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La cuarta dimensión, o la posibilidad de escapar de los límites de nuestra percepción

AlterCultura

Por: Adán de Abajo - 10/08/2015

El científico ruso Nikolai Morozov esbozó una interesante teoría científico-esotérica que habla de una cuarta dimensión

ouroboros

 

Existe asimismo en la naturaleza una fuerza mucho más poderosa, siquiera sea en otra forma que el vapor, y por medio de la cual, un solo hombre que pudiera apoderarse de ella y supiera dirigirla, trastornaría y cambiaría la faz del mundo. Esta fuerza era conocida por los antiguos, y consiste en un agente universal cuya ley suprema  es el equilibrio y cura dirección tiende inmediatamente al gran arcano de la magia trascendental.

Eliphas Lévi, Dogma y ritual de la Alta Magia

 

1. El prisionero de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo

fortaleza 2El joven científico no tenía verdadera necesidad de asistir a aquellas tertulias sobre política y sociología en compañía de revolucionarios, socialistas y anarquistas. Se preparó en la Universidad de San Petersburgo en física y matemáticas; también poseía profundos conocimientos de literatura y música. Leía poesía, filosofía y novelas sin parar y tocaba bastante bien el violín. Acababa de finalizar su doctorado, con una especialidad sobre vectores. Tenía una novia joven y hermosa: María, con quien se encontraba comprometido; en realidad la amaba bastante, y en los duros años posteriores que sobrevendrían tendría demasiado tiempo para darse cuenta de ello.

Apenas aplicara los exámenes de oposición y lograse ingresar a la misma universidad donde se graduó, ahora como docente, contraería nupcias con María, teniendo la seguridad de un sueldo permanente como investigador y profesor. También contarían con una buena suma de dinero para iniciar su matrimonio, como parte de la dote de la muchacha, pues el suegro del científico era pariente lejano de la zarina, por lo que poseía tierras, siervos y ganado.

En aquellos tiempos su futuro era bastante prometedor, años después pensaría y se lamentaría al respecto: si hubiese sido más cuidadoso con sus amistades y sus vínculos políticos, su historia habría sido muy distinta. Por lo menos en los siguientes 23 años lo consideraría en más de una ocasión. También llegaría un punto en el que, a pesar de todo, de ningún modo se arrepentiría por todos aquellos años vividos.

Nicolai Morozov no era en lo absoluto un espíritu encendido y revolucionario, como la mayor parte de sus compañeros de reuniones. Todo lo contrario: mientras más abstractas las ideas, ya fuesen éstas filosóficas, esotéricas, literarias o matemáticas, más atraían su atención. En realidad era bastante conservador, tanto en su temperamento como en sus ideas científicas y espirituales. Aunque adquirió una férrea disciplina científica en la universidad y poseía una mente bastante abierta que no paraba de nutrirse, de reflexionar y hacer lecturas, continuaba yendo al servicio religioso a la Iglesia ortodoxa rusa dos veces por semana en compañía de María.

La organización de huelgas y marchas era algo que, por lo menos a él, le tenía sin absoluto cuidado. Empero, en las tertulias no sólo se hablaba de política y de movimientos sociales. Entre los asistentes, algunos de los cuales habían llegado a ser muy amigos suyos, participaban no sólo obreros y anarquistas sino científicos independientes y poetas; varios eran universitarios y otros completamente autodidactas, muchos de los cuales eran dueños de una poderosa cultura universal y un elevadísimo nivel de discusión adquirido por su cuenta en las bibliotecas públicas, mucho más que en los aburridos grupos de estudio de la universidad o en las charlas sosas con damas y ancianos de la realeza, con los cuales crecieron tanto él como su prometida.

En las reuniones con los revolucionarios se hablaba de lo último en poesía, novela, física y biología en Europa. También sobre esoterismo, espiritismo y teosofía. Sus discusiones permitían abrir la mente y la ayudaban a no encasillarse en lo absoluto, ya sea en los límites de las ciencias académicas tradicionales, bastante estrechas, o en la especulación filosófica esotérica, en la cual se perdían bastantes almas ingenuas y extraviadas por aquellos días.

Todo ello fascinaba a Morozov de una manera en que pronto no pudo dejar de asistir a aquellas tertulias, participar en sus discusiones y tomar nota de todos los autores y obras que se recomendaban, muchos de ellos proscritos por la policía zarista.

