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¿Cómo eludir la fascinación por el dinero y los goces que provee? Henry Miller y Dostoievski nos ayudan a lograrlo

Por: pijamasurf - 09/07/2015

¿Es posible prescindir del dinero? La respuesta no es sencilla, sobre todo porque antes de conseguir dicho estado es necesario desbrozar todas las ficciones tejidas en torno a este concepto, proceso sobre el cual arrojan luz textos de Henry Miller y Fiodor Dostoievski
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Henry Miller fotografiado por Carl Van Vechten (22 de enero de 1940)

Entre las invenciones de la modernidad que terminaron por hacer decisiva esta época para nuestro desarrollo histórico posterior, el dinero es sin duda una de las más importantes, tanto que hasta la fecha, como otras cualidades de la era moderna, no ha perdido vigencia ni funcionalidad. En una de sus secciones más lúcidas Marx escribió, a propósito del dinero y su valor a un tiempo práctico y “esotérico”, cómo el dinero se transformó en ese reluciente “equivalente general” que de algún modo es todas las mercancías, una especie de aleph del capitalismo en donde está contenido todo lo que puede producirse e intercambiarse.

En este sentido el dinero posee un aura que, sin exagerar, podríamos calificar de fascinante. La literatura del siglo XIX, por citar un ejemplo de la época en que el misticismo del dinero terminó por volverse una realidad casi incuestionable, abunda en personajes perdidos por la codicia y la fetichización, como si la riqueza monetaria fuera capaz de ejercer un embrujo o una embriaguez, un estado de sopor del que es casi imposible regresar.

“El dinero no tiene otra vida más que como dinero”, dice Henry Miller en uno de sus ensayos menos conocidos en español, escrito a propósito de este elemento: “Money and How It Gets That Way”, el cual se publicó originalmente en París en 1938 y después se incluyó en el volumen Stand Still Like the Hummingbird.

En dicho texto, el también autor de Trópico de Cáncer emprende una crítica contra la adoración hacia el dinero, un efecto hasta cierto punto lógico en la medida en que el dinero por momentos adquiere la apariencia o las cualidades de “Dios Todopoderoso” pues como éste, según asegura la teología, “su verdadera naturaleza sólo se nos revela por la forma […], es algo siempre inclusivo, coexistente, consustancial y más allá de la cosa manifiesta”. Miller coincide así con Marx en la identificación de ese carácter religioso que el dinero fue adquiriendo paulatinamente, no por casualidad sino porque buena parte de su raison d’être es netamente abstracta, no inefable pero sí lindante con lo que no debería ser, una ficción sostenida en múltiples ficciones. Al respecto, continúa Miller:

Tener dinero en el bolsillo es uno de los pequeños pero inestimables placeres de la vida. Tener dinero en el banco no es del todo lo mismo, pero retirar dinero del banco es indisputablemente una gran alegría. El placer está entonces en la manipulación, no necesariamente en el gasto, como algunos economistas nos quisieran hacer creer. Es muy posible, de hecho, que la moneda o la especie se hayan creado para satisfacer esta necesidad tan humana.

Este es el aspecto cotidiano del dinero, aquel que está unido al goce del hombre común y por el cual se le tributa el respeto que, quizá, a muchos nos sonará familiar o conocido. Sin embargo, como bien intuyó Miller, ese mismo goce encierra cierta trampa, pues a la manera de Tántalo, el deseo de dinero es capaz de despertar una sed que nunca será saciada (a pesar de que la ideología capitalista pregone que todos o cualquiera puede devenir millonario):

