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Se sabe que no es nada fácil escribir para niños. Pero se supone a menudo que esa dificultad proviene de la realización de la obra, y yo creo que el problema central proviene de su concepción
Imagen: https://sites.google.com/site/portafolioeracedo/la-literatura-como-construimos-un-concepto-de-literatura

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Luego de mucho tiempo deliberadamente apartado del género por demasiadas frustraciones, leí hace unos días un librito de literatura infantil sobre la vida de Einstein. En una suerte de epílogo, la autora nos confiesa que fue producto de una larga investigación sobre él, aunque las marcas de ese trabajo no son nítidas. Durante el relato vemos cómo su prosa se contornea para aquí y para allá buscando un registro que valga la pena. Se nota el esfuerzo y la buena intención; se perciben los guiños, las repeticiones calculadas, las ganas de traer a los niños al juego. Admito que lo ha intentado. Hay también un ilustrador que hace lo propio, en paralelo, para lograr un efecto comunicacional y literario más profundo y empático, además de más fácil para la imaginación; pero recae más de una vez en lugares comunes. Sé de fuente directa que el editor se está entregando al objetivo en cuerpo y alma. Todos quieren.

Pero el producto es muy malo. Y quiero reflexionar sobre ese fracaso.

Las biografías son un género desafiante. ¿Qué es una vida?; ¿qué caracteriza o define una vida?; ¿cómo condensarla en algún mensaje que la defina? El primer fracaso de esta obra lo encuentro en la muy mala respuesta que la autora da a estas preguntas; de lo mal que se las formula, en realidad. La vida de Einstein –para ella-- es una sucesión cronológica de sucesos o escenas o apenas instantes, uno tras otro, de la vida de un alemán lejano. Supone que aprehender la vida de alguien pasa por describir la serie de situaciones de la vida de ese alguien en su secuencia histórica; que es más Einstein si registra debidamente que trabajó en la Oficina de Patentes, porque así fue. Y eso es falso; además de muy elemental. Todos sabemos que una foto casual que inmortalizó su lengua afuera y simbolizó un estilo habla más de ese hombre que los mil episodios de sus biografías. (Por cierto, la célebre lengua de Einstein que muchos de sus niños ya habrán visto parece que se le olvidó a la autora de la biografía infantil).

A ese primer fracaso le sobreviene enseguida otro, contiguo. Dado que es una biografía para niños, a la simplificación conceptual inicial se le suma otra, de carácter narrativo. En el relato, Einstein fue un niño –y luego un joven, un señor y finalmente un viejito-- que pensaba y pensaba todo el día sin parar. Un hombre pensativo es la mejor imagen que el libro nos entrega del científico genial. La sucesión de situaciones biográficas que nos relata siempre convergen en lo mismo: Albert se ensimismaba y pensaba todo el rato. No creo que estimule ese personaje. No me imagino así a Einstein, en verdad; además de que no creo que ni él ni nadie sea realmente así. No es verdad que un gran inteligente piensa sin parar; ni tampoco lo contrario, que quien piensa sin parar resulta por eso una inteligencia sin igual. En el librito no se entiende –ni se entiende por dónde podría entenderse-- el Einstein travieso, el frustrado, el judío, el trotamundos, el ingenuo, el único.

Cuando hacemos cosas para niños solemos caer en este tipo de tergiversaciones, simplificaciones y aplanamientos que agobian. También lo contrario agobia, a decir verdad, pero por el otro lado. Cuando una biografía está escrita para adultos y quiere ser seria, entonces, en lugar de simplificarse como atontándose, se multiplica al infinito documentándose hasta la exasperación, describiendo minucias hasta el escándalo, consumiendo tiempo, papel y palabras de una manera inmoral. Se satura, pues. Las biografías para adultos suelen ser esos libros cúbicos, en los que el ancho y el largo acaban siendo parecidos a su espesor. Un álbum inmanejable de 10 mil fotos; la tesis de que la verdad se encuentra mejor en los interminables inventarios de hechos que en las síntesis intencionadas e interpretativas.

Este Einstein de los niños es como autista, meditabundo e incomprendido. Pasa de una vez de retrasado a genial, sin mediar ninguna construcción. Nadie sabe después de las 56 páginas por qué Einstein fue Einstein ni cómo fue desarrollándose. Ni sus padres dejan huella. No es un relato amarillo, tampoco. Es una historia plana que se parece más a una comiquita que a un fresco complejo y abierto de la vida de un hombre clave del siglo XX. Está narrado como se dibujan las comiquitas, con trazos apurados de rasgos exagerados e histerizados. Albert es raro siempre, lleva gafas todo el tiempo y pelos desordenados; nunca una niña en sus anécdotas, ni una mujer; jamás una pelota ni mucho menos un traspié o un impulso. Fue preclaro aun antes de ser comprendido. Siempre preocupado por el más allá. Siempre entendiendo lo incomprensible. Visionario. Cándido en su vejez.

Si Einstein hubiera sido ése, no habría sido Einstein. Los genios no son así ni se desarrollan así. Todo –mis queridos y respetados niños-- es muchísimo más complejo, abstracto, espeso, ambiguo y genial de lo que ahí se nos presenta.

Ah, y si yo hubiera entendido todo mal y el objetivo del relato, del libro mismo y de la colección en su conjunto no hubiera sido Albert Einstein sino la ciencia, o la teoría de la relatividad en particular, pues entonces mi juicio debería haber sido más ácido y aciago y mi frustración habría tenido proporciones peores. Pero no creo. La ciencia –en el relato-- es sólo un “rum rum” de fondo, como secreto, inexplicable, remoto y siempre vedado para el lector; flotan por el aire miles de formulas incomprensibles que más que ambientar, ahogan como las tormentas tropicales; algoritmos crípticos hasta para la autora. Las ciencias, y las matemáticas en particular, aparecen en el volumen como una atmósfera de fondo, propia de Einstein pero inabordable para el niño lector. Es un mantra que no nos interesa, parece decírsenos. Eso –mi querido lector-- no es para ti, siento que sentencia la autora. Otra vez, la ciencia para los elegidos y los mortales apenas a leer las anécdotas bobas de una mente inalcanzable. Aun la buena intención alimenta el cisma.

Se sabe que no es nada fácil escribir para niños. Pero se supone a menudo que esa dificultad proviene de la realización de la obra, y yo creo que el problema central proviene de su concepción. La pregunta de para qué escribo para los niños está mal formulada en general en los autores de literatura infantil. Se suele suponer que hasta la postura teórica del autor debe ser ingenua para poder escribirle a los niños; hasta tal punto se lleva ese tono naif que suele caracterizar esas obras. Todo se reduce, hasta la aspiración.

Cerré el librito creyendo que me frustraría, pero no; por el contrario, acabé convencido de que debo ponerme lo más rápido posible a escribir algo para niños. Si no, puedo volverme un viejo cascarrabias.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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