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Momentos después de arrojar la bomba atómica sobre Hiroshima, Carón, el artillero de cola, dijo: "Caramba, coronel... fue espectacular". Esto fue el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la era nuclear

 

La tripulación del Enola Gay

 

No bastard ever won a war  by dying for his country. He won it by making the other poor dumb bastard die for his country.

        Gral. George S. Patton Jr. 

Eran las 7:30 de la mañana en Hiroshima, Japón, en un día de guerra como cualquier otro. La sirena de alerta general había dejado de sonar exactamente a esa hora. La gente salía de los refugios y volvía apresurada a sus casas a desayunar, o bien a escuchar la radio o a proseguir con el trabajo y el sacrificio que esa larga guerra les imponía. A las 8:13 de la mañana en un pueblo próximo a la ciudad dos observadores del Ejército Regional de Chugoku, avistaron tres aviones enemigos que se dirigían a Hiroshima. Mientras el aviso llegaba a Radio Hiroshima, dieron las 8:15. Cuando la sirena dio la alerta general la bomba atómica de uranio caía sobre la ciudad. 

A las 8:16 de la mañana del 6 de agosto de 1945, un infierno estalló en Hiroshima. 

El artillero estadounidense George Caron, que se encontraba 30 mil pies más arriba, en su cabina de plexiglás en la parte posterior del bombardero Enola Gay, un Boeing B29, que 43 segundos antes había dejado caer la bomba, describió la explosión:

Una columna de humo asciende rápidamente, tiene un centro rojo flameante que se torna en una masa hirviente violeta y gris... grandes llamaradas surgen de todas partes... ahora viene el hongo... un gran hongo empieza a ascender como una masa hirviente... el hongo se expande y debe tener unos 3km de ancho y 3 de altura... la base del hongo parece una masa densa de nubes atravesada por miles de llamaradas... la ciudad está oculta tras de él... sólo se puede ver un pequeño aeropuerto...

Segundos después de la explosión, la primera onda de choque golpea al Enola Gay lanzándolo unos metros más arriba. Pasada la segunda onda de choque, el coronel Paul Tibbets , comandante del Escuadrón 509, calmó a su excitada y nerviosa tripulación y prosiguió meticulosamente con las órdenes dictadas por el Mando Superior de la Misión Silverplate. 

El coronel Tibbets estaba satisfecho y feliz. Unas cuantas horas antes, todavía dudoso del éxito de la misión, había bautizado el avión con el nombre de su madre, Enola Gay, para darle el último toque de suerte que según él era necesario para dejar caer la bomba con éxito. Tibbets sabía que existían muchos factores en contra del éxito de su misión, los radares, la aviación y las batería antiaéreas enemigas, o bien una falla mecánica de último momento, o también la misma explosión atómica que como le habían advertido los científicos, podía destruir el avión. Un científico le había dicho: 7km, 15 o 20, no sabemos cuál sea la distancia en la que un avión pueda estar a salvo hasta que explotemos una bomba atómica real. Usted tendrá que confiar en Dios". Tibbets le contestó al científico: "Pero suponga que Dios está del lado japonés ese día", a lo que el científico, claro, no contestó nada. Tibbets entendió. Pero ahora, todas sus dudas estaban ya detrás, en Hiroshima. Sus hombres felices grababan las impresiones que cada uno había tenido de la bomba: Caron, el artillero de cola, dijo: "Caramba, Coronel... fue espectacular".(1) Otro dijo: "es terrorífico, pero qué bueno que funcionó". Los demás describieron lo que acababan de ver con palabras como "increíble, sorprendente, aterrador, pavoroso". Lewis, su copiloto, escribió en su libreta de impresiones para el New York Times: "Dios ¿qué hemos hecho?". Tibbets, por su parte, dijo: "Yo esperaba ver algo grande, pero lo que vi fue de una magnitud tal que connotaba una destrucción mucho más grande de lo que había imaginado" .

En realidad todos estos hombres ignoraban la magnitud, la dimensión real de lo que habían hecho, ya que al estallar la bomba atómica en Hiroshima se precipitó, como lluvia radioactiva, una nueva y sangrienta etapa en la historia del hombre, dominada por una carrera armamentista que los políticos y estrategas militares denominaron en los años 60 como "la balanza del terror". 

