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Los sabios siempre han entendido que a todo declive le sigue un florecimiento. La vida surge de la muerte como la muerte surge de la vida

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En la trascendental relación entre los cielos, la tierra y el hombre, surge la permanente pregunta acerca de la naturaleza del tiempo vivido y los abruptos cambios, muchas veces dramáticos, que acontecen en el esquema de los sucesivos ciclos cósmicos. No hay pueblo sobre el planeta que no haya desarrollado alguna clase de observación sistemática del Sol, la Luna y las estrellas con el fin de medir el tiempo y a la vez determinar el porvenir. Nuestra tradición astrológica no es una excepción a esta regla. Sin embargo, las potentes fuerzas de disolución que configuran todo el desorden que se ha instalado en el mundo moderno no podían sino trastocar también a la astrología, tanto en su teoría como en su técnica. Es por ello que, a fin de exponer con claridad la doctrina tradicional de las eras astrológicas, es imprescindible retrogradar en el tiempo para retomar el punto de vista que los antiguos astrólogos tenían acerca de su noble oficio y de la enseñanza sobre el tiempo que de éste se deriva.

Advertimos al lector que los siguientes párrafos están muy lejos de alinearse con lo políticamente correcto y no pueden menos que frustrar o suscitar el rechazo de los adscritos a la tendencia modal que rige el presente statu quo. Hemos titubeado sobre escribir acerca del tema, pero finalmente hemos decidido hacerlo en honor a la verdad, por más incómoda que ésta pueda resultar. La astrología moderna es una distorsión y simplificación extrema del verdadero arte celeste. John Frawley lo señala con tal claridad en su obra La verdadera astrología, que sus palabras pueden resultar ofensivas para una gran cantidad de entusiastas. Dice Frawley que: “La astrología moderna es basura. Como astrólogo profesional en activo considero necesario dejar claro esto desde el principio. Lo que actualmente pasa por astrología no es sino un sucedáneo de la ciencia que se practicaba antiguamente”. Más adelante agrega:

Los esfuerzos por rehacer la astrología desde el punto de vista de la cultura occidental moderna la han distorsionado irremediablemente más allá de todo reconocimiento. En primer lugar fue reformulada en forma de teosofía, después con la forma del psicoanálisis junguiano, y después con la de la Nueva Era de la costa oeste americana.

El británico no desperdicia ni una coma en hacer concesiones diplomáticas, en un libro que debería ser texto obligado de todo aquel que se interese seriamente por el arte hermético de los astros. 

La astrología tradicional reconoce sólo cinco planetas y dos luminarias, dos nodos lunares, decenas de estrellas fijas y otras tantas decenas de partes arábigas que, en relación con los 12 signos zodiacales y las 12 casas astrológicas, configuran la perpetua y cambiante danza del tiempo cuyas infinitas combinaciones entre elementos generan la compleja riqueza del devenir. Sobre estos movimientos celestes el astrólogo tradicional realiza toda una serie de cálculos siguiendo algoritmos predefinidos, cuyo fin último es la delineación y predicción de los eventos futuros, tanto humanos como naturales. En este contexto, los grandes ciclos de tiempo cósmico que afectan a la humanidad como conjunto se insertan en el marco de la denominada astrología mundana, que trabaja con cartas astrales de grandes conjunciones, ingresos cardinales —también conocidos como revoluciones del mundo, eclipses y lunaciones, aparición de cometas, cartas fundacionales, etc. Todas estas figuras astrales conforman un enredado pero inteligible mapa del destino colectivo, permitiendo avizorar con mucha anticipación los accidentes y giros de la historia. De tal modo, la astrología mundana nos presenta una doctrina sobre los ciclos cósmicos y las cualidades del tiempo que, repartido en eras sucesivas, modela como un alfarero la arcilla de las culturas y civilizaciones.

Resulta de sobra conocida la división del tiempo cíclico en 4 eras consecutivas que se reiteran permanentemente. En Las metamorfosis, Ovidio nos narra la historia mítica de una humanidad que va degenerando progresivamente a medida que el tiempo se aleja del punto de origen, pasando por las edades de oro, plata y bronce hasta llegar a la presente Edad de Hierro, donde la impiedad y el egoísmo reinan por doquier. La noción moderna de progreso histórico es aquí una broma de mal gusto. Pero es en la doctrina hindú de los ciclos cósmicos donde se refleja mejor la noción de un tiempo circular, una idea que contradice la noción lineal y progresiva del tiempo histórico. Tanto en la visión mítica del mundo como en la perspectiva astrológica, la danza del tiempo es siempre cíclica, repitiéndose a sí misma en plazos tan vastos que exceden la capacidad de transmisión cultural entre distintas civilizaciones. Tales son los períodos contemplados en los grandes ciclos de tiempo.

