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Codificar la ética: ¿quién regula la deep web y por qué debería importarnos lo que ocurre ahí?

Por: pijamasurf - 10/08/2015

Discutir la manera en que utilizamos las herramientas debería empoderar a los usuarios antes de que los gobiernos manufacturen leyes sobre cuestiones más complicadas que prohibir o autorizar el uso de un programa

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No importa si se trata de una rueda o una computadora: la tecnología no puede hacerse responsable del uso que las personas le den. El Internet, como una de las herramientas más prometedoras jamás creadas, nos presenta nuevos problemas a la hora de discutir sobre las necesidades de privacidad de sus usuarios y los usos de la tecnología que pueden ser sujetos a penas legales.

Por un lado tenemos los acalorados debates sobre propiedad intelectual: ¿el robo de una serie de TV puede equipararse al robo de una TV? ¿Descargar cosas de Internet te vuelve criminal?, etc. Por otro, tenemos esa zona inexplorada y amenazante de la red, conocida como deep web o darknet, en cuyas aguas profundas tienen lugar todo tipo de mercados ilegales como tráfico de armas, venta de drogas y consumo de pornografía infantil y cuyo acceso está restringido para usuarios del programa Tor (The Onion Router), un sistema desarrollado por el laboratorio de investigación naval de Estados Unidos. ¿Por qué no prohibir simplemente el uso y descarga de Tor para impedir el acceso a la deep web? Porque Tor también permite que usuarios alrededor del mundo atraviesen las brechas impuestas por gobiernos locales que inciden directamente en la libertad de expresión.

Una arista más del problema proviene del estado de vigilancia electrónica por parte de los gobiernos a los que todos los usuarios de Internet están/estamos sometidos de una u otra manera; el pretexto de esta vigilancia es tener acceso a las acciones que convertirían a un usuario común y corriente en un criminal a través de su utilización de la tecnología con fines maliciosos. Esta lógica ha permitido el arresto y desmantelamiento de redes de intercambio de pornografía infantil, como la infame "Lolita City", una comunidad nativa de la deep web con unos 15 mil usuarios activos que intercambiaron un estimado de 1.3 millones de imágenes de niños.

Algunos sitios de pornografía infantil de hecho llevan la discusión a terrenos que serían monstruosos para un usuario común y corriente. Existen foros con temas como "¿Cuál debería ser la edad legal para el consenso? ¿Qué tal 7?", "Fabricación de víctimas: lo que la industria de la psicología le hace a la gente" o "Pánico moral: cambiando concepciones sobre los abusadores de niños en Estados Unidos". A pesar de que facilitadores de pornografía infantil como Thomas Reedy han enfrentado sentencias de miles de años tras las rejas (Reedy fue sentenciado a mil 335 años), el hecho de que exista un mercado de millones de dólares detrás del intercambio de este tipo de material hace virtualmente imposible que etiquetarlos como "ilegales" evite que nuevos sitios aparezcan y sigan perpetuando sitios pedófilos a costa de niños.

¿Pero es un crimen comparable descargar pornografía infantil a descargar la nueva temporada de tu serie favorita? ¿Es comparable la responsabilidad de los programadores de The Pirate Bay a la de los webmasters de sitios pedófilos? 

¿Necesitamos aún más leyes, en este mundo sobrecodificado, para actuar éticamente en un dominio electrónico, como si se tratara de un mundo paralelo al mundo "real"? Las mismas herramientas que permiten que activistas y artistas alrededor del mundo denuncien situaciones de opresión en sus países de origen son las que permiten la formación de comunidades de pedófilos en los intersticios de la red. Tor no es nada más que una herramienta que vuelve imposible saber con certeza de dónde viene un paquete de información, así como a dónde va; pero la buena fe en las herramientas puede hacer que el uso se transforme en abuso; ¿cómo, pues, formular una "moral electrónica" que permita evitar crímenes, proteger la privacidad y la propiedad intelectual?

Si no comenzamos a discutir como usuarios estas preguntas, las leyes draconianas que limitan el acceso a la información en países como China o Egipto pasarán subrepticiamente en la letra pequeña de algo como el Acuerdo de Asociación Transpacífico, una iniciativa que busca crear un superbloque económico entre 12 países que acatarán las iniciativas en materia de derecho transnacional que más convengan a los empresarios, sobre todo en el manejo de propiedad intelectual. Pero la opción de no discutir estos temas es hacer oídos sordos a los trenes que se avecinan por ambos lados del túnel: el tren de la vigilancia informática y la criminalización de los usuarios de Internet, y el tren de los usuarios que cometen claros abusos contra la integridad física y moral de personas (muchas veces niños) a través de su explotación con fines sexuales, así como tráfico de drogas y armas.

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¿Quién se encarga de escribir los mensajes para galletas de la fortuna en restaurantes chinos?

