palabras que te lleven, a través de la práctica y la repetición, a ese lugar tranquilo y despejado donde nada puede lastimarte.

imagen: martinelbrujodecatemaco.com

imagen: martinelbrujodecatemaco.com

 

8. Incienso

Bajo la misma lógica del sahumerio y los aceites esenciales, el incienso ha sido usado milenariamente para limpiar la energía de un lugar, incluso para crear una atmósfera. Lo más recomendable es utilizar inciensos fabricados artesanalmente con aceites esenciales, sin perfumes añadidos industrialmente, ya sea en forma de varillas o en incensarios.

 

9. Amuletos

Todas las tradiciones religiosas cuentan con algún tipo de amuleto para materializar en el mundo físico una intención espiritual. Desde los signos religiosos hasta los talismanes y amuletos mágicos, los objetos toman el lugar de la intención del creyente, reforzándola y reactivando nuestra intención cuando lo observamos. Los objetos (para bien y para mal) son solamente reflejo de lo que creemos que son, así que podemos cargarlos de intenciones positivas para utilizarlos como repositorios de energía cuando la necesitemos.

 

(Vía Waking Times)

¿Hormonas o patriarcado? ¿Por qué las mujeres se deprimen más que los hombres?

Por: pijamasurf - 01/15/2016

Estadísticamente hay más mujeres con depresión que hombres, una disparidad con raíces fisiológicas que, sin embargo, también puede explicarse socialmente
[caption id="attachment_105228" align="aligncenter" width="614"]13085629895_abf3961a24_b Imagen: Elizabeth T (flickr)[/caption]

Históricamente ha existido una relación entre las mujeres y ciertas enfermedades mentales. No es que únicamente las mujeres se enfermen de ciertas cosas, sino que desde un punto de vista social ciertos trastornos se han considerado, conceptualizado y aun tratado de distinta forma cuando se presentan en una mujer (a diferencia de cuando los mismos síntomas podrían encontrarse en un hombre). Durante buena parte del siglo XIX, por ejemplo, se creyó que la histeria era un padecimiento exclusivamente femenino, una consecuencia de la falta de orgasmos que se manifestaba en parálisis parciales, pérdida de voz y otros síntomas psicosomáticos.

Aunque las cosas han cambiado un poco en el mundo de la psiquiatría y otras ciencias de “lo humano” (dicho desde el enfoque de Michel Foucault), dicho sesgo se mantiene, matizado quizá o bajo otros términos pero aún ahí, marcando una diferencia más social y cultural que objetivamente fisiológica entre enfermedades mentales y género de quienes las padecen.

Tal es el caso de la depresión, quizá el trastorno psíquico más popular de las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI, que si bien se ha explicado desde distintos puntos de vista, el predominante ha sido el de la psicología medicada y sus torrente de fármacos prescritos para una sociedad hundida en la tristeza, la monotonía y el aburrimiento, el cansancio y el rendimiento a los que alude Byung-Chul Han como consecuencia de la autoexplotación incesante a la que nos orilla el capitalismo contemporáneo.

Salvo en las mujeres, que con frecuencia son la excepción dentro de este sistema. El discurso dominante puede decir que las mujeres se deprimen por las mismas circunstancias que un hombre pero también por su propia condición de mujeres, como si ésta fuera en sí misma un factor desencadenante de otros síntomas. Y quizá lo es, pero un síntoma que apunta a otra enfermedad.

