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No hay manera de vender un viaje a la Luna con los argumentos turísticos propios de la Tierra y nuestras agencias de viaje; ni viceversa
Imagen: Wikimedia Commons

Imagen: www.renken.de

¿Nunca te pasó? La situación llega a ser bizarra.

Tú invitas a la ilusión y ella (o él) te responde con la desconfianza. Tú le dices que es para aspirar y ella se lo quiere tragar. Tú insistes con que no importa y él vuelve una y otra vez a que tú siempre con lo mismo. No logramos ponernos de acuerdo.

Tú sabes perfectamente que nunca nadie en la vida tuvo la valentía y la consistencia ética de proponerle algo así y ella te vuelve a comparar con aquéllos y a veces hasta sales perdiendo. Y tú te mueres de ganas de decirle “pero cómo…” pero ya no sabes ni cómo decírselo. Tú retomas el aire y de nuevo le recuerdas que una propuesta vale más que mil especulaciones y que las innovaciones son de otra índole que las justificaciones. Tú le dices y él nada. Tú le juras que lo que vale es la entrega, no el resultado, y él reacciona como si no entendiera tu lengua. E insistes con la lengua y tampoco parece entender.

Se viste de superanalítica para no caer en la trama encantadora de tus ilusiones.

Tu estás invitándola a viajar a la Luna y ella te cuestiona como si fueran a pasar el fin de semana en la montaña de al lado. Quiere saber cómo estará el clima, qué calidad tendrá la cobertura de su celular, si su almohada será de la altura a la que ella está acostumbrada, si no habrá bichos en la cabaña, si habrá tráfico al retornar y demás. Ella quiere garantizarse que nada pierde de sus plomizos y garantizados fines de semana en la ciudad y entonces sí –tal vez-- se disponga disfrutar de algún plus a favor. No entendió. Y en esas condiciones no deberías aceptar.

Cuando el viaje es a la Luna, las referencias históricas se pierden. Ese viaje es un corte. Si vale, vale por sí mismo y por lo que nos trae, no por lo que conserva. Es otra instancia. Ni llevas ni traes; simplemente vas, te vas. No sabemos lo que encontraremos en la Luna, pero no podemos ir a buscar allá justamente lo que ya hemos conseguido acá en la Tierra, porque entonces para qué, ¿no? Si encuadramos el viaje a la Luna en un marco reafirmatorio, lo más probable es que vomitemos mil veces, una tras otra. Si decidimos ir a la Luna es por la Luna y lo que ella nos proponga; habrá que dejarla ser. Allá no falta gravedad, simplemente hay otra cosa; por acá te caes todo el rato y allá flotas, y sus mil derivaciones. Se me hace que las radiaciones de por allá no sirven para hablar por teléfono ni enviar Whatsapps.

Quiere saber si tú sabes cómo es allá y tú le dices que claro que no, y entonces no se siente seguro. Te pide garantías y tú tienes repentinas ganas de responderle que su pu… que no se trata de garantías, precisamente; que tu invitación es justamente a la exploración y el descubrimiento. No entiende. Es de esas que hasta se tomaría una pastilla para dormir en el tramo en que atraviesen el límite atmosférico y cambie el juego de gravedades. No sabe que el viaje vale más que la llegada. No sabe que protagonizar la búsqueda es más trascendente que encontrar. No puede, tal vez.

No escucha tu propuesta, sopesa su riesgo. No te valora porque propones, te valorará si lo propuesto le vale. Reprobó en ética. Te pone en el lugar del riesgo para salirse él de su riesgo. A ver si me convences, te inquiere. Cree –delira-- que es más edificante juzgar que enunciar. Es de las que siempre se espera para tomar su posición. Te evaluará llegando, despegando, durante y al regresar; y siempre con el patrón de la Tierra. Te tendrá en vilo y expiará su ansiedad volteando a verte con cara de “yo te dije” a cada pozo de aire o calorón de por allá arriba. Dirá una y otra vez que añora su pan caliente, su rutina de yoga, sus almuerzos en la hora y su invierno conocido; vivirá nostálgica como viven los que emigran y no se conectan con lo ganado mientras se deshacen en lo perdido. Y tú tendrás dos alternativas (allá arriba, vaya uno a saber dónde): o te caes con él o te cagas en él. No entiende.

…Digo esto porque muchas veces cuando estamos en una escuela, en un congreso, seminario o cualquier otro foro de educación, parece que estuviéramos con ella de nuevo, multiplicada por cientos. Te escuchan como si fueras un impostor; te recelan como si estuvieras atentando; te inquieren como si te estuvieran comprando; te exigen donde no tienes –ni pretendes tener-- y te desatienden en lo que vales. Es la comunicación equivocada en estado puro. Tú les dices que vamos y ellos se reafirman en su pretensión de quedarse; tú les recuerdas que su lugar ya no está seguro y ellas te espetan que a ver si el tuyo lo está. Tú les dices que están trabados y ellos te dicen que no, en escuadra. Tú te abres y ellos te buscan el talón. Tú te lanzas y ellos te miran el lomo. Tú sonríes y ellas desconfían.

