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Desear desear: la gran aventura por la que reconocemos y construimos aquello que deseamos verdaderamente

Por: pijamasurf - 11/03/2015

La gran promesa del psicoanálisis es poner al analizado en el camino de la identificación, reconocimiento y construcción de su propio deseo, con todo lo que ello implica

Love loves to love love.

James Joyce, Ulysses

El ser humano ha sido definido desde distintas perspectivas, a veces con la pretensión un tanto ingenua de encontrar aquello elemental que nos hace verdadera, decididamente humanos. El lenguaje parece ser uno de esos rasgos que nos son únicos como especie; también la comunicación, la empatía y algunas otras cualidades o recursos que no tiene ningún otro animal, o no de la forma avanzada en que nosotros las utilizamos, sobre todo en función de la construcción de una cultura, una sociedad y, en general, una vida en común.

En este sentido, el psicoanálisis ofreció su propia aportación al elaborar una teoría ontológica del ser humano en torno al deseo, noción que para esta disciplina es fundamental para entender la dimensión subjetiva del ser humano y, a partir de ésta, su ramificación hacia la vida psíquica y social de cada cual. Somos, en esencia, seres deseantes, seres que desean, que buscamos algo, porque al nacer nacemos en falta, no somos autosuficientes para sobrevivir, nos falta algo y alguien, y partir de entonces comenzamos a desear algo que existe en el mundo pero que nosotros no tenemos. El deseo, entonces, nos estructura, tanto como la falta con que nacemos y que en cierto modo es su correlato necesario.

La satisfacción del deseo, sin embargo, no es sencilla. Social y culturalmente se han desarrollado formas de conducirlo, canalizarlo, lo cual también puede ser sinónimo de contener. En este aspecto, los estudios antropológicos de Claude Lévi-Strauss en torno a la práctica del tabú arrojan luz a las ideas del psicoanálisis sobre la represión del deseo. Paradójicamente, somos sujetos deseantes pero en cierto sentido cabe decir que nunca vamos a obtener lo que deseamos. ¿Por qué? Al menos por dos características propias del deseo: una, que por su propia dinámica, el deseo no puede cesar, no deja de manar ni de impulsarnos a hacer; en segundo lugar (pero esto es un tanto más complicado), nunca vamos a tener lo que queremos porque, estrictamente, aquello que deseamos no existe —o no en esa forma precisa y detallada con que lo vemos en nuestra mente y nuestros sueños. Expliquemos.

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El primer aspecto es sencillo. Como explica Conner Habib en esta entrada reciente de su blog, para Lacan el deseo es sobre todo un movimiento, no una cosa. Un principio activo que organiza nuestra visión del mundo y que, además, está en cambio constante. En cierto momento de nuestra vida deseamos algo pero después esto se modifica y, con ello, toda nuestra existencia. El deseo de la infancia es radicalmente distinto al de la juventud, aunque ciertos remanentes de aquella estructura se mantengan en diferentes etapas de nuestra vida. Puede parecer semántico, pero el dilema es más bien vital: obtener lo que deseamos sería, en cierta forma, paralizar dicho impulso, fijarlo, matar su movimiento, lo cual significaría también matar su fuerza vital.

En segundo lugar tenemos la dimensión inexistente del deseo, o quizá sería mejor decir de aquello que deseamos. En la realidad, el deseo busca materializarse o corporeizarse en un objeto específico, sea el seno materno o el novio que vislumbramos como perfecto. Esto, sin embargo, no ocurre propiamente en la realidad, sino a nivel de la cadena de significantes que estructura nuestra comprensión del mundo. El deseo es subjetivo, pero no singular. Como en las observaciones que hizo Wittgenstein a propósito del dolor físico, cabe decir que todos somos capaces de sentir dolor, darle un significado, inscribir ese mismo dolor en nuestro propia cadena de significantes pero, en otro momento, también somos capaces de hablar de ese dolor, describirlo ante un médico o un amigo, inscribirlo en la cadena de significantes del mundo, si bien no con la precisión total con que lo sentimos y lo entendemos. Algo parecido sucede con el deseo, aunque no exactamente.

Con frecuencia, aunque somos seres deseantes, no conocemos nuestro propio deseo. Al principio nuestro deseo coincide o parece coincidir con el de otras figuras como la madre o el padre, pero eventualmente esto ya no es suficiente. Entonces comienza la gran aventura de reconocer y construir nuestro deseo. De no aceptar sucedáneos ni paliativos, menos aún aquellos que nos ofrecen las sociedades de consumo y del espectáculo, que a cambio del placer nos ceban con el espejismo del goce. De identificar, con suficiencia, aquello que deseamos, y trabajar para conseguirlo. Desear desear, y nunca renunciar a ello.

 

También en Pijama Surf: Algunas cosas que he aprendido en casi 2 años de ir a psicoanálisis

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Así se siente morir por la picadura de una serpiente venenosa

Por: pijamasurf - 11/03/2015

La extraordinaria historia de un científico que documentó sus síntomas tras ser mordido por una de las serpientes más venenosas del mundo

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¿Cómo reaccionaría una persona "común y corriente" frente a la mordedura de una serpiente? Probablemente con miedo, pánico y una carrera frenética a los servicios de emergencia. Pero en 1957 uno de los herpetólogos más capaces de su tiempo, el doctor Karl P. Schmidt, reaccionó de una manera muy distinta al ser mordido por una serpiente venenosa.

Se trataba de un ejemplar de la serpiente boomslang (Dispholidus typus) que su colega Marlin Perkins, director del Zoológico de Lincoln, le envió a su laboratorio para identificación. Schmidt no tuvo problema en catalogarla como miembro de la familia de las colubridae, serpientes con pequeños colmillos ubicados en la parte posterior del maxilar superior. Las colubridae, como sabía Schmidt, no suelen ser especialmente venenosas --pero toda su experiencia manejando serpientes mortíferas pudo ser precisamente la causa por la que no tuviera suficiente cuidado al manipular a la boomslang, que es la más letal de la familia, por lo que tampoco buscó ayuda médica cuando la pequeña serpiente le hincó los colmillos en la mano.

Después de todo, Schmidt sabía que el antídoto para la boomslang sólo se producía en África, por lo que dedicó las últimas 15 horas de su vida a detallar en su diario los síntomas que identificaba en él: náusea, mareo y ligero sangrado en las encías y la nariz, además de somnolencia. 

Entre 1 y 5 millones de personas sufren mordeduras cada año, aunque sólo 1/5 parte de esa cifra resulta en muertes. Sin duda esa cantidad era mucho mayor en 1957, cuando la hemotoxina de la boomslang ejercía todo su mortífero poder sobre el cuerpo de las víctimas: esta toxina inhabilita la coagulación de la sangre, por lo que la muerte se produce a causa de lentas hemorragias internas y externas. Debido a la lentitud con que aparecen los síntomas, la víctima puede creer que el veneno no es letal, como le ocurrió a Schmidt, quien murió el 26 de septiembre de aquel año, dejando tres detalladas páginas en su diario que dan cuenta de su compromiso con la ciencia.

Aquí una pequeña cápsula en inglés con algunas imágenes del diario de Schmidt, así como de los periódicos que recogieron la noticia.