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Un inconcebible castillo de lodo: sobre la película “Qué difícil es ser un dios” (Aleksei German, 2013)

Arte

Por: Psicanzuelo - 07/01/2015

Pasillos infernales simbólicos, que parecen provenir de los retablos de El Bosco, representan una nueva era oscurantista previa a un renacimiento que podría jamás llegar, son presentados sin ninguna autocomplacencia por el brillante Aleksei German en un furioso cine autoral

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Se dice que la obra póstuma de Aleksei German, Qué difícil es ser un dios (2013), se dilató 14 años en su proceso de creación, incluyendo los 6 años de rodaje, terminándola de postproducir su hijo tras la muerte del padre. Un filme que se toma muy en serio a sí mismo como película, recuerda a los más grandes cineastas y una forma de hacer cine fuera del panorama actual. 

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Puede ser comparado con las mejores cintas de Paradzhánov, o Dovzhenko, conteniendo ingredientes grandilocuentes del sabor en pantalla blanca y negra del Tarkovsky de Andrei Rublev (1966), y del Béla Tarr de Satantango (1994). 

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El filme en cuestión es de ciencia ficción poética, fotografiado en hermosos tonos blanco y negro, poco contrastados, y de profundas texturas expresivas. Los personajes que pueblan el mundo creado, despiertan súbitamente por instantes a la conciencia de su existencia, inclusive voltean a ver una cámara siempre viva, volando sobre sus cabezas, experimentan de manera directa cómo los instiga, hasta haciéndole gestos. 

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La cámara es un elemento que apoya la trama, estamos en otro planeta donde se vive idénticamente a como se vivía en cualquier imperio medieval, siguiendo las jornadas de un hombre que se erige como Dios ya que posee la tecnología de nuestro planeta, que en un futuro cercano lo lleva viajar a otra civilización en otro planeta, que se encuentra como se encontraba el viejo continente, Europa, hace 800 años. La cámara es esa tecnología que acompaña al Dios hombre, es eso que le otorga su divinidad, un aparato tecnológico que registra todo, el ojo divino.

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El guión de Qué difícil es ser un dios consiste en una adaptación de una novela clásica rusa de ciencia ficción escrita por los hermanos Arkady y por Boris Strugatsky, quien también es el autor de la novela que el mismo Tarkovsky adaptó en su fantástica Stalker (1979). La complexión del filme es bastante densa aunque solo dure 170 minutos, y los detalles de la dirección de arte, paredes, construcciones, escenografía, muebles, maquillaje, armas, vestuario, no tienen ningún rival en el cine actual, cada escena tiene un impacto completamente real. Se dice que German, el director, hablaba de únicamente estar interesado en filmar en su última etapa, la posibilidad de reconstruir el mundo. Y no bromeaba. El espectador puede ver lo que quiera dentro de la pantalla, en cualquier momento de la proyección, y se va a encontrar con texturas verosímiles en un universo paralelo del cual la pantalla es una ventana; German construye un lugar real y luego lo filma. 

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Una realidad medieval donde la mayoría del tiempo la gente vomita, caga, copula, mata, tortura o se quejan ante Dios desesperanzados. Ese mundo se parece en mucho al que habitamos, de forma metafórica, aunque en algunos lugares es muy cercano a la realidad; es que la resonancia medieval en el diario vivir actual, evidenciada por German, es terrorífica. En el caso de México, un lugar completamente tomado por los carteles de droga, pareciera ser perfecto para sentir lo que plantea German, ni mandado a hacer o como un anillo al dedo. 

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Si alguien comparara la estructura de esta cinta con un videoclip, lejos estaría de observar lo que pasa con cada actor, con cada extra, la cámara registra lo que sucede dentro de los personajes psicológicamente; esto no es Mad Max en su última versión de Furia en la carretera (George Miller, 2015), o sea el Apocalipsis como el máximo espectáculo. Esto es la extensión psicológica de la realidad actual como Apocalipsis, y la maldición que reside como fatídico final, en la soberbia del hombre. Los actores parecen estar poseídos por sus personajes, o por lo menos estar viviendo la pesadilla a fondo, que se corresponde con un trabajo sonoro de profunda creación, en el que sí tuvo que ver mucho German antes de morir. La pantalla nos conecta con una enorme caverna, que también es un espejismo en un mar sin fin en las entrañas de un cenote, donde las cosas aparecen para inmediatamente desaparecer, sacrificadas dentro de la oscura sala de cine. 

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Nos movemos lentamente por un inmenso castillo, por un pozo sin fondo que potencia el poder que tiene el hombre en una estructura jerárquica piramidal, y que sus estructuras no permiten que se desarrolle creando una comunidad saludable al nivel del suelo.