El dilema en el que nos encontramos actualmente es que no importa cuánto aumentemos el poder de compra del asalariado, nunca tendrá suficiente. Si cuenta con el dinero necesario para hacerse de un Ford, quiere un Packard; si tiene un Packard, querrá un Rolls Royce; y si tiene un Rolls Royce quiere un aeroplano… Los hombres imaginan que necesitan el dinero, que si lo tienen podrán satisfacer sus deseos, curar sus enfermedades, asegurar su vejez y así sucesivamente. Nada más lejano de la verdad. Porque si el dinero pudiera realizar estos milagros, entonces el hombre más feliz sobre la tierra sería el más rico, lo cual obviamente no es cierto. Naturalmente aquellos que no tienen suficiente para comer, que no tienen un lugar para dormir, son tan miserables como el millonario, quizá incluso más, pero a veces es difícil decirlo con certeza. Como siempre, el justo medio prevalece. Este dicta que es más feliz quien ha comido y dormido bien, además de que tiene un poco de dinero en sus jeans. Es raro encontrar a esos hombres por la simple razón de que la mayoría son incapaces de apreciar la sabiduría de una verdad tan simple. El obrero piensa que estaría mejor si él dirigiera la fábrica; el dueño de la fábrica piensa que estaría mejor si él fuera el inversionista; y el inversionista sabe que estaría mejor si pudiera limpiar todo ese desastre y vivir una vida simple.

Miller, que en algún momento de su vida también aseguró que podríamos prescindir de los maestros, se abstiene de ofrecer una solución explícita para esta situación. Notamos, sí, que nos alienta a hacer conscientes las ensoñaciones en las que fácilmente puede hacernos caer el dinero, como Calipso a Ulises en la isla de Ogigia.

A este respecto cabría recordar otro texto no del todo célebre de un autor sí conocido: las Memorias de la casa muerta que Fiodor Dostoievski escribió a partir de su experiencia como reo en Siberia. “Merced a la pobreza de los forzados, el dinero adquiría para ellos un valor excesivamente superior al que tenía en realidad”, escribe el novelista ruso a propósito de la delicada combinación de circunstancias por las que el dinero se impregna de significado real.

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"Retrato de Fiodor Dostoievski", Vasily Perov (1872)

Como podemos adivinar, en la cárcel el dinero adquiere otra naturaleza, tanto por las cosas que se pueden conseguir como por el trabajo que se requiere para obtenerlo. Sin embargo, si se mantiene una constante a lo largo del relato de Dostoievski (para un elemento que, por otro lado, atraviesa todo el libro) es que en el presidio el dinero es siempre un medio. Su valor está tan distanciado del que pudiera tener en el “mundo real” o el “mundo normal” que para los presos su concepto se erosiona hasta el grado de no ser más que un intermediario para lo que de verdad querían: aguardiente, cigarrillos, comida, una mujer quizá.

Y porque gracias al capitalismo ahora siempre nos encontramos en una cárcel, ese podría ser el antídoto contra los hechizos que bien señala Miller: un balance singular, como sucede en la química, entre conocimiento y practicidad, entre la identificación de nuestro deseo y los medios que necesitamos para conseguirlo. En ocasiones, es cierto, conseguir lo que queremos requiere dinero, pero quizá ahí la pregunta y la respuesta auténticas están en eso que queremos. ¿Se trata de un deseo genuino o de una falsificación impuesta por intereses distintos a los nuestros? Como en el ejemplo de Miller, podemos, por razones personales, querer un auto, ¿pero qué tan personal es el deseo aparente de tener específicamente un Rolls Royce?

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Existe una brecha ineludible entre la realidad y la percepción que nuestro cerebro se hace de ella, un principio filosófico y de la neurociencia moderna que tiene implicaciones en otros aspectos de nuestra existencia
[caption id="attachment_99955" align="aligncenter" width="419"]4471509276_2e77db05fd_b Imagen: PowerPatrick (Flickr)[/caption]

De todos los seres vivientes, es posible que el ser humano sea el único capaz de dudar sistemáticamente sobre su percepción de la realidad. Quizá otros animales de inteligencia superior como los chimpancés o los perros puedan atisbar algún tipo de confusión respecto de lo que ven o lo que tocan, pero el ser humano es la única especie que ha hecho de dicha duda toda una disciplina. La ciencia y la filosofía son, por ponerlo de manera general, demorados intentos por contestar a esa pregunta sobre la naturaleza de la percepción y la realidad del mundo.

De acuerdo con ciertas explicaciones es posible que ese recurso de la duda sea la manera que encontró nuestro cerebro, en el azaroso camino de su evolución, para responder a la incertidumbre propia de este mundo. Así lo afirma Beau Lotto, neurocientífico del University College London, entrevistado recientemente para el sitio Nautilus y de quien nos hemos ocupado antes aquí en Pijama Surf.

