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En principio, en el PRD sí había la intención de ir construyendo un marco institucional que fuera acorde a su realidad. Sin embargo, conforme el Partido fue creciendo electoralmente y las corrientes tuvieron mayores recursos, su marco legal fue quedando de lado y los acuerdos entre las tribus fueron prevaleciendo

logo-prdEl Partido de la Revolución Democrática vive tiempos de crisis. En los últimos años, se dio la renuncia de sus principales líderes, tanto de su fundador y líder moral, Cuauhtémoc Cárdenas, como de su principal activo electoral, Andrés Manuel López Obrador; muchos de sus gobiernos locales han sido acusados de corrupción, y en el caso de Iguala, de estar infiltrados por el crimen organizado; en las elecciones de 2015, en la ciudad de México, su principal bastión, perdieron el control de la Asamblea Legislativa y una gran cantidad de gobiernos delegacionales. Con estos resultados electorales, el Partido corre el riesgo de perder la Jefatura de Gobierno para 2018. 

Sin embargo, a pesar de este entorno de crisis y poco halagüeño, puede ser también un momento de oportunidades para reformar al Partido e ir estableciendo las bases para un crecimiento electoral constante.

 Las causas de la crisis

Las causas de la crisis del PRD son estructurales o de origen, y tienen que ver con su dependencia constante a liderazgos predominantes, la forma de organización de sus grupos internos (corrientes o tribus) y el no respeto a sus normas internas. 

Liderazgos predominantes. El PRD nace en torno al liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas y su éxito electoral de 1988 (como FDN), pese a competir en un régimen no democrático y sin la posibilidad de una competencia equitativa. Esta opción latente de éxito creó los incentivos suficientes para que diferentes fuerzas políticas de izquierda y la que provenía del PRI con Cárdenas se fusionaran. 

Indudablemente, el papel de Cuauhtémoc Cárdenas fue fundamental en la fundación del Partido y, posteriormente, le permitió lograr su éxito electoral más importante, ganar el Gobierno del Distrito Federal. Sin embargo, a partir del año 2000, este liderazgo predominante comenzó a caducar y surgió uno nuevo, el de López Obrador. 

Desde el punto de vista electoral, el liderazgo de López Obrador fue muy exitoso para el Partido. En dos elecciones presidenciales, de 2006 y 2012, López Obrador le aportó al PRD, aproximadamente, el 50% de su votación; pues si el margen de votación del Partido era de de 17%, con AMLO su votación llegó a ser del alrededor de 35%.

Este tipo de liderazgos han sido muy importantes para el Partido, en cuanto a su fundación y desempeño electoral; pero en el largo plazo, esa dependencia ha hecho del PRD un partido débil institucionalmente, con un crecimiento electoral por sí mismo mediocre y con un nivel de competencia muy bajo en la mayoría de los estados del país.

En el ámbito local, el PRD también ha querido crecer y ganar elecciones a través de coaliciones o candidatos ajenos; por ejemplo, en Chiapas fue con el expriísta Juan Sabines y en Puebla, en coalición con el PAN, con Moreno Valle. En ambos casos, aunque ganaron, el PRD sigue sin incrementar de una manera importante su votación y presencia en estos estados.

A pesar del indudable valor electoral que ha representado este tipo de liderazgos, ¿por qué el PRD no ha logrado aprovechar de una mejor manera, al largo plazo, este activo? ¿Por qué no se ha convertido en una ventaja competitiva frente a los otros partidos? 

En primer término, esta “ventaja competitiva” se tradujo en una gran cantidad de recursos económicos y políticos; por ejemplo, ganar el Gobierno del Distrito Federal, la mayoría en la Asamblea Legislativa, controlar casi las 16 delegaciones, así como una gran cantidad de diputados federales (provenientes de distritos y plurinominales de la zona metropolitana de la ciudad de México). Estos recursos sirvieron, en gran medida, para que las élites del partido o líderes de las corrientes fortalecieran a sus grupos, corporativizaran sus bases para sus disputas entre ellos; en lugar de invertir esos recursos en el desarrollo del Partido. 

En este sentido, parecía que la confianza o expectativa de triunfo que representaba el liderazgo de López Obrador creó una zona de confort para las élites perredistas, en la cual, no había muchos incentivos para desarrollar estrategias electorales de largo plazo, de posicionamiento y de construcción de una agenda atractiva para los electores y de vinculación con otros actores ciudadanos, y tampoco se preocupaban mucho en reducir los costos de sus disputas y conflictos internos, en la mala imagen que estaban dando hacia el exterior. 

Las estrategias y agenda del partido quedaron supeditadas al liderazgo predominante; además de que éste, en aras del mantenimiento de su poder o hegemonía, tampoco permitía una libre discusión o deliberación de opciones diferentes. 

