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La escuela sólo trabaja en los aprendizajes directos; por eso es inútil. Y además, reniega de los aprendizajes indirectos, como si no los viera o no los quisiera ver
Imagen: www.torange-es.com

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Tal vez todo se reduzca a una sola cuestión: los aprendizajes directos son inútiles y los indirectos son inevitables.

Llamo “directos” a una típica clase de historia o de geografía o de matemáticas en la que el profesor reza su contenido a un grupo de alumnos que intenta asimilarlo. Eso no sirve para nada; para nada que valga la pena –quiero decir, porque suele ser útil para aprobar exámenes, satisfacer maestros y padres y madres, ganar olimpíadas académicas escolares y esa serie de futilidades. Y llamo “indirecto” a lo que impacta en los niños aunque no queramos, simplemente porque son y están, como por ejemplo el hábito lector en casas lectoras o el hábito corrupto en ambientes donde la corrupción vale y suma.

La escuela sólo trabaja en los aprendizajes directos; por eso es inútil. Y además, reniega de los aprendizajes indirectos, como si no los viera o no los quisiera ver. La escuela planifica y planifica su registro directo y deja librado un azar que es sólo inercial e igual al mar de registros indirectos que nos impactan y nos determinan a todos siempre. Como si no entendiera que para enseñar la belleza, más que definirla hay que hacérsela experimentar a nuestros alumnos, una y otra vez; y lo mismo con la generosidad o con la creatividad.

Los aprendizajes directos trabajan en una sola dimensión, en un registro explícito plano, mediante modelos expositivos literales; básicamente, su paisaje es el maestro dando clase y/o el libro abierto encima del pupitre. Y se despliegan por repetición. En la escuela todo se enseña así y nada se aprende entonces. Por eso las evaluaciones son tan inmediatistas, porque es lo único que queda de un proceso pedagógico tan falto de sentido. Si la enseñanza es plana, de nada servirá después pretender darle volumetría al proceso mediante evaluaciones sofisticadas, abiertas, adaptativas y de matrices múltiples.

¿Cómo se deberían trabajar los aprendizajes indirectos? Por medio de la generación de ambientes, situaciones, problemas y atmósferas cargadas de sentido. Es decir, por medio de estrategias experienciales, no literales sino metafóricas, abiertas y tranquilas. Definir la escuela a partir de ambientes y símbolos que carguen contenidos pero que no bajen contenidos. Estabilizar y difundir culturas, modelos y procesos cargados de intencionalidad formativa. Inundar y dejar que los alumnos comiencen sus propios procesos de flotación; y acompañarlos –que no es lo mismo que trazarles el camino. Practicar antes de predicar. Dejar que las cosas y los casos hablen, que los colegas enseñen, que las pautas sean construidas y reconstruidas y que los símbolos acaben formándonos. Comprometer a la institución con sus ambientes y no con sus discursos; obligarla a que se defina por lo que es y no por lo que dice que es. Rankearla por la calidad de sus ambientes y no por la cantidad de sus resultados. Huir en general de todas las declaraciones.

Los aprendizajes indirectos son inevitables –decíamos, que quiere decir que por lo que edifican o por lo que denigran, ellos siempre nos constituyen. Aunque nadie se ocupe de los registros indirectos, ellos existen; por eso mejor ocuparse, porque si no, ellos quedan a merced de inercias anquilosadas, tendencias sociales de baja calaña, corruptelas endémicas, estereotipos insoportables. La escuela que cree que ella es apenas su literalidad es la peor de todas, porque no lee lo que en ella nos está constituyendo, encandilada en lo que es inútil. Es un peligro.

Me canso de ver cómo las justificaciones suelen anteponerse a las acciones y las negaciones a las reflexiones. Me aburro de verificar que se creen lo que se cuentan y quieren que les creamos la historia que se han contado. Me saca de quicio ese deporte tóxico tan frecuente de la reducción de las complejidades humanas y conceptuales a discursos ramplones de corte positivo; para todo, para las drogas, la sexualidad, la historia americana, la geometría, la democracia o el emprendedurismo. Me da tristeza encontrarme con una instancia tan precaria que niega porque se muere de miedo y rechaza porque no sabe qué hacer.