Pero para Tibbets y la tripulación del Enola Gay, al igual que para los demás bombarderos de la misión, la tarea encomendada y las órdenes habían sido cumplidas con gran éxito. Todos los intensos meses de preparación, de aislamiento y separación familiar estaban ya detrás. Sus nombres pasarían a la historia. 

Era el 6 de agosto de 1945. La primera bomba nuclear utilizada contra una población acababa de estallar. 

 

Una de las primeras imágenes después de la primera bomba

En realidad, todo empezó en 1939, con una carta que Albert Einstein le escribió al Presidente Franklin D. Roosevelt el 2 de agosto de ese mismo año. La carta le informaba a Roosevelt que las investigaciones sobre la fisión nuclear que en esos momentos se llevaban a cabo en la Alemania nazi y en otras partes, podrían llevar a la creación de nuevas y potentísimas bombas, una sola de las cuales podría destruir una ciudad entera. La carta era en realidad una advertencia. El encargado de entregarle la carta a Roosevelt, el financiero Alexander Sachs, se entrevistó con el Presidente 2 meses después y Roosevelt, dudoso todavía, lo citó de nuevo al día siguiente. Sachs, ansioso del éxito de su entrevista, le relató a Roosevelt la historia del barco de vapor, diciéndole que su inventor, Robert Fulton, le había llevado a Napoleón su idea, y que este la había rechazado por impráctica, perdiendo de esta manera la oportunidad de invadir y vencer a Inglaterra. Roosevelt sacó de un gabinete una botella de coñac Napoleón y sirviendo dos tragos, le preguntó: "¿Usted lo que busca es que los nazis no nos vayan a volar en pedazos verdad?". Sachs le contestó: "Exactamente". Roosevelt llamó a su ayudante militar, el general Edwin "Pa" Watson y dijo, con palabras históricas: "Pa, quiero acción en esto". Con esas palabras se inició lo que más tarde se llamaría el Proyecto Manhattan, por haber sido Nueva York el ejemplo de una ciudad que podía ser destruida por una bomba atómica. 2 años después, el 6 de diciembre de 1941, Roosevelt autorizó inmensos fondos de dinero con el propósito de construir la primera bomba atómica. Al día siguiente de esta decisión, e ignorándola evidentemente, los japoneses atacaron Pearl Harbor. 

La entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial fue el empujón definitivo que necesitaba el Proyecto Manhattan. Una constelación de eminentes científicos tanto estadounidenses como europeos, entre los que destacaban Julius Robert Oppenheimer, Enrico Fermi, Niels Bohr, Edward D. Boll y Norman Ramsey tuvieron en diciembre de 1942 su primer gran éxito. Enrico Fermi logró, en una inútil cancha de squash, la tan deseada "reacción en cadena", base de la bomba atómica. Lo siguiente fue encerrar al "Gran Dios K", como bautizaron a la "reacción en cadena" dentro de una bomba. 

En octubre de 1944, el encargado militar del Proyecto Manhattan, el general Leslie Richard Groves, hombre perfeccionista y con profundas ideas religiosas, aceptó gustoso la designación del teniente-coronel Paul Tibbets como el comandante del grupo de la Fuerza Aérea que estaría encargado de volar las misiones atómicas. 

Tibbets era un hombre que reunía todas las cualidades profesionales y sicológicas  para llevar a cabo una misión como esta. Piloto aviador con gran experiencia en Europa, discreto, estable, honesto y obediente y con un pasado que concordaba perfectamente con su excelente conducta en la Fuerza Aérea. Tibbets era hijo de un comerciante de clase media, que había sido disciplinado rígidamente por su padre, el cual no le permitió violar nunca las reglas impuestas por él, y le inculcó además un gran  amor a Dios. Por otra parte, su madre, Enola Gay, una mujer suave y amorosa, le había heredado a su único hijo el aire optimista e inocente que Tibbets tenía y que le había ayudado a equilibrar emocionalmente la fría y estricta educación de su padre. Tibbets era, en suma, el hombre disciplinado y confiable para comandar una misión tan especial como esta.

