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Una mirada más amplia de la historia de la natividad y de la fecha asignada por la Iglesia nos debe llevar a comprender que el nacimiento de Cristo, lejos de ser una pura imitación de otros mitos solares anteriores, es por sobre todas las cosas la manifestación de una verdad única, de una sabiduría primordial que yace latente en todas las auténticas tradiciones religiosas del mundo

Magos

Un grupo de venerables sabios atraviesan a lomo de camello por las arenas del desierto. Los guía una estrella de plata clavada en los cristalinos cielos del levante. Aunque discretos y cautelosos, le confían a algún viajero nabateo o moabita el propósito de su travesía: van en busca de un niño nacido en Judea, un rey y sacerdote anunciado en las antiguas profecías del Avesta. Fascinados por la luz de aquel astro rutilante, se dirigen con presentes de oro, incienso y mirra para rendir honores a los pies del mesías.

Cuando escuché por primera vez esta historia, nació mi inagotable obsesión con el firmamento. Ha sido un largo camino de aprendizaje, que brotó de una sencilla narración bíblica en boca de mi padre, pero que en mi alma de niño adquiría tintes numinosos que parecían arrojar una certeza metafísica, como si todo mi destino estuviese sellado en ese relato. Puede parecer exagerado, pero sólo quienes han experimentado el arrebato de tal certidumbre pueden comprender la trascendencia que reviste para quien lo ha vivido, especialmente siendo un mocoso. La historia de los Reyes Magos aparece en el segundo capítulo del Evangelio de Mateo. Por alguna razón desconocida los otros evangelistas no mencionan esta parte de la crónica, así que inevitablemente este pasaría a ser mi evangelio favorito. Con el tiempo comprendí que mi ávida predilección por la historia de las religiones y la teología comparada, surgió también de las implicaciones que podían derivarse de esta narración. De entre todas ellas, hay tres preguntas que responder al respecto: ¿Quiénes eran los Reyes Magos? ¿Cuál era la estrella que seguían? ¿A quién creían que buscaban? En este artículo procuraremos responder a estas tres preguntas fundamentales. Nos dice el relato:

Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí, unos magos del oriente llegaron a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el oriente y hemos venido a adorarle. Cuando lo oyó el rey Herodes, se turbó, y toda Jerusalén con él. Entonces, reuniendo a todos los principales sacerdotes y escribas del pueblo, indagó de ellos dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: “Y tú Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un gobernante que pastoreará a mi pueblo Israel”. Entonces Herodes llamó a los magos en secreto y se cercioró con ellos del tiempo en que había aparecido la estrella. Y enviándolos a Belén, dijo: Id y buscad con diligencia al Niño; y cuando le encontréis, avisadme para que yo también vaya y le adore. Y habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí, la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño. Cuando vieron la estrella, se regocijaron sobremanera con gran alegría. Y entrando en la casa, vieron al Niño con su madre María, y postrándose le adoraron; y abriendo sus tesoros le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra. Y habiendo sido advertidos por Dios en sueños que no volvieran a Herodes, partieron para su tierra por otro camino.

(Mateo 2:1-12)

¿Quiénes eran? El original en griego khoiné les llama μάγοι  ἀπὸ  ἀνατολῶν, literalmente traducido como “magos del oriente”. Basta consultar cualquier mapa para notar de inmediato que la región directamente oriental a Palestina es nada menos que Persia. Este es un detalle que no debemos olvidar. En el contexto histórico de la época, la palabra griega magi se aplicaba con exclusividad a los sacerdotes persas del antiguo culto mazdeísta, la primera gran religión monoteísta establecida por el profeta Zaratustra, ese genio espiritual que los griegos, acostumbrados a acomodarlo todo a la sonoridad de su propia lengua, terminarían conociendo como Zoroastro. El vocablo griego fue adoptado del persa Magusha, y éste a su vez del acadio Magushu, siendo aplicado en el marco de la religión iniciada por el que fuera profeta de los pueblos arios asentados en la zona del actual Irán, el Cáucaso y Asia Central. Se cuenta que vivió unos mil años antes de Cristo, enseñando una filosofía basada en un dualismo metafísico caracterizado por la lucha de la Luz contra la Oscuridad. Su prédica fue compilada en himnos y poemas conocidos como Gathas, en los que aboga por una vida pura basada en los buenos pensamientos, las buenas palabras y las buenas acciones como vía para servir al Dios Supremo (Ahura Mazda) y vencer al principio del Mal (Angra Mainyu) dentro del alma humana. Esta era la enseñanza que había modelado el corazón de los Reyes Magos. Venir del oriente de Palestina, era proceder de la otra gran civilización que le hacía contrapeso político y cultural a la Roma imperial: Persia.

