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El arte como una forma de percibir la vida, más allá de mercados, nombres o incluso obras; esta es la filosofía de Dick Higgins

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 Hacían “conciertos” de la vida cotidiana y exposiciones de lo que se encontraban.

    Dick Higgins

Lo más auténtico, lo que se hace en coherencia con eso que se siente, trasciende cualquier pretensión. Lo anterior se debe a que el sentimiento gana a todo, y actúa como máxima brújula: si es que se queda o no, funciona o no, e incluso si importa o no...

En el frenético siglo pasado el arte se volcó a sí mismo una y otra vez, gracias a movimientos casi espontáneos como el dadaísmo o Fluxus. En el caso de este último, su simpleza confundía a muchos, les atraía pero a la vez quedaban atónitos ante algo que no comprendían, y aunque era irrelevante para los promotores de esta corriente si era o no aceptada, algunos de sus ocurrentes y siempre divertidos impulsores (la diversión siempre fue muy importante para Fluxus) hicieron ensayos para que el mundo en la posteridad disfrutara de las bondades para el espíritu lúdico de un movimiento de esta índole. 

Uno de ellos fue Dick Higgins; con otros exponentes hizo magnéticos experimentos para sacudir de una vez por todas las convencionalidades y formalismos en el arte. El arte está en la vida, en lo cotidiano, más allá del objeto común, como en el ready-made de Duchamp, está en la mirada estética que crea como una necesidad en el escenario de lo diario. 

Un sincrético libro editado por Tumbona, llamado Breve autobiografía de la originalidad y que es parte del archivo que está haciendo para documentar el movimiento Fluxus, nos presenta algunos ensayos de Higgins. Estos, más allá del arte, nos enseñan sobre la vida: esa forma de experimentarla que implica un juego, utilizando como vehículo la gracia y la honestidad. 

Esta serie nos muestra una mente distinta, más que interesada en el arte mismo está fundida con la necesidad de percibir la vida de una manera nueva, distinta, liberadora…

No solo aprenderás sobre por qué el movimiento Fluxus fue importante (si es que no ha terminado en los linderos de su libertad): el arte es todo, es la sorpresa renovada diaria, la capacidad de admiración (esa que antecede a cualquier interés y envuelve desde su inevitabilidad).

Higgins nos dice y enseña para la vida:

Lejos de que un artista instruya a través de su obra, como un experto enseña a un sujeto, lo que hace es compartir aquellas cosas que lo sorprenden en su ingenuidad. El tema de la obra enseña al artista y este se limita a compartir la experiencia.

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Twitter de la autora: @anapauladelatd 

 

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Como una manzana caída de un árbol divino: “The Falling”

Arte

Por: Psicanzuelo - 08/31/2015

La directora y guionista británica Carol Morley crea vibrantes escenas que resuenan con estilos clásicos que han marcado el cine de posesiones femeninas masivas, encontrando, así, el vínculo entre la mujer y la naturaleza que la rodea

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The Falling (Carol Morley, 2015) es una historia femenina de adolescentes que explora la paranoia colectiva por medio de un juego inocente: actuar como si se desmayasen todas al unísono, provocando reacciones agitadas de la sociedad represora que las contiene, y que al parecer no vive de manera saludable. El guión parece estar basado en algunas epidemias registradas que efectivamente se dieron el siglo pasado entre escolares femeninas.

Lydia (Maisie Williams, famosa por su rol infantil en la serie Juego de tronos) y Abbie (Florence Pugh) son dos inseparables mejores amigas, portando todo el tiempo su uniforme clásico inglés de la escuela donde la trama sucede en 1969. Con corbata, suéter y falda, que acortan para suscitar los fuertes reclamos de su reprimida maestra, tienen que encontrar novedosas maneras de comprender la realidad que las contiene, para no resultar atrapadas por las convenciones de los siniestros adultos. Por su lado Kenneth (Joe Cole) hermano de Lydia, es un ferviente admirador de Aleister Crowley (el oscuro mago y pensador, también inglés), que cuelga dibujos cabalísticos y astrológicos  propios de trazos, figuras, y demás invocaciones astrales en su pared. Kenneth representa la figura del padre ausente que brilla como un sol que no existe, sin estudiar, sin trabajar y que confía en sus instintos sexuales para iluminar al mundo indicándole el camino indolente de total libertad a Lydia por medio de apelar a sus sentidos corporales.

Abbie muere, y su fantasma o trauma colectivo hace que un espíritu de narcolepsia posea a la comunidad de la escuela, para que las chicas inglesas bien portadas caigan desmayadas después de levantar las manos al aire en forma de una evocación; parece que lanzan un hechizo en un esfuerzo por seguir conscientes, como si conjuraran para no estar en ese lugar y en ese tiempo, una y otra vez, sin cansarse de perder el sentido. Es esta repetición lo que va volviendo la cinta de Morley un hechizo mismo, construido de lenguaje ancestral simbólico de varias dimensiones.

Morley plantea filosóficamente un camino en la historia humana donde la mujer se va liberando, al ir encontrando su esencia, en tiempos donde todavía no tiene una relación equilibrada con el poder social controlado por los hombres que marcan la jerarquía, sin que la sociedad pueda encontrar un equilibrio con su sentido natural, y a expensas de una revolución industrial que lo enajena lejos de la naturaleza. 

