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Sobre el unicornio (símbolo vivo de elusiva pureza)

Por: pijamasurf - 10/12/2015

La elusiva e hipnótica presencia de este ser ha cautivado a diversas culturas desde hace siglos

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Del unicornio pueden decirse infinidad de cosas, sobre todo relacionadas a su magia, pureza y a su elusiva manera de existir en el imaginario colectivo de la historia del mundo. El cuerno blanco que sobresale de su frente y su belleza han estado presentes desde tiempos inmemorables en las culturas de la Tierra. A diferencia de otras criaturas míticas, antiguamente se creía –y algunos todavía creen-- que el unicornio era un animal real. Por eso resulta difícil no sentir el llamado a elaborar una breve genealogía de este fascinante ser.

Su figura furtiva y los rumores de su existencia comenzaron en los cuentos y el folclor popular en China hace 5 mil años. Para ellos, esta criatura se llamó ki-lin y era un augurio de buena fortuna y profeta de grandes cosas. Se cree que un unicornio predijo el nacimiento de Confucio al aparecérsele a su madre con una piedra de jade en la boca. En la India se dice que un unicornio salvó al país de una invasión de Gengis Kan, mientras que en Japón hay numerosas representaciones de este animal en pinturas antiguas. 

La primera mención de un unicornio en Occidente es en Grecia, alrededor del siglo IV a. C. Incluso Aristóteles era muy afecto a esta figura simbólica y, junto con Alejandro Magno (que dijo ver uno escondido en los bosques de Alemania), puede tener parte de la responsabilidad de que este esquivo animal haya adquirido tal fama posterior. El cristianismo lo adoptó como símbolo de Cristo, ya que el Viejo Testamento hace mención de esta criatura en varias ocasiones. En el Libro de los Números, por ejemplo, dice: “Dios los ha sacado de Egipto, tiene fuerzas como el unicornio” (23:22). Y es en la Edad Media donde toma las características físicas que vemos hoy. 

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Comúnmente era representado como un caballo blanco pequeño con cola de león, barba de chivo, patas traseras de antílope y un cuerno blanco espiralado sobresaliente en la frente, llamado “alicorno”. Se dice que su voz era excepcionalmente bella, comparada frecuentemente con el sonido de armoniosas campanas o de un río. Su gentileza era tan extrema que levantaba las patas muy alto al caminar para no pisar a alguna otra criatura en el camino. El alicorno fue fabulado como símbolo de pureza en la Edad Media y por esta razón fue un ingrediente popular en los tratados de medicina y en los registros de alquimia. También se recetaba como protección contra el mal en tratados esotéricos medievales.

Además de su gracia y elegancia, se creía que el unicornio era muy fuerte e imposible de atrapar, y que solamente una doncella pura y virgen podría acercarse a él y domesticarlo: al ver a una doncella, el animal se acercaría para recostar su cabeza en el regazo de la dama. Todo aquel que tenga la suerte de cruzarse con uno de estos seres, puede saberse honorable y la fortuna le acompañará durante el resto de la vida. 

Esta es una criatura única que habita en la línea divisoria entre lo real y lo mítico, lo animal y lo divino. El hecho de que su figura haya aparecido en diferentes culturas y continentes y que además éstas no tuvieron mucho –o nada-- de contacto entre sí, sugiere su existencia tangible y que se paseaba por los bosques del mundo para dejarse ver apenas y recostar su cabeza en el regazo de alguna doncella. Ganó su lugar en la historia y su cuerno infinito habita en el imaginario colectivo del mundo. 

Fotografías que retratan las pesadillas infantiles (FOTOS)

Por: pijamasurf - 10/12/2015

En 1960 el fotógrafo estadounidense Arthur Tress trabajó en conjunto con niños del Centro Touchstone, con el fin de plasmar sus peores pesadillas en una serie de inquietantes fotografías
[caption id="attachment_101467" align="aligncenter" width="620"]Arthur_Tress_02 Imagen: Arthur Tress[/caption]

¿Y es la pesadilla de la gallina, o su sueño secreto, escarbar siempre la tierra y comer los minutos en granos de arena? 

