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La escuela se propone informar a sus alumnos y la educación que nos importa va de formación y no de información
Imagen: "The Bird of Self-Knowledge", Anónimo, siglo XVIII. Wikimedia Commons

Imagen: "The Bird of Self-Knowledge", Anónimo, siglo XVIII. Wikimedia Commons

No se trata de lo que sé, se trata de lo que hago con lo que sé.

La escuela no falla porque haga mal lo que se propone hacer, falla porque lo que se propone no vale la pena. Mal que le pese, es un problema de planificación. No de planificación tal como a ella le gusta entenderla (correlacionar con rigor unas cosas con las otras y hacerlas encajar en algún tipo de determinante no negociable, sea tiempo o concepto), sino de planificación en el sentido de no acertar en la definición del propósito.

La escuela se propone informar a sus alumnos y la educación que nos importa va de formación y no de información.

La erudición no es inútil tan sólo en sus excesos neuróticos, lo es siempre si por erudición entendemos información sin aplicación. Aprobar una prueba en la escuela no sirve para nada, a excepción de la aprobación misma. Lo mismo los exámenes de ingreso universitarios y esas cosas. Muchas de las herramientas educativas sólo se justifican por sí mismas y el solipsismo institucional de la escuela alcanza a estas alturas niveles escandalosos, por no decir patéticos. Es un sistema enfermo y obsesivo que ha perdido todo registro de contexto; al contrario, día con día se refuerza en su propia dinámica autorreferencial. Tiene miedo. Y paradójicamente, ese miedo es su registro más honesto y más verdadero.

Incluso de cara a la información, la escuela ya comete errores graves. Se ha quedado fijada en un escenario caído y no lo registra. El primer error es el error de la fuente. La escuela cree que la fuente informativa más útil es única, curada y estable; no le sirven ni sabe cómo lidiar con las inconmensurables fuentes dinámicas y cruzadas de información que hoy tiene nuestra sociedad. Prefiere el libro de texto (incluso aún si su edición data de 6 años atrás) a cualquier otra fuente actual, sea un periódico del día o de 2 días o sea el Twitter de recién, sin hablar de Google y sus infinitos afluentes. Cree todavía --anclada en Diderot-- que una fuente “seria” vale más que el crisol de fuentes actuales, atravesado por la complejidad social de la cuestión. Cree que esa sempiterna enciclopedia didáctica que es el libro de texto vale más que la abierta efervescencia escenificada que refleja Wikipedia sobre –por ejemplo-- el conflicto Israel-Jordania. La escuela no entiende que la información que aplica no es la bendecida, sino la atravesada por su propia complejidad; que la información que sirve es la de los intersticios entre una posición fija y la otra, la que muestra y demuestra su inestabilidad, el rash incontrolable de la velocidad y como siempre, también su metafísica e inherente ambigüedad. La escuela no entiende que inconcluso no es sinónimo de inútil.

El segundo error es de estructura. La escuela cree que lo que nos informa es la síntesis simplificadora de un tema, su plana taxonomía presuntamente final, y no su rico curso, lo abierto de su discusión, la trama compleja y diversificada de su construcción. Por eso las fuentes escolares son siempre taxonomías cerradas, como si no hubiera conflicto o interpretaciones y como si todos los debates estuvieran cerrados; por eso, las fuentes escolares son ilegibles e insoportablemente aburridas. Hay tres tipos de amor: el filial, el amistoso y el pasional… como si fuera verdad; como si ellos no se mezclaran todo el rato, como si no hubiera matices, intersticios, hibrideces y nuevas formaciones que dinamitan la taxonomía. Como si sirvieran para algo esas taxonomías bobas, con semblante de sabias, que nos reducen el amor a una clasificación cerrada. Y si acaban con el amor, imagínense lo que no hacen con la historia mexicana del siglo XX.

