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Hay algo que cualquiera podría hacer por las víctimas de los ataques en París

Sociedad

Por: pijamasurf - 11/14/2015

Ser solidario con la situación que se vive ahora en París puede implicar un gesto más profundo que sólo cambiar tu imagen de perfil en Facebook
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Asistentes al estadio Saint Denis, donde se jugaba el partido entre las selecciones de Francia y Alemania en el momento en que ocurrieron los ataques (Christophe Ena / AP)

Las crisis son momentos profundamente significativos desde distintos puntos de vista y casi en todos los ámbitos donde ocurren. Sea una crisis personal, familiar, política o económica, con cierta frecuencia son puntos de quiebre nacidos de distintos intereses, motivos o fuerzas que viven en tensión y contradicción al interior de un sistema que busca contenerlos, marginarlos e ignorarlos pero sin éxito, o no por siempre. Las crisis, así, hacen emerger aquello que se intentaba ocultar, vuelven visible lo que se quiso echar al olvido, traen al centro de la atención aquello que parecía no vivir más que en las márgenes. Y esa es su relevancia. Porque si bien, por un instante, los momentos de crisis son también momentos de paralización, de angustia, el movimiento mismo de la existencia nos lleva a hacer algo al respecto, y aunque no siempre es posible responder de la mejor manera, suena sensato atender dichas contradicciones y acaso encontrar la forma de acordarlas para que así la crisis no se repita ni ocurra nuevamente, o no en ciertas condiciones específicas.

Como sabemos bien, la noche del pasado 13 de noviembre ocurrió una serie coordinada de ataques en la ciudad de París, con un saldo de poco más de 100 personas fallecidas y más de 300 heridos, casi 100 de ellos gravemente. De inmediato y hasta ahora sin cesar, la información en torno al hecho comenzó a difundirse con profusión, sobre todo a través del Internet y sus varios recursos al alcance. Los muros de Facebook se llenaron de información y, como ha sucedido en ocasión de otras situaciones de emergencia, la red social dio a algunos de sus usuarios la opción de publicar casi automáticamente un mensaje de bienestar para sus contactos, y algunas horas después activó la función de sobreponer a la imagen de perfil un filtro con los tres colores de la bandera francesa, un gesto de solidaridad que se viralizó por vez primera cuando la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos aprobó las uniones civiles entre personas homosexuales.

Para muchos esta reacción es exagerada, aunque no por el hecho en sí, sino por el exceso de atención dirigida a la tragedia. La merece, por supuesto, pero como otros se preguntan, ¿por qué el lamento no es de igual magnitud ante el atentado ocurrido en Beirut el día anterior a los de París? No se trata de ejercer un juicio de valor al respecto y lanzar un veredicto sobre qué tragedia es más dolorosa o cual vale más la pena, sino de preguntarse por las razones y motivos detrás de esa disparidad que, en cierto modo, también tienen relación con aquellos que podrían ayudar a entender lo ocurrido en París.

La respuesta podría comenzar por el reconocimiento (un “darse cuenta”) de que las cosas pueden verse desde distintas perspectivas, desde distintos puntos de vista, y que si hay puntos en común en los reportajes, análisis y narraciones de los hechos, entonces podemos hablar de un mismo punto de vista desde el cual se nos están contando las cosas o, dicho de otro modo, se nos está haciendo ver el panorama. La producción de información (y en general, de contenidos) no es nunca objetiva, por más que muchos periodistas lo sostengan, porque el lenguaje mismo no lo es: dado que es indisociable de la realidad social de la que emerge y hacia la cual vuelve para nombrarla, el lenguaje está ya cargado de sentido, significados, inflexiones, asociaciones y más. Decir algo es siempre decir también otra cosa, sugerirla, insinuarla. Decir algo también es no decir otras cosas, dejarlas fuera, no tomarlas en cuenta. Ese es parte del movimiento natural del lenguaje. Contar una y otra vez cómo ocurrieron los hechos, por ejemplo, no es preguntar por qué ocurrieron.

En el caso de los ataques en París (que, dicho sea de paso, la narrativa occidental al respecto calificó de inmediato como “terroristas”), un punto de vista que casi nadie retoma es aquel que nos aleja de la miopía del detalle en un esfuerzo por ver el panorama completo, tanto como para ver incluso por encima de la perspectiva dominante y entenderla como otra pieza del sistema, no como el sistema mismo. ¿Por qué ocurrieron los ataques? ¿Únicamente como resultado de una decisión tomada a la sombra del fanatismo?

En uno de los momentos más críticos de la reciente ola migratoria de sirios hacia Europa, un niño de 12 o 13 años dio a medios occidentales una muestra contundente de esta estrechez de miras. En este caso, la perspectiva dominante instaba a admirarse por los migrantes, ayudarlos, entenderlos, recibirlos, también temerles y preocuparse por su presencia en suelo europeo. Se les consideraba al mismo tiempo con asombro y con recelo. El niño, sin embargo, fue claro: él y sus compatriotas no querían estar ahí, no se trasladaban a Europa por gusto, no habían dejado todo atrás gratuitamente. Estaban ahí por causa de la guerra. “No queremos estar en Europa. Sólo detengan la guerra”.