En la India, el vedanta sitúa a la actual humanidad en pleno inicio del Kali Yuga, la más oscura y vil de las edades, en donde la verdad, la modestia y el honor han desaparecido casi por completo. Estas enseñanzas tradicionales no hacen otra cosa que confirmar el desvarío de una época que confunde el desarrollo tecnológico con la plenitud ontológica. Resulta groseramente incongruente comparar las nociones hindúes del Kali Yuga con el espíritu ingenuo y demasiado liviano con el que tantos adictos a la tendencia new age asumen el tiempo venidero. Algo está completamente mal en el enfoque y sostenemos que es por la obvia falta de rigurosidad de una moda que ha llegado a convertirse en un gran éxito comercial. Hay muy poco espacio para el rigor del conocimiento dentro de un fenómeno mercantil de superventas. Pero si de confusiones se trata, los extraños significados atribuidos a la era de Acuario son un ejemplo de referencia sobre la incomprensión, cuando no la subversión, a la que están sometidas todas las doctrinas tradicionales en el marco de la modernidad.

Se atribuye al gran astrólogo persa Abu Ma'shar al-Balkhi (787-886 d. C.) la primera definición de las edades astrológicas basadas en la precesión de los equinoccios. Sin embargo, la interpretación moderna en torno a la más reciente de dichas edades resulta totalmente errónea y antojadiza, a gusto de una modernidad que parece poco dispuesta a enterarse de la verdad. En su lugar aparece una versión lisonjera y edulcorada, mucho más comercializable. Abu Ma'shar, como cualquiera de sus colegas posteriores, reiría a carcajadas si oyera la dulzona falsificación con la que se pretende suplantar la auténtica doctrina astrológica. Desde una religiosa y mística era de Piscis, regida por el benéfico y generoso Júpiter, estamos entrando en los siguientes 2 mil 148 años de Acuario, una edad de laicismo y ciencia racional, regida por el maléfico y severo Saturno. No exageramos; benéfico y maléfico son adjetivos tradicionalmente utilizados en astrología para identificar los efectos de un cuerpo celeste dado. De este modo, Júpiter y Saturno son respectivamente el gran benéfico y el gran maléfico de la astrología tradicional. Y como es de esperar, existe una diferencia sustancial entre una edad astrológica regida por un benéfico y otra bajo el influjo de un maléfico. Hay también planetas neutros y ambivalentes como Mercurio, pero por los siguientes 4 milenios estaremos bajo la influencia de Saturno, ya que su sustancia reina tanto sobre Acuario como sobre Capricornio, la edad astrológica inmediatamente posterior a la del escanciador.

La era de Acuario está muy lejos de ser un bonito despertar colectivo lleno de luminosos arcoíris irradiando paz y amor sobre el mundo. La fase acuariana de la humanidad está en perfecta sintonía con el Kali Yuga descrito en el Mahabharata, mucho más que la precedente era de Piscis. Porque a medida que el tiempo discurre, se aleja paulatinamente del punto inicial que los mitos de todas las culturas ancestrales describen como una Edad Dorada. En otras palabras, el tiempo degenera y con él también la historia humana. Es así que a medida que nos acercamos al fin de ciclo, la percepción del tiempo se acelera, las costumbres se relajan y la cultura se degrada. Con una humanidad inconsciente de las poderosas fuerzas astrales que la dirigen hacia el colapso de la civilización occidental moderna, el surgimiento de una etapa totalmente distinta es ya un hecho en ciernes. Pero no conviene apresurarse. El cierre del círculo y el consiguiente retorno a la Edad de Oro están aún lejos de iniciar y la prueba está en el desordenado estado del mundo actual. Estamos al comienzo de los dolores del parto, cuyos tiempos son los de las estrellas, no los pequeños plazos que marcan el reloj humano. Por supuesto que tras el Kali Yuga tendremos un largo y saludable Satya Yuga, pero no es prudente comenzar la fiesta antes de que lleguen los invitados. Incluso los que practican la forma estertórea de la astrología psicológica saben que Urano, el planeta moderno al que atribuyen regencia sobre Acuario, no produce otra cosa que inestabilidad y revueltas. 