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La naturaleza cobra una importancia completa en The Falling, en particular un inmenso árbol donde se resuelve la cinta en un enorme plano abierto que marca los poderes de la noche, de la Luna. Es el principal conflicto, bien oculto en la escritura de Morley, entre Lydia y su madre; ese es el conflicto femenino que le reclama erróneamente al hombre (la parte masculina), su falta de poder femenino, para percatarnos gráficamente de que Kenneth representa a ese hombre que ni vela tiene en este entierro, el conflicto real es entre madre e hija. La avasallante naturaleza esta conformada por paisajes que circulan a la comunidad, a la escuela y a los hogares de nuevo en enormes planos abiertos armoniosos que en horas de luz conforman hermosas imágenes; los tonos ocres que construyen las secuencias: café, verde y el lago, el agua natural, haciendo parecer que el café se convierte en fuego del hechizo, con continuidad al rojo marrón de su cuarto, que en realidad pudiera estar conjurando Kenneth. Poco a poco los planos abiertos en el interior de la escuela van tomando un acomodo que se asemeja a la naturaleza; las chicas se enciman como troncos, ramas, follaje, para transformarse en la naturaleza que en realidad son.

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Por entrevistas parece ser que Morley tuvo que manejar las influencias obvias de películas como Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1975) con ejecutivos de la BBC (la película es muy inglesa) y del British Film Institute (estas discusiones quedan claras con el poster y su comercialización), aunque ella quería en realidad haber platicado más de una cinta como Los demonios (Ken Russell, 1971), clara influencia que nos lleva a pensar, comparándola con The Falling, mucho más en una película como Madre Juana de los Ángeles (Jerzy Kawalerowicz,1961), previa e influyente en Los demonios de Russell. ¿Cuál sería la diferencia en estas dos cintas del siglo pasado? Me parece que la sensualidad de Russell, que en todo momento sostiene la posesión histérica de las madres del convento, en una puesta en escena delirante por su tono esperpéntico en contraparte con los bailes, en perfecta zombificación realista, de sotanas largas de las madres del convento del polaco Kawalerowicz. 

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Genialmente es el campo que se explora aquí, donde explota la histeria en The Falling sin llegarse a desnudar jamás las adolescentes, antes caen a camas de hospital o a sus propias recamaras inconscientes. Es esta misma represión escalada, y la sobreexcitación del ritual colectivo que no tiene conclusión, que detona en forma de enfermedad demencial, lo que lleva a Lydia a copular con su hermano. The Falling nunca deja de ser sobria, a diferencia de la cinta de Russell, y aunque coquetea con el formalismo de Kawalerowicz jamás cede ante su rigidez polaca. Morley encuentra su libertad en sus personajes, en esos magníficos close-ups en momentos justos de tensión; la libertad en la esclavitud de Lydia ante el comportamiento de su madre, de la imposibilidad de comprender su comportamiento, y en el dolor permanente de la madre que permea a Lydia dando inicio a la ola de histeria en el colegio tras la muerte de Abbie, que en algún momento también cae fulminantemente al suelo frío, pero para nunca levantarse otra vez.

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Lydia es un personaje completamente sólido por su robusta motivación basada en los conflictos matriarcales recientemente comentados, que le da sentido a sus acciones desde que pierde a su amiga, conteniendo, a lo largo de la película, un gran arco de personaje dramático que se construye en cada escena, creando una gran película de personaje; Lydia, de ser una niña tímida, opacada por la grandeza social de Abbie, termina siendo una mujer inteligente que sobrepasa sus tretas de control adolescente y sus conflictos personales para entrar a una vida útil para su comunidad, como una resolución de la crisis colectiva. El truco es cómo se da esa transformación, de manera teatral y sobre todo con lenguaje corporal; Lydia ocupa a la fuerza el espacio que la contiene pero que no la deja respirar, genera una revolución de conciencia que explota al tiempo que los cuerpos de las colegialas caen al suelo como arboles recién cortados en un bosque de adultos, para emerger ocupando su lugar. La cinta en todo momento esta funcionando en un nivel simbólico aunque, como lo ha comentado Morley en entrevistas, su infancia y adolescencia esta impregnada de tragedia al igual que la de su protagonista, de ahí la fuerza de la cinta.

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Maisie Williams es dirigida magistralmente por Morley, quien no deja de recordar a Lynne Ramsay en varios sentidos, ejemplificando el potente nuevo cine inglés que va encontrando su camino, un tanto cuanto liberado del realismo social ultrajante de maestros como Loach y Leigh de finales de siglo, y que al mismo tiempo se apoya en sus raíces poéticas sólidas basadas en la libertad del free cinema sesentero (sobre todo la elocuencia de Lindsay Anderson y la gracia de Jack Clayton, tomando en cuenta los excesos de Ken Russell), con brillantes directores como Ben Wheatley, Carol Morley, Steve McQueen  y Joanna Hogg que, curiosamente, en su mayoría tienen bases relacionadas más bien con el mundo del arte que con el cinematográfico y que nos prometen, en sus ultimas cintas, encontrar nuevos caminos para estos tiempos digitales donde los formatos dejan de ser definitivos.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo