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Las investigaciones paranormales de Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes

Por: Edmée García - 10/05/2015

Sir Arthur Conan Doyle no se veía a sí mismo como novelista, sino como investigador de los fenómenos paranormales --una afición que podemos rastrear hasta su cercana relación con la muerte
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Para efectos extraños y combinaciones extraordinarias debemos ir a la vida misma, pues es más atrevida que cualquier esfuerzo de la imaginación.

Sir Arthur Conan Doyle

Al escuchar el nombre de Sherlock Holmes nos viene a la mente un detective con grandes poderes de observación, quien a través de un razonamiento impecable resuelve misterios aparentemente inexplicables. Sin embargo, la imagen de este personaje puede ser difícil de conciliar con la de su creador. Los lectores de Sir Arthur Conan Doyle podrían imaginarse que el autor, quien también llevaba una práctica médica —al igual que Watson, el  perenne cómplice de Sherlock Holmes— fue un hombre de agudo ingenio e impecable raciocinio, pero se sorprenderían al saber que el autor y médico militar no enfrentó sus más grandes retos en el campo de la medicina, ni en el de la literatura, sino en el reino de lo sobrenatural.

Su interés en los fenómenos extraordinarios lo llevó a décadas de investigación. A veces su reputación se vio cuestionada por la sociedad victoriana e invirtió significativas sumas de dinero en los viajes que realizó para investigar y promover el espiritismo. Incluso llegó a proporcionar ayuda financiera para la construcción del Templo Espiritista de Rochester Square.

Sin embargo, Sir Arthur Conan Doyle no pasó a la historia por libros como El límite de lo desconocido, publicado en 1930 y en el que abunda en sus experiencias investigando “lo inexplicable”. Tampoco lo recordamos por sus dos volúmenes de Historia del espiritismo (aquí un pdf), escritos en 1924. No, a Sir Arthur lo conocemos por haber creado a Sherlock Holmes, pero de acuerdo con el obituario publicado por el New York Times el día de su muerte: “En sus últimos años con frecuencia expresó el deseo de ser recordado por su trabajo espiritualista, no por sus novelas”. Por cierto, los libros con temas sobrenaturales abarcan un tercio de su obra, ya que a partir de 1918 escribió muy poca ficción.

El autor estaba convencido de que la conciencia podía existir fuera del cuerpo y que era posible establecer comunicación con los muertos. A pesar de que su inquietud por lo extraordinario se desarrolló tempranamente fue después de la muerte de Louisa (su primera esposa) que se unió a la Sociedad de Investigación Psíquica y a la Unión Nacional Espiritualista. Conan Doyle también participó en muchas sesiones mediúmnicas junto a su segunda esposa, Jean, quien clamaba poder comunicarse con el más allá a través de la escritura automática.

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Además, al igual que Charles Dickens, formó parte del Club Fantasma, una organización fundada en Londres en 1862 con el propósito de investigar fenómenos relacionados con fantasmas y apariciones.

Con respecto a las críticas el autor escribió en su Historia del espiritismo lo siguiente:

El mirar a un mundo desconsolado por el dolor y que de manera entusiasta clamaba por ayuda y conocimiento ciertamente afectó mi mente y me llevó a entender que estos estudios psíquicos a los que tanto tiempo había dedicado, eran de inmensa importancia práctica y ya no podían simplemente ser considerados como un mero pasatiempo intelectual o la fascinante búsqueda de investigaciones innovadoras. Fue este entendimiento el que desde 1916 nos llevó a mi esposa y a mí a dedicarnos en gran parte a este tema y a dar conferencias en muchos países y a viajar a Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos y Canadá en misiones de conocimiento.

Hay quienes creen que las muertes subsecuentes de su hijo, dos de sus cuñados, dos sobrinos y su primera esposa fueron  el gatillo que disparó el interés de Conan Doyle por hablar con los muertos. Sin embargo sus intereses databan de mucho tiempo antes ya que en 1885, cuando fungía como médico en Southsea, participó en su primera sesión mediúmnica y durante los siguientes 3 años participó en numerosas sesiones en casa de uno de sus pacientes. En 1902 conoció a Sir Oliver Lodge, cuyas experiencias e investigación lo impactaron al grado de que se convenció de que la telepatía era posible. Al año siguiente, el libro Personalidad humana y la sobrevivencia del cuerpo después de la muerte de F. W. H. Myers lo impresionó profundamente.