Por: Javier Raya - 10/08/2015

Tal vez no exista un escalafón más bajo y demandante a la vez, dentro del oficio de la negritud literaria, que la redacción de mensajes para galletas de la fortuna

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De un tiempo a la fecha me he sentido muy cercano a las historias de "negros literarios": esos individuos medio difuminados detrás de los oropeles del prestigio literario que escriben por encargo, siempre a condición de perder el nombre en el proceso, o dicho de otra forma, la cualidad de autor. El factor económico, más que cualquier búsqueda artística, suele ser lo que lleva a los aspirantes a escritores a involucrarse en escrituras ajenas, que pueden ir desde contenido para páginas web a la supervisión "experta" de autobiografías o libros que oficialmente irán firmados por una celebridad, un político o un millonario excéntrico con ganas de publicar su historia. 

Pero tal vez no exista un escalafón más bajo y demandante a la vez, dentro del oficio de la negritud literaria, que la redacción de mensajes para galletas de la fortuna. Uno podría imaginar una sórdida redacción/fábrica con muchas filas de chinos redactando al vapor mensajes y mensajes a un precio irrisorio, en condiciones de semiexplotación. Pero lo cierto es que estos pequeños trozos de sabiduría pop deben parecerse en lo posible a la galleta de la fortuna: son ligeros, digeribles y lo suficientemente generales para ser significantes sin importar su lector, de quien los "autores" sólo saben que acaban de comer. Se trata de textos que no tienen el aspecto personalizado del horóscopo y que no suelen ser más extensos que un tuit; suelen tener la forma del consejo o de la certeza aforística de un koan, y conforman algo así como el postre místico de una sesión de comida china.

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El diario The Guardian entrevistó a algunos de los escritores de los best sellers más pequeños del mundo, como Kay Marshall Strom de 65 años, que pasó 1 año redactando mensajes de la suerte a 75 centavos de dólar la pieza. Como se dio cuenta rápidamente, el trabajo era más demandante de lo que pensaba: existen miles de mensajes que se reimprimen periódicamente, y que vuelven muy difícil estadísticamente que alguien se encuentre dos veces con el mismo mensaje. Sin embargo, Marshall se topa a veces con un mensaje que ella escribió al abrir una de estas galletas. Aunque dejó el trabajo y se volvió una autora con cierto reconocimiento, una de sus frases todavía sigue generando sonrisas como una forma incontestable de profecía exprés: "Tendrás hambre otra vez en 1 hora".

No se me vienen a la mente muchos ejemplos de "literatura comestible", a menos que cuenten los mensajes de Feliz cumpleaños y sus variantes en los pasteles; de hecho, las galletas de la fortuna no suelen ser precisamente una delicatessen muy apreciada. Russell Rowland, un novelista que pasaba por una mala racha, aceptó escribir 700 mensajes de fortuna al mes, aunque irónicamente no soportaba el sabor de las dichosas galletas. "Pienso que son horribles", dijo.

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Igual de insípidos pueden resultar los pequeños giros retóricos en los que se basan los mensajes: una idea general y vaga como "El amor es el secreto de la felicidad" puede servir como estructura sintáctica de base para torcer y retorcer conceptos que apelan a los grandes públicos. Una combinatoria sencilla nos da ejemplos como "La felicidad es el secreto del amor", "El amor es la felicidad secreta", o "Un secreto amor te dará felicidad", etc. Aunque según Rowland, los "editores" de galletas de la fortuna tienen un gusto más bien conservador en cuanto a valores y temáticas, por lo que el plagio y la cita son prácticas comunes en la microindustria de la suerte.

Presagiar desastres o realizar un poco de terrorismo literario a través de estos mensajes podría ser una veta interesante que seguir. Entrar a la base de datos de la compañía que manufactura las galletas (Wonton Foods alberga más de 10 mil "fortunas" diferentes) e intercalar mensajes como "Alguien de tu círculo cercano va a traicionarte", o incluso un simple "La suerte no existe" sería suficiente para cimbrar un poco la sobremesa de algún supersticioso comensal. Después de todo, para muchos estos pequeños papeles metidos en una galleta adquieren un aspecto de fetiche, y son guardados celosamente en la cartera --el periódico incluso afirma que en 2005, 110 personas ganaron segundos premios de la lotería utilizando los números de la suerte que vienen en los papelillos, aunque resaltan que estos números son generados por computadora. Algunos estudios, sin embargo, han tratado de demostrar que el pensamiento mágico puede ayudar a reprogramar ciertas actitudes negativas y generar confianza.

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Lo cierto es que con 3 mil millones de galletas de la fortuna producidas cada año (repartidas en cerca de 40 mil restaurantes chinos, solamente en Estados Unidos), el mercado de la suerte microscópica se mantiene también como una posibilidad laboral para novelistas en época de sequía, poetas en situación de calle y redactores desesperados por publicar su primer haikú en alguna parte.

 

Twitter del autor: @javier_raya