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Contar el desastre: réplicas a 30 años del terremoto de 1985

Por: Javier Raya - 09/19/2015

Contar los eventos trágicos, al igual que los felices, conforma la memoria colectiva y da lugar a formas diferenciadas y particulares de habitar el mundo

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El 19 de septiembre de 1985 mi mamá salió a despedir a mi papá que salía a trabajar. Estaban en la puerta de nuestra casa de entonces cuando se sintieron los primeros movimientos: sacudidas moderadas que poco a poco se fueron tornando violentas, hasta hacer que los postes de alumbrado público se movieran como metrónomos. La señal de televisión y radio se interrumpió, en casa no hubo teléfono hasta años después, por lo que pasó mucho tiempo antes de que pudieran informarse de la salud de nuestros familiares y la verdadera magnitud del daño. Mientras tanto, ausente de todo, yo entraba plácidamente en mi noveno mes de gestación.

Mi familia no estuvo entre las millones de afectadas, pero si le preguntan a cualquier chilango de más de 40 años seguramente podrá recordar exactamente dónde estaba en ese momento. En poco más de 1 minuto, el sismo de 8.1 grados en escala de Richter provocó daños irreparables en términos humanos, materiales y morales. Junto con la fuerte réplica del día 20, el saldo fue de unos 100 mil edificios colapsados, las pérdidas humanas ascendieron a más de 10 mil habitantes, los servicios básicos de agua y electricidad se interrumpieron en amplias zonas, y una grieta irreparable dividió el tiempo mexicano en dos. 

La memoria del terremoto del 85 quedó irremediablemente ligada a la unidad habitacional Nonoalco Tlatelolco, donde llegué a vivir con mi pareja y mis hijos hace cosa de año y medio, por un extraño azar. En el lugar donde estuvo el edificio Nuevo León hoy se puede visitar una pequeña plaza con un reloj de sol que marca siempre la hora del sismo (7:19am), así como una placa conmemorativa. 11 edificios más tuvieron que ser demolidos en la unidad por daños estructurales, e investigando un poco pude saber que el edificio donde vivo tiene nada menos que 1.5 grados de inclinación. Los residentes que decidieron quedarse --o que no tuvieron más remedio-- se enfrentaron a la incompetencia gubernamental que detonaría el famoso "nacimiento de la sociedad civil" del Distrito Federal: primero como grupos de rescatistas improvisados, filas para remover escombro o para repartir alimento a los damnificados, y posteriormente como formas de organización política comunitaria de grupos como Unidos por Tlatelolco o la Asamblea de Barrios, integrada por gente que decidió organizarse bajo lemas como "Nuestra sumisión quedó bajo los escombros" para exigir el involucramiento real del gobierno más allá de las promesas y relaciones públicas. A raíz del temblor del 85, la administración pública de Tlatelolco (que alberga aún a más de 10 mil familias) sigue recayendo en gran medida en los vecinos.

Supongo que solamente los chilenos y los japoneses tienen una conciencia tan clara de lo que es vivir en una zona sísmica. Se vuelve costumbre improvisar sismógrafos en lámparas o cualquier objeto pendular; las conversaciones se interrumpen súbitamente, y el tono cambia del júbilo a la alarma: "¿Está temblando?". Después del evento --frecuente, es cierto, pero nunca desde el 85 realmente caótico, la pregunta entre preocupada y cándida es "¿Cómo te fue de temblor?", porque los movimientos sísmicos, sin importar su magnitud, son el origen de crónicas animadas, medio trágicas y altamente subjetivas que dicen más de los improvisados cronistas que de los sismos en sí: la crónica colectiva ayuda a paliar el miedo, ahuyenta y llama por su nombre a los fantasmas y forma el sentido de la comunidad a través del relato y la memoria en la medida en que un evento colectivo, especialmente los desastres, adquiere una dimensión humana cuando es contado.

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Esta mañana, a las 7:19am, sonaron las campanas de la iglesia, se detonaron cohetes y sonó en las plazas el inexplicable toque de bandera, como en las ceremonias oficiales, en la conmemoración de los 30 años del terremoto. Me parece triste que cualquier ocasión solemne de naturaleza colectiva en este país, desde un partido de futbol hasta la inauguración de un edificio público, implique la música oficial, el toque de bandera y el Himno Nacional. Es increíble que nuestra imaginación, tan productiva en otros ámbitos, sea tan limitada para la celebración y el luto, esos polos de lo social. Ignacio Padilla aborda el tema en Arte y olvido del terremoto (Almadía, 2015), donde acusa la falta de narrativa literaria del suceso, el cual es clave para la renovación periodística y gráfica del período. A pesar de que falte la "gran novela" del 85, Padilla afirma en entrevista con Excélsior que "el terremoto está implícito en todo cuanto escribimos quienes lo vivimos hace 30 años. Fue para mis contemporáneos una marca generacional indisputable, junto con otros dos derrumbes: el del Muro de Berlín, el 10 de noviembre de 1989, y el de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001".