Cuando le pidieron que se suscribiera al Partido Revolucionario de 1870 nunca sospechó que esto le acarrearía problemas, siempre y cuando pudiera continuar participando en las reuniones y los grupos de estudio del Partido, mediante los cuales se ponía al corriente de las últimas novedades en literatura, ciencias, misticismo y teosofía. Allí intercambiaba libros y tenía acceso a lecturas y materiales escritos que de ningún otro modo habría podido conseguir.

Pero cuando el emperador Alejandro II fue asesinado, su partido pasó a la clandestinidad de inmediato, y la policía rusa infiltró sus reuniones y grupos de estudio. Mucho más rápido de lo que aquellos jóvenes idealistas, pensadores y soñadores pudieron darse cuenta, el zar ordenó una redada con una lista de nombres de personalidades subversivas a las que habría que encarcelar, en la que Morozov figuraba entre los primeros debido a su activa participación en los grupos de discusión y estudio.

Se le detuvo mientras caminaba en la calle del brazo de María; la muchacha tardaría bastantes meses en comprender lo que sucedería realmente con Nikolai en lo subsecuente.

Lo perdió prácticamente todo de un palmo: su permiso para ejercer las ciencias en Rusia, la posibilidad de entrar a trabajar en la universidad; sus papeles y libros serían confiscados. Incluso el amor de su prometida se encontraba en peligro, ante la gravedad de su situación.

Morozov no deseaba por ningún motivo que se vinculara a la muchacha con su actividad política.

Se le sometió a un largo juicio, acusado de conspiración y rebeldía, vinculado incluso con el asesinato del emperador. Recluido en la Fortaleza de Pedro y Pablo durante los primeros años de su condena, en lo que su juicio se desenvolvía, apenas podía encontrarse una vez al mes con María.

Aquello representó una verdadera prueba para el amor de los jóvenes novios.

A pesar de que sería desheredada por su familia al contraer nupcias con un prisionero político, caído en desgracia, María decide que su amor por Nikolai es mucho más grande. Finalmente, contando con un permiso especial del zar, ambos se casan una helada y oscura mañana de domingo, en uno de los patios carcelarios al interior de la Fortaleza, sin contar apenas con más que la presencia del papa de la iglesia rusa y algunos cuantos compañeros de condena.

 

2. Un lenguaje secreto en clave de los prisioneros y el exilio en Siberia

En la vida de la humanidad hay períodos que coinciden generalmente con la declinación de las civilizaciones, cuando las masas pierden irremediablemente la razón y se ponen a destruir todo lo que ha sido creado en siglos y milenios de cultura. Tales periodos de locura, a menudo coinciden con cataclismos geológicos, con perturbaciones climáticas y otros periodos de carácter planetario, liberan gran cantidad de esta materia de conocimiento. Se hace entonces necesario un trabajo de recuperación sin el cual ésta se perdería. Es así como el trabajo de recuperar la materia esparcida del conocimiento coincide con la declinación y la ruina de las civilizaciones.

George I. Gurdjieff, Perspectivas desde el mundo real

 

A lo largo de su prolongado encarcelamiento, la policía imperial del zar no conseguiría de ningún modo aprisionar jamás la inquieta mente de Morozov.

A pesar de permanecer interminables horas confinado en el aislamiento, en una pequeña celda en donde apenas cabe su cuerpo recostado, Nikolai prosigue sus lecturas y reflexiones incansables sobre todos los temas posibles. Leyendo a la luz de un par de velas durante toda la noche. Intercambiando libros con sus compañeros y tratando de formar pequeños grupos de estudio en el poco tiempo libre que queda luego de sus extenuantes labores como prisioneros. Organizando charlas, conferencias y discusiones en los escasos espacios comunes con que cuentan. Inventando un código telegráfico secreto a base de sonidos efectuados sobre las rejas de sus dormitorios, para transmitir las más complejas ideas a sus colegas de cárcel sin ser molestados por la policía imperial.

De pronto, al interior de la cárcel, Morozov se convierte en toda una personalidad, famoso por sus disertaciones y conferencias en el patio y en los dormitorios, dirigidas a sus compañeros.

Estimulado por la recepción que tienen sus palabras y disertaciones en el resto de los prisioneros, comienza a escribir bastante, no sólo cartas a amigos presos y en el exilio, en la misma prisión o en otras cárceles de Rusia y el extranjero, sino artículos de divulgación y al final sus primeros libros.

Sus ideas, al igual que la libertad de su pensamiento, comienzan a superar las paredes de la Fortaleza. María envía sus libros fuera de San Petersburgo, incluso al exterior de Rusia, hacia Francia, donde son editados y comienzan a ser leídos paulatinamente por los más diversos e impensables públicos europeos. Sin quererlo, gracias al confinamiento, repentinamente Nikolai Morozov descubre su verdadera vocación, la de escritor, y su nombre trasciende las fronteras de la cárcel y de Rusia.