 

La declaración fue sencilla pero irrumpió como una verdad porque, en el exceso de información que se produjo en aquel momento, parecía que ese pequeño detalle de la guerra se había perdido de vista. Porque eso hace la producción de narrativas hegemónicas, que naturalmente procede por exclusión. Deja fuera aquello que podría poner en duda su presentación de los hechos. ¿Por qué hay guerra en Siria? En parte porque gobiernos occidentales como el de Estados Unidos y el Reino Unido la han fomentado francamente, facilitando armas y servicios de inteligencia a distintos grupos que tienen su campo de acción política y bélica en la zona, lo cual no es ya un secreto pero al parecer tampoco es algo punible. Gobiernos pero también empresas, porque al final, como muchas cosas del sistema en el que vivimos, los intereses económicos son los que sostienen decisiones y acciones como las guerras. Debajo de la máscara de la fe y el fanatismo, de la hipocresía geopolítica y las cumbres multinacionales, la voluntad del capital es la única que prevalece, su inercia de producción, la orientación de quienes son agentes de sus acciones a la generación incesante de plusvalía. Como en el siglo XV o en el siglo XIX la explotación tiene una de sus vías de ejercicio en el colonialismo; esa explotación que es una forma de violencia (contra personas, culturas y contra el planeta y sus recursos) que muy pocos cuestionan y menos todavía tienen en cuenta.

Los ataques en París son parte de ese sistema de explotación que se sostiene en la violencia, tanto como el atentado en Beirut o las muertes ligadas al narcotráfico que ocurren cotidianamente en México. Sólo que, como estamos tan inmersos en ella, no la vemos e incluso hemos aprendido a no considerarla así, como violencia que se impone sobre nuestras formas de ser y estar en el mundo. ¿Alguien se ha preguntado, en medio de esta situación, cuál y cómo es el vínculo entre Siria y Francia, actual e históricamente? Se trata de una relación colonial nacida en parte del interés por los recursos naturales de la zona, en específico pétroleo y gas natural, lo cual ha motivado la toma de decisiones que afectan la vida política y social de los sirios. Si lo pensamos a nivel personal, nos disgustaría que alguien a quien no conocemos llegara a nuestra casa y comenzara a mover los muebles o hiciera algún otro cambio que le conviniera. Pero esa molestia, que es tan fácil imaginar individualmente, no se traslada con sencillez a una escala política o social, como si nos pareciera inaceptable considerar que la imposición de otros intereses es una forma de violencia también cuando se ejerce desde un gobierno hacia una sociedad.

El título de este texto asegura que hay algo que cualquiera puede hacer en solidaridad con los afectados por los ataques ocurridos en París. ¿Qué es? Intentar mirar más allá del punto de vista hegemónico para descubrir esas otras formas de violencia que usualmente no se nos presentan pero están ahí, omnipresentes, parcialmente invisibles porque forman parte del lenguaje con que nos enseñaron a leer el mundo. Esa, de alguna manera, es una definición práctica de solidaridad: hacer un esfuerzo adicional por otro.

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Cada día estoy más interesado en este asunto. Estamos saturados de malas conferencias y, sobre todo, de falsas conferencias; así como de malas y falsas películas, novelas, clases de historia y de matemáticas, biografías y demás. Me interesa más analizar lo que tienen de falsas que lo que tienen de malas, porque la falta de talento es menos nociva que una intencionalidad tóxica.

“Un acontecimiento capital de la historia de las naciones occidentales es el descubrimiento del Oriente”. Esta es la primera frase de una conferencia dada por Borges en Buenos Aires el 1 de junio de 1977; era sobre Las mil y una noches y podría haber sido también sobre Oriente. Nadie que no se haya preguntado mil y un veces qué es una conferencia podría haber sido capaz de abrir más o menos de ese modo la suya; nadie que no haya sido además Jorge Luis Borges podría haberla abierto estrictamente con esa oración. Podría haberla abierto con esa frase y de inmediato haberla dado por terminada, en realidad; esa frase es una conferencia.

Lo es por su inquietante carácter paradojal, sofístico, retórico, intrigante, parcial y literario; lo es porque nos implica. Definir Occidente en contraposición a Oriente podría haber sido razonable y hasta previsible, y viceversa también, pero definir Occidente a partir de Oriente es un movimiento extremo y nuevo de valor. Que nos digan nomás empezar –en un auditorio occidental, reunido para reforzarse-- que nos constituye nuestro anatema es por lo menos desestabilizador. Y hace sentido, porque no se puede entrar en Las mil y una noches sin que Oriente entre con carisma; sin un Oriente fundacional, carismático y mítico no hay mil y una noches… Con esas 15 palabras Borges hace una construcción total, y de un solo golpe establece su conferencia, se erige él mismo como conferencista esa noche y bautiza y constituye –con un desafío-- a su público en aquel teatro y a sus lectores subsecuentes, por millones y cientos de lenguas.