El mosaico de los magos de la Iglesia de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, Italia, es la representación más temprana que se conoce de los Reyes Magos. Su antigüedad se remonta por lo menos al siglo VI de nuestra era. En él podemos observar a tres personajes portando sendos cofres y tocados por un curioso gorro frigio, símbolo de sabiduría oriental. La historia bíblica jamás señala a tres personajes, ni mucho menos nos entrega sus nombres. El número surgió en la tradición popular como una conjetura a partir de los tres presentes que llevaron al mesías, haciendo la suposición, medianamente razonable, de que debía haber al menos un regalo por cada rey mago. Los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar son un folclórico añadido de los primeros siglos del cristianismo. Pero lo realmente interesante de esta primitiva representación está en el uso de unos vistosos pantalones de brocado. En el siglo primero, cuando transcurre la narración, los pantalones eran una prenda extraña, utilizada únicamente por los Partos, el pueblo indoeuropeo que se había hecho con el control del imperio persa. El mosaico de Rávena tiene la sorprendente precisión de indicarnos los usos y costumbres de los persas de la época, en la misma vestimenta de los Reyes Magos.

Por otra parte, la observación e interpretación oracular del movimiento de los astros es un patrimonio mágico-religioso de profundas raíces mesopotámicas. Los primeros astrólogos de la historia fueron los sacerdotes que escrutaban el cielo sobre la cúspide trunca de los zigurats. Ellos informaban  a los reyes sobre el porvenir, aconsejándoles en las difíciles decisiones del gobierno. Los persas heredaron esta antiquísima tradición al conquistar toda la zona del creciente fértil. Pese a la propaganda griega que nunca les fue favorable en los registros históricos, los persas tuvieron la grandeza de integrar el saber de los pueblos conquistados a su propio acervo cultural, evitando imponer su religión y respetando la ajena. Esto les permitió incorporar la astrología como parte inherente del quehacer de sus propios sacerdotes, los reputados magos de Persia. De entre ellos, un puñado emprendió el largo camino por el desierto hasta Belén, buscando un nacimiento. Siendo astrólogos, su aparición en la Biblia introduce cierta dosis de conciliación con las leyes del Antiguo Testamento, que desconfían de la práctica astrológica por el temor de que pueda conducir a la astrolatría, adoración que practicaban muchos pueblos del levante. Sin embargo, el mismo Tanaj señala: "Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Salmo 19:1). De allí que exista una tradición astrológica entre los cabalistas judíos, cuya justificación teológica exigiría una discusión aparte.

Con todo, la astrología se extendió más allá de Mesopotamia, llegando a ser una ciencia sagrada para egipcios, griegos, romanos, árabes y hebreos, pues entregaba una visión espiritual del cosmos que conectaba las tradiciones religiosas de toda la cuenca del Mediterráneo con sus coetáneas en el Medio Oriente. No sería razonable concebir la llegada de Jesús de Nazaret sin que los pueblos circundantes se remitieran a su propio saber astrológico para advertir un hecho históricamente tan relevante, y los magos persas, que no eran perezosos a la hora de escudriñar el firmamento, tuvieron la ocurrencia de enviar una insólita misión diplomática ante un hecho astrológico de relevancia. Entonces ¿qué era la estrella de Belén? Responder a esta pregunta requiere considerar varias hipótesis. Existe un primer grupo de ellas: las no verificables. No nos ocuparemos de éstas porque escapan a cualquier análisis relativamente serio de la cuestión, pero mencionaremos una hipótesis muy popular en nuestros días, al recordar que no faltan los entusiastas de la ufología que quieren ven en la estrella de los Magos alguna clase de nave espacial extraterrestre. Huelga decir que carece de fundamento contrastable. Otra hipótesis no constatable es la que sostienen algunos fundamentalistas cristianos, que escapando de cualquier posibilidad ligada a lo astrológico, sostienen que se trató de una aparición sobrenatural. Nuevamente, no hace falta señalar la imposibilidad de corroboración. De todos modos estas figuraciones carecen del elemento indispensable para que pudiesen suscitar el interés de un grupo de astrólogos persas: la regularidad matemática.

