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Neurodoom: nuestro cerebro no puede procesar amenazas como el calentamiento global

Por: pijamasurf - 08/28/2015

A nuestra programación deficiente para responder globalmente a un problema, se suma nuestra deficiente organización social y neurológica.

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Una imagen muy difundida para explicar la urgencia de tomar cartas a respecto del calentamiento global es la de la langosta que descansa plácidamente al fondo de una olla de agua en ebullición: cuando esta hierve ya es demasiado tarde para escapar. Esta imagen (además de una forma pésima de preparar langosta) sirve para ilustrar una incapacidad biológica, sostenida con fuentes neurológicas, para reaccionar a los eventos geológicos que atentan contra la supervivencia humana.

Al igual que ocurre con la lenta devaluación del peso mexicano, el calentamiento global produce apatía en el público general, más que un llamado a la acción. Esta apatía a menudo se sostiene en el presupuesto de que los demás no hacen "su parte", lo que nos exime de hacer la nuestra; también se sostiene en que muy probablemente no haya mucho que hacer frente a los eventos geológicos de esta magnitud: después de todo el planeta es un ser vivo que ha cambiado y seguirá cambiando, antes y después de la aparición de los humanos.

Daniel Gilbert, profesor de psicología en Harvard, ha dicho que "nuestro cerebro es esencialmente una máquina de respuesta inmediata. Es por eso que podemos esquivar una pelota de baseball en milisegundos", pero no tomamos en serio una amenaza que no nos concierne directamente, como la desertización de los bosques o la acidificación de los mares, puesto que son nuestros nietos o bisnietos quienes tendrán que enfrentar el problema.

 El también profesor de psicología y administración de Columbia, Elke Weber, opina que "en cierto sentido, es injusto esperar que la gente, homo sapiens, realice este tipo de monitoreo, este tipo de tomas de decisión, porque no estamos programados para realizarlas." Es la misma lógica por la que muchos de nosotros elegiríamos un placer pequeño pero inmediato en lugar de uno grande pero postergado.

Aunque el ser humano tiene apenas unos 10,000 años de historia como especie (y algunos más antes de la historia), incluso la amenaza del calentamiento global es muy reciente: no tenemos ni 20 años de haber sido advertidos de manera urgente y espectacular por el documental de Al Gore, Una verdad incómoda acerca de los efectos del uso de hidrocarburos en el medio ambiente. Aunque nuestro ADN tenga la misma base, los humanos alrededor del mundo nos auto-clasificamos como negros, blancos, japoneses, mexicanos, de derecha o de izquierda --es decir, somos todo menos una "especie" homogénea, cuidando los mejores intereses para nosotros mismos.

En otras palabras, a nuestra programación deficiente para responder globalmente a un problema, se suma nuestra deficiente organización social, lo que históricamente pudo haber ayudado al deterioro de sociedades desde el Imperio Romano hasta los mayas. No es talento ni inteligencia lo que nos falta, sino aceptar el hecho de que cada uno, como individuo, debe aceptar voluntariamente una cuota de responsabilidad por su propio derecho a la vida. La revista Nature lo explica de este modo:

"La evolución [según Gore] nos ha entrenado para responder rápida y visceralmente a las amenazas. Pero cuando los humanos somos confrontados con 'una amenaza a la existencia de la civilización que sólo puede ser percibida en lo abstracto', no lo hacemos tan bien. Citando estudios de resonancia magnética, él dijo que la conexión entre la amigdala, la cual describe como el centro de manejor de urgencias del cerebro, con el neocortex, es una calle de un sólo sentido: las emergencias emocionales pueden desencadenar el razonamiento, pero no al revés."

Según Weber, "el auto-control es un enorme problema para la gente, ya se trate de lo que comemos o del ahorro para el retiro", lo cual es un ejemplo muy concreto de cómo somos incapaces de pensar nuestra supervivencia, incluso la individual, en términos más allá de lo inmediato. Tal vez un camino para encontrar soluciones al calentamiento global sea enseñarnos a nosotros mismos a prepararnos para el futuro --no el "mañana", sino el pasado mañana, el día después de mañana, ese que escapa a la lógica inmediata de la previsión. Sólo así podremos utilizar los recursos de la empatía para entender que nuestras acciones en el mundo tienen consecuencias para los que todavía no llegan.

