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Brutal y sofisticado maridaje entre cocina gourmet y bandas de heavy metal

Por: pijamasurf - 09/08/2015

Se necesitan grandes cantidades de energía para resistir una corriente de metal pesado. Aquí algunas sugerencias culinarias para no dejar de headbanguear

El chef John Hurkes es un ávido amante de la comida y el metal clásico. Para él, ninguno de estos aspectos de su vida es un mero pasatiempo. A decir suyo, "cuando eres un metalero serio, cambia la forma en que ves la vida. Así que definitivamente me fa influido en lo que hago con estos platos".

La comida puede reflejar los aspectos más brutales y deliciosos de la personalidad de este extraño chef. Sin más, los dejamos con algunas de sus más suculentas recetas.

Platillo: The Black Sabbath Pizza

Ingredientes: Salchicha inglesa, mozzarella ahumado, salsa bechamel de tinta de calamar, hojas de albahaca morada, dulce miel de lavanda y costra Mapledurham Watermill.

Acompañado con: Black Sabbath y Master of Reality.

Platillo: Overkill Feel the Fire Flat Steak 

Ingredientes: Filete a la parrila de acero, gremolata de naranja sangrienta, pimienta verde y negra, limón chamuscado y reducción sónica.

Acompañado de: Overkill, Feel the Fire, 1985.

 

Platillo: The Juicy Lucifuge 

Ingredientes: Carne de angus negro de Nueva Jersey, queso azul Lucifuge, las cebollas de Cristo y la más negra salsa BBQ negra. Servido en pan Twist of Pain.

Acompañado de: Danzig y Lucifuge, principios de los 90.

 

Platillo: Nuclear Assault Nachos 

Ingredientes:  Cerdo estofado a las brasas, cebolla, jalapeños en salmuera y queso de reactor nuclear, acompañado de papas fritas rociadas con pimienta OC-17 de uso policial.

Acompañado de: Survive, Nuclear Assault, 1988.

 

 

Platillo: The Slayer Pizza

Ingredientes: Fra Mani toscano picada, soppressata, finocchiona, queso Cypress Grove “Lamb Chopper”, house marinara, communion wafer crust exclusiva, y un altar de vino gástrico.

Acompañado de: Reign in Blood, Slayer, 1986.

 

Platillo: Rainbow Trout in the Dark 

Ingredientes: Trucha frita en sartén, risotto con tinta de calamar, acelga salteada, fennel, rociado con crème fraîche Chain Breaker.

Acompañado con: Holy Diver, Dio, 1983.

 

A través de Rice and Bread Magazine

Nada es lo que parece: el motto que por razones científicas y filosóficas debería guiar nuestra vida

Por: pijamasurf - 09/08/2015

Existe una brecha ineludible entre la realidad y la percepción que nuestro cerebro se hace de ella, un principio filosófico y de la neurociencia moderna que tiene implicaciones en otros aspectos de nuestra existencia
[caption id="attachment_99955" align="aligncenter" width="419"]4471509276_2e77db05fd_b Imagen: PowerPatrick (Flickr)[/caption]

De todos los seres vivientes, es posible que el ser humano sea el único capaz de dudar sistemáticamente sobre su percepción de la realidad. Quizá otros animales de inteligencia superior como los chimpancés o los perros puedan atisbar algún tipo de confusión respecto de lo que ven o lo que tocan, pero el ser humano es la única especie que ha hecho de dicha duda toda una disciplina. La ciencia y la filosofía son, por ponerlo de manera general, demorados intentos por contestar a esa pregunta sobre la naturaleza de la percepción y la realidad del mundo.

De acuerdo con ciertas explicaciones es posible que ese recurso de la duda sea la manera que encontró nuestro cerebro, en el azaroso camino de su evolución, para responder a la incertidumbre propia de este mundo. Así lo afirma Beau Lotto, neurocientífico del University College London, entrevistado recientemente para el sitio Nautilus y de quien nos hemos ocupado antes aquí en Pijama Surf.