Al igual que Tibbets, los hombres que éste escogió para tripular el B29 reunían, como el general Groves había confirmado por los extensos reportes psiquiátricos que se le hicieron a cada uno, las cualidades necesarias para llevar a cabo esa misión; todos ellos eran hombres equilibrados, responsables, disciplinados, eficientes y religiosos, hombres normales que no harían tonterías de último minuto y que representaban lo mejor de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. 

Mientras Tibbets y sus hombres llevaban a cabo su extenuosa preparación en la base ultra secreta de Wendover, en el estado de Utah, suceden varios hechos que cambiarían el rumbo de la historia del mundo y también de la misión que Tibbets comandaría. 

El 8 de mayo de 1945, Alemania derrotada, se rinde ante las potencias aliadas. Apenas 4 días después, el 12 de mayo, el presidente Franklin Delano Roosevelt muere de un infarto cerebral. Harry S. Truman, un hombre pragmático y frío, con un pasado incómodo y de directas y rápidas decisiones, lo sucede. El 16 de julio la primera bomba atómica de prueba estalla con gran éxito en Alamogordo, Nuevo México. Truman es informado al respecto, mientras se reúne con Stalin y Churchill en Potsdam. Por sugerencia de Churchill, Truman le hace saber a Stalin la naturaleza de la bomba que posee Estados Unidos. Stalin sonríe: "Qué bueno, úsela", le responde a Truman, sabiendo ya a lo que se refiere. Truman ha decidido ya lanzar la bomba. Tras esta histórica decisión, el coronel Tibbets recibe órdenes para finalizar con sus preparativos en Wendover y trasladar a sus hombres a Tinian, en las Islas Marianas. Todos ellos están felices, porque el traslado a Tinian les asegura que todos esos meses de ardua preparación han llegado a su última etapa y no serán en balde. 

En la isla de Tinian, el 5 de agosto de 1945, 10 horas antes de alzar el vuelo, la tripulación del Enola Gay posó para la fotografía oficial de la Fuerza Aérea, enfrente del Cuartel General del Escuadrón 509. El artillero George Caron no se quitó su cachucha de los Dodgers de Brooklyn, y el copiloto Lewis hizo bromas sobre su futura fama. 

4 horas más tarde, la tripulación del Enola Gay y de las otras tripulaciones acude a la iglesia a pedirle a Dios éxito en su misión. El pastor y consejero espiritual de la misión lee una oración compuesta para la misión, en la cual compara el poder de Dios con el poder destructivo del arma que llevarán a bordo.   

Afuera en la base, la bomba "Little Boy" está ya dentro del Enola Gay. Los hombres están listos. Los reportes enviados desde las costas de China por el ejercito de Mao Tse-tung le confirman a los estadounidenses sus predicciones meteorológicas. A la 1:37 de la mañana, tres bombarderos B29 despegan de la isla de Tinian, uno de ellos comandado por el capitán Claude Eatherly, que se haría famoso después por sus declaraciones y su reclusión en hospitales psiquiátricos. Eatherly estaría encargado de rectificar la visibilidad y las condiciones climáticas para lanzar la bomba en Hiroshima. Los otros dos bombarderos se dirigirían a Kokura y Nagasaki.

A las 2 de la mañana del 6 de agosto, una gran cantidad de fotógrafos, camarógrafos y periodistas rodea al Enola Gay. Los hombres de la tripulación declaran que se sienten como estrellas de Hollywood. A las 2:45 de la mañana, el Enola Gay despega apresuradamente seguido del Great Artiste y el No. 91, encargados de fotografiar y observar los efectos del estallido. 5 horas después, a las 7:24, Claude Eatherly le anuncia a Tibbets que adelante entre las nubes hay un gran agujero despejado donde se ve claramente Hiroshima. Tibbets le anuncia a su tripulación que la misteriosa bomba que llevan es un artefacto nuclear y que el blanco será Hiroshima. Todos felices y radiantes, esperan. A las 8:14, el bombardero Ferebee le grita a Tibbets que ya tiene su blanco. Tibbets le dice "adelante", y Ferebee enciende la señal para dejar caer la bomba. A las 8:15 la bomba se suelta de un gancho que la sujeta y se detiene unos instantes abajo del Enola Gay. Ferebee la ve caer, Tibbets gira el avión bruscamente y en picada. Quedan 43 segundos. Abajo, en Hiroshima, la alerta general suena. 

