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Sí, la Iglesia del Monstruo de Espagueti Volador ya puede oficiar matrimonios

Por: pijamasurf - 12/17/2015

Los pastafarianos de todo el mundo celebran esta histórica decisión en Nueva Zelanda

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Si creías que el simple hecho de adorar una entidad gigantesca conformada exclusivamente por espagueti es suficiente para desestimar tu derecho a oficiar una ceremonia seria, por ejemplo un matrimonio, estabas equivocado. Hoy los pastafarianos alrededor del mundo están de fiesta, ya que recién se anunció en Nueva Zelanda que la Iglesia del Monstruo de Espagueti Volador ha sido autorizada para concertar casamientos oficialmente reconocidos. 

Este tan lúdico como interesante culto, conocido como pastafarismo, fue creado a mediados de los 90 en Estados Unidos como una crítica contra el acercamiento a la enseñanza evolucionista en las escuelas públicas. El Evangelio del Monstruo de Espagueti Volador, creado por Bob Henderson, reza lo siguiente:

  1. Realmente preferiría que no actuaras como un imbécil santurrón que se cree mejor que los demás cuando describas mi tallarinesca santidad. Si alguien no cree en mí, no pasa nada. En serio, no soy tan vanidoso. Además, esto no es sobre ellos, así que no cambies de tema.
  2. Realmente preferiría que no usarases mi existencia como un medio para oprimir, subyugar, castigar, eviscerar, o... ya sabes, ser malo con los demás. Yo no requiero sacrificios, y la pureza es para el agua potable, no para la gente.
  3. Realmente preferiría que no juzgases a las personas por su aspecto, o su forma de vestir, o de hablar, o... mira, sólo sé bueno, ¿vale? ¡Ah!, y que te entre en la cabeza: mujer = persona, hombre = persona, lo mismo = lo mismo. Ninguno es mejor que el otro, a menos que hablemos de moda claro, lo siento, pero eso se lo dejé a las mujeres y a algunos tipos que conocen la diferencia entre el aguamarina y el fucsia.
  4. Realmente preferiría que no te satisficieras con conductas que te ofendan a ti mismo o a tu compañero amoroso mentalmente maduro y con edad legal para tomar sus propias decisiones. Respecto a cualquier otro que quiera objetar algo, creo que la expresión es «jódete», a menos que lo encuentren ofensivo, en cuyo caso pueden apagar el televisor y salir a dar un paseo, para variar.
  5. Realmente preferiría que no desafiaras las ideas fanáticas, misóginas y de odio de otros con el estómago vacío. Come, luego ve tras los malditos.
  6. Realmente preferiría que no construyeras iglesias/templos/mezquitas/santuarios multimillonarios a mi tallarinesca santidad cuando el dinero podría ser mejor gastado en (tú eliges):
    1. Terminar con la pobreza.
    2. Curar enfermedades.
    3. Vivir en paz, amar con pasión y bajar el precio de la televisión por cable.
      Puedo ser un ser omnipresente de carbohidratos complejos, pero disfruto de las cosas sencillas de la vida. Debo saberlo, para eso YO SOY el creador.
  7. Realmente preferiría que no fueras por ahí contándole a la gente que hablo contigo. No eres tan interesante. Madura ya. Te dije que amaras a tu prójimo, ¿no entiendes las indirectas?
  8. Realmente preferiría que no le hicieses a los otros lo que te gustaría que te hiciesen a ti si te van las... ejem... las cosas que usan mucho cuero/lubricante/Las Vegas. Si a la otra persona también le gusta (según el no. 4), entonces disfrutadlo, sacaos fotos, y por el amor de Mike ¡usad un PRESERVATIVO! En serio, es un pedazo de goma. Si no hubiera querido que lo disfrutarais al crearlo habría añadido púas, o algo.

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Sobre la irresistible tentación de leer los horóscopos (y el esoterismo pop)

Por: pijamasurf - 12/17/2015

Creemos que el horóscopo nos dice algo único sobre nosotros mismos --pero en una época de cultivo indiscriminado de la individualidad, ¿cómo queda parada nuestra relación con las estrellas y sus símbolos?