Morozov escribía desde su perspectiva de científico matemático riguroso, abordando temas espiritualistas y esotéricos como las revelaciones de San Juan, la alquimia, la magia, la telepatía, la cábala, el Tarot, etc, desde un punto de vista descriptivo, científico e imparcial.

En los largos años de su condena, logra publicar por lo menos 10 libros sobre los más variados temas de carácter espiritual.

Curiosamente, lo que más llama la atención de los escritos de Morozov sería el hecho de que aún cuando él abordaba temas como el espiritismo, la magia y la alquimia con la intención de desarrollarlos científicamente y elucidar sus bases, como era tan buen escritor, sus libros conseguirían producir en los lectores un efecto contrario al que él deseaba, y en cascada. Mientras Nikolai trataba de exponer los escasos fundamentos científicos de diversos temas místicos de moda, sus seguidores se interesarían aún más por estos temas, y se verían estimulados a seguir profundizando en ellos.

Lejos de convertirse en un adversario de la magia y el esoterismo, como lo deseaba de inicio, sin quererlo y desde su prisión llegaría a ser uno de sus principales promotores a finales del siglo XIX, particularmente en Europa, en una época en donde el público se encontraba más que nunca  preso de un vacío espiritual y carente de una estructura mental a la cual asirse.

En la Fortaleza de Pedro y Pablo, en medio de su reducida celda, utilizando un lenguaje telegráfico secreto exclusivo de él y sus amigos sobre la base de discretos golpeteos en los barrotes de su dormitorio para transmitir conocimientos, entablar conversaciones con sus compañeros y disertar sobre cualquier tema sin ser detectado por sus carceleros, la imaginación de Nikolai volaría más allá de las paredes de la Fortaleza concibiendo una teoría del tiempo y el espacio que trascendiera la realidad de su confinamiento. De su pluma y de esa época surgiría su teoría sobre la Cuarta dimensión.

Sería exiliado a Siberia, al campo de forzados de Schlüsselburg, a donde lo seguiría María y con quien no tardaría en reencontrarse finalmente, concibiendo cuatro hijas con su amada esposa en aquel sitio.

Pese a las duras condiciones de vida que imperaban en Siberia, por lo menos en el campo de concentración se les permitía a los prisioneros vivir al lado de sus familias y llevar una vida más o menos normal, en la medida de lo que aquellos tiempos y condiciones tan difíciles permitían.

Aunque debían realizar bastantes trabajos físicos, los prisioneros podían dormir y permanecer a diario con sus esposas e hijos, tener acceso a más libros y lecturas, practicar su religión, escribir y dar clases con cierta libertad, mientras su comportamiento resultara discreto.

En el campo de reclusión de Schlüsselburg, Nikolai proseguiría la escritura de sus libros y artículos y fundaría una escuela junto con otros compañeros intelectuales y prisioneros.

 

3. Los límites de la estrecha percepción humana

Supongamos que, habiendo escapado de las murallas de nuestro Schlüsselburg, fuerais a bañaros al lago.

Como seres de tres dimensiones tenéis también las dos dimensiones que forman la superficie del agua. Ocuparéis un lugar definido en el mundo de los seres-sombras. Todas las partes de vuestro cuerpo que estén arriba o debajo del nivel del agua serán imperceptibles a ellos, y no arriba o debajo del nivel del agua serán imperceptibles a ellos, y no percibirán nada sino vuestro contorno, que es delineado por la superficie del lago.

Nikolai Morozov, “Carta sobre el Tiempo y el Espacio, dirigida a los compañeros prisioneros de Schlüsselburg”

 

UnknownEn una de sus cartas redactadas en Siberia en sus años de madurez intelectual, dirigida a sus compañeros de exilio, Morozov desarrollaría los esbozos de una interesante teoría científico-esotérica, la cual hablaría de una cuarta dimensión, más allá de las primeras tres, en las cuales habitamos la inmensa y común mayoría de seres humanos y animales de la Tierra.

En realidad Morozov no sería el primer escritor que hablara sobre la cuarta dimensión. Algunas décadas atrás C. H. Hinton, un físico alemán, quien se diera a la tarea de conjugar las ciencias duras como la física, las matemáticas y la geometría con el espiritismo y algunos conceptos esotéricos, publicó una serie de artículos al respecto. Puede decirse que en realidad Hinton fue el primero en introducir en los lectores el concepto de cuarta dimensión. Más tarde el psicólogo ruso Piotr Demianovich Ouspensky abordaría en más de una ocasión el concepto de cuarta dimensión para hacer referencia y estudiar los estrechos límites de la percepción humana.