En el grupo de las hipótesis verificables está la presunción, bastante extendida, de que se trató de un cometa. Sin embargo nos inclinamos a descartar esta posibilidad por una sencilla razón astrológica: los cometas, por lo general, representan eventos catastróficos como guerras, hambrunas y epidemias, ya que aparecen de forma sorpresiva en el cielo y rompen con la periodicidad armónica del cosmos astrológico, debido a que en la antigüedad era imposible predecirlos. En la tradición, los cometas han sido portadores de malos augurios y eran muy temidos por la población en general. Los astrólogos los interpretaban según el sector zodiacal en que aparecían por primera vez, y de acuerdo con el color de su brillante cabellera, pero en muy raros casos podían ser entendidos como un anuncio positivo. No nos cerramos completamente a la posibilidad de un cometa, ya que personajes como Marsilio Ficino le dieron algún crédito, pero debido a estas consideraciones simbólicas nos parece una hipótesis improbable.

Otra elucubración, esta vez proveniente del campo científico, es que se tratase de una nova. La aparición de una nueva estrella —de allí su nombre— es un fenómeno inusual y muy llamativo que puede producirse por el estrepitoso aumento de luminosidad de una estrella variable, previamente invisible al ojo desnudo, o por el estallido de un sol lejano. Su fulgor resultaría especialmente relevante para los astrólogos de antaño, pero lamentablemente esta hipótesis no cumple con un criterio fundamental, exigible a la estrella de Belén. Las novas no se mueven ni se detienen en el cielo como describe el versículo 9 del segundo capítulo de Mateo, por lo que podemos descartar completamente esta posibilidad.

La tercera hipótesis, a nuestro juicio la más plausible, es que se tratase de una importante conjunción planetaria. En el campo de la astrología mundana —aquella dedicada al estudio y predicción de los grandes acontecimientos mundiales— la más importante es la gran conjunción de Júpiter y Saturno que ocurre aproximadamente cada 20 años. Ella determina los sucesos globales a lo largo de 2 décadas, siendo observada con mucho cuidado por los astrólogos desde hace por lo menos 3 mil años. Y sucede que en el año VII a. C. la gran conjunción de Júpiter y Saturno en Piscis fue triple, ya que los movimientos retrógrados de ambos planetas los llevaron a separarse y volverse a unir tres veces. Pero lo más destacado es que mientras esto ocurría, todos los planetas clásicos, con excepción de Saturno, más las dos luminarias del Sol y la Luna, se encontraban en sus respectivos domicilios zodiacales. En astrología cada planeta tiene uno o dos signos sobre los que regenta, y cuando entra en ellos su poder se ve realzado. Una disposición semejante de todo el cielo como conjunto, y no sólo una estrella aislada, es lo que realmente interesa al astrólogo cuando realiza su delicado trabajo de interpretación. A los principiantes les cuesta entender que la astrología es una ciencia de relaciones entre el todo y las partes, no una mera cuestión de cuerpos celestes posicionados en determinado signo y casa astral. La inmensa mayoría de los que han intentado resolver el misterio de la estrella de Belén, han caído en este mismo reduccionismo, por carecer de la adecuada formación en el pensamiento tradicional de la astrología.

La gran conjunción de Piscis configuró una carta astral sorprendente. Encontrar a los planetas en sus respectivos domicilios zodiacales es un suceso extraordinario que no volverá a repetirse sino dentro de miles y miles de años. Para un astrólogo esto equivale a encontrar la piedra filosofal. En medio del movimiento perpetuo del tiempo, un orden semejante sólo puede ser comparable al del Arquetipo desde el que fueron creadas todas las cosas. Semejante configuración astrológica posee una armonía que potencia las fortalezas y dignidades de los astros, siendo el momento propicio para el nacimiento de un alma excepcional, pues reúne las dignidades de realeza, sacerdocio y divinidad representadas por los tres presentes que portaban los Reyes Magos. Esta disposición celeste, que de paso podríamos considerar como la carta natal de Jesús de Nazaret, ocurrió un 22 de agosto del VII a. C. Es al afamado astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) a quien le debemos haber notado por primera vez, en la edad moderna, esta peculiar distribución de los astros.