La organización de sus grupos internos. En su formación también se reconoció formalmente a las corrientes o tribus, pues se consideraba que era una forma de aceptar el origen plural del Partido, y también fue una forma de organización que encontraron los grupos de izquierda para ser un contrapeso a la fuerza que representaba Cuauhtémoc Cárdenas y los líderes que provenían del PRI. 

Las corrientes conforme se organizaron mejor, fueron controlando el aparato o la burocracia del Partido, y máxime cuando el PRD empezó a ser más competitivo y a tener más recursos de poder. 

En sí, las corrientes cuentan con su estructura interna, con cuadros, reclutan a sus propios militantes, tienen grupos corporativizados, cuentan con sus propias reglas, cobran cuotas. Evidentemente, todo ello tampoco favorece la institucionalidad del PRD, pues la lealtad e identidad colectiva de los cuadros y militantes de una corriente es con el grupo y no con el Partido.  

Desde un punto de vista estratégico, los procesos de negociación son más complejos y pesados, ya que cada líder de corriente carga con una gran bolsa de compromisos; las disputas y competencia interna por espacios de poder son muy hostiles y se polarizan demasiado, lo cual ha afectado la gobernabilidad del Partido y a su posicionamiento frente al ciudadano en el mercado electoral.

Este modelo de organización ha corporativizado la vida interna del PRD. Quienes quieren participar en el juego político del Partido y con altas probabilidades de éxito, lo tienen que hacer a través de una corriente. Ello también ha reducido la probabilidad de incorporar nuevos actores, el desarrollo de nuevos liderazgo e incluso propiciar un cambio generacional más vigoroso.

El no respeto a sus reglas internas. En principio, en el PRD sí había la intención de ir construyendo un marco institucional que fuera acorde a su realidad. Se institucionalizaron la existencia de las corrientes y se incorpora la representación proporcional en la integración de sus órganos, a fin de que todas las expresiones tuvieran participación; en la época de Cuauhtémoc Cárdenas, se incorporó la figura de las candidaturas independientes (sobre todo cuando las tribus empezaron a cooptar candidatura); cuando la competencia entre corrientes era ingobernable, se trató de crear órganos de elección interna autónomos, incluso presididos por gente externa al Partido.

Sin embargo, conforme el Partido fue creciendo electoralmente y las corrientes tuvieron mayores recursos, su marco legal fue quedando de lado y los acuerdos entre las tribus fueron prevaleciendo. Se acuñó la frase “acuerdo mata estatuto”. 

Como en toda organización, contar con un marco normativo (reglas del juego aceptadas por todos los actores) da certidumbre en la competencia y gobernabilidad interna, pues los conflictos se dirimen por vías formales. Estos elementos son importantes para el Partido, no sólo para su fortalecimiento institucional, sino también en su posicionamiento hacia el exterior.

Ventana de oportunidades en época de crisis

El PRD ya no cuenta con el activo electoral que representaba López Obrador y vive una fuerte crisis de credibilidad. Con esto, la zona de confort de los líderes perredistas ha terminado, y en esa condición, los incentivos y necesidades del Partido son muy diferentes.

Apostar nuevamente por el liderazgo de López Obrador, como muchas voces al interior del Partido lo sugieren, se estaría postergando las soluciones de una crisis y desde un punto de vista estratégico sería un error. Además, para AMLO en estos momentos no hay muchos incentivos para aliarse a un partido del cual acaba de salir y está en crisis. 

Otro elemento a destacar es el hecho de que el partido de López Obrador, Morena, es una organización de izquierda que compite con el PRD por la misma base de simpatizantes, segmento electoral y por los mismos territorios (como es el DF). De igual forma, Morena es un Partido que está en un etapa de posicionamiento, de que el votante lo identifique plenamente con López Obrador y no con el perredismo (que fue una marca usada por mucho tiempo por el exjefe de gobierno). 

Si en este momento compiten por lo mismo y López Obrador se quiere posicionar con otro membrete, el PRD es más un competidor que un aliado potencial. Por ello, la retórica de López Obrador en contra del PRD ha sido tan crítica, como lo es con sus enemigos tradicionales (PAN y PRI).

Probablemente, quien mejor ha capitalizado la crisis de credibilidad del Gobierno del presidente Peña Nieto ha sido López Obrador (al menos de acuerdo a la última encuesta del periódico Reforma que lo coloca con un 42% de preferencia). Sin embargo, así como López Obrador es muy consistente en sus estrategias de posicionamiento y construcción de su agenda, también tiene sus puntos débiles y de vulnerabilidad. 