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¿Emocional o racional? Definirte como persona de corazón o cerebro tiene estas implicaciones

Por: pijamasurf - 08/28/2015

La dicotomía razón-emociones es tan antigua que de alguna manera ya forma parte de nuestra genética cultural, con más efectos en nuestra vida cotidiana de los que imaginamos
[caption id="attachment_99546" align="alignright" width="277"]The_Thinker_Musee_Rodin Imagen: Auguste Rodin, "El pensador" (innoxiuss, Wikimedia Commons)[/caption]

En Occidente estamos más o menos habituados a considerar razón y emociones como dos elementos opuestos y casi mutuamente excluyentes de nuestra constitución como seres humanos. En el Fedro, Platón compara al alma humana con un carro tirado por dos caballos alados, uno brioso e indómito y el otro más bien sereno y manso; el auriga que conduce el carro, nos dice el filósofo, es el entendimiento, que se debate entre lo razonable y lo apetecible, entre el intelecto y las pasiones. Con el tiempo, esta forma de pensar la naturaleza humana se consolidó y se amplió a otras disciplinas de conocimiento de lo humano e incluso hacia la cultura misma, matriz en donde nos formamos de acuerdo a principios que no siempre volvemos conscientes.

En este sentido, en ocasiones pareciera que las muchas variantes de la personalidad podrían agruparse en dos grandes categorías: la cabeza y el corazón. De un lado, las personas que tienden hacia el intelecto, que viven orientadas por la razón y la sapiencia; que, se dice, piensan antes de actuar, calculan, ponderan, consideran pros y contras, establecen planes, etc. En la arista opuesta, las personas que se dejan llevar por lo que sienten, que deciden a partir de sus emociones, que tienen fama de impulsivas y arrebatadas, que son más bien cálidas y afectuosas.

Para investigar la realidad de este planteamiento –y la distancia que existe con la generalización, un estudio psicológico reciente indagó sobre las implicaciones que tiene para una persona identificarse como de un tipo o de otro, como alguien más bien razonable o más bien emocional, en especial cuando dicha postura se pone en juego con elecciones polémicas por las alternativas que ofrecen.

Además de preguntar directamente a los participantes si se consideraban personas “de corazón” o "de cabeza”, el equipo de investigación, dirigido por Adam Galinsky de la Columbia Business School, diseñó una encuesta para medir dicha inclinación y descubrir si, en efecto, una persona puede estar más dominada por su razón o por sus emociones.

La siguiente fase del estudio consistió en plantear escenarios hipotéticos acompañados de preguntas específicas. Por ejemplo, se le dijo al participante que imaginara que al morir sus órganos serían donados a distintas personas para que así su “ser” perviviera en otros; además de esto, podría donar 100 millones de dólares entre quienes se beneficiaran de dicha donación, con la opción de repartir la suma según su propio arbitrio. De acuerdo con las respuestas obtenidas, la mayoría de la gente daría la mayor parte de esa suma a quien recibiera su cerebro o su corazón y, de estos, los hombres consideraron más valioso el cerebro y las mujeres el corazón.

Por otras preguntas realizadas, los investigadores encontraron que las personas que son más “de corazón” tienen una inclinación a apoyar instituciones de caridad relacionadas con este órgano, valoran la pertenencia a un grupo social, se oponen al aborto cuando el corazón del feto ya late y toman decisiones morales en función de sus emociones.

Las personas más “de cabeza”, por el contrario, apoyan iniciativas de caridad relacionadas con el cerebro, valoran su propia autonomía, toman decisiones morales racionalmente y en general son mejores estudiantes y su horizonte de conocimiento es más amplio.

De acuerdo con Galinsky, una de las deducciones generales que pueden hacerse a partir de este estudio es que identificarse como una persona racional o emocional tiene derivaciones hacia el sentido de independencia o conexión con respecto a los otros.

Con todo, posiblemente la pregunta fundamental apunte hacia la necesidad de alinearnos a uno u otro bando, como si de verdad una persona pudiera vivir en el mundo sólo siguiendo su corazón o su cabeza, como si las decisiones que tomamos a diario, a cada momento, no necesitaran de ambos, de un conocimiento cabal de nuestras emociones y también de nuestras limitaciones racionales, como si no fuera cierto que la existencia –y la coexistencia– son posibles únicamente en la unidad y la comunión del ser.

 

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