Los cambios de era suelen traer aparejados cataclismos naturales y grandes trastornos en el orden social, especialmente si en dicha edad reina un planeta maléfico. Quizás podamos entenderlo mejor si miramos al pasado, teniendo presente que el tiempo vuelve circularmente sobre sí mismo. La anterior era de Acuario ocurrió hace unos 25 mil años atrás y fue la época del desastroso diluvio universal narrado en la mitología de todas las culturas del planeta. Fue una época marcada por el abrupto inicio de los grandes deshielos tras la última glaciación. Los mares subieron dramáticamente de nivel, dejando extensas regiones bajo las aguas, mientras que las copiosas lluvias inundaron el resto de los terrenos. He aquí la razón por la cual Acuario es representado como un gigante que derrama un enorme cántaro de agua sobre la tierra. A nadie extrañe entonces que la era de Acuario se corresponda con una larga fase de desajustes climáticos. Algunos estudiosos identifican la figura de Acuario con Deucalión, el único hombre que se salvó del diluvio universal en la versión griega del conocido mito. Nos volvemos a encontrar la noción de una edad marcada por el desastre.

En lo social, la era de Acuario es un período caracterizado por el humanismo laicista, el materialismo científico, la estricta cuantificación como vía de conocimiento, la erosión de todas las estructuras jerárquicas, la desaparición de la familia en favor del individuo aislado, los grandes triunfos tecnológicos y un sentimiento generalizado de malestar social con la aparición de ideologías seculares que buscan subvertir todo el orden establecido bajo consignas libertarias. Se observan híbridos como el socialismo capitalista, el ecoanarquismo y el feminismo radical en reemplazo de la identificación con los conceptos de nación, familia, etnia y religión. Como el espíritu de los tiempos está instalado, hablar de identidad local y arraigo puede parecer avinagrado o demasiado conservador. La Edad Media y el Renacimiento pensaban así. Al hombre moderno le resulta incomprensible, ya que la globalización ha generado una situación de contagio cultural desde las naciones ricas hacia las más pobres, haciendo proliferar al hombre-masa de Ortega y Gasset. Otras características relevantes de la nueva era astrológica son el trío conformado por la superficialidad, el mercantilismo y la masificación. Por supuesto que también se observarán beneficios, como los notables avances de la medicina o la superación de muchos prejuicios y discriminaciones odiosas, pero en el balance final se trata de una edad llena de apegos materiales, vigilancia tecnológica y férreo control sobre las masas, características propias de Saturno, el planeta de la ciencia, la materia y las restricciones. 

La masificación acuariana genera una tendencia a fusionarlo todo, al punto de diluir las diferencias religiosas y filosóficas en un amasijo que carece de profundidad, pero que resulta del agrado de la muchedumbre. En su momento, las poderosas élites podrán servirse de él para mantener a las masas lejos de la intervención sobre sus intereses y negocios, como ya lo hizo la CIA fomentando el abuso de drogas psicodélicas para evitar que el movimiento hippie se transformara en un peligroso movimiento político. La versión liviana y distorsionada de la era de Acuario hunde sus raíces en una larga serie de confusiones y desarreglos que parten con los esfuerzos de gente como Alice Bailey o Benjamin Creme, quienes esparcieron por el globo las dislocadas ideas de la Sociedad Teosófica a las que añadieron las suyas propias. Luego la publicación y venta de libros de autores afines creció exponencialmente porque redituaba muy bien a las casas editoriales. La bola de nieve corría montaña abajo y fue cuestión de unas décadas para que el rico nicho cultural de California, sumamente amigable con las nuevas ideas, otorgara un suelo fértil para la proliferación de sus setas. Nace así una concepción invertida y polícroma de la venidera era de Acuario. Desde entonces el movimiento pasaría a ser conocido como “Nueva Era”. Naturalmente, todo este entuerto fue anunciado en el firmamento por la posición y movimiento de los planetas.