Queridos papás y mamás que buscan escuela para sus hijos, por favor, no escuchen lo que les cuentan; hagan al contrario, imaginen que si se los cuentan es porque no sucede. Y entren y vean. Y sientan y experimenten. Pidan quedarse una mañana en la escuela, en el patio, en las salas múltiples, en la biblioteca, en la cancha y pregúntense si algo relevante sucede allí, si ese cuerpo social que debería ser rico y complejo que es una escuela es realmente rico y complejo; porque si no lo es, entonces mejor ir a otra escuela. Claro, me contarán luego que la otra escuela tampoco lo es y yo deberé darles la razón. Por eso –esencialmente-- escribo mis notas en los periódicos, una tras otra.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

La escuela que no forma e informa desconoce la instancia productiva del saber
[caption id="attachment_101592" align="aligncenter" width="600"]Nikolaos Gyzis, "The secret school" (1885-86) Nikolaos Gyzis, "The secret school" (1885-86)[/caption]

Cada vez que escucho a un educador usar la palabra educación, o enseñanza, o aprendizaje, didáctica, pedagogía, conocimiento, saber, instrucción, etc., no sé muy bien de qué habla. No lo sé porque esas palabras se nos han gastado y los conceptos que suponen o podrían suponer están cada vez más confusos y mezclados.

Necesitamos una matriz conceptual eficiente para poder recuperar nuestro vocabulario esencial y nuestro trabajo teórico; y necesitamos explicitarla. Y entonces sí encajar cada una de estas palabras –y otras-- en ella, para que las cosas vayan rearmándose en un ecosistema consistente y claro, para que cada vez que alguien del mundo educativo diga algo, esté diciendo realmente algo. Necesitamos poder acordar o disentir con él. Hoy hemos perdido tanto la posibilidad de consenso como la de disenso, porque todo es más o menos todo y más o menos nada y más o menos eso y más o menos también lo contrario.

En la escuela, o nos dedicamos a formar o nos dedicamos a informar. No se pueden hacer las dos cosas, hasta porque la misma etimología nos lo impide avisándonos que la una (información) niega a la otra (formación). No se puede ser moral e inmoral la vez; ni culto e inculto. Sin embargo, cuando los escucho hablar en nuestros constantes congresos, seminarios, encuentros, foros, espacios y talleres, nunca acabo de saber si están haciéndolo desde la cara formativa de la educación o desde la contracara informativa de ella. Y es ahí que me confundo y me pierdo.

Educar es formar; o sea, no es informar. Formar exige poner al sujeto siempre por delante del objeto. El saldo del proceso educativo no es la información sino el formado. Si para algo sirve la historia medieval es para hacer más sólido al alumno que la aprende; la química no vale por sí, vale –si vale-- por el saldo que produce en el formado en química. La química debería constituirnos. Pero no lo hace. Y no lo hace porque llega en “modo informativo”, como la geografía, la biología, la física y en general lo demás. Todo el sistema educativo pasa cualquier tema a “modo informativo”; hasta la literatura, la geometría, la alfabetización y las ciencias. Todo llega empaquetado para que sea recibido y almacenado. Y a eso solemos llamarlo saber o conocimiento. Cuando decimos que “sabemos” algo o de algo estamos diciendo que podemos dar testimonio del paquete informativo de ese algo. Estamos equivocados.

Pero las cosas a veces se vuelven a confundir cuando vamos a las matemáticas o a la lengua; ahí no parece que se trate estrictamente de un proceso informativo. En matemáticas, los alumnos aprenden a resolver ejercicios, no solamente a conocer la información matemática. Saben –los buenos-- resolver operaciones, ecuaciones, funciones de las más diversas complejidades. Lo mismo con la lengua, con la que acaban sabiendo escribir redacciones, frases gramaticalmente correctas, conjugar verbos, alinear géneros, números y demás, gobernar las formas sintácticas establecidas de su lengua. Pero lo curioso es que con eso ni hacen matemáticas ni tampoco literatura. Están aptos para ejecutar unas operaciones, pero no lo están para replantearlas, matizarlas o producirlas.