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La exigencia de una trama inteligible por parte del espectador será poco a poco sustituida por un poema colosal compuesto por hieráticas imágenes: la película hipnotiza. El espectador no tiene otra opción más que permitirse soñar con los ojos abiertos, mirar las estrellas que se despliegan frente a sus ojos, la sala de cine como observatorio planetario. 

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Los diálogos son versos apocalípticos cíclicos que refuerzan las espirales que son descendentes y ascendentes, un juego de serpientes y escaleras, con frailes, merolicos, esclavos, arqueros, caballeros, espadas, caca, meados, gallinas, armaduras, vírgenes con cinturón de castidad, payasas nodrizas con las mejillas pintadas, gritos, muertos colgados que se tienen que regar con aguas de flores, torres de piedra, lodo, mucho lodo y camas con pieles de grandes animales como deliciosos cobertores suntuosos. 

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Pero mas que cualquier cine europeo rebuscado, y sobre todo del Este de este continente, me gustaría comparar Qué difícil es ser un dios con la película que dirigió Richard Lester sobre el hombre de acero, la segunda entrega, Superman II (1980), que también era un dios, más duro que el acero. 

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Richard Lester, responsable de dotar al cuarteto de Liverpool de su primera personalidad pop en La noche de un día difícil (1964) y sobre todo en Help! (1965), crea enemigos poderosos al nivel de Superman, visitantes de otra galaxia; podríamos decir que su sombra lo visita. Resulta que un trío de criminales cósmicos escapan de su encierro en una celda interdimensional y atacan la Tierra. Superman entonces debe actuar como un dios y defender a los terrícolas de tremendos invasores. Así el conde, marqués, rey, Don Rumata (Leonid Yarmolnik), un ser todopoderoso que proviene de otro planeta en Qué difícil es ser un dios, debe asumirse como ese dios aguardado que debe instaurar la paz en este territorio interplanetario, que se pone en sus manos al estar viviendo como en el Medievo cuando él ya rebasó en conocimientos al siglo XX por varios siglos. Así como los criminales de Superman II, la entera civilización está recluida en está prisión interdimensional. Pero Rumata acaba siendo el criminal omnipotente que viene de otro mundo, no reacciona en nada como Superman, más bien se erige con toda la soberbia del otro mundo al que pertenece, y pisa a todos los que se va encontrando en su camino. Esa es la naturaleza del hombre que prevalece, aunque nos cambiemos de planeta; podría ser el discurso colonialista de crítica finamente zurcido en la somera trama. 

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Don Rumata tiene su cuadrilla de esclavos que lo acompañan, y deambula ya sea a pie o a caballo, además de contener todo un séquito variado, cuestionando en voz alta la materia profunda de la condición humana, el deambular no deja de ser un carnaval, un desfile que más que celebrar la vida, celebra la muerte. Llama la atención desde la primera vez que ocurre: cuando lo encontramos por primera vez, despertando en su recinto, acicalándose, sostiene en sus manos una flauta esculpida de madera larga, y deposita sus labios en ella. En lugar de que una melodía medieval melancólica inunde el aire como pareciese, es una tomada de jazz casi reconocible: ¿Charles Mingus?, ¿Thelonious Monk?, ¿ambos? Una especie de free jazz, que es de lo poco que proviene del futuro, o digamos del otro planeta que existe paralelamente, anacrónicamente la tonada nos lleva más hacia los 60 que al siglo XXI; German también está haciendo una adaptación fuera de tiempo, no es actual.

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El primer plano que contemplamos al inicio del filme, que contiene la explicación en voz en off de un narrador, junto con varias otras tomas de establecimiento a lo largo de la cinta, podrían tener que ver con la propuesta estética de Pieter Brueghel el Viejo, pero en realidad, si miramos más a fondo, la mayoría de las composiciones en cuadro tienen mucho más que ver con el trabajo del pintor Hieronymus Bosch (El Bosco). 

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Pasillos infernales simbólicos, representando una era oscurantista previa al Renacimiento, tal parece que esa aguardada nueva era está condenada a quizás jamás existir, porque para ello necesitaríamos no tener una humanidad; llena de desesperación, nos lo grita a la cara la opus magnum de Aleksei German. Condenados a vivir eternamente en la barbarie, en las tinieblas, porque es conveniente para quienes les importa que así lo sea, personas de otros planetas que conservan el poder en este, y que viven en el futuro de la mente del poeta.

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Twitter del autor: @psicanzuelo

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Los orígenes vudú del blues: la presencia del Diablo en la historia de la música

Arte

Por: Mateo García Elizondo - 07/01/2015

Pactos con el Diablo, dinero, fama, locura, carisma, mujeres bonitas, música capaz de poseer a las masas en un trance, y drogas que representan las más altas cúspides del placer así como los vórtices más profundos hacia la destrucción.