Te obligan a adoptar la posición del que sabe y tú quieres ser el que invita. Tú afirmas que debemos explorar y ellas te dicen que sí, pero que mañana, que tal vez, que cómo, que si fuera el caso… Y tú te irritas y te mueres de ganas de decírselo, porque si no lo dices puedes caer en la trampa de buscar justificarte con la matriz equivocada. No hay manera de vender un viaje a la Luna con los argumentos turísticos propios de la Tierra y nuestras agencias de viaje; ni viceversa.

Cuando llegas con lo de la escuela nueva debes saber que llegas con un billete abierto a no sé dónde. Así de indefinido y así de inquietante. No te pierdas. Y no olvides que se lo estás ofreciendo a quien lleva en la Tierra, en su ciudad, en su jodida casa de su jodido entorno, una vida jodida, repetitiva e inútil que transcurre con dificultades pero en la que nada ocurre de verdad. Y debes saber también que podría ser que no esté en condiciones de subirse a la nave, pero sientes que es difícil que no se vea tentada, con ganas, iluminada por tu iniciativa y por el encanto irresistible de lo por hacerse. No te resignas, y te entiendo.

Debes aceptar que te diga que sí o te diga que no, pero no debes aceptar que consuma tu luz. Si su deporte es consumirte, vete; y vete tranquila, porque resulta obvio que él no es para ti. Hay otros.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

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Un estudio asegura que las personas con mayores conocimientos se masturban con mayor frecuencia

Sociedad

Por: pijamasurf - 09/10/2015

Un estudio realizado por la Escuela Nacional de Salud y Comportamiento Sexual a 6 mil voluntarios revela que las personas con mayor nivel de estudios académicos se masturban más frecuentemente que las demás

 

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Imagen: blog.1000lostchildren.com

Usar el argumento de “yo me masturbo más porque soy más listo” podría verse como un pro o como contra, dependiendo de la situación en la que se utilice. O tal vez no sea necesario decirlo y correr el riesgo de parecer el cliché del nerd que tiene una falta de sexo.

Pese al mal chiste sobre el cliché del nerd, un estudio realizado en Estados Unidos revela que las personas que tienen mayores conocimientos académicos suelen masturbarse más frecuentemente. La reciente investigación asegura que existe una correlación entre la frecuencia de la masturbación y el nivel de estudios de una persona.  

Por desgracia, pareciera que aún en estos tiempos hablar sobre sexo abiertamente es un tabú, algo que o no se suele hacer o se hace de manera exagerada, nunca desde un punto medio. Nunca es algo tan natural como para sólo aceptarlo y hacerlo parte de nosotros, como la comida y el hambre.

Este estudio ha sido realizado por la Escuela Nacional de Salud y Comportamiento Sexual dirigida por Debby Herbenick, psicóloga especialista en conducta sexual e investigadora del Kinsey Institute.

La investigación consistió en realizar encuestas a 6 mil ciudadanos estadounidenses de entre 14 y 90 años de edad y fue patrocinada por una marca de preservativos muy conocida, según relata el catalán Pere Estupinyà en su libro S=EX2.

Los participantes de este análisis fueron seleccionados de forma rigurosa, siendo este, según afirma una nota al respecto, “uno de los estudios más completos acerca de cómo vivimos el sexo los seres humanos en las sociedades actuales”.

Si bien las encuestas sólo contemplan ciudadanos norteamericanos pueden ser de utilidad o incluso un parteaguas para futuras investigaciones con personas de otras partes del mundo, ya que no todos somos iguales ni compartimos las misma ideologías.

Aunque se reveló una marcada tendencia a que las personas con mayor grado académico solieran masturbarse más, la investigación arrojó otros daos interesantes gracias a las preguntas elaboradas en las encuestas.

Al revisar las encuestas se encontró que 71.5% de las mujeres de entre 25 y 29 años reconoció haberse masturbado durante el último año; sin embargo, de las mujeres de entre 60 y 69 años encuestadas sólo 46.5% afirmó haberlo hecho.

Una feliz sorpresa para muchos es que 33% de las personas encuestadas mayores de 70 años de edad asegura haberse masturbado a lo largo del último año, una cifra y una edad nada despreciables para seguir satisfaciendo el deseo sexual.  

Las encuestas lanzaron otros datos no menos interesantes, como que sólo 5% de las mujeres (contra un 25% de los hombres) confesó haber visto contenido pornográfico en la red en los últimos meses. Otro dato estuvo evidentemente relacionado con la protección en el momento del acto sexual: 28% de los hombres encuestados aseguró haber perdido la erección justo en el momento de colocarse el condón en por lo menos uno de sus últimos encuentros sexuales. 

Al final, con los resultados de la investigación realizada por Herbenick, estos versos de un soneto del poeta mexicano Salvador Novo toman un semblante nuevo: aquello de querer ser "Un escritor genial, un gran poeta.../ Desde los tiempos del señor Madero, / es tanto como hacerse la puñeta".