Lotto traza ahí una breve historia de nuestra percepción a partir de un motivo específico: las llamadas “ilusiones ópticas de brillo”, por las cuales podemos creer que el color de un objeto es más claro o más oscuro dependiendo del brillo que tenga el fondo contra el que se encuentra. Nuestra visión, continúa el investigador, está diseñada para notar contrastes, lo cual a su vez nos permite distinguir formas, tal y como sucede en los depredadores más refinados. Paradójicamente, este desarrollo avanzado también nos hace ver lo que no está ahí ni es la realidad objetiva. En estas imágenes, las losetas del piso tienen el mismo color, pero el contraste del fondo las hace parecer distintas a nuestra mirada: 

[caption id="attachment_99953" align="aligncenter" width="513"]1 Imagen: Beau Lotto/NAUTILUS[/caption]

 

[caption id="attachment_99954" align="aligncenter" width="513"]2 Imagen: Beau Lotto/NAUTILUS[/caption]

Todo lo que nos concierne —dice Lotto—  es un tipo de percepción. La experiencia que tenemos de nosotros mismos, de los demás, del mundo: todo aquello que pensamos, creemos, concebimos, comienza con la percepción. Y el brillo es nuestro modo más elemental de percepción. No hay nada más básico que eso: ver la luz. Las ilusiones de brillo nos revelan que incluso en el nivel más básico, no podemos verlo todo. El cerebro no evolucionó para ver absolutos. Evolucionó para ver relaciones y para ver aquello que es útil para conducirse. Si esto es cierto con el brillo, tiene que ser cierto para todo lo demás, incluso para conceptos abstractos.

Esta, en cierta forma, es la gran enseñanza de las ilusiones ópticas. Nos recuerdan que nuestra percepción es eso, la manera en que aprehendemos el mundo, pero no es el mundo mismo. Una confirmación, por otra vía, de que el mapa no es el territorio. El dilema, sin embargo, es que esta es nuestra única forma de aproximarnos a la realidad, es la imagen que tenemos de esta, su representación, y no nos es posible trascenderla. Incluso si, por ejemplo, tecnológicamente seamos capaces de reproducir la visión de un lince o el oído de un perro, lo viviríamos desde nuestra experiencia como seres humanos.

Por ejemplo, nuestra capacidad de guiarnos por medio de patrones. La información del mundo se encuentra libre, hasta cierto punto podría incluso decirse que liberada de sentido, pero para comprenderla nuestro cerebro se guía por patrones que crea apenas la percibe. En un experimento sencillo con números dictados al azar, Lacan demostró alguna vez la estructura fundamentalmente paranoica del yo, esa tendencia nuestra a mirar relaciones donde tal vez no exista nada pero que, aun así, no importa, porque es la manera que tenemos de conducirnos y sobrevivir. Para Lotto, esto es un “valor de comportamiento” y, en el caso de nuestra especie, también se trata de un recurso que se ha transmitido de generación en generación hasta quedar grabado en una suerte de código genético cultural.

La percepción, así, está asentada sobre estructuras labradas a lo largo de muchos siglos que, además, reforzamos todos los días en cada uno de los usos exitosos que les damos. Por eso, por momentos, se asemeja también a una cárcel de la cual parece imposible escapar, un encierro posiblemente enriquecido y aún enigmático, pero a fin de cuentas una suma de límites que no tenemos la capacidad de trascender. ¿O sí? Ante una pregunta expresa de la entrevistadora Claire Cameron, Lotto asegura que un cambio en nuestra percepción es posible:

Lo hermoso de las ilusiones [ópticas] es que nos muestra que todo lo que hacemos está edificado sobre la suposición. Si observas una ilusión sin saber que es tal, obtienes una percepción de la realidad. Pero tan pronto como descubres que es una ilusión, tu cerebro hace algo asombroso: mantiene en un mismo momento dos realidades que son mutuamente excluyentes. Las dos losetas se ven diferentes, pero yo sé que son la misma. Conceptualmente, no es distinto decir: “Estoy experimentando una realidad hoy, pero puedo imaginar otra mañana”. La única forma de iniciarse en el proceso de ver de manera diferente es darse cuenta de eso.

 

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