Morozov utiliza el método de analogías creado por Hinton. Décadas después también lo emplearía el físico judío Albert Einstein al imaginar qué pasaría con el concepto de tiempo si pudiese ser visto a velocidades difíciles de concebir como a las que viaja la luz, del mismo modo que Ouspensky, creando con el mismo método modelos mentales que permitiesen describir hipotéticamente las dimensiones superiores posibles de la percepción.

El método por analogías consiste en generar mundos imaginarios o modelos ficticios, los cuales sirven como referentes para estudiar las dimensiones del espacio y el tiempo que se encuentran fuera del alcance de la percepción humana. Posteriormente se comparan los modelos unos con otros y se infieren diversas conclusiones a partir de ello, creando escalas y categorías con las cuales terminan jerarquizándose y ordenándose dichos modelos. Es posible desarrollar toda una teoría científica con bastantes bases y sustentos tan sólo a partir de este método psicológico. Así trabajan aún algunos físicos cuánticos y psicólogos cognitivos modernos en la actualidad, elaborando mundos mentales y construyendo experimentos psicológicos cuya comprobación tan sólo ocurre en sus mentes. A pesar de su sencillez inicial, los resultados de este tipo de trabajos consiguen ser aplicados a la más avanzada tecnología y a los más diversos campos del conocimiento, produciendo creaciones que tienen bastante repercusión en la vida moderna.

Así, utilizando modelos geométricos mentales para establecer analogías nos encontraríamos con que las tres primeras dimensiones, en las cuales vivimos la mayoría de los seres humanos de acuerdo con Hinton, Morozov y Ouspensky, poseerían las siguientes características.

  1. Primera dimensión: Habitada por seres lineales, cuya psique se encuentra restringida exclusivamente a líneas. Su pensamiento sería equivalente a poco más que el tamaño de puntos, como el caso de algunos insectos y organismos primitivos.
  2. Segunda dimensión: Planos. La percepción de los seres que habitan en ella se encontraría limitada sólo a percibir planos, paredes, incapaces aún de apreciar figuras de dimensiones más complejas que líneas y planos. No poseen la capacidad de destacar perceptualmente las figuras de su fondo. Algunos insectos y mamíferos se encuentran en ella.
  3. Tercera dimensión: La dimensión de los cuerpos. Es en la que habitamos los seres humanos; hay un mayor dominio del espacio, con la capacidad de apreciar la diferencia entre figura y fondo. Los seres de las primeras dos dimensiones son incapaces de acceder a esta dimensión.

Morozov llegaría a la conclusión de que la percepción humana en realidad es extremadamente limitada, ubicándose tan sólo un nivel dimensional por encima de la de los insectos y los mamíferos.

Aunque ilusamente atribuimos a nuestros sentidos y pensamiento poderes imaginarios y sin límites, en realidad y con la ayuda del lenguaje humano y la lengua, tan sólo podemos llegar a la distinción de las figuras de su contexto, creando como resultado de nuestras categorías mentales y lingüísticas complejas teorías para explicarnos e imaginar el mundo que nos rodea, pero al cual en realidad somos incapaces de acceder. Como el ciego que conoce el mundo a penas a tientas, con la punta de su bastón, y de ahí procede a inventarse historias y teorías acerca de cómo es.

Es curioso cómo precisamente un prisionero político en la Rusia zarista de finales del siglo XIX a partir de su encierro pudiese hacer volar su pensamiento y esforzarse por concebir en qué consistiría la cuarta dimensión, a la cual no tenemos acceso los seres humanos debido a nuestros limitados aparatos sensoriales y al poco uso que le damos a diversas funciones de nuestro cerebro, las cuales se encuentran en desuso o en franco proceso de corrupción debido a nuestro pobre estilo de vida, a la carencia de estímulos propicios y de una preparación adecuada.

Al intentar dar el salto hacia la cuarta dimensión, desafortunadamente, la formación como científico duro de Morozov le impidió ir más allá de señalar que aquella era la dimensión en la que habitaban los espíritus. Hasta ahí llegó y posteriormente se dedicó a escribir novelas, cuentos y tratados en donde reflexionaba sobre otros temas distintos.