El 4 de febrero de 1962 ocurrió un fenómeno astrológico sumamente inusual, pero tremendamente significativo. Aquel día los siete astros errantes de la astrología tradicional —el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno— se juntaron muy apretados el uno contra el otro en el signo de Acuario, formando lo que los astrólogos conocemos como un stellium. En astrología el stellium es una conjunción de cuatro o más planetas dentro del mismo signo zodiacal. En este caso, la reunión de todos los astros de la carta astral en el mismo lugar es un acontecimiento extraordinario, aunque nada beneficioso. Cuando todo el peso se carga hacia un solo lado de la balanza, se produce un enorme desequilibrio. El cielo es una balanza cósmica. Si todos los planetas más el Sol y la Luna inclinan su fuerza sobre un solo signo, tenemos un grave problema. Una situación semejante anuncia tiempos complicados de gran inestabilidad y destemplanza. Aunque los astrólogos no se ponen de acuerdo sobre la fecha en que el punto vernal entrará en Acuario, dando inicio a la nueva edad, lo cierto es que este gran stellium de 1962 en el signo del aguador hizo entrar en el mundo una locura colectiva que seguiremos viviendo por bastantes años, puesto que no se producirá nada similar en siglos. Esta enorme conjunción dejó a todos los astros a disposición del que regía sobre el signo en el que se produjo: Saturno, el gran maligno. A falta de claridad sobre el inicio de la era de Acuario, este evento marca un precedente que bien podría ser considerado como proemio.

A fines de julio de ese mismo año un raro eclipse anular de sol atravesó cerca del ecuador de la Tierra, oscureciendo al astro rey en su propio domicilio de Leo, signo directamente opuesto al de Acuario, donde ya había sido afligido por exilio durante el stellium. Por otra parte, la gran conjunción de Júpiter y Saturno ocurrió en el signo de Capricornio casi 1 año antes. Allí Saturno es fuerte porque tiene domicilio, mientras que Júpiter está muy debilitado por encontrarse en caída. Nuevamente nada auspicioso para los tiempos que se avecinaban. Si lo que viene es realmente luminoso, habría que preguntarle a los new agers por qué los sabios de la India siguen apuntando a las grandes dificultades espirituales que se aproximan a medida que nos hundimos más y más en el Kali Yuga. El gran astrólogo védico Aryabhata (476-550 d. C.) intentó enlazar el ciclo mitológico hindú con la cuenta astrológica, datando el comienzo del Kali Yuga en el 3102 a. C. Según la mayoría de los pandits, la edad oscura ha de durar nada menos que 432 mil años. Por lo tanto, habrá que armarse de muchísima paciencia y evitar las celebraciones prematuras. 

Hubo un conde francés que se hizo famoso entre otras cosas por decir que todo pueblo tiene el gobierno que se merece. Se llamaba Joseph de Maistre (1753-1821), quien al ver la sangrienta avalancha de la Revolución Francesa escribió: “Hemos de estar preparados para un acontecimiento inmenso en el orden divino, hacia el cual marchamos a una velocidad acelerada que debe llamar la atención de todos los observadores. Terribles oráculos anuncian ya que los tiempos se han cumplido”. Hoy, plenamente insertos en el afluente acuariano y saturnino, hemos de saber a qué atenernos, porque no la tendremos fácil. Y no es que la era de Piscis haya sido todo un primor, pues la religión realmente llegó a convertirse en el opio del pueblo y surgieron monstruos como la inquisición, las cruzadas y la quema de brujas. Nadie podría negar que los numerosos abusos de la edad anterior son dialécticamente responsables de los excesos de la nueva edad que inicia. Así, el rígido conservadurismo, los abusos de poder y el moralismo autoritario en la era de Piscis son antecedente y causa del libertinaje, la fragmentación individualista y la anomia social en la era de Acuario. La historia humana es una concatenación de eventos inevitables y astrológicamente predestinados, siempre marcados por el exceso. 

Los sabios siempre han entendido que a todo declive le sigue un florecimiento. La vida surge de la muerte como la muerte surge de la vida. No queremos transmitir desazón ni desesperanza, pero el mundo actual debe perecer para que surja un hombre nuevo. En esa futura germinación debemos poner nuestras intenciones, no importa que aún esté distante. Allí habrá verdadera paz, justicia, bondad, respeto, prudencia, sabiduría y sobre todo comunión con la Divinidad. Pero por ahora nos toca aceptar que falta mucho tiempo para el retorno a la Edad Dorada, lo que no impide que cada uno de nosotros haga su propio trabajo interior a contracorriente. ¡Ánimo!