El conocimiento es un producto social, consecuencia del juego social. La información objetiva es apenas una referencia poco importante del concepto información. La mayoría de las veces no importa lo que pasó –pensemos en historia, sino lo que pasó con lo que pasó y lo que se dijo de lo que pasó y lo que pasó con lo que se dijo que pasaba… Y verdadero es todo, incluso lo que se negó que se decía sobre lo que se supuso, incluso falsamente, que había pasado.

Y el tercer error es de proceso. La escuela supone que la relación útil con la información es la retención del dato. Pero se olvida que más que el dato, importa el proceso de construcción del dato; y olvida también que el dato, aislado de la trama compleja de datos que lo envuelve, carece absolutamente de sentido y de valor. Craso error. Que no importa recordar que fue Zedillo el presidente mexicano del período tal y cual, con independencia de qué pasaba en México y en el mundo por aquellas épocas; de dónde venía Zedillo, solución a qué conflicto previo suponía y –como siempre en México-- qué quería decir Zedillo para el PRI; y por último, a dónde fue a parar al cabo aquella ‘experiencia Zedillo’. Que cualquier dato aislado de su contexto, que es una parte importante de su sentido, es lo mismo que nada y computable en cero. ¿Qué importa el 10 de enero si me olvido o no sé que es el día del cumpleaños de mi hijo Mateo?

Pero decíamos también que el dato fuera del proceso constructivo es irrelevante, y es verdad. Llegar a la demostración del teorema de Pitágoras es infinitamente más significativo (además de bonito, emocionante, etc.) que saber que la suma de los cuadrados de los catetos… Los catetos se me vuelven inmediatamente catetas si no hago algo significativo con ellos. Lo mismo los epiciclos, las integrales, los modelos democráticos o las galaxias. La escuela confunde todo el tiempo proceso con resultado.

Decíamos que la información es irrelevante al lado de la formación y quiero acabar con esto. Estar formado es ser capaz de hacer con lo que tengo. Producir, crear o como queramos llamarlo. La información que nos sirve es aquella de la que nos valemos para ir a alguna parte; y lo valioso es esa parte, no aquel insumo. Podemos llamar a ese proceso movilización; que el conocimiento o la competencia es la movilización de la información al servicio de alguna producción/construcción significativa. Por eso, la escuela que necesitamos debe preparar a sus alumnos para movilizar sus bagajes informativos al servicio de su propio proceso de construcción. Se trata de emprender hacia algún lado.

Es decir, la información como punto de partida y no como punto de llegada. Y la verificación institucional del proceso –que llamamos evaluación-- se debe realizar sobre el proceso de movilización y no sobre la fuente de apoyo.

La escuela cree que la información templa a las personas y que la acumulación quieta de ella (que llamamos erudición) nos vuelve carismáticos. Pero se equivoca. La información sin formación, es decir, sin capacidad de movilización y articulación, en bajas dosis es tan sólo inútil y en altas dosis raya en lo patético. La única tierra fértil para la información es la inteligencia, que la potencia hacia el emprendimiento. Crear --que le llamamos. Por eso no podemos avalar escuelas que acumulan información a presión en cabezas no suficientemente estimuladas en su urgente inteligencia.

 

Twitter del autor: @dobertipablo

¿De dónde sacarán la inspiración todos esos héroes y villanos que dicen cosas tan contundentes, tan bien pensadas y construidas, antes de morir?

Es común ver en diversas películas a los protagonistas o antagonistas diciendo frases verdaderamente memorables y de una sofisticada construcción retórica que ya muchos quisiéramos en momentos menos importantes que el momento justo antes de la muerte. Lamentablemente, en la vida real muchos no han tenido la fortuna ni la “inspiración” necesarias para articular frases memorables en el umbral del fin.

Los monjes zen y poetas japoneses tenían la disciplina sorprendente de escribir unas líneas antes de morir[1] y, en algunos casos, los monjes que habían consagrado su vida a Buda terminaban confesando, o tal vez dándose cuenta en ese momento, de que Buda no existía, o cosas similares. En la mayoría de las ocasiones los poemas terminaban con la frase “Katsu”, que significa “Vencí”:

La verdad nunca se obtiene

De nadie

Uno la lleva siempre

Consigo.