A las 8:16, un infierno estalla en Hiroshima.  

Unos minutos después, los primeros sobrevivientes empiezan a salir entre las ruinas. Las ropas están pegadas a la carne, el cabello se les cae a pedazos, en los muros que quedan unas estelas como calcomanías con los restos de las personas desintegradas. En el aire hay sólo fuego, gemidos y 100 mil muertos. 

30 mil pies más arriba el Enola Gay, después de soportar las ondas de choque de la explosión, se dirige en calma y en orden por un cielo límpido y azul. 

Las sospechas y tribulaciones de Tibbets sobre el lugar que Dios ocuparía ese día han sido despejadas por el rotundo éxito de la Misión Silverplate. 

El 6 de agosto de 1945, Dios estuvo del lado de Estados Unidos. 3 días después, en Nagasaki, también. 

Ahora, 70 años después de las explosiones atómicas en Hiroshima y Nagasaki, y de la acelerada carrera armamentista desatada por ellas e inmersos en esta innoble y sangrienta contienda mundial en la que vivimos, ya no sabemos claramente de qué lado se encuentra Dios. 

Julio Riquelme Capdevielle 

Valle de Bravo, México, 2015

 

(1). "Gee, coronel... it was spectacular".

P.d.: Todas las citas son del libro Ruin from the Air. The Atomic Mission to Hiroshima, de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts. Sphere Books Ltd, Londres, 1977. 

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La emigración musulmana irrumpe en la poderosa Alemania para crear problemas, pero también para resolverlos

Las causas de toda emigración son casi siempre dolorosas. Sobre todo si una guerra está de por medio. Antes, el temple o la suerte determinaban el curso del desarraigo. Ahora son otros los factores en juego.

Nuestro país fue, en general, un buen ejemplo de recepción de emigrantes en el pasado. Franceses, alemanes, italianos, españoles, libaneses, eurojudíos, etc., emigraron aquí y se adaptaron, a veces en menos de una generación, a este país aparentemente inconveniente. Las masacres de chinos en los estados del norte no consiguieron acentuar el rechazo brutal hacia otras minorías que aquí se asentaban. Y en lo sucesivo, los mismos chinos no volvieron a padecer agresiones graves. 

El exilio español nos trajo a miles de republicanos. Su permanencia fue fructífera ya que se trataba, en general, no sólo de individuos preparados, sino de personas excelentes. Cuando llegó el franquismo a su fin, una buena parte de los exiliados había fallecido. Pocos de los que sobrevivieron regresaron. Y los que todavía andan por aquí, que llegaron siendo niños, se han convertido en una suerte de exiliados profesionales. El exilio centro y sudamericano ha sido frecuente y relativamente breve. O largo y escaso. No tuvo la importancia del exilio español, pero le aportó a México una gratitud continental sin paralelo.

La emigración musulmana irrumpe en la poderosa Alemania para crear problemas, pero también para resolverlos. El país tiene un grave problema demográfico. Pocos son los que nacen y se ha obstaculizado sistemáticamente la emigración permanente. Por ello, de no haberse presentado este acontecimiento inesperado, para 2040, los problemas de escasez de mano de obra, de insolvencia en el pago de jubilaciones, del cuidado y atención a los ancianos, por ejemplo, iban a poner en duda la pujanza industrial, la viabilidad económica y el sistema de salud de los germanos. A hechos dados, queda la tarea titánica de integrar a estos desconocidos. Quién sabe cuál sea su propósito político real. Pero en tanto se sepa, se les deberá proporcionar un hogar con calefacción, y una fuente de trabajo, de acuerdo a una capacitación que, por el momento, es prácticamente inexistente. Deben aprender a convivir, con el buen ánimo de la tolerancia de sus ancestros en la antigua civilización islámica. Deben aprender alemán. Y para mejor sobrevivir, también el inglés. Según datos que proporciona el semanario Der Spiegel, por ahora sólo 8% de estas víctimas es apto para una contratación inmediata. Debe atenderse, sobre todo, a los niños. Y a las mujeres, que representan una cifra irrisoria en comparación a la población masculina que emigra, y que son la clave para que este proceso tan complicado sea afortunado, para bien de la comunidad humana.