Una de mis citas favoritas es aquella donde escribe María Zambrano que "no es completamente desdichado el que puede contarse a sí mismo su propia historia". Así como la generación anterior falló en integrar los aprendizajes de la organización civil posterior al terremoto, seguramente mi generación fallará en concretar una alternativa democrática al partido oficial, en habitar formas de vida que se opongan a la corrupción como forma de gobierno, y en un ámbito más modesto, en una propuesta estética que no deje sin contar --que no deje sin memoria, doblemente olvidados-- los sucesos que nos marcaron a nosotros: el terremoto de 1985 es uno de ellos, pero se me ocurre también el fracaso de nuestra participación en las elecciones de 2006 y 2012, o la impunidad insultante en la guerra contra el narcotráfico del calderonismo y las reiteradas violaciones a los derechos humanos del peñismo, en casos como Atenco, Tlatlaya y Ayotzinapa. Así como fallaremos en dar un recuento sólido de estos eventos (¿la generación de Homero fue realmente exitosa en su recuento de la caída de Troya? ¿Los cronistas de Indias agotaron el espectro posible del choque y dominación de culturas durante la Conquista?), tal vez fallaremos también en narrar las cosas que nos alegran y nos emocionan. Entonces hay que traer a colación otra de mis citas favoritas, esta vez de Samuel Beckett: "Siempre lo intentaste. Siempre fallaste. No importa. Inténtalo otra vez. Falla otra vez. Falla mejor".

 

Twitter del autor: @javier_raya

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6 mitos sobre el cerebro y sus funciones

Por: pijamasurf - 09/19/2015

Algunos mitos famosos sobre el cerebro que no son del todo ciertos
[caption id="attachment_100516" align="aligncenter" width="640"]brain-512758_640 Imagen: pixabay.com[/caption]

 

En un artículo para Smithsonian Magazine, Laura Helmuth hace una lista de 10 mitos sobre el cerebro; elegimos seis de ellos:

 

1. Utilizamos solamente 10% de nuestro cerebro

Seguramente hemos escuchado muchas veces esta aseveración. Esta cifra suena convincente, lo que nos asegura que tenemos grandes reservas de poderes mentales sin explotar.

Pero el supuesto 90% del cerebro no es un apéndice vestigial. Los cerebros son caros: se necesita una gran cantidad de energía para construir el cerebro durante el desarrollo fetal y la infancia, así como para mantenerlo en la adultez. Evolutivamente, no tendría sentido llevar el tejido cerebral más allá de sus límites. Los experimentos utilizando escaneos PET (en español: tomografía por emisión de positrones) o IRMf (Imagen por Resonancia Magnética funcional) muestran que gran parte del cerebro se activa durante tareas simples e incluso lesiones leves pueden tener profundas consecuencias para el lenguaje, la percepción sensorial, el movimiento y las emociones.

Es cierto que tenemos algunas reservas cerebrales. Los estudios de autopsia muestran que muchas personas tenían signos físicos de la enfermedad de Alzheimer (como placas amiloides entre las neuronas) en el cerebro a pesar de que no haber sufrido deterioros. Al parecer podemos perder algo de tejido cerebral y seguir funcionando bastante bien. Las personas obtienen mejores resultados en las pruebas de CI si están muy motivadas, lo cual sugiere que no siempre ejercitamos nuestra mente al 100% de su capacidad.

 

2. La memoria fotográfica es precisa, detallada y persistente

Todos tenemos recuerdos que se sienten tan vívidos y precisos como una foto instantánea; por lo general estos recuerdos derivan de algún episodio shockeante o algún evento dramático, como el asesinato del presidente Kennedy, el terremoto de 1985 en la ciudad de México, los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, etc. En estos casos, las personas recuerdan exactamente dónde estaban, qué se encontraban haciendo en ese momento, incluso con quién estaban, lo que vieron y/o escucharon. Sin embargo, varios experimentos han probado la memoria de las personas inmediatamente después de una tragedia y otra vez varios meses o años más tarde. Los sujetos tienden a estar seguros de que sus recuerdos son exactos y dicen que los flashazos de dichas memorias son más vivos que otros recuerdos. Por vívidos que sean o aparenten ser, con el paso del tiempo estos recuerdos sufren un desgaste, igual que otros menos traumáticos. La gente olvida los detalles importantes y agrega algunos incorrectos, sin la conciencia de que está recreando una escena confusa en su mente en vez de realizar una reproducción perfecta, fotográfica. La memoria, en mayor o menor medida, también es una invención.

