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¿Podría decirse que el amor no existe como tal, sino sólo a través de las metáforas que hacemos, con nuestros actos, del concepto?

 

Como otras en Annie Hall (Woody Allen, 1977), esta secuencia es una pequeña viñeta que puede mirarse suelta, aislada, y aun así entenderse. Podemos no saber quiénes son los personajes o cuál es su historia y de todos modos comprender la situación. Al principio vemos a una mujer de espaldas que se dispone a abrir una puerta; al mismo tiempo, escuchamos la voz de un hombre que dice: “Soy yo. Abre. ¿Estás bien?”. Estos pocos elementos —que, dicho sea de paso, Woody Allen conjuga a la perfección en la simultaneidad del cuadro— nos ofrecen ya lo mínimo para bosquejar la situación dada. El hombre y la mujer tienen una relación lo suficientemente íntima para que él acuda a la casa de ella, ella lo reciba “en fachas” (por decirlo así) y él no tenga que identificarse más que con un parco pero significativo “Soy yo”, ese santo y seña universal por el que el nombre se vuelve prescindible ante la familiaridad del trato continuo, en donde la voz, los gestos, las miradas, importan mucho más como signos de reconocimiento que la formalidad del apelativo completo; finalmente, la pregunta “¿Estás bien?” redondea estos preparativos: de manera tácita implica que ella no está bien.

La escena sigue hacia una discusión que oscila entre lo entrañable y lo ridículo. La emergencia por la que la mujer llamó al hombre en plena madrugada es que ella vio una araña en su baño. Él se exaspera, es posible suponer que por la desproporción entre el motivo de alarma y la intranquilidad tanto de la mujer como, por consecuencia, de él mismo. A partir de ese conocimiento, él comienza a reprenderla pero con naturalidad pasa al departamento, a lo cual ella no se niega y más bien, a pesar de la admonición, lo deja hacer, lo deja entrar, caminar, pararse en el recibidor mientras le pide una revista para ir a la caza del insecto.

Mientras ella busca con qué matar a la araña, ocurre el que a mi parecer es el mejor momento de la secuencia y que, de algún modo, le da sentido como episodio autónomo pero también en relación con el resto de la película. De pie, inmóvil, con los brazos “en jarras” (un gesto típico de quien regaña a otro), Alvy pasea un poco la mirada a su alrededor y encuentra el programa de un concierto de rock al que Annie fue, presumiblemente hace poco. Con ese pretexto, Alvy comienza a preguntar sobre los hábitos actuales de Annie, sobre los lugares a los que va y las personas que ve o, mejor dicho, sobre un posible pretendiente. No es posible decir con precisión si siente celos, nostalgia o enojo, o una combinación de esas y otras emociones. Nos pasa a veces con ciertas personas que, por un tiempo, estuvimos muy cerca de ellas, las conocíamos a detalle, podíamos prever sus reacciones, atisbar el motivo de su preocupación, reconocer su felicidad; pero pasa también que el tiempo o las circunstancias nos alejan, que un día nos separamos de alguien y la distancia nos vuelve desconocidos en la práctica, personas a veces incapaces de volver a convivir entre sí; pasa que ciertas personas quisieran que las cosas se mantuvieran como son, siempre, y que los demás tuvieran siempre los mismos hábitos, las mismas ideas, los mismos miedos y las mismas aversiones, y cuando eso no sucede, cuando se dan cuenta que de pronto hemos perdido el gusto por un fruto que antes nos fascinaba, que nos aburre estar en un sitio que antes nos divertía, que lloramos con cosas que antes nos eran indiferentes, no lo aceptan de buen grado, lo reciben con extrañeza, se preguntan qué fue de esa persona que conocieron antes, y se quedan a la espera de una respuesta, como si no fuera evidente que son el tiempo y las circunstancias las que, a veces, nos alejan de personas con quienes antes estábamos cerca.

El elemento destacado, sin embargo, es que Alvy hace esas preguntas y reclamos mientras tiene de espaldas una serie fotográfica particularmente relevante en el contexto de la película. Al inicio cronológico de la relación entre ambos, una tarde Annie y Alvy llevan langostas vivas a su casa para cenar, pero prepararlas se convierte en uno de esos incidentes de pareja que termina haciéndose memorable; Alvy batalla con las langostas porque teme que lo ataquen o se escapen, y usa una silla y otros utensilios domésticos para contenerlas; Annie, por su parte, está encantada con la cobardía de Alvy y se afana por mofarse de ello, por ponerla en evidencia, pero sólo como una pareja podría hacerlo, en esa burla cariñosa que nos permitimos con quienes sabemos que no se lo tomarán nunca a mal. En la escena podemos tener la impresión como espectadores de que, en cierto momento, se trata de un montaje, que Alvy tampoco es tan temeroso pero finge serlo, exagera su rasgo, o para complacer a Annie o para poner su parte en el momento.

