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La poesía nos ayuda a entender algunos de los misterios del mundo, entre ellos la muerte

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La poesía es esencialmente un método de aproximación y conocimiento del mundo. Su materia prima es la subjetividad y, por ello, un poema es casi siempre como un prisma que nos permite ver cierto aspecto de la realidad en la forma en que alguien más la vio. El asombro, el pasmo, la angustia son, con cierta frecuencia, los motores de la poesía: ante los misterios y las contradicciones de la existencia, hay quien responde con la elaboración morosa y dedicada de un poema, con el que pretende explicarse o comprenderse eso de la vida que nos causa extrañeza.

En ese catálogo de sucesos que pueden perturbarnos hasta la confusión, la muerte es sin duda uno de los más ininteligibles. Además del dolor y la pena que pueden sentirse emocionalmente, nuestra razón no admite con facilidad la idea de una pérdida que ocurre para siempre, una partida sin retorno, el hecho de que conocimos a una persona que no existe más.

Con todo, la poesía nos permite rozar el misterio de lo inefable. Nos ofrece claves para entender, en una combinación singular de recursos que atañen a la razón y los sentimientos.

 

Rainer_Maria_Rilke,_1900Finalmente ya no nos necesitan, los que partieron
temprano

¿Qué muerte no es prematura? Si pensamos en la que sea que nos duela aún, quizá pensemos también en que esa persona no debió irse tan pronto, que pudo haber esperado un poco más, quedarse más tiempo. Sin embargo, no es así, y parte del misterio de la muerte es el momento en que sucede, a medio camino entre lo azaroso y lo fatal, lo imprevisto y lo inevitable —“ocurre, nada más, madura, cae”, como se dice en Muerte sin fin.

En el verso de Rilke hay otra cosa: la noción de necesidad. Si algún consuelo ofrece la muerte es que finalmente se detiene el circuito de la necesidad y la satisfacción. En la versión de José Joaquín Blanco, el fragmento del poema sigue así:

Finalmente ya no nos necesitan, los que partieron
temprano, uno se desteta dulcemente de lo terrestre,
como uno se emancipa con ternura de los senos de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos tan grandes secretos,
nosotros que tan frecuentemente obtenemos del duelo
progresos dichosos, ¿podríamos existir sin ellos?

Rilke, Elegías de Duino (“Primera elegía”)

Morir es, de algún modo, dejar de necesitar (porque es dejarlo todo), pero sobre todo, para nosotros que nos quedamos, sentir que quien muere ya no nos necesita, ya no nos necesitará más, nunca, y quizá, en parte, eso es lo que nos duele. Ya no ser necesarios para alguien a quien aún amamos, aunque ya no esté.

 

octavio-pazSeré materia

La tarde del 17 de diciembre de 1997 algunos amigos lo vimos, en compañía de Marie-José, su esposa, por última vez. A ratos, la terrible enfermedad que lo devastaba parecía esfumarse y reinaba la chispa y el ingenio de las tertulias de antaño, que en mi caso fueron pocas, pues fui el más joven en llegar y en permanecer en Vuelta, su última revista. Se enteró en ese momento, de la muerte, acaecida días antes, de su viejo camarada Claude Roy. Paz se quitó las gafas y no contuvo algunas lágrimas. Fue la única vez que lo vi llorar. Entonces decidió hablar de la muerte. De su muerte. “Cuando me enteré de la gravedad de mi enfermedad [dijo] me di cuenta que no podía tomar el camino sublime del cristianismo. No creo en la trascendencia. La idea de la extinción me tranquilizó. Seré ese vaso de agua que me estoy tomando. Seré materia”.

Quien narra este episodio es Christopher Domínguez Michael, quien lo publicó por primera vez en La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX, de 1998, y después en su Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2011). El protagonista de la anécdota es Octavio Paz, quien murió casi medio año después del momento en que tiene lugar la anécdota.

Desde la antigüedad, hay quien cree que la muerte es un paso necesario para ingresar a otro plano de existencia, algún tipo de reino bienaventurado en donde no existen ni el dolor ni el sufrimiento. La versión más conocida de esta creencia tal vez sea la de la tradición judeocristiana (que además tiene su correlato infernal de tormento para quienes obraron mal en vida).

Paz, sin embargo, dijo no creer en la trascendencia, lo cual, en otras palabras, significa no creer en otra cosa más que en este mundo, en esto que podemos ver y oler y probar. “La vida es lo que tú tocas”, escribió Pedro Salinas y, en ese sentido, morir sería detener esa percepción, dejar de tener conciencia del mundo y entonces no ser más que la materia que dio sustento a esa vida.

 

Seamus_Heaney_(cropped)Noli timere

Cuando murió el poeta irlandés Seamus Heaney, en septiembre de 2013, su hijo reveló durante el funeral que las últimas palabras de su padre habían sido “Noli timere”, las cuales escribió en un mensaje de texto que envió por teléfono móvil a su esposa. La expresión está en latín y significa “No temas”.