 

3. Todo va cuesta abajo después de los 40 (o 50, o 60, o 70)

Es cierto que algunas habilidades cognitivas disminuyen a medida que envejecemos. Los niños son mejores en el aprendizaje de nuevas lenguas que los adultos. Por otro lado, los adultos jóvenes son más rápidos que los adultos mayores para juzgar si dos objetos son iguales o diferentes, pueden memorizar más fácilmente una lista de palabras al azar y son más rápidos en contar hacia atrás de 7 en 7.

Sin embargo, un montón de habilidades mentales mejoran con la edad. En las personas mayores, el vocabulario comprende un espectro más amplio de palabras; también, con la edad se logran entender sutiles diferencias lingüísticas. La edad da un mejor juicio respecto a la personalidad de un extraño; se puede juzgar mejor a primera vista. Se obtienen mejores resultados en las pruebas de sabiduría social, como la forma de resolver un conflicto. Con el tiempo, las personas aprenden cada vez mejor a regular sus propias emociones y a encontrar significado en sus vidas.

 

4. Tenemos cinco sentidos

Sin duda la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto son los grandes, pero tenemos muchas otras maneras de sentir el mundo y nuestro lugar en él. La propiocepción, por ejemplo, nos dice cómo están posicionados nuestros cuerpos: es el sentido que informa a nuestro organismo de la posición de los músculos, la capacidad de sentir la posición relativa de partes corporales contiguas. Por otro lado, la nocicepción es el sentido que activa diversas respuestas autónomas que conducen a la experiencia del dolor en los seres vivos que tienen un sistema nervioso. La equilibriocepción (o sentido del equilibrio) se encuentra en el oído interno y es lo que nos permite, a todos los animales, caminar sin caernos.

No obstante, en comparación con otras especies, los seres humanos están perdidos. Los murciélagos y los delfines utilizan un sonar para encontrar presas; algunas aves e insectos pueden ver la luz ultravioleta; las serpientes detectar el calor de presas de sangre caliente: ratas, gatos, focas; los tiburones detectan campos eléctricos en el agua; las aves, las tortugas e incluso algunas bacterias se orientan por las líneas del campo magnético de la Tierra.

 

5. Los cerebros son como las computadoras

Hablamos de la velocidad de procesamiento del cerebro, su capacidad de almacenamiento, sus circuitos paralelos, entradas y salidas. La metáfora falla en casi todos los niveles: el cerebro no tiene una capacidad de memoria de ajuste que está esperando para ser llenada, no realiza cálculos en la forma en que un ordenador lo hace e, incluso, la percepción visual básica no es un receptor pasivo de insumos porque interpretamos activamente, anticipándonos y prestando atención a los diferentes elementos del entorno visual.

Hay una larga historia de comparaciones del cerebro con máquinas avanzadas de su tiempo. Por ejemplo, Descartes equiparó el cerebro a una máquina hidráulica, y Freud comparó las emociones con una máquina de vapor. Más tarde, el cerebro parecía una central telefónica y luego un circuito eléctrico, antes de evolucionar en una computadora; últimamente se está convirtiendo en un navegador Web o en Internet. Estas metáforas permanecen pues son, en realidad, clichés.

 

6. Vemos el mundo tal como es

No somos receptores pasivos de la información externa que entra en nuestro cerebro a través de los órganos de los sentidos. En cambio, buscamos activamente patrones (como un perro dálmata que aparece de repente en un campo de puntos blancos y negros), giramos las escenas ambiguas para que se ajusten a nuestras expectativas (esto es un florero, esto una cara) y perdemos completamente numerosos detalles que hay alrededor. Varios experimentos famosos comprueban que nuestro cerebro no puede percibir la totalidad de la realidad, sino fragmentos.  

Tenemos una capacidad limitada para prestar atención (por eso, hablar por celular mientras se conduce puede ser tan peligroso como conducir ebrio) y un montón de prejuicios acerca de lo que esperamos o queremos ver.

Nuestra percepción del mundo no está sólo hecha de observaciones objetivas; mucha de la realidad es una invención, una elección o una omisión. Incluso, una mezcla de estas tres.