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La realidad entera es una sincronicidad interminable

Por: pijamasurf - 09/06/2015

El concepto de "sincronicidad" hace referencia a las conexiones significativas no causales que ocurren en el presente de la conciencia, lo que hace difícil comunicarlas o sacar algo en claro de su aparición
"Murmuration", Alain Delorme

"Murmuration", Alain Delorme

La sincronicidad es un fenómeno psicológico descrito por el psicoanalista Carl Jung como una conexión significativa entre dos o más eventos no causales --esto quiere decir que la conexión entre dichos sucesos recae en la subjetividad (i. e. el ojo) del observador. ¿Pero qué pasaría si el universo mismo y todo lo que ocurre en él no fuera sino la recurrencia de un mismo fenómeno exponiéndose interminablemente?

El blogger y fanático de las sincronicidades Ome Quiahuitl ha tratado de pensarlas como "un fenómeno natural que casi con toda seguridad seguirá presentándose a sí mismo mientras estemos aquí para experimentarlo". El problema de su teoría parece ser que no toma en cuenta la subjetividad humana y el hecho de que la existencia del ser humano y su afanosa conciencia ocupa apenas un fragmento minúsculo, irrelevante estadísticamente, en la historia del universo mismo.

Sin embargo, su teoría aporta algunos elementos interesantes para pensar que, en el gran esquema de la existencia, la vida misma y nuestra conciencia son una casualidad gigantesca que podría experimentarse como una cadena de sincronicidad de la que cada instante es un pequeño eslabón: 

Si cada momento es una sincronicidad orgánicamente orquestada, tiene mucho más sentido que en este universo inefablemente inmenso termináramos en este planeta oh-tan-convenientemente hospitalario, orbitando el Sol en algún lugar de la Vía Láctea, en armonía tan perfecta, albergando la bizarra evolución, el avance tecnológico, y el autodescubrimiento consciente del que fuimos dotados por los misterios de la existencia.

El hecho de que observemos la historia del universo en su totalidad desde un punto de vista arbitrario y consciente de nuestro presente parece reforzar la idea de destino e inmanencia, que sirve para justificar todo tipo de colonizaciones y empoderamientos súbitos de tiranos y dictadores; sin embargo, esta misma observación nos permite hacer una pequeña pausa en el continuo de la sucesión informativa en la que se ha transformado el mundo para apreciar la totalidad de los instantes de la conciencia humana en su devenir como una improbabilidad ventajosa, de la que todos formamos parte y por la cual somos responsables.

También nos remite a las viejas teorías míticas de que todo lo que ha ocurrido en la existencia sucederá nuevamente, por lo que hasta el más nimio de nuestros actos puede observarse como la programación involuntaria de esta sincronicidad que el mero hecho de existir está perpetuando. La vida y la muerte son eventos que podemos atestiguar incluso de manera estadística, pero tal vez lo que los vuelve distintos --es decir, lo que crea la ilusión de que los experimentamos como diferencias-- sea la maravillosa anomalía de la conciencia, que es siempre una experiencia del espacio y el tiempo. La vida y la muerte de cada ser forman parte de la misma cadena significante, pero la irrupción de la conciencia hace que cada sujeto las note como algo diferente; no obstante, tal vez no lo sean.

Sincronicidad se refiere además al hecho de que estas conexiones significativas no causales ocurren necesariamente en el presente de la conciencia, lo que hace difícil comunicarlas; se trata de un fenómeno de la conciencia experimentando una especie de anomalía en el continuo de los eventos. ¿Pero cuándo aprendimos que los sucesos de la vida son diferentes uno de otro? ¿Será útil remitirnos una vez más a la unidad perdida y fantaseada del Edén, donde todos los eventos forman parte del gran Evento orquestado por un creador que se presenta a sí mismo en cada hoja de cada árbol y en cada impulso de cada ser vivo, o bien estamos preparados para asumir que vivimos en una totalidad caótica que, sin embargo, parece operar bajo patrones discernibles para nuestra conciencia?

Para el psicoanálisis jungiano existen dos factores que ayudan a caracterizan los eventos de sincronicidad: 1) la significación no causal tiene una base emotiva en el sujeto (lo que explica que sólo a quien le ocurre la sincronicidad pueda asombrarse de ella en toda su magnitud, como si fuese un mensaje del universo/cosmos/etc., inscrito en el continuo del espacio-tiempo sólo para él o ella), y 2) el factor de imposibilidad con que se presenta revestido cada suceso.