La escuela que no forma e informa desconoce la instancia productiva del saber (que algunos llaman “creatividad” y puede ser, aunque me suena un poco naif el sustantivo). Producir es construir con eso; proponer algo más que lo que había. Porque lo que había llegó a mí empaquetado en su “modo informativo”. Formar es trascender lo que se nos informa. Y eso es producir.

La información es medio para la formación y no fin en sí mismo; y lo es siempre y cuando tenga el tino suficiente como para no obturar, atrofiar, inhibir, reducir y pasivizar, que es lo que suele hacer en nuestras escuelas. Ese tino es timing; timing pedagógico; que la información entre cuando ya haya sujeto para hacer algo con ella.

Formarme es aprender a hacer algo con lo que sé. Hacer es más que saber. No quiero que en educación sexual me informen sobre la sexualidad, sino que me formen para ella y que yo pueda hacer más y mejores cosas con mi sexualidad. Pero la escuela no me entiende.

Te estarás preguntando –lector-- por qué entonces titulé esta nota “Educación 3D”, si nada he dicho de eso. Tienes razón; lo he dejado para el final. Necesitaba este contexto para planteártelo.

Estamos convencidos de que la educación se debe organizar por temas; así son los currículos. La noción de tema parece axiomática. Eventualmente, la comunidad educativa se muestra a veces dispuesta a discutir qué temas y en qué orden, pero no la noción misma de tema. Sin embargo, bajo la matriz de formación-información, lo que debemos discutir es el concepto de tema.

Solemos entender por tema un recorte; por ejemplo, la esclavitud o los números romanos; y estamos convencidos de que se deben estudiar en sí mismos, cada uno a su hora. Los temas en el mundo educativo son unidimensionales. Recortamos el período colonial y lo desarrollamos centrípetamente, como si se pudiera. No se nos ocurre que sería mucho mejor hacerlo centrífugamente y dejarlo que nos lleve a las monarquías europeas, a la religión católica, a las creencias geográficas y astronómicas o a donde desee llevarnos. Nos da miedo la multidimensionalidad. Nos resistimos a poner la redacción a trabajar junto con la literatura y dejar que esa tensión total entre ellas alimente el objeto y fortalezca la formación del sujeto. Por eso lo de 3D; porque cuando conectamos se rompe el modo informativo y se pone en marcha el modo formativo. Todo es infinitamente más complejo de lo que parece, más relativo de lo que quisiéramos y mucho pero mucho más atractivo. Pero hace falta ponernos las gafas y verlo en 3D; desde todos los lados y para todos los lados, en volumetría. Si no las cosas no se entienden, aunque se recuerden. La esclavitud, el racismo, la colonia, los sistemas de perspectivas… Si logramos enfocar en 3D el objeto de estudio, entonces el sujeto de la formación aparece y se constituye. Si no, no.

Por eso me gustan tanto las asignaturas rebeldes a su reducción al modo informativo, como el inglés –por ejemplo. ¿De qué sirve tener información sobre el inglés si no conseguimos hablar en inglés? Ahí es fácil ridiculizar el modo informativo; pero en el fondo, es el mismo ridículo que surge si nos preguntáramos de qué sirve tener información sobre la historia de Brasil si no conseguimos tomar una posición política sobre Brasil. Y así con la mecánica de la función de segundo grado, si no somos capaces de construir una ecuación de segundo grado o del teorema de Pitágoras, si somos incapaces de producir algo a partir de él.

O nos dedicamos a formar o nos dedicamos a informar. No se pueden hacer las dos cosas. Propongo esa matriz dicotómica y excluyente para comenzar a entendernos.

 

Twitter del autor: @dobertipablo