A la medianoche de aquel 22 de agosto recién iniciado, la unión corporal de Júpiter y Saturno cruzó el meridiano local de Belén, alcanzando su punto de mayor elevación en el cielo. Producto de la alternancia entre movimiento directo y retrógrado de los dos planetas, la conjunción avanzó, se detuvo, retrocedió y se detuvo otra vez, cumpliendo con lo narrado en el Evangelio de Mateo. El signo de Piscis, donde se produjo este fenómeno, representa a la región de Judea dentro del esquema de correspondencias de la astrología mundana tradicional. Por lo tanto, nuestros magos persas seguirían la “estrella” hasta esa zona de Palestina. Recordemos que antes de la era de los telescopios, los planetas no eran otra cosa que estrellas errantes que se movían rebeldes contra el fondo fijo de las constelaciones. No se extrañe nadie de que los antiguos hablaran de una estrella de Belén para referirse a un par de planetas extraordinariamente juntos en el cielo. El tránsito y culminación de Júpiter, astro de la realeza, lo llevó hasta el signo de Aries un 18 de diciembre del año VI a. C., conduciendo a los magos hasta Belén, al permanecer estacionario antes de volverse directo, lenguaje astrológico con el que se expresa lo mismo que en Mateo: la “estrella” se detuvo sobre el lugar donde se encontraba el niño.

El nacimiento del mesías en el VII a. C. coincide con los errores introducidos en el cálcuo del Anno Domini para fijar su natividad, pues el emperador César Augusto gobernó 4 años antes de lo establecido por Dionisio el Exiguo, pero bajo su nombre de nacimiento: Octavio. El monje no incluyó el año 0 en su calendario, retrasando todo 1 año más. Al mismo tiempo, sabemos que el rey Herodes mandó a matar a todos los niños de Belén menores de 2 años, según lo que averiguó de los Magos sobre la fecha de nacimiento de Jesús. Esto nos da un retraso total de 7 años, que es justamente la diferencia establecida por la tercera hipótesis.

¿A quién creían que buscaban? Como sacerdotes zoroastrianos, estaban familiarizados con los mitos y profecías de sus vecinos hebreos. Siendo mazdeístas, esperaban la venida del Saoshyant, el mesías y restaurador universal profetizado tanto en el sagrado libro del Avesta como en la tradición oral persa. Por otro lado, la figura del mesías judío, que inicialmente era descrito como un futuro rey de Israel que salvaría a su pueblo de la opresión, se transformó, en el Libro de Isaías, en un salvador universal muy similar al Saoshyant mazdeo. Los Magos, educados en el saber de su propia religión y cultura, buscaban “al rey de los judíos” según señala el evangelio, pero es altamente probable que tuvieran en mente una figura salvífica como la que ellos también esperaban en sus profecías. Sabemos que los Magos hacían uso extensivo de la astrología, especialmente de las vertientes mundana y meteorológica, como herederos por contigüidad histórica y geográfica de Acadia y Babilonia, ambas culturas expertas en cuestiones astrológicas. Por lo tanto, es justo suponer que estos astrólogos habían encontrado las señales del advenimiento del restaurador espiritual, en una figura astral tan sorprendente como la que se produjo en agosto del año VII a.C.

Por cierto, la fecha de navidad establecida oficialmente por la Iglesia es en realidad la antigua festividad romana del Sol Invictus, que celebraba el aumento de la luz solar tras el solsticio boreal de invierno. Montar la navidad encima fue una astuta manera de reemplazar el popular festival pagano del Sol con el nacimiento de Cristo, una encarnación de los mitos heróico-solares en clave hebrea. El relato bíblico cuenta que los pastores de Belén acudieron al llamado nocturno de un ángel, dirigiéndose hasta el pesebre. En diciembre, la noche en Palestina es tan fría que ningún pastor saldría con sus rebaños. En agosto sí que lo hacen frecuentemente, incluso en nuestros días. La Iglesia también estableció como fecha de la epifanía —llegada de los Reyes Magos— el 6 de enero, día que en muchos países cristianos es el de entrega de regalos a los niños. Es también la fecha en que los astrólogos celebramos informalmente nuestro día del oficio.

