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¿Por qué nos enamoramos más de las personas cuyo nombre empieza con la misma letra que el nuestro?

Sociedad

Por: pijamasurf - 12/05/2015

El extraño fenómeno del egoísmo implícito hace que las personas doten de todo tipo de bondades a otros que se llaman parecido a ellos

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El ser humano es en muchos aspectos víctima de fuerzas desconocidas que hacen que, aunque pensemos que somos libres de elegir y tomamos nuestras decisiones ejerciendo razón y libertad, sigamos patrones emocionales inconscientes o simplemente caprichosos que refutan la alta idea que tenemos de nosotros mismos. Un caso a considerar es la tendencia estadística que existe entre las personas a casarse con otras personas cuyo nombre empieza con la misma letra.

El neurocientífico David Eagleman incluye esta situación en su libro Incógnito como una de las asombrosas peculiaridades que muestran la naturaleza de nuestra mente. El caso viene de un estudio de 2004 hecho por John Jones, quien examinó más de 15 mil registros públicos en Estados Unidos y encontró cifras estadísticamente relevantes que muestran que las personas se casan mucho más con aquellos cuyo nombre empieza con la misma letra que el suyo.

Eagleman explica que no se trata de las letras, de una fijación casi cabalista, sino de que los nombres nos recuerdan más a nosotros mismos. Esto se conoce como egoísmo implícito. Otra investigación muestra lo mismo: en ese caso se le dio a probar una serie de productos a un grupo de  individuos y luego se les pidió que evaluaran el sabor. Por ejemplo, Tomás prefirió el té Tomeva; en cambio, Laura escogió el producto que se llamaba Lauler. No hay duda de que hay muchas cosas de este estilo que influyen en nuestro juicio y ponen en duda nuestra racionalidad.

El egoísmo implícito influye en una larga serie de factores y decisiones. Por ejemplo, las personas cuyo nombre empieza con "D" tienen mayor probabilidad de ser "dentistas", y así con otras profesiones. De igual manera, somos más generosos con personas que tienen similitudes de fecha de nacimiento. El número y el nombre, de una manera extraña, son destino.

Un buen ejercicio es hacer una retrospectiva en tu historia amorosa y ver cuántas de tus parejas tienen un nombre que empieza con la misma letra o que de alguna manera tienen un parecido muy cercano a ti.

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No me divierte divertirme. Me parece frívolo. Me divierte seguir un camino; superar obstáculos; construir; poder. Por eso me divierte trabajar. O por eso trabajar me resulta divertido. No me divierte fugarme; al contrario, me divierte mucho concentrarme. Me divierte mucho más ocuparme de los que amo que de mí mismo. Me divierte construir desafíos y superarlos, si soy capaz. No me divierten los divertidos. Me divierte mi intimidad, muchísimo. No me divierte el gentío. Me divierten los excesos trascendentes, con sentido; las gestas. Me divierte escribir y me cuesta muchísimo escribir. No me divierten comer ni dormir. Me divierte saber que no es fácil. Me da vida.

Tengo apuro de trascendencia. Me incomodan mis urgencias de acopio; no me gusta que me importe acumular. Me molesta no poder conmigo. Me avergüenzan mis miedos (será por eso que a veces los desafío sin sentido). Tengo apuro de trascendencia porque no sé cuándo me iré a morir y no quiero hacerlo sin dejar algo que valga la pena y que me haga permanecer. Tengo apuro porque no sé cuánto tiempo me llevará construir lo que me justifique. Aún no lo he hecho, pero me he preparado para hacerlo. Y me llevó mucho tiempo. Me incomoda todo lo que me interrumpe (será por eso que jamás saludo a mi vecino de vuelo). Me desvela ser supereficiente con el sentido de mi vida. Casi todo me parece una distracción; a cada rato me agobia la frivolidad. Adoro la siesta con mi esposa; ese descanso feliz me hace sentido.

Se me van las cosas en los pormenores. Ya se me fueron demasiadas. A veces justifico mi frustración y me quedo sin alertas. Gasto esfuerzos en justificar. Invierto inteligencia en justificar; soy sofisticado en lo que no sirve. No ocupo mi memoria en nada. Nunca trato de recordar nada. Tuve una época (justificada médicamente) en que me olvidaba de las cosas y me asusté. Ya pasó. No busco recordar y es muy difícil que me olvide. No trato de ser eficiente operacional. No me importa demasiado ser útil; no me debería importar demasiado ser útil. Prefiero valer la pena. Me relajo en exceso en la intimidad y hasta a veces parece que desaparezco; lo contrario que en la social. Me identifico más con el yo íntimo y transparente. Me gusta no liderar. A veces, me da vértigo esa perdida de protagonismo en mis bastidores. Ejercito rutinariamente mi sobriedad, deliberadamente. Todavía me maravillo de lo que conseguí (será por eso que gasto poco); me vuelve a menudo aquella fantasía de que lo mío no tendría ningún valor de cambio. Siempre gusté.