 

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En el entreacto, florece en el país toda una industria que equipa a los migrantes. El mercado de la vivienda, subvencionado por los gobiernos locales, enriquece desproporcionadamente a los propietarios que de mala gana reciben a los infieles.

No se habla de estos bonos inesperados que fortalecen a la economía alemana, o a los sorprendidos particulares. En cambio, se recuerda que son casi 3 millones de alemanes los que se encuentran en el desempleo. El entusiasmo original de recibir, de sopetón, a cosa de 800 mil musulmanes, es reemplazado por una preocupación de buena fe, que se encamina a un temor explicable y que puede redundar, otra vez, en conductas incalificables. Ya se dan las primeras alarmas.

Una ojeada al fenómeno migratorio en Alemania lleva al recuerdo de la emigración polaca, mayoritariamente católica, durante el siglo XIX. La extensa confesión protestante vio entonces peligrar su mayoría, frente a los ajetreados católicos que llegaban. Mucho después, se asimilaron 12 millones de alemanes que huyeron de los territorios del este hacia lo que sería Alemania Occidental después de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de connacionales, a los que se les toleró y asimiló en los apremios de la reconstrucción. Espasmos patrioteros aparte, menos condescendencia se tuvo con los alemanes que, en calidad de parentela en desgracia, fue reunificada a la República Federal, tras la debacle de la Unión Soviética. Mención especial merecen los millones de españoles, portugueses, italianos, griegos, yugoslavos y turcos que llegaron, en calidad de trabajadores huéspedes, desde fines de los 50 hasta principios de los 80 del siglo pasado. Nunca se les integró del todo. Y mucho menos a los turcos, que siguen ahí flotando, por millones, al ras de una sobrevivencia precaria, que es paradisíaca si se la compara con lo que debe ser una existencia pisoteada por borregos y chivos en Anatolia.

Las nuevas generaciones no son responsables de los homicidios sin precedente que pesan aún sobre la historia alemana. Pero por mucho que se resistan, no dejan de ser los herederos universales y las albaceas indiscutibles de aquella mierda. Algunos millones de los que nacimos en la inmediata posguerra seguiremos insistiendo, mientras vivamos, en la responsabilidad  transgeneracional  alemana por los millones de crímenes. Y nuestra persistencia necea, al atestiguar la actitud con la que los alemanes tratan de convertir ahora, a los países vecinos, en subgerencias de tercera, y a los más alejados, en balnearios mono raciales, o en anacrónicas escupideras. 

Son innegables y bien sabidas las cualidades y habilidades que caracterizan a los alemanes. Habrá que mencionar, sin embargo, que despojados de su autoridad e identidad después de la Segunda Guerra, durante generaciones se ignoró en sus escuelas y en sus hogares su turbulento pasado. Excepción hecha de numerosas comunidades universitarias, académicas, culturales y de algunos miles de personas atesorables, los alemanes son una especie de gringos de Europa, dados a impartir, de manera altisonante, lecciones de toda índole. Incluso morales.

La migración musulmana, arrolladoramente siria, les abre a los alemanes la oportunidad de probar que han cambiado. Pero si la gran mayoría de ellos promueve, justifica o consiente acciones violentas, activará el repudio internacional. Por si algo faltara, los alemanes pueden encontrar en los sirios la horma de su zapato. Llegan a Alemania con un empuje  temerario y están dispuestos a lo que sea. Se la saben de todas todas en materia de adversidad y desdicha.

El presente recuento es sólo una opinión que puede derrumbarse frente a datos duros. Ojalá que así sea.