Una mirada más amplia de la historia de la natividad y de la fecha asignada por la Iglesia nos debe llevar a comprender que el nacimiento de Cristo, lejos de ser una pura imitación de otros mitos solares anteriores, es por sobre todas las cosas la manifestación de una verdad única, de una sabiduría primordial que yace latente en todas las auténticas tradiciones religiosas del mundo. Este punto de vista, portador de la luz integradora que otorga el esoterismo, destaca muy por encima de las intenciones destructivamente críticas de algunos enemigos del paradigma religioso. La Sophia Perennis está allí para ser consultada por todo aquel que se atreva a ir más allá de los prejuicios modernos. Nosotros no dudamos de la historicidad de Cristo. Más bien apuntamos a que existen sólidos indicadores astrológicos que avalan el nacimiento de un ser extraordinario, en cuya vida se cumplieron las prefiguraciones mitológicas de incontables naciones, no sólo las profecías del pueblo hebreo.

Como los Magos, es preciso seguir las estrellas para llegar a Cristo. Realmente los astrólogos nos encontramos con el rostro de Dios cuando indagamos los astros, pues en ellos vislumbramos la voluntad del Creador manifiesta en el tejido del tiempo. Para mí ha sido un privilegio poder conocer y practicar esta augusta ciencia de la antigüedad. Fueron los Reyes Magos quienes me tomaron de la mano para llevarme hasta el santo templo cuyas columnas son las cuatro esquinas del mundo, pilares que soportan el peso de la bóveda estrellada desde la que Dios nos sonríe con el brillo de la eternidad.

 

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Comentario: Ernesto Praini y Alejandro Martínez Gallardo. Producción Ignacio Bazán.

 

ANTOLOGÍA DE CITAS DE LA MELANCOLÍA Y REFERENCIAS CITADAS EN EL PODCAST

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De Saturno y la melancolía, de Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl:

Pero incluso para el siglo IV el hechizo de esas grandes figuras [Heracles, Ayax, Belerofonte] era lo bastante fuerte para conferir a la idea de la melancolía que ahora se les asociaba una aureola de siniestra sublimidad. Pasó a ser una enfermedad de héroes.

Así ocurre también con el abatimiento que se da en la vida cotidiana, pues a menudo estamos en un estado de duelo pero no sabríamos decir por qué, mientas que en otros momentos nos encontramos alegres sin motivo aparente...

El melancólico natural, en cambio, aun estando perfectamente bien poseía un ethos muy especial, que, ya se manifestara de una manera o de otra, le hacía fundamental y permanentemente distinto de los hombres corrientes. Era por así decirlo, normalmente anormal...

La alta tensión constante de la vida espiritual del melancólico, que tenía su origen en el cuerpo y por lo tanto era independiente de la voluntad, hacía que le fuera tan imposible actuar razonablemente como lo era para el colérico; salvo que en el segundo caso era la precipitación lo que impedía la reflexión serena, y en el primero era la vehemencia...

El que el melancólico estuviera más expuesto que otros hombres a recordar las cosas a destiempo o demasiado tarde, después de haber tratado de evocarlas sin éxito con un esfuerzo de voluntad, se debía al hecho mismo de que ese conato de la memoria había producido en él imágenes mentales que afectaban con más fuerza a su mente y eran más apremiantes que en otras personas: y esa memoria agitada y llena de cosas, una vez puesta en acción, seguía un curso automático tan imposible de detener como la flecha disparada...

[caption id="attachment_104300" align="aligncenter" width="604"]604px-Dürer_Melancholia_I Alberto Durero, "Melancolía I"[/caption]

 

Marsilio Ficino en De vita:

Existen tres causas que hacen que las personas de conocimiento se tornen melancólicos. La primera es celestial, la segunda natura, y la tercera humana.

La celestial es debido a que tanto Mercurio, que nos invita a investigar las doctrinas, y Saturno, que nos hace perseverar investigando las doctrinas y retenerlas una vez que las hemos descubierto. Esta, según los astrónomos, es fría y seca, justo como señalan los médicos es la naturaleza melancólica. 