Imagen de: http://www.guioteca.com/fenomenos-paranormales/la-aterradora-historia-de-robert-johnson-el-famoso-guitarrista-que-se-volvio-talentoso-por-un-pacto-con-el-diablo/

Creo en Dios y creo en el Diablo.

Definitivamente hay un Diablo, y conoce mi nombre.

                                                                              Daniel Johnston (1961-), músico y cantautor

 

Existe una leyenda recurrente sobre un hombre que, como Fausto, hace un trato con el Diablo a cambio de conocimiento. En esta leyenda en particular, el trato sucede en un cruce de caminos en el cual un hombre intercambia su alma por talento musical, y nadie es mejor exponente de esta leyenda que el mismísimo Robert Johnson, nacido “probablemente” en Hazlehurst, Mississippi, el 11 de mayo de 1911, legendario bluesero pionero del Mississippi Delta que, se dice, vendió su alma al Diablo en un cruce de caminos y obtuvo su talento prodigioso para el blues u obtuvo, según algunos “el blues mismo”.

Su memoria eidética, que le permitía tocar, al igual que Mozart, cualquier canción tras haberla escuchado sólo una vez, su inteligencia e innovación musical son legendarias, y el pacto con el Diablo es la explicación más cuerda que se les ha podida dar hasta ahora. En la canción “Crossroad Blues”, Johnson cuenta que durante un viaje fue a pedirle ayuda a Dios, y como no la encontró, el Diablo se le presentó en un cruce de caminos y le enseño el blues. Aquí se nota un tema subyacente en el cual Johnson, desilusionado por el cristianismo, encuentra en la música y la soledad del cruce de caminos una conexión con sus orígenes ancestrales.

El vudú tiene su origen en las religiones animistas de África del oeste, que llegan a América con la ola de esclavos que se instalan en Estados Unidos a partir de 1809, en particular en el Mississippi Delta, donde se origina el blues a partir de los años 1920-30. Entre ellos, llega Marie Laveau a Baton Rouge, Nueva Orleans, en 1820. La suma sacerdotisa se presentaba a todas las ceremonias con una serpiente pitón llamada Zombi, como lo hizo Britney Spears en los MTV Music Awards 2001, probando que la tradición vudú en la música sigue intacta, aunque no siempre nos demos cuenta de ello.

Las religiones africanas tienen como ejes centrales la música de tambor y bailar para entrar en trance y ser poseído o “montado” (“ride”, como a un caballo) por un Dios. La cantante y escritora Debra Devi habla de esto en su libro The Language of Blues, from Alcorub to Zuzu, y explica que este fenómeno se convirtió en el soul y gospel en las iglesias bautistas afroamericanas, donde la “posesión” por el Espíritu Santo, en particular a través de la música, es una práctica común. Incluso sugiere que la expresión en inglés “Right on” viene de la jerga afroamericana y significa en realidad “Ride on (Jesus)”, es decir, es una exhortación para que el Espíritu Santo siga poseyendo a una persona. La posesión se volvió un estándar en la música rock, donde figuras como Jim Morrisson, Johnny Rotten, Jerry Lee Lewis y Janis Joplin se dejaban “poseer” por el espíritu de la música en el escenario.

En religión vudú, Legba --para los fon de Dahomey-- y Eshu -para los yoruba de Nigeria-- es un intermediario entre dioses y hombres que vive en los cruces de caminos. Legba-Eshu es un “trickster” o “pícaro divino”, un espíritu travieso e impredecible, cualidades que probablemente causaron la desconfianza y contribuyeron a su asociación con el Diablo por parte de los cristianos. Los dioses vudú son la personificación misma de los conceptos de “cool”  y de “soul”. El blues, y por lo subsecuente el rock & roll se vuelven “música del Diablo”, y en ella se habla con frecuencia del hoodoo, el vudú, el amor y el Diablo.

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Las prácticas de brujería vudú fueron luego americanizadas y se vuelven el “hoodoo”, folclor originario del Nuevo Continente, ampliamente practicado en América del Norte a principios del siglo XX. Se trata de una colección de cuentos, medicina herbolaria y practicas mágicas derivadas del sincretismo entre nativo-americanos, afroamericanos y europeos. Se publican libros como Secrets of the Psalms y The book of Secrets of Albertus Magnus, que ayudan a popularizarlo. El concepto del “mojo”, la “track magic”, brujería que se disponía en el lugar donde la víctima iba a caminar o poner los pies y se resuelve poniendo peniques de cobre en los zapatos, todos estos conceptos salieron del folclor del hoodoo, que era especialmente popular en Baton Rouge, Nueva Orleans. Todos los blueseros de la zona estaban familiarizados con sus prácticas y las mencionan en su música. Canciones de Johnson como “Me and the Devil Blues”, “Cross Road Blues” --de donde origina la historia del pacto con el Diablo-- y “Stones in my passway” describen el mundo del hoodoo con detalle.