En uno de sus cuadernos de notas Chejov registró una anécdota: un hombre va al casino, gana 1 millón, vuelve a su casa, se suicida. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato. Contra lo previsible y convencional, la intriga se plantea como una paradoja. Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

Así reflexiona Ricardo Piglia sobre el cuento. No es verdad que entonces Piglia –o Chejov-- serán por esta reflexión eximios cuentistas, pero sí es verdad que sin una reflexión de estas características es imposible ser un gran cuentista.

La gran mayoría de las muchas falsas conferencias surgen de la ausencia de una postura inteligente sobre qué es una conferencia. Algo de público –obligado o voluntario, alguna escenografía (micrófono, tarima, mesa, banqueta, etc.) que construya la asimetría y un conferencista que se pone a hablar; y a eso llamamos “una conferencia”. Habla por hablar; y supone que nos está siendo relevante. Y cuando el conferencista acaba, por lo general nos ofrece la palabra –nos la presta, por medio de una semiótica clara que define el carácter marginal de ese tramo de el performance.

Cuando Borges abre su conferencia construye esa misma paradoja de la que hablaba Chejov. Presenta las cosas de una manera tal que nos desestabiliza. Nos está diciendo --antes que nada y por sobre todo-- que el asunto del que nos va a hablar es complejo, abierto, irreductible, incierto, polisémico, hondo, insondable y poético. Y nos lo dice como nos lo escribía Chejov, metiéndonos en la experiencia misma de esa insondabilidad. No nos avisan que el tema será así y asá; construyen el tema de esa manera en nosotros y con nosotros. Es una intervención, no una exposición; nos lo hacen vivir; nos están constituyendo. Y esa postura también es una conferencia.

Luego, todo el curso de su plática es honesto con esa estructura. No hay una sola información en la conferencia de Borges que pretenda justificarse por sí misma y como tal; cuando las hay, están sólo porque abonan a la construcción poética de lo complejo. En aquella noche en el teatro Coliseo nadie se enteró de nada; se produjo un hechizo formativo, constitutivo, a partir de la palabra del poeta –no del erudito, aunque lo sea; a partir de la estructura de la palabra del poeta. Cuanto unos días después le tocó hablar de la ceguera, entonces fue por aquí:

La gente imagina al ciego encerrado en un mundo negro. Uno de los colores que los ciegos extrañamos es el negro; otro, el rojo. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo de los ciegos.

Otra vez la misma maniobra constitutiva; otra vez el desplazamiento, el desencaje, las dos historias, lo incomprensible, lo nuevo; otra vez el público imbricado y la palabra como herramienta de captura y sentido. Lo contrario de hablar por hablar.

Nuestros habituales conferencistas suponen que están ahí para documentarnos (cada vez más mediante un histrionismo profesionalizado, para no hacer de ese tedio algo tedioso); creen que nos falta alguna información que ellos tienen y morimos de ganas de que nos la transfieran. Por eso hablan. Y hablan con la estructura del discurso informativo: certero, plano, unívoco, soso, etc. Ese discurso es la contracara exacta del borgiano Y no se dan cuenta. Creen que dado que estamos ahí porque nos han obligado (si somos adolescentes y tenemos que asistir a clase), o porque hemos asumido ese imperativo social de que estar informado es sinónimo de valor e inteligencia, entonces lo que él hace vale la pena. Esas son las falsas conferencias.

¿No han percibido la velocidad con la que todo lo olvidamos? No es porque sea demasiada información; es porque carece de sentido. Aunque anotemos, grabemos, filmemos o todo a la vez, nada que no encaje con nosotros, que somos esencialmente deseo y ansiedad de sentido, quedará nunca. Que ya dejen entonces de hablar y hablarnos de esa manera…

Cuentan (con más folclore que otra cosa, creo) que Lacan llegó a dar una conferencia que consistió apenas en el ceremonial de subir, saludar y bajar. Me gusta más imaginar que la conferencia de Borges podría haber acabado 30 segundos después de haber comenzado, pero para el caso es igual: el que ejerce la palabra usa el lenguaje para poner al otro -al público-- de cara con su deseo, no con su falsa y superficial mascara de certidumbre. Si el objetivo es ese, entonces valen y suman los mil y un estilos; si el objetivo es otro (menor, falso, tóxico y equivocado), ni que nos canten canciones.

Me duele cuando acabo un libro y no consigo percibir para qué fue escrito; y me pasa con frecuencia. Sufro cuando voy a las escuelas y veo la estructura de las clases que dan una y otra vez los maestros; y me pasa también con muchísima frecuencia. Por eso decía que estaba interesado en este asunto. Ojalá ahora tú, lector, no juzgues esta nota como un aporte más al basurero mundial de la palabra hueca.

 

Twitter del autor: @dobertipablo