Me fascina no mentir. ¡Puta que es difícil! Cada vez lo logro más. Se siente uno tan leve. Y esa levedad te pone ágil. Y esa agilidad te da velocidad… y entonces lo lejos queda más cerca y lo imposible comienza a volverse tal vez. Me resisto activamente a algunos placeres menores; evito esas tentaciones de las que tal vez sería presa (será por eso que no miro TV). Detesto las emociones ficticias, propias de alteraciones químicas artificiales. Nunca me emborraché y no me desafía. Me encantan las emociones que vienen de la adrenalina loca; experiencias extremas sin anabólicos. He hecho algunas locuras conscientes que me rebasaron. Gocé esos rebasamientos. No me asusté de mí aunque me desconociera. No sé lo que es asustarme de mí, y eso va adquiriendo forma de deuda. Tengo miedo a no ser valiente; pánico, mejor dicho (será por eso que mato las cucarachas yo mismo y tengo un perro bravo de 65kg). Necesito asistir a una valentía repentina propia que me reconcilie definitivamente conmigo; alguna vez la orillé.

Nada me representa más cabalmente que mi escritura, que me fascina y me frustra siempre. Es compleja del lado bueno de la complejidad y compleja del lado viciado, también. Es sutil y retórica y muchas veces no sé cuándo es qué. El mismo párrafo que hoy me da sensación de plenitud mañana me da relajo. No puedo releerme sin incomodarme. Me da miedo descubrirme menos de lo que me creo o gustarme de más. Sin embargo, sé que tiene valor lo que escribo y cómo lo escribo. No reviso las traducciones de lo que escribo. No sé narrar; no avanzo como avanzan las historias. Pospongo el día de empezar a contar algo. Doy rodeos. ¿Soy redundante? No estoy seguro de no estar siempre en los prolegómenos de mí mismo. Sé que mi escritura honra la complejidad y el espesor de la escritura misma. Me inquieta existencialmente el punto y coma.

Nunca me aburro pero muchas veces me inquieto. Jamás le he ganado al sueño y me avergüenza no haberlo hecho. Siempre reprogramo el día en que pasaré la noche entera escribiendo. Siempre estoy debiéndome. Cae la noche y quiero dormir. Cada vez pienso que debo leer más y cada vez leo menos. Cada año que envejezco me lleva más tiempo la lectura de cada párrafo; y no es por falta de destreza. Es por ansiedad. Si lo que leo me vale, entonces paso a escribir de inmediato; si no, entonces no sigo leyendo. Releo mucho más de lo que leo. Me hace bien superar la fase de “enterarme” de lo que leo y pasar a la de “profundizar” en los matices de lo leído. Por eso releo. Es una experiencia más calma y mucho más vertical. A veces da sueño.

No busco acción. No busco novedad. Así como releo, rutinizo también. Soy concéntrico –sí-- pero no redundante. Avanzo… hacia el interior. Me encanta no estar solo e imploro no ser invadido. Los míos, los muy míos, son parte de mí; los otros –en general-- son invasores. No aprendo de los demás (como un genérico), pero sí, muchas veces, con los demás. Aprendo de verlos, de espiarlos; me gusta espiar a los otros. Me gusta mirar sin ser visto. Y si estoy expuesto, entonces me gusta concentrar la atención en mí. Me gustaría muchísimo espiar más. No me divierte nada el modelo de Gran Hermano ni me da ganas Facebook; los dos me aburren completamente. Así y todo, siento que me encantaría espiar. No me interesa la intimidad de los otros como información; sí como experiencia. ¿Será por eso?

Trato cada vez de prolongar las duermevelas y no puedo demasiado. Tengo sueños muy desordenados y poco productivos; prefiero las fronteras con la vigilia, se me hacen más alucinadas y sagaces. Los sueños tienden a lo bizarro. Me gusta despertarme cuando puedo volverme a dormir. Siempre sufro un poquito (existencialmente, digo) al despertarme; luego me repongo. Tengo confundidos la vida y el trabajo y no me incomodo con eso; vivo y trabajo bien así. O mejor dicho, lo que me falta de cada uno no lo conseguiré por disociarlos. No estoy preparado ni para morirme ni para quedarme solo. No creo que lo vaya a estar alguna vez.

Vivo con la sensación vívida de que hay una escuela posible y millones de escuelas que no sirven casi para nada. Vivo con eso, qué le voy a hacer.

Vivir mi vida es también hacer un ejercicio de escritura sobre ella. Es una trama que me importa la de la vida y la narración de la vida, como aquella otra del trabajo y la vida. Me importa la vida y me gustan las biografías. Y me gusta mucho mi esposa. No sé por qué, pero pensé en ella en cada frase que escribí esta noche, en un avión sobre el océano, volviendo a casa. Es como en los buenos relatos, ¿no?, en los que la causa profunda está ausente pero va dejando marcas permanentes de su presencia. Mi esposa y el mar, y el ruidito de mis hijitos de fondo.

Ahora, voy a dormir. Llega un nuevo año.

 

Twitter del autor: @dobertipablo