Algunas décadas después, el joven psicólogo Piotr Ouspensky encontraría en sus viajes como periodista algunas de las cartas y libros publicados en el exilio por Morozov. Se dice que intentó contactarlo, luego de que el físico cumpliera sus 23 años de condena y retornara a su casa en San Petersburgo con su familia, pero descubrió que Morozov no concedía entrevistas y no recibía a reporteros bajo ningún motivo, dedicándose por completo a la investigación independiente, la escritura de sus libros y viviendo tan sólo de sus regalías como autor.

Ouspensky retomó el método de analogías trabajado por el escritor y comenzó a proyectar la construcción de lo que sería un modelo mental de la cuarta dimensión, continuando el trabajo que Morozov dejó apenas esbozado décadas atrás.

Tras un par de años de reflexión, lectura y de aplicar diversos experimentos psicológicos como hipnosis, yoga y meditación, llegaría a la conclusión de que la cuarta dimensión no se encontraba en otro lado más que dentro del propio ser humano. Si éste deseaba en realidad ir más allá de los límites de su percepción y tener acceso al mundo superior siguiente, la cuarta dimensión, tenía que dejar de buscar afuera y encontrar la manera de penetrar en sí mismo cada vez más, conociéndose, retirando sus prejuicios y esquemas mentales antiguos, purificando gradualmente su percepción de todas sus preconcepciones y juicios obsoletos.

Según Ouspensky, la cuarta dimensión, a la que tan difícil le es acceder al ser humano, es la dimensión del tiempo. ¿Qué ocurre cuando una persona fallece, a dónde se traslada luego de morir?, eran preguntas que se hacía Ouspensky luego de perder a algunos de sus amigos y familiares en las grandes guerras de Rusia. Si no podemos saber a dónde van los seres humanos luego de perecer, es porque al morir se trasladan inmediatamente más allá del tiempo. Son tragados por él. El tiempo es la categoría a la cual nos resulta tan complicado acceder y la dimensión siguiente a la que deberíamos trascender, se respondió a sí mismo Ouspensky en sus fascinantes investigaciones. El tiempo es la cuarta dimensión.

Según el psicólogo y físico ruso, la cuarta dimensión, la del tiempo, sería circular. Por ello la sensación cíclica de que todo se repite, no sólo en la vida del ser humano sino también en la historia humana, biológica, en la de los planetas, el Sol y el universo en general.

Ouspensky comprendió que el carácter circular del tiempo y de la cuarta dimensión tenía bastante que ver con los símbolos de espirales y círculos trazados por los antiguos magos, psicólogos y alquimistas de diferentes épocas y tradiciones espirituales: la serpiente mordiéndose la cola (el enigmático uróboros que tanto fascinara a egipcios, griegos y chinos), el eterno retorno, el Tao, las espirales descritas y trazadas por sabios antiguos de todo el mundo, etc. Probablemente los pensadores, filósofos y médicos más antiguos lograron intuir que lo que había más allá de nuestros sentidos era circular y con forma de espiral, no pudiendo ser encontrado en lugar alguno más que al interior de nosotros mismos.

Años después, tras publicar el resultado de sus investigaciones en su famoso libro Tertium Organum, Ouspensky se vio obligado a abandonar San Petersburgo y Rusia, siendo ahora él quien tendría que exiliarse.

Con la llegada de los comunistas, Rusia cambiaría su nombre por el de Unión Soviética y San Petersburgo por otro nombre horrible: Petrogrado.

Desde su exilio en Inglaterra, Ouspensky se enteraría de que los bolcheviques harían de Morozov un héroe por haberse rebelado varias décadas atrás a la autoridad del zar, a quien los comunistas asesinaran junto con la familia imperial luego de su triunfo en la Revolución de Octubre.

Por su parte, Nikolai Morozov los dejaría hablar, no importándole demasiado el progreso ni los “avances” sociales, buscando tan sólo que le dejaran escribir en paz en su casa, viviendo con su familia y sobreviviendo exclusivamente de las regalías producidas por sus libros.

 

Twitter del autor: @adandeabajo

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Alma

El alma es, según lo expuesto por el maestro Platón, aquello que de inmortal y de divino hay en el hombre. El alma le otorga a todas las cosas su agencia y movimiento, pero por una especial disposición dentro del ser humano, le ofrece además su racionalidad, o al menos le asegura la potencialidad para desarrollarla bajo el impulso de la voluntad. El alma es lo real en el hombre. Sin embargo, una exposición tan somera no podría ser menos que insuficiente, porque bajo la desgastada palabra “alma” hay en realidad una doctrina mucho más profunda y rica en significados. Como principio metafísico que organiza todo el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida, el alma posee necesariamente una complejidad que el mismo Platón se encargó de clasificar, al distinguir tres tipos específicos de alma que convergen al interior de la persona, como tres ríos distintos cuyos afluentes alimentan un mismo lago. Así, el sabio griego discierne entre un alma concupiscible, un alma irascible y un alma racional.

El alma concupiscible es entre todas la más inferior y susceptible a la inestabilidad del mundo, por cuanto su naturaleza intrínseca es la de hallarse ligada a las pasiones y deseos del cuerpo, siendo afectada por todos los apetitos desordenados que emergen del contacto con la materia, manteniéndose esclava de la transitoriedad y de las mutaciones. La porción concupiscible se enciende con los estímulos exteriores, provocando las reacciones de apego y aversión que caracterizan al ardor pasional. Su baja condición va unida a la mortalidad, manteniéndose ligada al cuerpo tanto tiempo como éste subsista todavía tras la muerte, para luego disolverse irremediablemente. Es de hecho el reducto psíquico que permite la existencia de esa cristalización que conocemos como ego. En el esoterismo hebreo se le conoce como Nefesh, el alma instintiva que hace posible la interacción entre la parte espiritual y la parte corporal del ser. El Nefesh se relaciona semántica y etimológicamente con el árabe Nafs, que en el contexto del sufismo designa propiamente al ego, siervo de Iblis y principal enemigo del derviche, al que deberá someter y derrotar gracias a sus esfuerzos en la Yihad al-Akbar o guerra santa interior. En el simbolismo del cuerpo, el lugar del alma concupiscible es a nivel de las vísceras, y más concretamente en el hígado. Este órgano ha sido por siglos el asiento del destino en lo que concierne a los asuntos mundanos, hecho manifiesto en la extendida práctica de la hepatomancia practicada por los arúspices etruscos y romanos, costumbre que parece tener un lejano origen neolítico. En la tradición china se dice incluso que el hígado es el lugar donde el alma duerme y engendra los sueños. Vemos aquí una insinuación de la condición vegetativa del alma concupiscible.

A continuación, la doctrina platónica distingue el alma irascible, sede natural de la voluntad, el valor y la fortaleza moral. En el alma irascible se enciende el coraje y la fuerza interior que permite acometer todo esfuerzo y sacrificio, siendo así el centro de la tenacidad y del empeño. Sin embargo, cuando esta segunda ánima es secuestrada por las pasiones y apetitos de su hermana inferior, se ve apresada por la ira, la obstinación y la arrogancia, volviéndose incluso en contra de sí misma hasta el punto de consumirse. Un mal advenimiento entre alma concupiscible y alma irascible produce sed de poder y dominio, vuelve a los sujetos crueles y despiadados, ambiciosos y violentos. Por encontrarse a medio camino entre la porción inferior y la superior, el alma irascible hace de bisagra entre los mundos instintivo e intelectual. Las emociones tienen en ella su energía y vitalidad, generando la riqueza psíquica por la que se moviliza todo el ingenio y la voluntad humana. Su condición intermedia la posiciona en un espacio clave, por cuanto las decisiones del hombre dependen de su actividad, cuyo drama se desarrolla en la disyuntiva entre arrastrarse bajo los deseos del ego inferior o dinamizar las ideas e intuiciones del Intelecto en el alma superior. Su continuidad tras la muerte del cascarón físico es dependiente del vínculo con lo espiritual, siendo inmortal en virtud de su nexo con el alma racional que le supera en excelencia. Entre los cabalistas dicha alma intermedia es conocida como Ruaj, y se la identifica con el hálito que Dios insufló en la masa de barro con la que formó a Adán. En el cuerpo simbólico, encontramos su lugar en el corazón, pues es en medio del pecho donde arde la llama de la voluntad y el ímpetu de la vida.

Platón compara estas dos almas con un par de caballos de talante contrario, que arrastran el carruaje del cuerpo físico. El alma irascible es un corcel noble y dócil; el alma concupiscible es un caballo desbocado y desobediente. Ambos son conducidos por un auriga, que representa la dimensión superior del alma racional o inteligible. En ésta se instala la razón que nos permite el conocimiento, la justicia y la realización del bien. Pero evitemos caer en una trampa semántica. La inteligencia –del latín intelligere es la facultad del alma superior para “leer dentro” de la realidad, y no un puro mecanismo para la ejecución de algoritmos o la elaboración lingüística. El alma inteligible es la chispa divina que nos conecta con el Mundo de las Ideas, la región espiritual donde residen eternamente los arquetipos que, como plateadas estrellas, pueblan el fecundo manto de la Mente Divina, ese Poimandrés que habló de las esferas celestes a Hermes Trismegisto, el Nous que inspiró las intuiciones más brillantes de la escuela ecléctica alejandrina. El alma racional es el principio inmortal del hombre, al que con propiedad podemos denominar alma en su sentido trascendente e imperecedero. Lo eterno puede ser actualizado sólo en virtud de su agenciar, siendo el basamento sobre el que se erige la mónada espiritual. En la cabalá se le conoce como Neshamá, una fuerza divina que impulsa a las personas hacia la virtud, buscando elevar la conciencia temporal hacia la trascendencia intemporal. Neshamá es la negación misma del ego y sus pasiones. Como es de imaginar, el lugar del alma inteligible en la estructura física se halla en el cerebro, órgano que constituye el extremo inferior de la cadena espiritual que une al hombre con Dios.

Los cabalistas agregarán a estas tres almas otros dos principios espirituales: el Jayá y el Yehidá, pero éstos corresponden ya a lo que rebasa el límite de la individualidad humana. Son por lo tanto imponderables que intentan expresar los grados de esplendor del ánima, en la medida en que, por aproximación, es reabsorbida en la luz de la Mente Divina. Estos niveles superiores tienen un marcado carácter universal, pues la plena rectificación del mundo –Tikkún Olam–  no es posible si alguna de las chispas que constituían el alma primordial del Adam Kadmon quedan fuera de dicha reintegración. En el pensamiento gnóstico, la noción de apocatástasis expresa esa misma idea de restauración cósmica, hipótesis que tentó al mismísimo Orígenes. Como sea, la disolución del alma en Dios es una mors mystica, una aniquilación del yo que los sufíes llaman Faná. Así lo expresó el místico persa Hafiz Shirazi (1325-1389) cuando escribió:

Os digo: no cejaré hasta alcanzar mi deseo;

que se una mi alma al Alma de mi alma, o el alma deje a mi cuerpo.

Abre mi tumba y observa, cuando haya muerto,

cómo humea mi sudario por el fuego que yo albergo.

Entre los cristianos europeos encontramos un misticismo similar. En su famosa obra Imitación de Cristo, Thomas de Kempis llegará a aconsejar: “debes estar persuadido de que tu vida debe ser un continuo morir. Y cuanto más muere uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir para Dios”. ¿Qué es morir? Es liberar al alma inteligible de su grillete material, tanto como de la sujeción a las fluctuaciones erráticas del alma concupiscible. La muerte es un trampolín de ascenso que permite remontar las nueve esferas celestiales hasta la sublime región del Empíreo. En las religiones mistéricas del mundo antiguo se actuaba una muerte simbólica y una resurrección espiritual que hemos heredado en el rito de elevación al grado de Maestro Masón. Las sendas iniciáticas no son por tanto ajenas a esta necesidad de morir para resucitar espiritualmente. El arquetipo del gran dios Osiris nos ilustra perfectamente este hecho. Con el tiempo, el mito de una deidad que muere y resucita se convertirá en el molde narrativo fundamental para transmitir a los iniciados el secreto del alma y su destino final. Es así como en Egipto se distinguía entre el Ka, una especie de alma vital o doble sutil del cuerpo físico, que correspondería a nuestra alma concupiscible; el Bah, un alma trascendente y sometida al juicio post mortem, que correspondería a nuestra alma irascible; y un Akh o alma espiritual, la chispa divina que otorgaba inmortalidad y hermanaba al hombre con los dioses.

En la tradición platónica estas tres almas poseen cada una su respectiva virtud, que resultaba imprescindible para el proceso de purificación y ascenso a través de los cielos. Así, el alma concupiscible requiere de la templanza para moderar sus apetitos y someterse al imperio de la razón; el alma irascible necesita de la fortaleza para conducir su dinamismo hacia la perfecta comisión del bien; el alma inteligible exige prudencia para el ejercicio del pensamiento más elevado y la búsqueda de la verdad. La existencia de tres almas nos pone de manifiesto el juego de tensiones que explican la complejidad humana. Propio del filósofo, en el sentido platónico, es el esfuerzo por elevarlas hacia el Bien Supremo. Plotino irá un paso más allá, hacia el salto místico de la henosis, esa perfecta disolución de la identidad en la esencia indiferenciada de lo Uno.