...Pero de aquellos hombres de conocimiento, especialmente los que están oprimidos por la bilis negra, siendo diligentemente devotos al estudio de la filosofía, retraen su mente del cuerpo y las cosas corporales y los aplican a lo incorpóreo. La causa de esto es que, entre más difícil el trabajo más concentración de la mente requiere; y segundo, que entre más aplican su mente a las verdades incorpóreas, más están llamados a separarla del cuerpo. Por esto su cuerpo parece como si estuviera semimuerto y frecuentemente melancólico.

Ficino, sobre encender el fuego melancólico:

Es apropiado entonces que temples la bilis negra a su justa manera. Cuando es moderada, como dijimos, y mezclada con bilis y sangre, debido a que es seca por naturaleza y en una condición tan rarificada como la naturaleza admite, es fácilmente encendida; y porque es sólida y tenaz una vez encendida, arde por más tiempo; ya que es muy poderosa en su concentración.

 Manly P. Hall en su lectura sobre Astroteología:

Saturno representaba para los antiguos la sabiduría suprema, el poder antiguo que debía finalmente también devorar todas las cosas que eran menos que él. Así todas las cosas que nacen de la sabiduría deben de ser devoradas al final por la sabiduría. Esta es la extraña sabiduría abstracta de la meditación; la meditación de la cual las cosas nacen y a la cual todas las cosas regresan. Este era un tipo de conciencia que engendra, pero que sosteniendo y poseyendo siempre obliga a la cosa que ha engendrado a regresar a sí misma y ser disuelta... Saturno representaba el principio de la creación que representa a la vez el símbolo de la muerte,  pues todo lo que ha sido creado debe de morir... Saturno era el devorador, el principio de los movimientos que en sí mismos deben de terminar, era el principio de la separación que es en sí misma la más grande ilusión y que la final debe de llegar a su fin. Saturno juega muchos papeles aparentemente en conflicto, pero siempre bajo un principio subyacente: Saturno es el principio y el fin; el principio de la esperanza y el fin de la esperanza; Saturno es la muerte y Saturno es la vida eterna, depende de la dirección del movimiento, puesto que los antiguos creían que de los anillos de Saturno las almas eran lanzadas al espacio empíreo. 

Noel L. Brann en The Debate Over the Origin of Genius During the Italian Renaissance:

Interpretado místicamente dentro de un contexto cristiano, el estado de putrefacción "negritud" (nigredo), iniciando el proceso de transmutación regido por Saturno según los alquimistas e identificado con el estado melancólico en su proceso de sublimación interna, corresponde con la muerte temporal del cuerpo previa a la resurrección en el más alla. 

Agrippa en sus Tres libros de filosofía oculta:

El humor melancólico cuando es batido, arde y se agita propiciando una locura que conduce al conocimiento y la adivinación, especialmente si es ayudada por el influjo celeste, particularmente de Saturno... Por la melancolía, dijo Aristóteles, algunos hombres se hacen divinos, y otros poetas.

* Macrobio escribe en su Comentario al Somnium Scipionis que el alma humana al descender de la intersección entre las estrellas fijas y la Vía Láctea (el lugar donde, según Platón, las almas elegían su lote antes de reencarnar):

toma de la esfera de Saturno la razón y el entendimiento, llamadas logistikon y theoretikion.

En el texto hermético Poimandres se dice que el alma en su proceso inverso, al ascender hacia la octava esfera, abandona ante Saturno "la mentira que tiende trampas" y atraviesa la Puerta del Caos, ascendiendo por las órdenes angélicas hasta fundirse con la divinidad.

Servius, citado por Hans Jonas en La religión gnóstica:

Al descender, las almas toman la torpeza de Saturno, la ira de Marte, la concupiscencia de Venus, la ambición de ganancia de Mercurio, el deseo de poder de Júpiter.