AMLO en sus estrategias es muy rígido y predecible, construye una retórica que no cambia y parece que solamente está preocupado por mantener su segmento de apoyo (encasillado en lo que es políticamente correcto para sus bases), y no es capaz de construir una narrativa que le permita atraer el apoyo o simpatía de otros sectores sociales. 

En ese contexto, las oportunidades para el PRD se van a dar en la medida en que se entienda que es tiempo de construir al interior del Partido. El PRD ya no puede postergar el debate sobre construir un nuevo modelo de organización. Ello implica crear un marco normativo que sea aceptado y, sobre todo, respetado por todos, que le dé gobernabilidad; es decir, los conflictos y la competencia interna se dirimen por cauces institucionales, se reconoce la victoria de los ganadores y los perdedores tienen la certeza de que perdieron en condiciones justas y legales. Los costos de ingobernabilidad y las acusaciones de fraude son muy altos para el PRD, le quitan competitividad y lo posicionan muy mal frente al elector. Un entorno de gobernabilidad favorece la deliberación de nuevas estrategias de posicionamiento y la construcción de agenda. 

En el caso de las corrientes, es difícil que por sí mismas se desintegren, pues los incentivos de sus líderes son muy fuertes para mantenerlas; pero también, el modelo se ha ido desgastando poco a poco, en algunos casos se han fraccionado y han dado origen a otros liderazgos o grupos más pequeños. Ello puede ayudar a tener una vida política interna menos polarizada y que se vaya imponiendo el interés del Partido, o mejor dicho, que el interés particular de los grupos y líderes se vaya alineando por conveniencia con el general del Partido.

Construir al Partido en el ámbito local. Como se ha mencionado, en general, la presencia del PRD en los estados ha sido muy mediocre y con una estrategia muy pragmática de crecer a través de coaliciones con liderazgos totalmente ajenos al Partido. La crisis de Ayotzinapa fue consecuencia de ese pragmatismo, de buscar mantener una gubernatura que parecía perdida, con un expriísta corrupto e incompetente, y lo más delicado, se abrió la puerta a un presidente municipal totalmente involucrado con el crimen organizado.

El PRD en cada estado tendrá que hacer un plan estratégico, con objetivos y metas muy claras de crecimiento. La gobernabilidad del Partido en cada entidad también es muy importante para generar las condiciones para incorporar a nuevos actores y liderazgos. 

Finalmente, el gran reto del PRD es construir nuevamente un discurso y una agenda que lo posicionen como una opción de cambio, y para ello, también es muy importante que ese discurso se vea reflejado en sus gobiernos y en su participación en el ámbito legislativo. Ante la crisis de credibilidad del PRI y el Gobierno, la oposición ha empezado a posicionar temas de agendas que a su vez constituyen los principales negativos gubernamentales. El PAN al parecer apostará por el tema del combate a la corrupción y Morena por la austeridad, y en este sentido, si el PRD sigue sin establecer temas y estrategias, las ventanas de oportunidades se habrán cerrado.

Helmut Schmidt (1918–2015): el canciller de la probidad y de la eficiencia

Política

Por: Jorge Graue - 09/28/2015

Schmidt, el hombre de Estado más respetado de la historia contemporánea alemana (y puede ser posible que algún día se diga que fue el más competente desde Bismarck)

A un mes de cumplir 97 años ha muerto Helmut Schmidt, excanciller de la República Federal de Alemania. Dejó el cargo hace 33 años, sin haber dejado de reflexionar, de escribir y de fumar. 8 años en la cúspide del poder (1974-1982) y muchos más como ministro y miembro del Bundestag forjaron la experiencia del economista y el hombre de Estado más respetado de la historia contemporánea alemana, y puede ser posible que algún día se diga que el hombre de Estado más competente de la nación germana desde Bismarck.

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Lo antecedió en la cancillería Willy Brandt, con cuya gestión Alemania Federal dejó de ser un protectorado norteamericano. Personaje heroico de la resistencia antifascista germana afincada en Noruega, la socialdemocracia alemana le debe a Brandt su ascenso al poder y la República Federal de Alemania, su consolidación democrática. Brandt fue ante todo un hombre de partido, y acaso un patriota. Pero también, como cualquier populista en materia de política interna, un promotor incurable de expectativas irrealizables. En materia de política externa tuvo el carisma, pero sobre todo el asesor –Egon Bahr-- y el discreto y desconfiado supervisor --Henry Kissinger— que cimentaron su famosa Ostpolitik, la cual, merced a ingeniosos tratados y convenios, derivó en una razonable estabilidad política con el Bloque del Este que perduró hasta la reunificación alemana. 