 

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Hace poco más de 1 año, entre septiembre de 2014 y enero de 2015, se presentó en México Obsesión infinita, la primera retrospectiva de la artista japonesa Yayoi Kusama en América Latina. La exposición provenía de Argentina, en donde batió los récords de asistencia del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) con poco más de 206 mil entradas en 73 días de duración, superando así las casi 196 mil visitas que recibió una muestra de Andy Warhol inaugurada en octubre de 2009. En México el entusiasmo fue parecido. El Museo Tamayo de Arte Contemporáneo, usualmente modesto en cifras, duplicó su asistencia total del año anterior tan sólo 100 días después de inaugurada la muestra de Kusama, la cual cerró con cerca de 335 mil visitantes.

Las estadísticas son sin duda sorprendentes para la época, el lugar y las circunstancias en que vivimos, en donde con cierta frecuencia no parece haber mucho lugar ni margen de acción para el arte, menos aún para aquel que académicamente se clasifica como “moderno” o “contemporáneo”. Si de por sí acercarse a una expresión artística requiere de algo adicional a lo que normalmente tenemos (desde la curiosidad hasta los referentes necesarios para codificarla), en el caso del arte contemporáneo la exigencia puede ser aún mayor, pues el concepto de arte cambió sustancialmente a lo largo del siglo XX pero, a diferencia del arte más canónico, dichas nociones no transitaron fácilmente hacia el imaginario colectivo. Casi cualquiera, sin mucha dificultad, puede escuchar una sinfonía de Beethoven o mirar una pintura renacentista y sentir algo, sobrecogerse, admirarse, notar cómo eso monstruoso que tiene el arte auténtico lo inunda y lo conmueve, le muestra que el mundo, la humanidad, el sujeto, son más de lo que vemos y vivimos habitualmente, notar por sus efectos sobre nuestra percepción esa “aura” de la que con misticismo escribió Walter Benjamin y por la cual el arte nos impresiona pero también nos descifra, nos desconcierta pero en un segundo momento nos muestra aspectos antes ignorados de nosotros mismos y de nuestra realidad. Sin que el arte posterior a las vanguardias de principios de siglo XX carezca de esto, también es evidente que sus búsquedas y las preguntas que intenta responder han seguido otros derroteros, parecidos sólo en la intención compartida de cuestionar algún aspecto de la realidad en que vivimos, criticarlo, moverlo de lugar para mirar mejor su significado en su posición habitual. En este sentido quizá sea posible afirmar que ahí donde antes el arte conmovía, ahora confunde, perturba, nos enfrenta de inmediato con una o varias preguntas y no sólo con su efecto ya casi moldeado. Y eso, en el arte pero también en la vida, no siempre es fácil de manejar.

Sorpresivamente, la obra de Kusama se encuentra a medio camino entre esas dos formas de experimentar el arte. Sin ser sencillo, se ha vuelto asequible para el gran público. Mi impresión es que, por azar o porque verdaderamente Kusama es una de esas visionarias de antaño, una adelantada a su época, parte de su obra llegó a coincidir con circunstancias de nuestra realidad social que de pronto la volvieron notablemente actual, como si hubiera sido pensada justo para este momento, como una línea que dialoga con aspectos de nuestra realidad contemporánea. A este respecto pienso, sobre todo, en sus instalaciones que involucran una habitación pequeña cuyas paredes, techo y suelo son todos espejos, con lo cual se crea así un lugar que posibilita una experiencia única y de muchas implicaciones. Espacialmente es paradójico, porque es un sitio reducido que sin embargo da la sensación de amplitud e incluso de infinitud (Infinity Mirrored Room es el nombre de la serie de instalaciones). Psicológicamente puede ser angustiante estar de pie en medio de esa misma ilusión de eternidad, en la contemplación estática del yo (no estética ni extática, sino sólo estática), frente a frente con el narcisismo y sin posibilidad de escape, la supuesta y tan preciada individualidad iterada hasta la náusea. Místicamente, acerca la percepción humana a la experiencia de la eternidad, la disolución, la soledad, la experiencia “cósmica e íntima” (según escribió William Grimes en el New York Times hace un par de años a propósito de una de estas habitaciones). Artísticamente es la suma de esto y lo otro que cada persona encuentra de sí al entrar al cuarto. Ese es el sello del arte auténtico: su multiplicidad de significados, la resistencia que ofrece a la aprehensión y la conceptualización, la capacidad de hacer posible una experiencia que además amplía nuestros propios horizontes de percepción.

