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Utilizan robot para demostrar que los bebés sonríen para manipular a sus padres

Por: Alejandro Albarrán - 09/28/2015

Investigadores de la Universidad de California en San Diego desarrollaron un bebé robot llamado Diego San, que sonríe con la misma frecuencia con que lo hacen los bebés de verdad
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Imagen: youtube.com

 

Androide. 19. m. (Mecán.) autómata con figura humana & que, por medio de ciertos resortes & cuerdas bien dispuestas, actúa & realiza otras funciones en apariencia similares a las del hombre.

Denis Diderot, Enciclopedia

 

El término androide fue creado por el sacerdote, obispo, filósofo, científico, “alquimista”, místico (y demás) Alberto Magno (1193-1280), a quien se le adjudica la creación del primer robot antropoide.  

Según la historia, Alberto Magno construyó el primer androide, en el siglo XIII, de hierro, cristal y cuero. Su invento, según el mito, era capaz de andar y hacer las veces de un mayordomo, e incluso realizar diversas tareas domésticas.

El viejo alquimista construyó el segundo de sus androides, “la cabeza parlante”, según su propio relato, utilizando a los ángeles del inframundo y los misterios de la piedra filosofal para crear los metales y el desconocido material que le insuflaba vida, eligiéndolos según los planetas y las estrellas. Se dice que esta cabeza además de hablar podía tener razonamientos lógicos. Hay quienes dicen que incluso poseía un alma.

La imagen de los robots antropomorfos (desde Alberto Magno hasta Terminator) es una imagen que ya no causa tanto escalofrío, sobre todo cuando se trata de un androide --el término se utiliza para designar que es una figura masculina. Sin embargo, pensar un robot antropoide con la figura de un niño o un recién nacido da un profundo miedo. Tal vez sea porque hay en la infancia cierta humanidad que se pierde con los años, sin necesidad de ser un "robot". 

Un antecedente escalofriante de la figura desalmada de un niño robótico es "el escribiente", un autómata que escribía frases al azar; sin embargo, el bebé robótico Diego San, creado por científicos californianos, es aún más escabroso.

Los científicos crearon este robot antropoide para probar su teoría de que los niños astutos sonríen a sus madres para manipularlas.

Investigadores de la Universidad de California, en San Diego, desarrollaron a este robot llamado Diego San para poner a prueba la hipótesis de que los bebés pueden engañar a sus madres con ciertos "comandos" de sonrisas.

El equipo de investigadores estudió la interacción entre 13 parejas (madre e hijo) y analizó sus reacciones en cuatro categorías diferentes: con qué frecuencia sonrió el niño, cuánto sonrió sólo la madre, la frecuencia con la que ésta sonrió y no sonrió.

El estudio inicial demostró que la mayoría de las veces las madres trataban de maximizar el tiempo en el que ellas y sus hijos sonreían. Sin embargo, según el informe, los bebés sonreían con frecuencia sólo para obtener que sus madres hicieran lo mismo.

Posteriormente, el equipo tomó estos datos y programó al bebé robot para sonreír igual que los bebés reales lo hacían, y estudió a 32 sujetos de prueba para medir sus reacciones.

El estudio reveló que "los niños exhiben conductas de sincronización sofisticadas para lograr sus objetivos", lo que significa que los niños utilizan su astucia para engañar a sus padres para que hagan lo que quieren.

Este video nos demuestra no sólo los avances tecnológicos sino también lo inigualable que es la (manipuladora y llena de vida) sonrisa de un bebé de verdad. 

 

 

Twitter del autor: @tplimitrofe

En su libro “Why I am not Enligthened”, Eliezer Sobel explora la ilusión fundamental de querer iluminarse

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La proliferación de las enseñanzas espirituales y de todo tipo de disciplinas, literatura y demás parafernalia que abunda hoy en día, hace que sea muy fácil que las personas crean que se encuentran en el “camino a la iluminación”. El abuso de la terminología propia de lo “espiritual”, ha llevado a Eliezer Sobel a escribir un libro cuya máxima virtud es la honestidad, Why I am not Enligthened, en el que examina, desde su propia experiencia de 30 años buscando “la iluminación”, los requerimientos de una práctica espiritual sincera. La conclusión a la que llega es desgarradora: en realidad no quería iluminarse. No lo quería él ni la mayoría de todas las personas que sueñan o ansían este mítico despertar. Iluminarse requiere de un compromiso y una decisión total, sin medias tintas, que simplemente muy pocas personas tienen. Pero saber esto, que en realidad cuando nos iniciamos en el camino espiritual no queremos iluminarnos, es en sí mismo un conocimiento que enriquece la existencia. Además de algo que nos puede ahorrar decenas de años y problemas.

Sobel relata una serie de historias y parábolas que ilustran poderosamente por qué la iluminación está más lejos de lo que parece.

Un hombre se acerca a un maestro zen y le pide que le muestre el sendero a la iluminación. El maestro responde, “Bien, sígueme”, se levanta y  lleva al hombre a un río cercano y hacia adentro del agua. Sin previo aviso, el maestro obliga la cabeza del hombre debajo del agua y la sostiene ahí mientras lucha violentamente por su vida, hasta que hasta a punto de morir. Finalmente el maestro saca la cabeza del hombre, buscando el aliento, y dice, “Cuando quieras iluminarte tanto como querías respirar justo ahora, entonces regresa a verme".

La pregunta aquí es evidente, ¿realmente quieres iluminarte tanto como querrías respirar en una situación de vida o muerte? Y es que un logro extraordinario requiere constantemente un deseo extraordinario. Dentro del budismo zen se encuentran muchas historias similares: 

En  la Antigua China se dice que Hui-ka una vez fue a la cueva de Bodhidharma y esperó a que el monje lo aceptara como estudiante. Después de  aguardar ahí por muchos días sin señal del maestro, empezó a nevar. Cuando la nieve llegaba a la cintura de Hui, Bodhidharma finalmente salió y le preguntó, "¿qué es lo que quieres?".

"Mi mente no está tranquila", replicó Hui.

"El Camino es largo y difícil", dijo el monje, despachándolo.

Hui tomó su espada y se cortó el brazo izquierdo y se lo dio al maestro, así fue aceptado. 

O la de un monje que fue amenazado por un samurai con la punta de su espada:

"¿No sabes quién soy? Soy alguien que te puede cortar la cabeza sin pensarlo dos veces o parpadear”.

A lo que el temerario maestro respondió, sin perder la compostura “Yo soy alguien que podría ofrecerte mi cabeza para que la cortes sin pensarlo dos veces o parpadear".

El mensaje de Sobel es muy claro, la iluminación, escapar de la rueda de la vida y la muerte, no es algo casual que puede ocurrirle a cualquier turista espiritual, sólo porque toma sustancias psicodélicas, hace yoga, canta mantras o tiene pensamientos positivos. Es algo que quizás podría ocurrir, pero sólo para aquellos que están dispuestos a sacrificarlo todo, incluyendo la vida misma.

Si bien esto explica por qué no te has iluminado, también abre la posibilidad de relajarse y disfrutar la vida, el aire, la familia. Sin esa falsa presión de pretender ser o querer ser un iluminado.

 

Twitter del autor: @alepholo