Depresivo, indeciso y descuidado, Brandt tuvo que renunciar a la cancillería tras descubrirse que uno de sus colaboradores más próximos, G. Guillaume, era espía de la República Democrática Alemana. Por si algo faltara para irritar los valores de la extensa pequeña burguesía alemana, el Ministro del Interior, Hans Dietrich Genscher, de quien dependió la investigación, coronó su informe con la novedad de un recuento inmoderado de amigas con las que  el canciller Brandt alternaba en el gabinete privado del tren oficial que usaba para cumplir con sus responsabilidades.

Así, un hecho que comprometía la seguridad del Estado y otros que revelaban más la persistencia de un macho alfa que la discreción de un jefe de gobierno llevaron a la renuncia de Brandt y el juramento de Schmidt como canciller federal. El voto de la socialdemocracia y el de los liberales, con el que los primeros hacían mayoría en el Bundestag, legitimaron su mandato.

Con el aval de su experiencia y de su prestigio técnico, Schmidt, economista de cepa, se abstuvo de hacer promesas. El cumplimiento de objetivos modestos aunque urgentes le hizo ganar la credibilidad con la que venció muy pronto al aún novato y pueblerino Helmut Kohl, candidato de la democracia cristiana, en las elecciones de 1976. El ciudadano, incluso sin ayuda de la novedosa retórica pragmática de su candidato y canciller, podía intuir o convalidar que Helmut Schmidt gobernaba apegado a los criterios de la ética y de la racionalidad política.

Tras las elecciones pudo continuar con un manejo profesional del poder, preocupado por la distensión con los países del Bloque del Este, siguiendo la ruta que había trazado su antecesor. Al mismo tiempo, contribuyó a la articulación estratégica de la Comunidad Europea en su difícil etapa intermedia de despegue. En materia de política interna, sorteó lo mejor que pudo el delicado problema del desempleo en un lapso ingrato y largo de aguda recesión, y enfrentó secuestros y asesinatos por parte de un grupo de ultras, la Fracción del Ejército Rojo, alentados y subsidiados por el terrorismo internacional y protegidos por la extinta República Democrática Alemana. Así llegó a las elecciones de 1980, año en el que se enfrentó, otra vez en alianza con los liberales, al partido demócrata cristiano y al partido socialcristiano de Baviera, en coalición con éste. Precisamente aquél aportó al candidato que desafió a Schmidt en 1980 el temible F. J. Strauss, barril sin fondo de malas mañas y truculencias políticas, ministro de varias carteras del primer canciller, Adenauer, y el fenómeno de la retórica política que más ha embobado a los alemanes desde Adolfo Hitler. Con alguna holgura, Schmidt venció en las elecciones. 2 años después, sin embargo, dejó de contar con el apoyo de su partido, al frente del cual se encontraba el pantanoso Brandt, debido a la instalación de unos misiles a cuenta de la OTAN que iban a equilibrar el poderío occidental con el despliegue nuclear que habían observado los miembros del Pacto de Varsovia.

En vista del resultado adverso de un voto constructivo que por ese y otros motivos Schmidt había solicitado al Bundestag le sucedió esa estorbosa calamidad de la historia reciente de Alemania a la que ya aludimos, llamada Helmut Kohl. Luego de 16 años que parecieron interminables, sucedió a éste el bursátil socialdemócrata Gerhard Schroeder, que perdió las elecciones hace 10 años ya contra una desparpajada luterana llegada del este que anidó políticamente en la democracia cristiana, la señora Merkel, que en su carácter de canciller será la encargada de presidir el funeral de Jefe de Estado con el que se honrará a Helmut Schmidt.

Hosco, y despiadado con los tontos, gozaba poner a prueba sus propios alcances y contrariar los de sus iguales en debates formidables en los que era una dicha seguir su argumentación, en la que escaseaban las metáforas y abundaba una capacidad analítica colosal y un agudo sentido común. Próximo a Karl Popper y amigo durante años del  gran escritor Siegfried Lenz, aquí obviamente desconocido, fue también cercano a Sadat, a Giscard, a Gerald Ford, Lula y a Henry Kissinger. 

Brusco y reservado, agnóstico, cosmopolita (característica atípica entre los alemanes), permaneció casado durante 68 años con una maestra de escuela que terminó siendo una reconocida botánica. Ya viudo reinició, nonagenario, una relación que había dejado pendiente hace más de medio siglo. Teniente tanquistas en el frente ruso, trasladado al frente occidental como artillero de la Luftwaffe, fue hecho prisionero en Bélgica hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial. Conforme a las leyes raciales del Tercer Reich, de haberse descubierto que su abuelo paterno era judío, su destino hubiera sido otro y Alemania se hubiera perdido de su mejor canciller en el siglo XX.