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Sucede que estamos en una sala de espera u hojeando distraídamente una revista de cualquier cosa y nos sorprendemos leyendo --con más escepticismo, tal vez, que curiosidad-- nuestro horóscopo. Para muchos, conocer el signo astrológico que regía "nuestro sol" en el momento en que nacimos es tan importante como conocer las enfermedades hereditarias a las que somos proclives, como si las circunstancias objetivas de nuestro nacimiento determinaran hasta los menores eventos de nuestra existencia.

Tal vez nos gustan los horóscopos porque, al carecer del mentado rigor científico, dejan abierta una ventana para la esperanza, convertida cada vez más en un bien de consumo a medida que la situación del mundo se vuelve más y más desesperada. Los científicos, los psicólogos, los políticos, los economistas, todos realizan predicciones aproximadas del futuro previsible basados en datos del pasado y proyecciones racionales, pero somos incapaces de relacionarnos emocionalmente con ese tipo de conclusiones. Saber que el producto interno bruto aumentará aproximadamente en un 0.6% el próximo año le dice muy poco a la persona promedio; sin embargo, saber que Mercurio se encuentra en fase retrógrada le da la sensación de que ciertos hechos inexplicables --como el ir y venir de la señal de Internet-- tienen sentido en un orden superior.

Theodor Adorno analizó los horóscopos de Los Angeles Times en 1952, concluyendo que el mayor peligro de la superstición no era que la gente creyera realmente que las estrellas a miles de millones de kilómetros de nosotros realmente pudieran determinar su destino, sino que promueve la pasividad política. Aún más, Adorno ni siquiera cree que los aficionados a la astrología sean realmente serios en sus pesquisas, sino que la jerga astrológica forma parte de los conocimientos especializados que la gente respeta u observa sin interponerle una crítica personal. Según Adorno, la gente "da por sentada la astrología, de manera similar a la psiquiatría, los conciertos sinfónicos o los partidos políticos; los aceptan porque existen, sin mucha reflexión, dado que solamente sus propias demandas psicológicas corresponden de alguna manera a lo que hay disponible. Difícilmente se interesan en la justificación del sistema".

Pero haciendo de abogados del Diablo, ¿la astrología no permite también disponer de un orden simbólico --de un lenguaje-- para la incertidumbre? La mayoría, en mayor o menor medida, se relaciona de alguna forma con su signo zodiacal, así sea rechazando por completo la cuestión de la proyección, un mecanismo psicológico que explica por qué hay cosas que nos llaman la atención y otras que no. Cuando un pacífico Libra se encuentra con una fogosa Aries (signos respectivamente de aire y fuego que se alimentan mutuamente), su narrativa puede verse afectada por el intercambio de asociaciones e ideas asociadas al psicologismo del horóscopo, y hay quien cree saber más de las personas al conocer su carta astral que al platicar con ellas.

Pero tal vez la razón por la que los horóscopos aparecen en revistas, en línea y en las conversaciones, es porque se trata de discursos que no tienen nada que demostrar, y eso crea una especie de complicidad en quien los lee. Seguramente muchos de ellos son redactados a destajo por personas que no conocen la historia de la conformación del zodiaco griego (donde quedaron inmortalizadas muchas de las hazañas de Hércules y otros eventos de la mitología, como el león de Nemea conformando el signo de Leo), pero la gente tampoco necesita saber cómo funciona un avión por dentro para decidirse a volar. 

A diferencia de los estudios científicos, el discurso del horóscopo es más sugerente que preciso, y como se trata de una creencia relativamente inofensiva, se le sigue consumiendo como parte de la dieta pop de nuestros días. La ignorancia elevada al rango de creencia puede ser bastante perniciosa (pensemos que durante muchos siglos fueron aceptados y practicados como parte del saber científico tratamientos tan salvajes como las sangrías o los electroshocks), pero como parte de una de las identificaciones que nos constituyen como sujetos, el horóscopo parece ser menos pernicioso que otros rasgos, como el género, la identificación sexual, la raza, la religión o incluso la nacionalidad. La gente se mata a causa de todas estas identificaciones, pero es poco probable que alguien quiera hacerle daño a otra persona solamente por ser Capricornio.