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Innovar nos exige desmontar la madeja de tramas cristalizadas que tienen secuestradas nuestras experiencias y atravesarlas con decisión y voluntad
Imagen: Wikipedia

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Solemos pensar que aquello es presencial o, si no, entonces debe ser online. O que si no lo resolvemos digitalmente, entonces debemos hacerlo en papel. Usamos esas categorías dicotómicas como si fueran útiles, además de ineludiblemente verdaderas; creemos que son universales y para todo el mundo tan preclaras como para nosotros. Pero no es verdad.

Son categorías ineficientes, inconsistentes (que es peor calificativo para una taxonomía) y retrógradas. Y no son las únicas, claro está.

Uno de los grandes límites posturales para la innovación es –precisamente-- el de aplicar matrices conceptuales del paradigma viejo para poder darle sentido al nuevo. Eso nunca funcionará. El nuevo modelo exige nuevas matrices.

Si las redes sociales son una nueva manera de plantear las relaciones sociales, no lo son porque sean “online” y hayan dejado de ser presenciales. El par online-presencial es altamente ineficiente para entender el fenómeno social de las redes sociales. Aunque sea verdad que las redes sociales son digitales, esa condición no es su principal definición. Quien mira las redes sociales desde esa matriz no está asistiendo al fenómeno ni tiene ninguna chance de profundizar en él. Lo que se ha modificado esencialmente es la manera de relacionarse de las personas.

No estoy diciendo que sean ineficaces las matrices conceptuales, ni siquiera las dicotómicas; al contrario, creo en su eficiencia. Mi problema es cuáles usamos y cuáles dejamos de usar. Quien va a innovar tiene dos alternativas: o crea las matrices conceptuales que le darán sentido a su propuesta o se caga en el sentido de su propuesta y sencillamente se limita a ponerla a andar. Lo que no puede hacer es pretender justificar el sentido de lo que propone con matrices conceptuales que no entienden lo que propone y que están siendo superadas con esa propuesta. Se lo devorarán.

Me gustaría dar ejemplos, pero me queda poco tiempo de tu atención –lector-- y prefiero emplearlo en seguir avanzando.

Las malas matrices conceptuales obturan el pensamiento; lo traban. No puedes hacer buena literatura si empiezas preguntándote –como suelen hacer los editores-- si vas a escribir ficción o no ficción, si vas a hacer literatura realista o fantástica, si será literatura histórica, policial, ciencia ficción, esotérica, teórica, fantástica, de enigma, etc., si se tratará de una novela para adultos, jóvenes o niños o si será un cuento, una novela o, tal vez, una nouvelle. Son otros los problemas del escritor y otros también sus desafíos; otro el nivel de sus referencias y sobre todo otras sus matrices conceptuales. El escritor de verdad no lanza una sola palabra a la hoja sin haberse preguntado antes bajo qué matriz conceptual va a trabajar y dónde, cómo y cuándo su obra articulará con ella, socavará su antecedente y propondrá valor al universo saturado de la producción literaria. Si no, mejor no escribe. El próximo Calvino estará ahora mismo construyendo cuidadosamente su propia matriz –su propia poética-- para poder darle sentido histórico a su producción en marcha.

Por eso cuando miramos el hecho educativo, si queremos –como queremos-- mirarlo con inquietud innovadora, debemos evitar caer en las telas de las matrices conceptuales ineficientes y paralizantes. No aceptemos que se nos analice desde desajustadas matrices que nos impiden ver lo que ellas mismas no quieren ver. El problema es político y no es menor.

Si te propones construir una experiencia educativa nueva, transformadora, tienes dos caminos. Uno, simplemente hazlo; y hazlo a tal punto que al final sólo sea la experiencia que has logrado producir la que luego hable por sí misma. En este caso, deberás saber dos cosas; una, que tendrás que mantener una grandísima capacidad de abstracción para no caer en las mil trampas que te tenderá todo el rato la “obsesión matricialística” de mirar siempre los fenómenos a partir de esquemas de sentido que les anteceden y deberían valorarlos. ¡Cuidado! Si vas a abstraerte, y vas a librarte incluso del gran esfuerzo de tu propia autojustificación (que es un ejercicio legítimo), entonces abstráete de verdad. Y dos, deberás tener un buen carisma para lograr que tu experiencia tenga sujetos que se le sometan sin que la cuestionen. Sé que existen, pero también sé que no abundan.

Y si vas a seguir el otro camino, entonces antes de lanzarte a la producción de la experiencia abierta –vamos a llamarla así, prepara tu matriz conceptual nueva; consigue que ella adquiera una síntesis eficaz para poder imponerla siempre y rápidamente; tipo slogan, directo y al plexo. Y entonces, cuando la experiencia esté rodando, hazla andar siempre bien acompañada de su matriz, para que ningún virus del desacople le haga perder el poder innovador que ella tiene.

Quiero decir, innovar no es ese ejercicio ingenuo y mágico de que se nos ocurran de pronto cosas nuevas, que más frecuentemente acaban siendo apenas raras. Los procesos disruptivos de valor no surgen de esos “insight” que parecen metahumanos. Al contrario, suelen ser corolario de construcciones teóricas bien entramadas, con justificaciones pesadas y esfuerzos culturales de abstracción y separación nunca pequeños.