En buena medida, el contenido del mensaje y la persona a quien estuvo dirigido ya hablan por sí mismos. Por parte del poeta, puede leerse cierta aceptación de su destino inminente, pero lo admirable es que más allá de lamentarse o dolerse por este, su último pensamiento está dedicado a su esposa, a quien tal vez quiso tranquilizar, como si le dijera que, después de todo, nada es para tanto, ni siquiera la muerte.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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La legendaria historia de cómo Pitágoras encontró la relación matemática de la música. Y una lección para practicar nuestra percepción y estar atentos a los detalles

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A un lado de mi casa ha iniciado una violenta construcción. Martillazos me despiertan, incesantes, demenciales, como si quisieran partir en dos una montaña... y mi cabeza... Una jaqueca se anuncia, los martillos que chocan contra el concreto en la casa contigua de alguna forma también lo hacen en mi cerebro, la fuerza bruta del sonido y su tensa simpatía con la psique me enerva. Con cierta desesperación acudo a la música para que intente ahogar el sonido de los martillos. Pongo música ambiental con beat --se podría decir que ambient-techno-- y de alguna manera los martillos se sincronizan con la percusión electrónica, son capas de mayor densidad en la selva del sonido, texturas armónicas que van construyendo un espacio multidimensional. Pienso en Pitágoras, en cómo, según cuenta la tradición, descubrió los tonos musicales escuchando la improbable armonía de una herrería, y me relajo un poco y puedo escribir y los martillos ya no me agreden, no lastiman mi frente. Hay una extraña comunión entre la música y el trabajo de los hombres muro contra muro.

Como ofrenda a este momento de relativa paz (de paz dinámica) contaré la historia de como Pitágoras descubrió  los fundamentos de la escala diatónica aparentemente escuchando el sonido que provenía de unos martillos golpeando hierro en un yunque. La fuente más vieja de esta multicitada anécdota es Nicómaco, el gran aritmético pitagórico. Así la cuenta Boecio en De institutione musica:

Pitágoras habría buscado por largo tiempo los criterios racionales que determinaran las consonantes musicales. Un día, guiado por la divinidad, pasó por una herrería de la cual emergían sonidos musicales armoniosos. Se acercó con asombro, pues los timbres musicales parecían provenir de los martillos que, al ser golpeados de manera simultánea, producían sonidos consonantes y disonantes. Al examinarlos, descubrió que los martillos pesaban 12, 9, 8 y 6 libras respectivamente. Los martillos A y D estaban en razón 2:1, que es la razón de una octava. Los martillos B y C pesaban 9 y 8 libras, sus razones con respecto al martillo A son 12:9 (=4/3=cuarta musical) y 12:8 (=3/2=quinta musical). El espacio entre B y C es la razón 9:8, que es igual al tono musical entero o «fundamental» del intervalo musical.

[caption id="attachment_103447" align="aligncenter" width="446"]Gaffurius_Pythagoras, Theorica musicae Pítagoras 1492 Imagen: Gaffurius, "Theorica musicae" (1492)[/caption]

Según esta historia, el oído divino de Pitágoras --el hijo de Apolo, el hombre el muslo de oro-- había logrado identificar una octava, una quinta y una cuarta sólo del sonido que se escapaba de la herrería. Sin embargo, críticos posteriores señalan que las proporciones dadas por la historia son sólo relevantes para una monocuerda y no podrían haber sido decodificadas sólo con martillos de distintos pesos. De cualquier forma, los historiadores reconocen la importancia central de Pitágoras y su escuela en el descubrimiento de estas proporciones. Como escribió Aristóteles, los pitagóricos construyen el universo a través del número y todo lo que está ligado al número en nuestra cultura debe mirar atrás y reconocer a Pitágoras como un enorme impulso cultural. Cuando hoy creemos observar un orden matemático subyacente en todas las cosas y nuestros físicos encuentran ecuaciones universales en la naturaleza, estamos ejerciendo una visión pitagórica del mundo. Fue el mismo Pitágoras el que acuñó el término "cosmos", una palabra que significa orden y también belleza. La belleza del número es la belleza de la música y de las estrellas: todo una misma sinfonía como el gran monocordio pitagórico que era una imagen del universo, una única cuerda que conectaba el cielo con la tierra y de cuyas vibraciones se formaba el mundo que percibimos. 

Se me ocurre una lección de esta historia, más allá de que esté basada en un hecho real o sea más bien una alegoría, tiene que ver con afinar la percepción y abrir la mente a la riqueza de sensaciones y significados que están presentes en todos los eventos. Ciertamente los martillazos de una construcción --a menos de que el herrero que nos toque sea el mismísimo Hefesto o que una divina coincidencia calibre los martillos en perfecta escala como cuenta la leyenda pitagórica-- no evocan en primera instancia lo sublime que asociamos con la música (música que el mismo Pitágoras escuchó en las revoluciones celestes). Sin embargo, en vez de reaccionar neuróticamente y resistirnos a lo que ocurre y hasta maldecir nuestra suerte y a las personas que nos hacen pasar un mal trance, si aguzamos los sentidos, si estamos lo suficientemente despiertos, podemos tener un momento de serendipia, entender algo, incluso tener una epifanía. Dios está en los detalles, dice el dicho, y detrás de todo ruido hay una música secreta y detrás de todo caos hay un orden más sutil que aguarda a aquel que tiene oídos listos para escuchar. 

 

Twitter del autor: @alepholo

 

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