 

En cierto punto, Annie tiene la idea de ir a buscar la cámara y entonces comienza a tomar las fotografías que, más adelante, Alvy ni siquiera toma en cuenta cuando inquiere a su ex respecto al hombre con quien sale actualmente.

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Eso, me parece, es lo que vale la pena notar: que Alvy no se da cuenta. En cierta forma es como si fuera incapaz de entender lo que sucede porque la situación en general es la puesta en escena de algo que, lacaniamente, quisiera considerar como un rasgo inherente del amor, una característica muy suya, que quisiera nombrar con la afirmación de que el amor como tal no existe, sino sólo a través de las metáforas que hacemos de eso, de eso otro en donde lo colocamos y que sólo por esa acción adquiere cuerpo y sentido —es ahí donde vive. Una araña en el baño es una emergencia irrisoria, pero es la única forma que Annie encuentra para requerir la presencia de Alvy a su lado. Él tampoco parece capaz de decir así, francamente, que la extraña o que la necesita, pero responde a su llamada de emergencia a las 3 de la mañana. Aunque parezca ridículo, ahí, en esa escena, el amor es y está en esa araña en el baño (con todo la violencia con que, retóricamente, ocurre ese intercambio entre los dos elementos de una metáfora).

El amor, según parece, siempre es otra cosa.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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Lecciones de la vida de Buda Sakiamuni o lo que aprendió de ver la vejez, la enfermedad y la muerte

 

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La vida de Buda Sakiamuni (también conocido como Gautama) está envuelta en leyendas, por lo que es prácticamente imposible trazar con claridad una "biografía" definitiva del maestro espiritual que vivió alrededor del siglo VI a. C., sin embargo, los diferentes textos y cánones que registran las enseñanzas y los eventos de su vida se ven unificados por una cierta nobleza y un cierto entendimiento de la naturaleza de la mente y de los fundamentos del problema existencial. Es por esto que las historias de Buda transmiten una sabiduría perenne, más allá de que sean o no precisas históricamente. En otras palabras, lo que importa es la filosofía detrás de los sucesos y el poder que tienen las historias para producir devoción e inspirar al discípulo a tomar la decisión de seguir el camino del maestro y renunciar a seguir alimentando la ilusión del mundo.

Edward Conze, en su obra Escrituras budistas, hace una formidable labor de contarnos la historia del despertar de Buda, siguiendo la reputada biografía que hizo de Buda Shakiamuni el poeta del siglo I, Ashvaghosha, titulada Budacarita.

El momento crucial en el proceso de despertar de Buda Sakiamuni en su última vida puede fijarse como el momento en el que conoció la existencia de la enfermedad, la vejez y la muerte. (Hay que precisar sin embargo que la determinación de la iluminación es un proceso de miles de vidas y eones de tiempo; en una vida, por ejemplo, Buda sacrificó su cuerpo para alimentar a una tigresa hambrienta). Estos tres aspectos sombríos de la existencia --la enfermedad, la vejez y la muerte-- en la trayectoria de Buda son poderosos impulsos y nos permiten repensar cómo concebimos lo que comúnmente se considera como las cosas malas de la vida --cosas que, sin embargo, pueden ser los más grandes motores para la transformación de la conciencia.

Buda Sakiamuni era un príncipe de la tribu de los Sakia y vivía en el máximo recogimiento palaciego; su padre lo había separado del mundo, evitándole todo contacto con la decadencia connatural a la existencia. En el palacio de su padre se le limitaba a los aposentos superiores, los cuales estaban aclimatados especialmente para cada estación; no cesaban ahí la música, los perfumes y las atenciones de ninfas celestiales que llenaban al bodhisattva de constantes besos, caricias y mimos. Esta vida áulica era, sin embargo, solamente samsara, si bien la más dulce de las ilusiones.

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El bodhisattva que sería Buda escuchó hablar a las mujeres del palacio que le atendían sobre la belleza de los bosques y las delicias del aire del campo de los alrededores. Entonces su padre le organizó una excursión por los jardines exteriores y las zonas aledañas a su palacio, pero procurando seguir una ruta en la que previamente se había preparado que no hubiera ninguna muestra de sufrimiento. Así el príncipe observó la belleza de la naturaleza y de los ciudadanos que lo aclamaban con júbilo; sin embargo, era el destino (o por la intercesión divina, según narra la historia) que se encontrara con un anciano decrépito. Buda Sakiamuni entonces pidió al auriga de su carro que le revelara el significado de lo que había visto y conoció así el estrago del tiempo: la vejez. Esto le perturbó de tal forma que se cuestionó cómo, pese a que "la edad destruye indiscriminadamente la belleza, la memoria y la fuerza" el mundo "sigue adelante sin inmutarse". ¿Cuál es la realidad del placer y el deleite si están condenados a evaporarse?

