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Sobre la irresistible tentación de leer los horóscopos (y el esoterismo pop)

Por: pijamasurf - 12/19/2015

Creemos que el horóscopo nos dice algo único sobre nosotros mismos --pero en una época de cultivo indiscriminado de la individualidad, ¿cómo queda parada nuestra relación con las estrellas y sus símbolos?

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Sucede que estamos en una sala de espera u hojeando distraídamente una revista de cualquier cosa y nos sorprendemos leyendo --con más escepticismo, tal vez, que curiosidad-- nuestro horóscopo. Para muchos, conocer el signo astrológico que regía "nuestro sol" en el momento en que nacimos es tan importante como conocer las enfermedades hereditarias a las que somos proclives, como si las circunstancias objetivas de nuestro nacimiento determinaran hasta los menores eventos de nuestra existencia.

Tal vez nos gustan los horóscopos porque, al carecer del mentado rigor científico, dejan abierta una ventana para la esperanza, convertida cada vez más en un bien de consumo a medida que la situación del mundo se vuelve más y más desesperada. Los científicos, los psicólogos, los políticos, los economistas, todos realizan predicciones aproximadas del futuro previsible basados en datos del pasado y proyecciones racionales, pero somos incapaces de relacionarnos emocionalmente con ese tipo de conclusiones. Saber que el producto interno bruto aumentará aproximadamente en un 0.6% el próximo año le dice muy poco a la persona promedio; sin embargo, saber que Mercurio se encuentra en fase retrógrada le da la sensación de que ciertos hechos inexplicables --como el ir y venir de la señal de Internet-- tienen sentido en un orden superior.

Theodor Adorno analizó los horóscopos de Los Angeles Times en 1952, concluyendo que el mayor peligro de la superstición no era que la gente creyera realmente que las estrellas a miles de millones de kilómetros de nosotros realmente pudieran determinar su destino, sino que promueve la pasividad política. Aún más, Adorno ni siquiera cree que los aficionados a la astrología sean realmente serios en sus pesquisas, sino que la jerga astrológica forma parte de los conocimientos especializados que la gente respeta u observa sin interponerle una crítica personal. Según Adorno, la gente "da por sentada la astrología, de manera similar a la psiquiatría, los conciertos sinfónicos o los partidos políticos; los aceptan porque existen, sin mucha reflexión, dado que solamente sus propias demandas psicológicas corresponden de alguna manera a lo que hay disponible. Difícilmente se interesan en la justificación del sistema".

Pero haciendo de abogados del Diablo, ¿la astrología no permite también disponer de un orden simbólico --de un lenguaje-- para la incertidumbre? La mayoría, en mayor o menor medida, se relaciona de alguna forma con su signo zodiacal, así sea rechazando por completo la cuestión de la proyección, un mecanismo psicológico que explica por qué hay cosas que nos llaman la atención y otras que no. Cuando un pacífico Libra se encuentra con una fogosa Aries (signos respectivamente de aire y fuego que se alimentan mutuamente), su narrativa puede verse afectada por el intercambio de asociaciones e ideas asociadas al psicologismo del horóscopo, y hay quien cree saber más de las personas al conocer su carta astral que al platicar con ellas.

Pero tal vez la razón por la que los horóscopos aparecen en revistas, en línea y en las conversaciones, es porque se trata de discursos que no tienen nada que demostrar, y eso crea una especie de complicidad en quien los lee. Seguramente muchos de ellos son redactados a destajo por personas que no conocen la historia de la conformación del zodiaco griego (donde quedaron inmortalizadas muchas de las hazañas de Hércules y otros eventos de la mitología, como el león de Nemea conformando el signo de Leo), pero la gente tampoco necesita saber cómo funciona un avión por dentro para decidirse a volar. 

A diferencia de los estudios científicos, el discurso del horóscopo es más sugerente que preciso, y como se trata de una creencia relativamente inofensiva, se le sigue consumiendo como parte de la dieta pop de nuestros días. La ignorancia elevada al rango de creencia puede ser bastante perniciosa (pensemos que durante muchos siglos fueron aceptados y practicados como parte del saber científico tratamientos tan salvajes como las sangrías o los electroshocks), pero como parte de una de las identificaciones que nos constituyen como sujetos, el horóscopo parece ser menos pernicioso que otros rasgos, como el género, la identificación sexual, la raza, la religión o incluso la nacionalidad. La gente se mata a causa de todas estas identificaciones, pero es poco probable que alguien quiera hacerle daño a otra persona solamente por ser Capricornio. 