Lotto traza ahí una breve historia de nuestra percepción a partir de un motivo específico: las llamadas “ilusiones ópticas de brillo”, por las cuales podemos creer que el color de un objeto es más claro o más oscuro dependiendo del brillo que tenga el fondo contra el que se encuentra. Nuestra visión, continúa el investigador, está diseñada para notar contrastes, lo cual a su vez nos permite distinguir formas, tal y como sucede en los depredadores más refinados. Paradójicamente, este desarrollo avanzado también nos hace ver lo que no está ahí ni es la realidad objetiva. En estas imágenes, las losetas del piso tienen el mismo color, pero el contraste del fondo las hace parecer distintas a nuestra mirada: 

[caption id="attachment_99953" align="aligncenter" width="513"]1 Imagen: Beau Lotto/NAUTILUS[/caption]

 

[caption id="attachment_99954" align="aligncenter" width="513"]2 Imagen: Beau Lotto/NAUTILUS[/caption]

Todo lo que nos concierne —dice Lotto—  es un tipo de percepción. La experiencia que tenemos de nosotros mismos, de los demás, del mundo: todo aquello que pensamos, creemos, concebimos, comienza con la percepción. Y el brillo es nuestro modo más elemental de percepción. No hay nada más básico que eso: ver la luz. Las ilusiones de brillo nos revelan que incluso en el nivel más básico, no podemos verlo todo. El cerebro no evolucionó para ver absolutos. Evolucionó para ver relaciones y para ver aquello que es útil para conducirse. Si esto es cierto con el brillo, tiene que ser cierto para todo lo demás, incluso para conceptos abstractos.

Esta, en cierta forma, es la gran enseñanza de las ilusiones ópticas. Nos recuerdan que nuestra percepción es eso, la manera en que aprehendemos el mundo, pero no es el mundo mismo. Una confirmación, por otra vía, de que el mapa no es el territorio. El dilema, sin embargo, es que esta es nuestra única forma de aproximarnos a la realidad, es la imagen que tenemos de esta, su representación, y no nos es posible trascenderla. Incluso si, por ejemplo, tecnológicamente seamos capaces de reproducir la visión de un lince o el oído de un perro, lo viviríamos desde nuestra experiencia como seres humanos.

Por ejemplo, nuestra capacidad de guiarnos por medio de patrones. La información del mundo se encuentra libre, hasta cierto punto podría incluso decirse que liberada de sentido, pero para comprenderla nuestro cerebro se guía por patrones que crea apenas la percibe. En un experimento sencillo con números dictados al azar, Lacan demostró alguna vez la estructura fundamentalmente paranoica del yo, esa tendencia nuestra a mirar relaciones donde tal vez no exista nada pero que, aun así, no importa, porque es la manera que tenemos de conducirnos y sobrevivir. Para Lotto, esto es un “valor de comportamiento” y, en el caso de nuestra especie, también se trata de un recurso que se ha transmitido de generación en generación hasta quedar grabado en una suerte de código genético cultural.

La percepción, así, está asentada sobre estructuras labradas a lo largo de muchos siglos que, además, reforzamos todos los días en cada uno de los usos exitosos que les damos. Por eso, por momentos, se asemeja también a una cárcel de la cual parece imposible escapar, un encierro posiblemente enriquecido y aún enigmático, pero a fin de cuentas una suma de límites que no tenemos la capacidad de trascender. ¿O sí? Ante una pregunta expresa de la entrevistadora Claire Cameron, Lotto asegura que un cambio en nuestra percepción es posible:

Lo hermoso de las ilusiones [ópticas] es que nos muestra que todo lo que hacemos está edificado sobre la suposición. Si observas una ilusión sin saber que es tal, obtienes una percepción de la realidad. Pero tan pronto como descubres que es una ilusión, tu cerebro hace algo asombroso: mantiene en un mismo momento dos realidades que son mutuamente excluyentes. Las dos losetas se ven diferentes, pero yo sé que son la misma. Conceptualmente, no es distinto decir: “Estoy experimentando una realidad hoy, pero puedo imaginar otra mañana”. La única forma de iniciarse en el proceso de ver de manera diferente es darse cuenta de eso.

 

En este enlace, más notas sobre ilusiones ópticas en Pijama Surf