Es posible que las inquietudes del galeno y escritor no fueran tan disparatadas después de todo, sino que respondían a las inquietudes humanas frente a la muerte. Tarde o temprano todos debemos encarar nuestra mortalidad y la de nuestros seres queridos, y gracias a su labor médica la muerte no le era ninguna extraña. En el siguiente audio grabado durante una conferencia previa a su muerte --acontecida el 7 de julio de 1930-- se le puede escuchar decir:

La gente pregunta, ¿qué es lo que obtienes del espiritismo? Lo primero que obtienes es que borra absolutamente todo miedo a la muerte. Lo segundo es que concilia la muerte para esos seres queridos que podemos perder. Necesitamos no tener miedo de llamarlos de vuelta, ya que todo lo que hacemos es crear condiciones que, como la experiencia nos ha enseñado, los capacitarán para venir si ellos quieren. Y la iniciativa será siempre de ellos.

6 días después de su muerte, en una reunión realizada en el Albert Hall de Londres, una silla fue dejada vacía en honor a Sir Arthur Conan Doyle. Una de las asistentes era una reconocida médium de nombre Estelle Roberts, quien manifestó que durante el evento vio al autor en la silla designada para él y le ofreció un mensaje privado a los miembros su familia, quienes claramente lo tomaron como una señal.

 

Twitter de la autora: @diosaloca

Consejos de F. Scott Fitzgerald para jóvenes escritores

Por: pijamasurf - 10/05/2015

En una serie de cartas a su hija, F. Scott Fitzgerald comparte su visión de la escritura temprana como una expresión fundamentalmente emocional

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Muchos escritores reflexionan sobre su propio oficio. Para David Foster Wallace, la clave está en seguir divirtiéndose cuando se escribe. Para Henry Miller escribir es descubrir, y al igual que Murakami, apunta a la disciplina como vehículo fundamental para desarrollar las aptitudes necesarias. Susan Sontag entendió que la escritura era un ejercicio de autoexploración. Y, en este caso, para F. Scott Fitzgerald, el gran escritor de la “era del jazz”, la escritura parte principalmente de una necesidad emocional de expresión.

En una serie de cartas enviadas a su hija Frances, quien batallaba por hacerse escritora, Fitzgerald aconseja iniciarse extrayendo las experiencias más fuertes que se han tenido y extravasarlas a la página, más que encontrar giros estilísticos.

Debes vender tu corazón, tus reacciones más fuertes, no las pequeñas cosas que te tocan ligeramente, las pequeñas experiencias que dirías en la cena. Esto es especialmente cierto cuando empiezas a escribir, cuando aún no has desarrollado los trucos de las personas interesantes en las páginas, cuando no tienes las técnicas que tardan tiempo en aprenderse. Cuando, en pocas palabras, sólo tienes tus emociones que vender.

Esta es la experiencia de todos los escritores. Fue necesario para Dickens poner en Oliver Twist el resentimiento de su infancia siendo abusado y habiendo pasado hambre que tanto lo asedió. Las primeras historias de Ernest Hemingway en In Our Time fueron al fondo de todo lo que había conocido y sentido. En This Side of Paradise yo escribí sobre una relación amorosa que todavía sangraba, tan fresca como la herida en la piel de un hemofílico.

El amateur, viendo cómo el profesional, habiendo aprendido todo lo que tiene que aprender de la escritura, puede tomar cosas tan triviales como las reacciones superficiales de tres niñas sin carácter y convertirlas en astutas y encantadoras, piensa que puede hacer lo mismo. Pero el amateur sólo puede materializar su habilidad de transferir sus emociones a otra persona a través de un expediente radical y desesperado como arrancar tu primera historia trágica de amor y ponerla en las páginas para que las personas la vean.

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Fitzgerald era especialmente duro y sincero con su hija, sin regalar ningún falso elogio, acaso queriendo evitarle decepciones futuras, pero también intentando ayudarla con la verdad. La fuerza fundamental que creía necesaria para escribir provenía de las emociones, en una especie de gimnasia del corazón. Algo quizás un poco inesperado para un escritor que retrató el lujo y el manierismo de los “magníficos años 20”. Pero, en su obra, ciertamente corre esta veta subterráneamente a las fiestas y al glamour. Más allá del placer y las cosas bellas, está el trabajo duro.

Nadie nunca se convirtió en escritor sólo queriendo serlo. Si tienes algo que decir, lo que sea que sientas que nadie ha dicho antes, tienes que sentirlo tan desesperadamente en ti que encontrarás una forma de decirlo que nadie más ha encontrado antes, para que la cosa que tienes que decir y la forma en la que lo dices se fusionen en una sola materia –indisoluble, como si hubieran sido concebidas conjuntamente.

El matrimonio de forma y fondo, operado a través de la necesidad expresiva. El escritor se convierte en una especie de guerrero o soldado al servicio de sus propias emociones. Ya después podrá disfrutar de las mieles del lenguaje.