Galway Kinnell, El libro de las pesadillas

 

“Rogué, en efecto, y he aquí lo que me fue mostrado: una escalera de oro, de gran altura, subía hasta el cielo, escalera estrecha que se podía subir sólo uno a uno; a cada lado de ella había todo género de objetos de acero: espadas, lanzas, garfios, cuchillos… Bajo la escalera estaba un gran dragón dispuesto a acometer a quienes quisieran subir”. De esta manera es descrito un sueño pesadillesco sacado del Diario de Santa Perpetua, un documento del año 203 escrito por una mujer de 22 años llamada Perpetua, quien era rica y fue arrestada y acusada de cristianismo junto con su esclava (Felicidad) y otras tres personas. Este ejemplo nos da una imagen que puede ser ya recurrente o incluso un estereotipo del sueño: una cuesta inmensa en la que debajo acecha el mal, todo el tiempo. Sin embargo, cuando somos niños no conocemos la noción de "estereotipo", al contrario; a partir de cómo se nos va presentando el mundo y sus misterios nuestro inconsciente toma y construye nuestras peores pesadillas.   

Desde Freud, la interpretación simbólica de los sueños ha constituido una de las mayores vías de estudio del psicoanálisis. Es decir que los sueños, según el psicoanálisis, tienen relación directa con mensajes de algún modo cifrados por el subconsciente. Las pesadillas son los sueños más espeluznantes, y mucho más si se trata de las que tuvimos cuando niños.  

En la introducción a la edición veracruzana de El libro de las pesadillas del poeta Galway Kinnell, Adolfo Castañón dice:

Más tarde, al experimentar otros sueños de esta familia pesadillesca, supe que como las raíces de ciertas enredaderas rizomáticas, las pesadillas estaban todas conectadas entre sí y, más aún, que a su vez los sueños “buenos” y los malos tienen secretos lazos y que la trama soñada y la trama vivida están tejidas con el mismo estambre, a veces pavoroso, a veces seductor y subyugante, a veces banal e inocuo. Las pesadillas por ello pueden representar una vía de conocimiento de nosotros mismos, un atajo para acortar camino en el conocimiento interior.

Para su proyecto de 1960 sobre los sueños de los niños, el legendario fotógrafo estadounidense Arthur Tress visualizó los temores subconscientes de la mente infantil y los plasmó en montajes fotográficos, en un intento por acortar ese camino hacia el conocimiento interior.

Mientras Tress trabajaba con el educador Richard Lewis del Centro Touchstone observó un ejercicio en el que se les pidió a los niños que escribieran poemas e hicieran pinturas de sus sueños: inspirado, Tress comenzó a colaborar con los niños creando esta inquietante iconografía fotográfica del “inconsciente” pesadillesco de las criaturas.

Influenciado en parte por el concepto de los arquetipos de Jung, las imágenes representan tanto la ansiedad como el temor colectivo de las personas ante la transformación de la década. Aquí, la vida doméstica y sus quehaceres mundanos dejan de proporcionar comodidad y el hogar (y por extensión la figura de la madre) se convierte irreversiblemente en un entorno dañado y decadente.

Desarraigados (literal y figuradamente9 del espacio seguro de la vigilia, los niños deben navegar por este paisaje plagado de una perversión que aún no comprenden.

Antes de que aprendamos los conceptos, antes de que sepamos que lo bueno y lo malo son las cosas que nos dicen los adultos, no hay nada. Es hasta que alguien agresivamente inserta en nosotros los conceptos que nuestras acciones adquieren una intención definida (definida con palabras). Es así como las virtudes de la infancia se desvanecen al revelar los “pecados” de un mundo irremediablemente adulto, la amenaza de castigo y humillación está siempre presente, en forma de orejas de burro o de una inundación vengativa interpuesta por alguna deidad incognoscible.

 

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