¡Katsu!

Tetto Giko, monje Zen (†1369)

Solomon Kugel, el protagonista de la novela Esperanza: una tragedia está obsesionado con encontrar las palabras perfectas para antes de morir, por eso se la pasa acumulando apuntes con sus mejores ocurrencias y repasa mentalmente algunas de las citas finales más repetidas de personajes ilustres.

Sin embargo, no sólo en la tradición japonesa, en la literatura o en las películas hay personas que encuentran esa sintaxis “perfecta”, esas palabras precisas para decir algo memorable antes de pasar al más allá.

A lo largo de la historia varios personajes han encontrado esas palabras que han atravesado el tiempo y que siguen resonando hasta hoy en el caracol de alguna que otra oreja.

Y porque una buena frase siempre puede despertar otra, aquí una serie de frases que podrán servir de inspiración para cuando estemos en ese momento al que todos llegaremos tarde o temprano.

El revolucionario político francés Georges Jacques Danton, dijo esta enigmática frase en la guillotina: “Asegúrate de mostrar bien mi cabeza a la multitud. Pasará mucho tiempo antes de que identifiquen el parecido”.

Georges Jacques Danton

 

Walter Raleigh, el que introdujo el “tabaco” en el Reino Unido, sintiendo el frío metal del hacha que le cortaría la cabeza, dijo con un dejo irónico: “Es un remedio afilado, pero seguro, para todos los males”.

Walter Raleigh

 

La “adúltera, incestuosa y traicionera” de Ana Bolena, dijo en el cadalso: “El verdugo es, según creo, muy experto y mi cuello muy delgado”.

by Unknown artistUnknown artist,painting,1570

 

El reformista y rey francés Luis XVI, dijo: “Que mi sangre cimente tu felicidad”.

Luis XVI

 

El emblemático compositor Ludwig Van Beethoven, creador de la Oda a la alegría tan sonada en las Olimpiadas y quien, como todos sabemos, sufría sordera, se despidió del mundo con un casi deseo: “En el cielo oiré”.

Ludwig Van Beethoven

 

El escritor, filósofo y enciclopedista francés Denis Diderot, apasionado de los vampiros, dijo antes del final de su vida: “El primer paso a la filosofía es la incredulidad”.

Denis Diderot, by Louis Michel Van Loo

 

El escritor soviético Máximo Gorki, poco antes de morir dijo: "…Habrá guerras… Hay que prepararse".

Maksim Gorki

 

La “Reina Virgen” Isabel I de Inglaterra, dijo: “Todas mis posesiones por un momento de tiempo”.

Isabel I

 

El actor estadounidense Humphrey Bogart, quien hiciera célebre la frase “Siempre nos quedará París” en Casablanca, dijo, en sus últimos instantes: “Nunca debí cambiarme del scotch a los martinis".

Humphrey bogart

 

El revolucionario poeta romanticista Lord Byron dijo, con cierto humor ante la malaria que lo aquejaba: “Ahora yo me iré a dormir. Buenas noches”.

Lord Byron

 

“Adiós, amigo mío, sin gestos, sin palabras./ Que no haya dolor ni tristeza en tu frente./ En esta vida, morir no es nada nuevo,/ pero vivir, por supuesto, es menos nuevo aun”, escribió a los 30 años el poeta ruso Serguei Esenin, utilizando como tinta su propia sangre, y luego se colgó de unas cañerías de agua que había en su habitación de hotel en San Petersburgo.

Serguei Esenin_sm

 

Béla Lugosi, el actor que se hiciera famoso por ser el primer conde Drácula de la historia del cine, dijo: "Yo soy el conde Drácula, el rey de los vampiros, soy inmortal''.

Bela Lugosi

 

Twitter del autor: @tplimitrofe           

[1] Poemas japoneses a la muerte es un libro que recopila los textos escritos por monjes y poetas en el umbral de la muerte.