"Tierra de cárteles": un punto de vista documental desde las entrañas del monstruo

Por: pijamasurf - 12/19/2015

Lo que pretendía ser la historia de dos vigilantes que combaten a los narcos a ambos lados de la frontera México-EU termina siendo el testamento institucional del Estado mexicano, rebasado por una situación de violencia y corrupción sin precedentes
[caption id="attachment_104221" align="aligncenter" width="600"]Imagen: superprimefilms.com Imagen: superprimefilms.com[/caption]

 

El cine y la literatura han explorado y explotado, artística y comercialmente, el tema del narcotráfico y el crimen organizado con distintos grados de apego a la verdad: cuando no encontramos en el horizonte sino crecientes muestras de hartazgo por la forma en que o bien se glorifica la "narcocultura" o bien se le trata con un discurso vago y tibio propio de la administración del presidente de México, Enrique Peña Nieto, ver el documental Cartel Land es mirar con ojos nuevos un problema tristemente viejo.

El objetivo del director, el periodista Matthew Heineman (quien recibió por esta cinta los premios Sundance de dirección y el Premio Especial del Jurado en 2015), era contar la historia paralela de dos "vigilantes" armados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Por un lado, la del neocowboy Tim Nailer Foley, un veterano de guerra y exadicto al meth; por otro, la del doctor José Manuel Mireles, primer líder de los grupos de autodefensas ciudadanas en el estado de Michoacán. Pero pronto, el desarrollo de la historia que documenta lleva a Heineman a lugares mucho más oscuros de los esperados.

Para entender Cartel Land conviene tener a la mano la referencia de The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, 2013), que sigue con precisión obsesiva a los sujetos a documentar --líderes y mercenarios del corrupto gobierno indonés que participaron en masacres de comunistas en la segunda mitad del siglo pasado-- para ver cómo poco a poco los personajes se van resquebrajando, no para revelarse como realmente son, sino para tener un atisbo de las consecuencias del apego a dichos personajes. En el caso de Mireles, el arco narrativo va del valiente y honesto médico de provincias, cansado de los constantes atropellos que sufre la población por parte de los Caballeros Templarios (desde cobro de piso hasta extorsiones, "levantones", violaciones y asesinatos), hasta el momento en que su figura pública toma un protagonismo inusitado mientras lo que pudo ser un importantísimo movimiento social paramilitar es infiltrado por el gobierno federal y el crimen organizado.

La historia del vaquero Foley --quien vive en una zona de Arizona conocida como "el corredor de la cocaína", por ser un sitio privilegiado por su lejanía con fronteras más custodiadas-- cuenta simplemente las fantasías paranoicas de los desclasados blancos del sur de Estados Unidos, que se ven a sí mismos como ciudadanos modelo al "defender la ley en un lugar sin ley" (en el caso de Foley, a través de la creación del Arizona Border Recon), y que lleva a otros grupos a extremos raciales como cazar indocumentados ilegales sin por ello mellar un ápice el tráfico de drogas, armas y personas a ambos lados de la frontera. Pero la historia de las autodefensas adquiere por momentos tonos sumamente dramáticos, como el presunto atentado aéreo donde Mireles perdió la movilidad de medio rostro, y cómo este evento se refleja en un cambio de liderazgo dentro de las autodefensas, que terminan siendo desactivadas en tanto movimiento por el gobierno federal al ser "regularizadas" en el turbio cuerpo de Policía Rural.

Tal vez el mayor logro de Cartel Land sea el de mostrar la claudicación del Estado estadounidense y del mexicano en su función de otorgar seguridad a la población, y podríamos especular que incluso este documental será un referente histórico sobre cómo los servicios de inteligencia, vigilancia policíaca y fuerza pública comenzaron a ser subsidiados casi por outsourcing, lo naturalmente esperable de un gobierno de entrepreneurs que maneja el Estado como un negocio, y que carece del más elemental nivel de empatía.

Se ha criticado al documental por no tocar el tema de las fosas comunes y los miles de desaparecidos ni las masacres cometidas por --o con la anuencia de-- militares desde el año pasado (Tlatlaya, Ayotzinapa, etc.), así como por presentar una imagen tal vez demasiado halagadora de Mireles y las autodefensas. Sin embargo, los riesgos de su realización y el reporte de primera mano que el espectador puede hacerse siguiendo la secuencia de eventos permiten tener un atisbo directo del gran problema para terminar con la guerra contra el narcotráfico: el llamado siempre seductor y generalmente inevitable de la corrupción.