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Escucha la radio natural que transmite la Tierra: ondas de muy baja frecuencia (VLF)

Por: pijamasurf - 09/26/2015

La sinfonía secreta de la Tierra: el mundo sonoro de la energía electromagnética (VLF)

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Los sonidos que escucharás aquí son, de alguna forma, parte de la programación de la estación Gaia, lo que el ingeniero Buckminster Fuller llamaba "la nave espacial Tierra". 

Desde los inicios de la radio, aficionados y oficiales militares han sentido cierta mistificación por una serie de sonidos que en su momento parecían inexplicables --y eso fue suficiente para que se conjuraran numerosas teorías de conspiración que siguen en pie. Soldados en la Primera Guerra Mundial empezaron a detectar sonidos en sus teléfonos de campo los cuales, con cierta lógica paranoica, confundieron con granadas cercanas o ataques invisibles (la presencia fantasma del enemigo).

Como bien explica la revista Nautilus, hoy se sabe que estos sonidos son producidos por ondas de muy baja frecuencia (conocidas como VLF por sus siglas en inglés). Esto es, ondas  de radio de una longitud de onda de 10 a 100km o de 3 a 30kHz. Estas frecuencias son poco usadas en la actualidad, salvo por ciertos sistemas de comunicación militar, especialmente ligadas a submarinos, ya que estas frecuencias penetran hasta a 40m de profundidad marina. Por cierto, la DARPA ha usado sus vilipendiadas antenas en Alaska para emplear la ionosfera --que alimenta las auroras boreales-- para rebotar ondas de radio y comunicarse con submarinos nucleares del otro lado del mundo. Estas son las arpas secretas del ejército.

Los sonidos que cazan algunos aficionados y que han maravillado a más de uno son producidos por fenómenos naturales como tormentas eléctricas, volcanes, tornados y otros fenómenos que interfieren con la atmósfera y emiten ondas electromagnéticas. Alex Tesar, en Nautilus, los llama "la sinfonía secreta de la Tierra", pues resulta que hay cierta música en este ruido, en estos sonidos que rasgan el velo del planeta con rayos sutiles.

 

A muchas personas les produce placer escuchar estas tormentas casi etéreas, estos rasguños áuricos, estática natural, drones de viento, los sendos aplausos del relámpago... Existe ya una subcultura de cazadores de estas frecuencias que viajan grandes distancias para captar las mejores VLFs (los mejores lugares son espacios aislados como la tundra canadiense o el desierto Alvord en Oregon). Más allá de esta delectación sonora, las ondas de muy baja frecuencia sirven para estudiar el comportamiento electromagnético de las diferentes capas de la Tierra. Hay un silbido distintivo, identificado en uno de los audios, que es el sonido de la energía viajando por la magnetósfera: la radiación producida por un rayo viaja a lo largo de líneas en el campo magnético, siguiendo una trayectoria curva y luego se dispersa; las frecuencias más altas regresan a la atmósfera primero y las más bajas dejan una cadencia al descender después.

Así tenemos una muestra de la radio natural de nuestro planeta, sonidos más informativos que armónicos, pero con cierto sentido poético en el que, acaso por su frecuencia subrosa, no podemos dejar de pensar en la música de las esferas que Pitágoras decía escuchar. ¿Una música que es, a fin de cuentas, el sonido de la energía moviéndose en el cosmos? El oído más fino, como el ojo más fino, es aquel que percibe la energía sutil y no sólo la densidad material.

Neurodoom: nuestro cerebro no puede procesar amenazas como el calentamiento global

Por: pijamasurf - 09/26/2015

A nuestra programación deficiente para responder globalmente a un problema, se suma nuestra deficiente organización social y neurológica.