Innovar nos exige desmontar la madeja de tramas cristalizadas que tienen secuestradas nuestras experiencias y atravesarlas con decisión y voluntad. Si no, por más que quieras y digas, aquellas matrices ineficientes acabarán revelándose ante ti, una y otra vez, como lo que realmente son: agentes de la conservación.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

En esta pequeña nación, como en ninguna otra del planeta, la vida cotidiana y la historia están impregnadas de las mieles literarias

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¿Sabías que leer es bueno, muy bueno, para tu cerebro? ¿O que la lectura favorece el desarrollo de cualidades como la empatía? ¿Que enriquece tu autonarrativa, es decir, la forma en la que eres capaz de entender, y platicarte, tu propia vida? ¿Sabías que sumergirte de manera habitual en los mundos que la literatura ha creado es una ruta probada para ampliar tu panorama existencial?

A estas alturas abogar por la lectura, advertir los beneficios que conlleva el leer, pareciera para muchos una labor redundante, incluso innecesaria. Pero lamentablemente aún existen numerosos entornos en los que si bien nadie niega las ventajas de ser lector, lo cierto es que este acto tampoco se ejerce de manera habitual. Por eso cuando echamos un vistazo al país más lector del mundo no puede menos que antojarse como un escenario delicioso.

Islandia, esa pequeña isla que vigila discretamente a Europa desde el norte, podría considerarse como la nación que más lee. Obviamente no nos referimos a volumen de títulos completados, algo imposible para sus escasos 300 mil habitantes. Pero en todo caso el hecho de que la relación entre libros leídos y habitantes sea la más alta, lo mismo que ocurre con títulos publicados per capita –de acuerdo con un reportaje de la BBC aproximadamente uno de cada 10 islandeses publicará un libro a lo largo de su vida, la hace merecedora de esta distinción. 

Más allá de su sofisticación cívica o de sus singularidades culturales, este improbable rincón del mundo, desde mi punto de vista un sitio paradisíaco, mantiene una relación espectacular con la lectura: el analfabetismo no existe, en 2011 su capital, Reikiavik, fue declarada Ciudad de la Literatura por la UNESCO, en su historia cuenta con un Nobel de Literatura (Halldór Laxness en 1955), más de 90% de sus habitantes completan al menos un libro cada año y el regalo más solicitado por la población infantil para Navidad es... un libro.

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¿Por qué es Islandia un Shangri-La literario?

Pero ¿cómo explicarnos esta pasión poblacional por la escritura y la lectura? Una hipótesis fascinante tiene que ver con que la historia de Islandia es en su mayoría intangible. A diferencia de muchas otras naciones la suya no tiene como materia prima pirámides, catedrales antiguas ni prácticamente testimonios materiales. En cambio la historia islandesa esta cimentada sobre sagas y relatos, sobre leyendas y mitos. Es decir, cuenta con una identidad cultural e histórica casi exclusivamente narrativa –y para confirmarlo pueden preguntarle a "la dama de la montaña", la encarnación legendaria de una nación en el cuerpo de una elusiva y montañesca mujer.

En su artículo para el New York Times, "In Iceland, a Literary Tour Explores Rich History", Dean Nelson cita una charla con el popular novelista de este país, Andri Snaer Magnason, quien al respecto comenta:

En Islandia no hay ruinas, ni barcos vikingos para comprobar cómo llegamos aquí, así que la gente cree que evolucionamos a partir del bacalao. Pero los islandeses siempre se han presentado como una nación de contadores de historias. Estas historias habían sido la única contribución que habíamos hecho al mundo antes de Björk.  

[…]

Somos una nación de contadores de historias. Cuando estaba oscuro y frío (durante el invierno) no teníamos nada más que hacer. Gracias a las Eddas poéticas y a las sagas medievales, siempre hemos estado rodeados de historias. Y tras independizarnos de Dinamarca en 1944, la literatura nos ayudó a definir nuestra identidad.

Claro que las condiciones socioeconómicas de las que goza la población de Islandia también podrían considerarse un factor para que los habitantes de este país puedan darse el "lujo" de leer y escribir. Contar con seguridad social, con empleos bien remunerados y regulados, así como altos niveles de preparación educativa, ciertamente favorecen la posibilidad de que se geste una sociedad lectora. 

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Otro factor que podríamos considerar es el largo y radical invierno que abraza a la isla cada año, condiciones meteorológicas que invitan a la introspección y a llevar un estilo de vida sedentario y solitario –y por ende, lector/escritor. 

Finalmente mencionaríamos el hecho de que Islandia goza de una tradición oral boyante, exuda mitos y leyendas, cada rincón de sus ínfimos bosques, de sus incontenibles caídas de agua, de sus desiertos de ceniza y sus valles mudos, está recubierto de narrativas. En Islandia desde los niños hasta los economistas, pasando, claro, por los literatos y los adultos mayores, dedican una buena porción de su vida a escuchar y compartir leyendas e historias sobre el entorno –algo que, por cierto, seguramente actúa como una especie de pegamento social, sobre todo si consideramos fenómenos como la sincronización cerebral entre narrador y escucha, y como un motor de convivencia saludable. 

El islandés es un pueblo esencialmente narrativo. Y si como han advertido diversos filósofos desde hace siglos, la realidad humana, social, nacional, etc., se forja a partir de lo que de ella se narra, entonces el que un país sustente explícitamente su identidad cultural e histórica en la narratividad, basta para entender por qué sus habitantes han desarrollado una relación tan viva y estimulante con la literatura. En todo caso, más allá de hipótesis en torno a las causas de esta hiperliteración de la sociedad islandesa, seguramente la calidad de vida que goza y muchas de las virtudes que presume deben algo a este fenómeno. A fin de cuentas leer es bueno, muy bueno.

 

 Twitter del autor: @paradoxeparadis