John Frawley, en su libro Real Astrology, señala:

La última de las esferas planetarias yace inmediatamente dentro de las estrellas fijas. Esta es la esfera de Saturno y conlleva en parte el mismo significado que el de las estrellas fijas, como umbral hacia y desde lo divino. Mientras que las estrellas fijas están activas sólo ocasionalmente en cada uno de nuestros horóscopos, Saturno está en operación constantemente. Es el planeta de la justicia (por ello su exaltación en el signo de la balanza, Libra), y por lo tanto no es muy popular. Y es que nuestra idea moderna de justicia --una creencia en que al final todo se solucionará sin importar cómo vivamos-- no es la idea de justicia bajo la cual el cosmos está construido, esto es, la verdad inexorable de que si nos identificamos con la esencia habitaremos con la esencia, y si nos identificamos con lo material moriremos con lo material. Saturno es la puerta hacia lo divino, pero es una puerta difícil de abrir y angosto es el camino que lleva hacia ella.

Mark Fisher escribe en Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures:

Existe un conocimiento implícito de que la esperanza creada por la electrónica posguerra y la eufórica música dance de los 90 se han evaporado –no sólo ese futuro no ha llegado, ya no parece posible. Y, sin embargo, la música constituye una negación a rescindir un deseo del futuro. Esta negativa da a la melancolía una dimensión política, porque significa que fracasa en acomodarse a los horizontes cerrados del realismo capitalista.

Bouschet y Hilbert:

La Tierra está localizada entre el Sol y Saturno que están en eterno conflicto; observamos su guerra en nuestra separación eterna de la luz y la oscuridad… En la Tierra hay una especie de astronomía invertida: localizado en el centro de la Tierra hay un sol negro. Debemos mirar hacia abajo.

Shams al-Din Lahiji:

El color negro, si me sigues, es luz de Ipseidad pura, dentro de esta oscuridad está el Agua de la Vida.

James Hillman sobre el arquetipo del senex:

Saturno retiene los atributos de Kronos; es un dios de la fertilidad. Saturno inventó la agricultura; este dios de la tierra y el campesino, la cosecha y la saturnalia, es regente de la fruta y la semilla. Incluso su castrante guadaña es una herramienta de siembra. Tendría que ser Saturno quien inventara la agricultura: sólo el senex tiene la paciencia que equipara a la de la tierra y puede entender la conservación de la tierra y la conservaduría de aquellos que la trabajan; sólo el senex tiene el tiempo necesario para las estaciones y su repetición crónica; la habilidad de abstraer para amaestrar la geometría del arado, la esencia de las semillas, de hacer las cuentas para rendir ganancias, el abono, la soledad…

James Hillman sobre el "vale of soul-making" de John Keats:

He tomado este pasaje de Keats como un motto psicológico: “Llama al mundo, si quieres, el valle de la elaboración del alma. Entonces descubrirás la razón de la existencia”.

Los alquimistas hablaban de la paciencia como la primera cualidad del alma y consideraban la elaboración del alma el camino más largo, una via longissima.

Fragmento de "Ode on Melancholy", de Keats:

She dwells with Beauty—Beauty that must die;
       And Joy, whose hand is ever at his lips
Bidding adieu; and aching Pleasure nigh,
       Turning to poison while the bee-mouth sips:
Ay, in the very temple of Delight
       Veil'd Melancholy has her sovran shrine,
               Though seen of none save him whose strenuous tongue
       Can burst Joy's grape against his palate fine;
His soul shalt taste the sadness of her might,
               And be among her cloudy trophies hung.

 

**  La etimología de la palabra “alquimia” es, como este arte en general, un tanto misteriosa, pero uno de los significados más aceptados es “tierra negra” o “la tierra más negra”, chemia, que según Plutarco es una referencia también a Egipto, la “tierra negra” y a la parte negra de las pupilas, según podemos leer en el libro Alchemical Traditions, la  parte del ojo que sirve como un espejo negro de la luz y está ligada a Isis y a Kore en la anatomía microcósmica. En el texto hermético grecoegipcio Koré Kósmou, la voz de la diosa Isis le habla a su hijo Horus de una doctrina secreta que tuvo el honor de recibir de Kamefis, quien la escuchó de Hermes, se trata “del negro perfecto” (teleio melani). Uno de los epítetos de Kamefis es “aquel que se mantiene oculto a sí mismo en sus ojos”. El gran teúrgo neoplatónico Jámblico liga a Kamefis con el “dios que voltea sus pensamientos hacia sí mismo”, un deus absconditus que contempla la eternidad.


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