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Una imagen muy difundida para explicar la urgencia de tomar cartas a respecto del calentamiento global es la de la langosta que descansa plácidamente al fondo de una olla de agua en ebullición: cuando esta hierve ya es demasiado tarde para escapar. Esta imagen (además de una forma pésima de preparar langosta) sirve para ilustrar una incapacidad biológica, sostenida con fuentes neurológicas, para reaccionar a los eventos geológicos que atentan contra la supervivencia humana.

Al igual que ocurre con la lenta devaluación del peso mexicano, el calentamiento global produce apatía en el público general, más que un llamado a la acción. Esta apatía a menudo se sostiene en el presupuesto de que los demás no hacen "su parte", lo que nos exime de hacer la nuestra; también se sostiene en que muy probablemente no haya mucho que hacer frente a los eventos geológicos de esta magnitud: después de todo el planeta es un ser vivo que ha cambiado y seguirá cambiando, antes y después de la aparición de los humanos.

Daniel Gilbert, profesor de psicología en Harvard, ha dicho que "nuestro cerebro es esencialmente una máquina de respuesta inmediata. Es por eso que podemos esquivar una pelota de baseball en milisegundos", pero no tomamos en serio una amenaza que no nos concierne directamente, como la desertización de los bosques o la acidificación de los mares, puesto que son nuestros nietos o bisnietos quienes tendrán que enfrentar el problema.

 El también profesor de psicología y administración de Columbia, Elke Weber, opina que "en cierto sentido, es injusto esperar que la gente, homo sapiens, realice este tipo de monitoreo, este tipo de tomas de decisión, porque no estamos programados para realizarlas." Es la misma lógica por la que muchos de nosotros elegiríamos un placer pequeño pero inmediato en lugar de uno grande pero postergado.

Aunque el ser humano tiene apenas unos 10,000 años de historia como especie (y algunos más antes de la historia), incluso la amenaza del calentamiento global es muy reciente: no tenemos ni 20 años de haber sido advertidos de manera urgente y espectacular por el documental de Al Gore, Una verdad incómoda acerca de los efectos del uso de hidrocarburos en el medio ambiente. Aunque nuestro ADN tenga la misma base, los humanos alrededor del mundo nos auto-clasificamos como negros, blancos, japoneses, mexicanos, de derecha o de izquierda --es decir, somos todo menos una "especie" homogénea, cuidando los mejores intereses para nosotros mismos.

En otras palabras, a nuestra programación deficiente para responder globalmente a un problema, se suma nuestra deficiente organización social, lo que históricamente pudo haber ayudado al deterioro de sociedades desde el Imperio Romano hasta los mayas. No es talento ni inteligencia lo que nos falta, sino aceptar el hecho de que cada uno, como individuo, debe aceptar voluntariamente una cuota de responsabilidad por su propio derecho a la vida. La revista Nature lo explica de este modo:

"La evolución [según Gore] nos ha entrenado para responder rápida y visceralmente a las amenazas. Pero cuando los humanos somos confrontados con 'una amenaza a la existencia de la civilización que sólo puede ser percibida en lo abstracto', no lo hacemos tan bien. Citando estudios de resonancia magnética, él dijo que la conexión entre la amigdala, la cual describe como el centro de manejor de urgencias del cerebro, con el neocortex, es una calle de un sólo sentido: las emergencias emocionales pueden desencadenar el razonamiento, pero no al revés."

Según Weber, "el auto-control es un enorme problema para la gente, ya se trate de lo que comemos o del ahorro para el retiro", lo cual es un ejemplo muy concreto de cómo somos incapaces de pensar nuestra supervivencia, incluso la individual, en términos más allá de lo inmediato. Tal vez un camino para encontrar soluciones al calentamiento global sea enseñarnos a nosotros mismos a prepararnos para el futuro --no el "mañana", sino el pasado mañana, el día después de mañana, ese que escapa a la lógica inmediata de la previsión. Sólo así podremos utilizar los recursos de la empatía para entender que nuestras acciones en el mundo tienen consecuencias para los que todavía no llegan.