Se dirá, con razón, que no todas las personas que han ingresado a alguno de los cuartos de Kusama han tenido una experiencia que pasa por esos u otros significantes, un viejo problema de la semiótica del arte que se pregunta si las cualidades de una obra son sus atributos o si quien experimenta la obra es quien se los atribuye a partir de sus propios referentes. La posición más sensata al respecto optaría por una combinación de ambas: la obra de arte podría entenderse como una plataforma o un tablero que presenta ya cierto margen de acción pero a manera de líneas que pueden seguirse, menos instrucciones que “sugerencias de uso”, un juego abierto para quien entra en contacto con la obra.

¿Qué pasa, sin embargo, cuando una obra de arte es sacada de su lugar en esta cadena de significantes para colocarla en otra, concretamente, en la cadena de significantes del mercado y el consumo?

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Por estos días, también en la ciudad de México se abrió temporalmente una habitación que aunque auspiciada por Facebook y bautizada, sencillamente, como “Facebook Room”, en redes sociales ha aparecido etiquetada con el hashtag #infinityroom, en clara alusión a la obra de Kusama. El cuarto se encuentra en el hotel Condesa DF, que tiene reputación de exclusivo, y está asociado a la celebración del festival de música Corona Capital. Se trata de un producto comercial y publicitario que, como se ve en las imágenes, tuvo una de sus estrategias de difusión principales en la compra de “influencers” y celebridades que entraron y se tomaron una fotografía que después difundieron en sus perfiles personales. Cabe resaltar que a diferencia de las habitaciones de Kusama, este “Facebook Room” tiene su propia cámara fotográfica integrada, con lo cual la posibilidad de experiencia tiene ya por eso un cambio importante: si los cuartos de Kusama propician el aislamiento y la desaparición momentánea de la realidad exterior, en el de Facebook se adivina la presencia del mundo en su forma más intrusiva, una cámara fotográfica exterior, un ojo vigilante, ese Otro con mayúscula que lacanianamente se refiere a la mirada atenta que censura, que cuida que todo esté en orden, que todo se desarrolle conforme a lo establecido. El juego abierto de la obra de arte se convierte entonces en una acción reglamentada y con directrices y objetivos específicos. La exclusividad del hotel, el desfile de celebridades de la televisión, el patrocinio de Facebook, el hurto del concepto: todo tiene su culminación apoteótica en esa cámara fotográfica que disimula su vigilancia con los afeites de la exhibición y el espectáculo. Quien está ahí sabe bien qué hacer: posar, sonreír, mostrar el mejor ángulo, pensar desde ese momento en el número de likes que se llevará la fotografía. Ese saber lo tenemos dominado, se podría decir no sin ironía, pues si no pensáramos y actuáramos así tal vez nos daríamos cuenta de que la dominación opera justo en sentido inverso.

Quien haya entrado a alguno de los Infinity Mirrored Room de Kusama tal vez convenga conmigo en que hacerlo se siente, en cierta forma, como ser arrojado en un lugar en donde no se sabe bien a bien qué hacer, cómo actuar o si algo tiene que hacerse (en especial en el Infinity Mirrored Room-Phalli's Field (Floor Show) (1965), en donde la puerta se cierra y el espectador se encuentra a solas). El río de selfies que corrió en redes sociales mientras duró Obsesión infinita en el Tamayo es la respuesta a ese no saber qué hacer, el equivalente a la llamada “risa nerviosa” que suelta quien se encuentra en una situación incómoda por ignorada. Un gran momento de duda y de pérdida de sentido que resulta angustiante porque la sensación general, en casi cualquier situación de la vida cotidiana, es que tenemos que hacer algo, que tenemos que seguir ciertos parámetros, obedecer instrucciones, apegarnos a un código social, responder a expectativas, etcétera. 

El “Facebook Room”, por el contrario, se encuentra en el punto opuesto del espectro: es la confirmación de que hemos aprendido muy bien las respuestas que la sociedad del espectáculo y del consumo espera escuchar de nosotros. Y esa es la diferencia.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz