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Esculturas labradas entre la enfermedad física y la alucinación psicodélica

Por: pijamasurf - 10/03/2015

La tradición de colores psicodélicos, dibujos caricaturescos de horror, disfrute y erotismo es acentuada en la obra de Keiichi Tanaami

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Estas esculturas del artista japonés Keiichi Tanaami fueron creadas en los años 80, en los cuales Tanami sufrió un edema pulmonar que casi le quita la vida. Paralelamente denotan una cierta influencia psicodélica resultado de su residencia en San Francisco 1 década antes, y recuerdan también su paso por Nueva York, en donde fue testigo de la transición de Andy Warhol de publicista y diseñador gráfico a artista, proceso que, como el propio Tanaami reconoce, influyó en su apuesta por experimentar con múltiples técnicas y métodos. 

La obra de Tanaami nos remite a una potencial conjugación de lo horroroso con lo divertido, originando piezas que bien podrían parecer un juguete. ¿Quién podría imaginar que éstas fueron sustraídas de un período de enfermedad en el que casi muere y en el que además sufría alucinaciones que después le servirían de inspiración?

Keiichi Tanaami vivió sucesos como el ataque aéreo a Tokio en 1945 y con ello, los horrores de la guerra. Tal vez por eso la identidad de  su trabajo se debate entre lo grotesco y lo imaginario, entre los buenos tiempos y los sueños que, como él mismo menciona, se mezclan con los recuerdos y son parte de la realidad misma.

 

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Keiichi Tanaami, No More War
 
Keiichi Tanaami, No More War
 
Keiichi Tanaami, No More War
 
Keiichi Tanaami, No More War
 
Keiichi Tanaami, No More War
 
Keiichi Tanaami, No More War
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Consejos de F. Scott Fitzgerald para jóvenes escritores

Por: pijamasurf - 10/03/2015

En una serie de cartas a su hija, F. Scott Fitzgerald comparte su visión de la escritura temprana como una expresión fundamentalmente emocional

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Muchos escritores reflexionan sobre su propio oficio. Para David Foster Wallace, la clave está en seguir divirtiéndose cuando se escribe. Para Henry Miller escribir es descubrir, y al igual que Murakami, apunta a la disciplina como vehículo fundamental para desarrollar las aptitudes necesarias. Susan Sontag entendió que la escritura era un ejercicio de autoexploración. Y, en este caso, para F. Scott Fitzgerald, el gran escritor de la “era del jazz”, la escritura parte principalmente de una necesidad emocional de expresión.

En una serie de cartas enviadas a su hija Frances, quien batallaba por hacerse escritora, Fitzgerald aconseja iniciarse extrayendo las experiencias más fuertes que se han tenido y extravasarlas a la página, más que encontrar giros estilísticos.

Debes vender tu corazón, tus reacciones más fuertes, no las pequeñas cosas que te tocan ligeramente, las pequeñas experiencias que dirías en la cena. Esto es especialmente cierto cuando empiezas a escribir, cuando aún no has desarrollado los trucos de las personas interesantes en las páginas, cuando no tienes las técnicas que tardan tiempo en aprenderse. Cuando, en pocas palabras, sólo tienes tus emociones que vender.

Esta es la experiencia de todos los escritores. Fue necesario para Dickens poner en Oliver Twist el resentimiento de su infancia siendo abusado y habiendo pasado hambre que tanto lo asedió. Las primeras historias de Ernest Hemingway en In Our Time fueron al fondo de todo lo que había conocido y sentido. En This Side of Paradise yo escribí sobre una relación amorosa que todavía sangraba, tan fresca como la herida en la piel de un hemofílico.

El amateur, viendo cómo el profesional, habiendo aprendido todo lo que tiene que aprender de la escritura, puede tomar cosas tan triviales como las reacciones superficiales de tres niñas sin carácter y convertirlas en astutas y encantadoras, piensa que puede hacer lo mismo. Pero el amateur sólo puede materializar su habilidad de transferir sus emociones a otra persona a través de un expediente radical y desesperado como arrancar tu primera historia trágica de amor y ponerla en las páginas para que las personas la vean.

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Fitzgerald era especialmente duro y sincero con su hija, sin regalar ningún falso elogio, acaso queriendo evitarle decepciones futuras, pero también intentando ayudarla con la verdad. La fuerza fundamental que creía necesaria para escribir provenía de las emociones, en una especie de gimnasia del corazón. Algo quizás un poco inesperado para un escritor que retrató el lujo y el manierismo de los “magníficos años 20”. Pero, en su obra, ciertamente corre esta veta subterráneamente a las fiestas y al glamour. Más allá del placer y las cosas bellas, está el trabajo duro.

Nadie nunca se convirtió en escritor sólo queriendo serlo. Si tienes algo que decir, lo que sea que sientas que nadie ha dicho antes, tienes que sentirlo tan desesperadamente en ti que encontrarás una forma de decirlo que nadie más ha encontrado antes, para que la cosa que tienes que decir y la forma en la que lo dices se fusionen en una sola materia –indisoluble, como si hubieran sido concebidas conjuntamente.

El matrimonio de forma y fondo, operado a través de la necesidad expresiva. El escritor se convierte en una especie de guerrero o soldado al servicio de sus propias emociones. Ya después podrá disfrutar de las mieles del lenguaje.