Digamos un poco más sobre las tres almas. La porción concupiscible corresponde al mundo de las acciones, ligada como está al cuerpo físico y sus apetitos. Los actos guiados por la irracionalidad y las pasiones bestiales conducen a la deformación de la energía del Ka. El dominio de las acciones, por el contrario, eleva al alma inferior y le permite una suerte de sublimación. El alma irascible, por su parte, corresponde al reino de la palabra, cuyo poder es bien conocido en el ámbito de la magia. La maledicencia y la habladuría afectan negativamente al Bah. La palabra justa y la enunciación de la verdad generan lo opuesto. El alma inteligible pertenece al campo del pensamiento, esa actividad íntimamente sutil pero no por ello menos efectiva. Consentir en pensamientos destructivos de todo tipo ensombrece la luz que irradia el Akh. El pensamiento constructivo y benigno hace posible la extensión de su poder para devolvernos a la fuente divina, por afinidad con la Idea Suprema del Bien.

El microcosmos es un juego de espejos, un reflejo perfecto de las regiones superiores en el pequeño espacio de la organización vital que llamamos ser humano. Surge aquí la pregunta por el resto de los seres animados, recordando que esta palabra designa precisamente a los seres dotados de alma. Hay desde luego alma en el animal, desde el momento en que se trata de un ser vivo, dotado de movimiento, instinto y afecto, susceptible de alegrías y tristezas, de placer y de dolor. Es sólo la parte racional del alma la que se encuentra adormecida, aunque presta a despertar en virtud de la metempsicosis y del estrecho contacto con el género humano en la domesticación. Como sea, es evidente que una inteligencia colectiva dirige los destinos de cada especie animal. “En los animales irracionales la inteligencia es la Naturaleza”, dice Hermes Trismegisto. Por extensión, en las plantas hay un alma vegetativa de carácter colectivo, un espíritu vital que las anima y las mueve hacia la luz solar. En los metales y minerales encontramos esa misma alma primitiva, pero profunda y completamente dormida, presente sólo en un estado latente o potencial. Enseñaba Pitágoras que todo el universo es un gran animal dotado de alma e inteligencia. Plotino dirá que todo está lleno de alma, aunque no esté presente con las mismas cualidades en cada parte del todo.

A esta altura de la discusión podemos atisbar que el alma posee un destino último: tras un estrepitoso descenso va despertando de la total inconsciencia a medida que circula por los diversos grados de la extensa cadena del ser. Vemos en el microcosmos una estructura de tres almas encarnadas en un soporte físico que faculta la toma de contacto con las dimensiones espacio-temporales del existir, una experiencia condicionada que resulta fundamental tras la caída. Al respecto, el Tratado X del Corpus Hermeticum es bastante ilustrativo:

Del Alma una del Todo salieron todas las almas que ruedan desparramadas por todo el mundo. Pues bien, estas mismas almas pasan por muchas transformaciones, unas para mejor, otras para peor. Porque las de reptiles se transforman en animales acuáticos, las acuáticas en terrestres, las terrestres en aves, las aéreas en hombres, y las de los hombres finalmente gozan del principio de inmortalidad de transformarse en genios y entrar después en el coro de los dioses. Porque hay dos coros de dioses, los errantes y los fijos. ¡Tal es la gloria y el honor perfectísimo del alma!

Este conocimiento del alma sirve como un mapa; allí reside su verdadera utilidad. Entender la dinámica de sus operaciones nos permite emplear la razón y la voluntad para efectuar en vida eso que Cornelius Agrippa llama “dignificación”, esto es, el retorno del hombre a su condición divina original. De otra manera, la chispa divina se pierde en la oscuridad de la materia, llevando una existencia miserable, propia de la condición bestial. Triste es quien, viéndose arrastrado por las migajas que ofrece la ilusión de este mundo transitorio, desdeña el reclamo del trono real que por linaje sanguíneo le pertenece. Vuelve a hablar el Tres Veces Grande: “Las sensaciones de estos hombres son semejantes a las de los animales irracionales, y como su temperamento es pasión y cólera, son incapaces de admirar las cosas dignas de ver. Antes se dedican a los placeres y a los apetitos corporales, y piensan que para eso han nacido los hombres” (Corpus Hermeticum, Tratado IV).

Sirva esta breve exposición para intentar recobrar el alma, en una cultura materialista que nos seduce con toda clase de espejismos, alejándonos del Ser que nos corresponde por humana naturaleza. Esta enseñanza tradicional cree en la bondad del ser humano, en su condición luminosa esencial y en el final majestuoso que le espera a los que se esfuerzan por recordar de dónde vienen y hacia dónde van. Parafraseando a James Hillman, necesitamos un mundo con más alma, porque como decíamos al comienzo, el alma es lo real en el hombre. 

 

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