Así pues, no se trata solamente de que dos eventos se parezcan mutuamente, sino que el hecho de ser percibidos los inscriba en una matriz significante solamente para el sujeto de la experiencia. Dicho de forma un tanto más pesimista, la sincronicidad --pequeña o colosal-- sólo tiene sentido para el que la percibe; pero también es por eso que el instante del satori eureka, el momento de iluminación súbita desborda la posibilidad de las palabras para volver la experiencia parte de un bien común. Sólo el relato o la elaboración posterior del evento permiten distinguir su particularidad, pero nunca de una manera del todo objetiva, pues sigue tratándose de un fenómeno de atención.

En nuestro presente laico y cientificista, la sincronicidad goza del descrédito general que tienen los sucesos que no dejan rastros ni evidencias, y se equipara a fenómenos como el avistamiento de fantasmas o las experiencias esotéricas. Pero abrir nuestra mente a versiones paralelas de la realidad tiene la ventaja de permitirnos apreciar conscientemente eventos que de otro modo serían desechados como simples casualidades --la sincronicidad existe, al menos, como evidencia del misterio subyacente a toda experiencia humana.

La experiencia del doppelgänger desde la perspectiva neurológica

Por: pijamasurf - 09/06/2015

Aunque la neurología explique los fenómenos extracorporales, la espontaneidad con que aparecen sigue siendo maravillosa o perturbadora
[caption id="attachment_99767" align="aligncenter" width="691"]The Double (Richard Ayoade, 2013) The Double (Richard Ayoade, 2013)[/caption]

-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.

Borges, "El otro"

El doppelgänger es una de las figuras literarias más perturbadoras e interesantes: la palabra proviene de los vocablos alemanes para "doble" y "andante", y su primer uso documentado proviene del poeta Jean Paul del siglo XIX, en el sentido de un doble que camina al lado de nosotros. La imagen especular de nosotros mismos ha sido tratada por Borges, Cortázar, Saramago, y es común encontrarla también en la ciencia ficción y los viajes en el tiempo. ¿Pero cómo experimentaría nuestro cerebro el shock de vernos a nosotros mismos caminando a nuestro lado o bien, yaciendo en la cama junto a nosotros?

Un caso interesante relatado por el neuropsicólogo Peter Brugger afirma que un joven suizo de 21 años experimentó un encuentro cercano con su doble poco después de interrumpir la toma de sus medicamentos antiespasmódicos. Una mañana después de haber bebido muchas cervezas sintió una presencia a su lado en la cama; para su asombro, se dio cuenta de que la persona durmiendo a su lado era él mismo. Trato de despertarlo (¿o despertarse?) sacudiéndolo y gritándole, pero sin éxito. Según el recuento de la BBC, el hombre sintió una dificultad extra cuando su perspectiva cambió de un cuerpo al otro: podía sentirse a sí mismo recostado en la cama siendo agitado por otro igual a él.

A causa del terror vivido, el joven decidió saltar de la ventana de su departamento en un cuarto piso, en un intento por "encontrar la unión entre su cuerpo y su yo". Afortunadamente cayó sobre un árbol y tuvo solamente heridas menores, pero en el hospital encontraron la causa probable de su experiencia: un tumor extirpable en su lóbulo temporal izquierdo, cuya extracción detuvo sus ataques epilépticos.

Para los neurólogos, estas experiencias se clasifican como fenómenos autoscópicos (del griego autos, "uno mismo o propio", y skopeo, "mirar") y su rango varía desde sentir una presencia perturbadora al lado de uno hasta observarlo e incluso hablar con él/ella. Probablemente hayas experimentado la autoscopía en alguna experiencia extracorpórea, como cuando sientes que estás despierto pero no puedes moverte ni hablar ni gritar, al igual que en las proyecciones extracorporales durante los sueños lúcidos. La diferencia con el joven suizo es que ciertos cerebros sienten las alucinaciones autoscópicas de manera mucho más vívida, a causa de una anomalía en el funcionamiento del cerebro en zonas encargadas de procesar el "aquí y ahora".

En 2002, el neurólogo suizo Olaf Blanke logró inducir experiencias extracorpóreas en una voluntaria de 43 años durante una cirugía cerebral. Excitando mediante electrodos el giro angular (responsable de la sensación de equilibrio y postura), y dependiendo de la intensidad del estímulo, la mujer podía verse a sí misma fuera del cuerpo, flotando encima de su cuerpo. Posteriores experimentos mostraron que es posible explicar las alucinaciones extracorporales interviniendo la actividad de la unión temporoparietal, una zona que integra la propiocepción y las diferentes señales provenientes de los sentidos, es decir, que básicamente hace que nos percibamos a nosotros como nosotros.

Pero aunque la neurología pueda decirnos cómo es que funcionan nuestros ojos, la maravilla de la vista (o del olfato o de los sentidos en general) no se deja reducir a explicaciones racionales en la experiencia cotidiana; las vivencias autoscópicas o extracorporales, a causa de su espontaneidad, resultan maravillosas o aterradoras según la experiencia subjetiva de los sujetos.