En un segundo paseo, el bodhisattva se encontró con un hombre enfermo en el camino. Esto le hizo decir: "El mundo observa la calamidad que es la enfermedad y no pierde su confianza", y regresó al palacio incapaz de continuar observando este siniestro espectáculo.

En la tercera excursión, Buda Sakiamuni fue enfrentado con el cadáver de un hombre. Al enterarse de la muerte dijo: "Este es el final que está fijado para todos, y, sin embargo, el mundo olvida sus miedos y no aprende de la advertencia. Los corazones de los hombres ciertamente están endurecidos por los miedos, puesto que no se inquietan al ir viajando por el camino hacia la siguiente vida". 

Estas tres realizaciones se concentrarían en la primera de las cuatro nobles verdades: que la existencia condicionada como la conocemos está hecha de sufrimiento, es fundamentalmente insatisfactoria. Muchos podríamos pensar que hay una cierta nobleza (o al menos un admirable tesón) en el hombre que sigue su vida impávidamente ante la vejez, la enfermedad y la muerte, haciendo sus cosas no obstante, sin buscar modificar este curso que parece inevitable. Para Buda Sakiamuni esto, si bien merece compasión, no es algo admirable en sí mismo, sino una percepción errónea de la realidad, una muestra de ignorancia. Como dice más adelante, al renunciar a los placeres carnales: "No es que desprecie los objetos sensoriales que sé conforman lo que se llama 'el mundo'. Pero cuando considero la impermanencia de todas las cosas del mundo, entonces no encuentro deleite en él. Si esta tríada de vejez, enfermedad y muerte no existiera, entonces todas estas delicias seguramente me complacerían". Y es que el mundo en el que vivimos es "como si estuviera incendiado por un fuego que todo lo consume".

La gran aportación de la filosofía budista no es tanto notar que la existencia es impermanente e insustancial, es, sobre esto, afirmar que el sufrimiento y el ciclo de nacimiento y muerte puede ser extinguido y que existe un estado más allá de la muerte --el Dharma, y la misma conciencia despierta (que es lo que significa el verbo budhi, del cual viene la palabra "Buda"). Una vez que se conoce esto: que la existencia es sufrimiento, pero que el sufrimiento puede cesar, se traza el camino para conseguirlo (evidentemente teniendo en cuenta que la muerte no es el final del sufrimiento puesto que se cree en la reencarnación y en la continuidad del contenido mental, si bien no en el alma como tal).

Poco después de conocer la existencia del sufrimiento, Buda Sakiamuni se encuentra con un mendigo religioso que ha renunciado al mundo para dedicarse a la búsqueda del estado que se conocerá como nirvana, la bendita extinción. Esta será la última epifanía necesaria --el atisbo del Dharma-- para inclinarlo hacia el camino del compromiso absoluto por alcanzar la realidad, su propia naturaleza, la iluminación. Así Buda Sakiamuni decide abandonar todas sus posesiones y partir hacia la consecución del "estado inmortal". Buda Sakiamuni recibirá después el epíteto de El Vencedor o El Conquistador, por haber derrotado a la muerte.

Así tenemos una lección de una meditación sobre la muerte como herramienta de transformación. Recordemos que para Sócrates el sentido esencial de la filosofía estaba en la reflexión sobre la muerte --no tan diferente es este impulso de Buda. Esta puede ser la lección que nos llevamos de esta historia, más allá de que estemos lejos de tener la convicción y la claridad de un bodhisattva; al menos en el caso del sufrimiento y la enfermedad, observarlos en nuestra vida, en nosotros y en los seres que nos rodean, puede ser la mejor motivación para lograr la fuerza para eliminarlos lo más que podamos --y al hacer esto seguramente iremos cultivando nuestras virtudes. Tal vez algún día incluso nos pueda parecer plausible, finalmente, también terminar con la muerte. Algunas escrituras budistas sugieren que para conseguir el estado de Buda son necesarias miles de vidas de estricto apego al Dharma. Sea esto preciso o no, y aunque el tamaño de la hazaña nos abrume, seguramente no nos hará mal empezar a allanar el camino.

 

Twitter del autor: @alepholo

Imágenes vía Ars Gravis