Por estos días, el sitio de la revista Slate reseñó un par de estudios que analizan la manera en que los cerebros de animales procesan la depresión según se trate de machos o hembras. En primer lugar, en una investigación dirigida por Debra Bangasser, de la Temple University, se encontró que la diferencia de niveles de estrógenos, progesterona y testosterona influye en la actividad del factor de liberación corticotropina (CRF, por sus siglas en inglés), un neuropéptido asociado con la respuesta del sistema nervioso ante el estrés. En el caso de los cerebros de roedores hembras, la reacción incluyó una mayor presencia de recetores de CRF en la superficie cerebral en comparación con los machos, un efecto que se agudizó aún más en hembras en las que se elevó intencionalmente los niveles de estrógenos y progesterona. En términos de comportamiento, esta respuesta significa que las hembras son capaces de reaccionar con mayor rapidez en una situación estresante (probablemente por la implicación evolutiva del cuidado de las crías y los miembros más jóvenes de una comunidad).

Por otro lado, una segunda investigación, realizada por el el doctor Michael Q. Steinman y otros científicos de la Universidad de California, descubrió un posible vínculo entre la oxitocina, la depresión y el cerebro de hembras de ratones. Como sabemos, la oxitocina es uno de los neuroquímicos más importantes en el procesamiento de las emociones, al grado de que se le conoce como “la hormona del amor”. En el caso de las hembras, paradójicamente, la oxitocina parece favorecer más bien un estado de angustia o tensión, al menos en el caso del estudio de Steinman, en donde la reacción de un grupo de roedores a un ratón más agresivo que todos fue más aguda en las hembras que en los machos, lo cual se comprobó en el alto nivel de oxitocina presente en su tejido cerebral, que se mantuvo más de 10 semanas después del encuentro con el ratón violento y lo cual las hacía paralizarse de miedo ante la presencia de cualquier ratón desconocido (la misma reacción se disolvió en 3 semanas en el caso de los machos). Para sorpresa de los investigadores, en vez de mitigar los efectos del trauma, en el caso de las mujeres parece ser que la oxitocina los agudiza.

Finalmente, un tercer estudio, llevado a cabo por la Universidad de Colombia, indagó sobre la relación entre depresión femenina y desigualdad de género. Para nadie es un secreto que nuestras sociedades son inequitativas en el trato social entre hombres y mujeres, favoreciendo a aquéllos y en detrimento de éstas (en mayor o menor grado según el grado de civilización de una comunidad pero, en términos generales, presente en todas). En el estudio de Jonathan Platt, del Departamento de Epidemiología de dicha universidad, se recabaron datos de 22 mil 581 individuos estadounidenses de entre 30 y 65 años y con un trabajo fijo, los cuales se utilizaron como marco de comparación de otro universo estadístico: 9 mil parejas de hombre y mujer con una formación escolar y experiencia laboral muy similares. En un resultado que no es muy sorprendente, el cotejo de data encontró que en parejas con estas condiciones donde la mujer gana un salario inferior al del hombre, ella tiene también cuatro veces más probabilidades de angustiarse que su compañero y casi dos veces más probabilidades de sufrir un episodio depresivo severo. En contraste, si es el hombre quien gana menos que la mujer, las probabilidades de desarrollar ambos trastornos son casi las mismas entre sí.

Ahora bien, ¿a dónde nos lleva todo esto? Como escribe Christina Cauterucci en Slate, “los eventos neurológicos tal vez hagan a las mujeres más susceptibles a trastornos de ánimo, pero la discriminación les da el ambiente perfecto para echar raíces”. Muchas veces, desde el sentido común podemos pensar que la singularidad psíquica es, por esa misma característica, un asunto exclusivamente individual, intransferible incluso, como si la persona fuera la única responsable de su condición y sus problema. Sin embargo, como lo explicó Freud al inicio de Psicología de las masas y análisis del yo, si el individuo se enferma psíquicamente eso sucede en sociedad, porque son las estructuras sociales y el ejercicio de éstas sobre la formación de la persona las que la van encaminando hacia la funcionalidad pero también hacia el síntoma en un proceso paralelo e indisociable que, con todo, al volverlo consciente podemos reencauzarlo hacia una alternativa más favorable para la vida en comunidad –que, en este caso, equivale a decir: a favor de las condiciones de igualdad para las mujeres, en todos los aspectos.