La vida de Johnson fue tumultuosa: antes de empezar a tocar la guitarra se casó con una jovencita, Virginia Travis, que murió dando a luz con solo 16 años. Se cuenta que Robert Johnson no era muy bueno con la música. Había tocado un poco de armónica, pero era malo. Dice su amigo, el bluesero Son House: “¡Que ruidero hacia! La gente se enojaba. Venían y me decían: ‘¿Por qué no le quitas la guitarra a ese muchacho? Nos está volviendo locos’”. Después de la muerte de su esposa Johnson decide irse a recorrer el Delta del Mississippi para tocar en tabernas y burdeles, época durante la cual vivió una vida de disolución, bebiendo y apostando, y sostuvo una relación con una mujer mayor que él, Caletta “Callie” Craft, con la que se casó en secreto en 1931. Al regresar a su hogar en Robinsonville, no solo parecía haber adquirido un talento incomparable para la guitarra, sino un carisma irresistible también. Se rumora que el pacto con el Diablo sucedió durante esa ausencia para recorrer el Delta del Mississippi.

Cuenta Son House que él estuvo presente cuando sucedió el pacto en la esquina de Hwy 1 y Hwy 8, en Rosedale, Mississippi, como lo dice la canción, a pesar de que la leyenda decía que el cruce original era el de Hwy 61 y Hwy 49 en Clarksdale, que hoy en día se ha convertido en un lugar de peregrinaje donde la gente rinde culto a este evento místico y musical. Algunos sugieren que tiene más sentido que haya sido en Rosedale, por su proximidad al río, ya que según el folclor hoodoo el Diablo necesita estar cerca de un río para aparecerse. Según otras historias del folclor local, Johnson viajaba hacia Helena y pasaba por Beulah y se le apareció el Diablo con un perro negro, quien le vendió el blues por el precio de su alma.

El mismo Robert Johnson nunca dijo haber hecho este pacto. La historia es de su mentor, Ike Zimmerman, y de su amigo Son House. Sin embargo, antes incluso de Robert Johnson, ya se hablaba de la leyenda de intercambiar el alma con el Diablo a cambio de talento en el blues. El Reverendo LeDell Johnson contaba de su hermano Tommy, que se había ido de la casa un día y había regresado siendo un prodigio del blues. Según el mismo Tommy Johnson (1896-1956), otro famoso bluesero, sin ninguna relación familiar con Robert Johnson:

Si quieres aprender a tocar la guitarra, o cualquier instrumento, vas a un cruce de caminos. Llegas un poco antes de las 12 de la noche, para estar seguro de que estarás a tiempo. Tomas tu guitarra y te quedas ahí tocando una canción, tú solo. Ahí se te va a aparecer un hombre negro y alto, va a tomar tu guitarra y la va a afinar. Luego va a tocar una canción, y te la va a regresar. Y así fue como yo aprendí a tocar todo lo que yo quisiera.

El Reverendo Gary Fox cuenta otras versiones de este mito, en las que hay que llevar consigo tierra de cementerio y el Diablo se puede presentar en muchas formas, como un perro, caballo o gallina negra, pero después de pasar enfrente de la persona que quiere aprender a tocar, si esa persona no sale corriendo, después podrá tocar cualquier canción, pues le habrá vendido su alma al Diablo.

La carrera de Robert despegó, muchos discípulos se acercaron a él y los otros músicos lo veían con una mezcla de envidia y admiración. Fue parte del movimiento fundador del Delta Blues junto con Charley Patton, Skip James y Son House. Grabó muy poco y las pocas grabaciones que hizo fueron hechas a una velocidad inusual en la pista, lo que las hace sonar a un tono diferente que el original. Esta cualidad y el hecho de que la voz de Johnson ya no puede ser escuchada en su tono original, son consideradas parte del mito sobrenatural que rodea al prodigio Robert Johnson.  

Los mismos rumores corrían sobre Niccolo Paganini y su talento para el violín, y lo mismo también se decía de Francisco, “el hombre en las costas del Caribe”, un prodigioso vallenatero que según las versiones ya sea vende su alma, ya sea vence en un duelo de acordeón al mismísimo Lucifer en un cruce de caminos. Es curioso que en estas regiones de América del Sur la migración de esclavos africanos y la cultura afrocaribeña que sobrevino después es muy similar al patrón del Delta del Mississippi. En esta zona, sin embargo, la migración dio nacimiento a la cumbia, otra forma de música con orígenes en las danzas de cortejo de África del oeste.

La música siempre ha sido considerada un túnel entre el mundo de los hombres y el de los cielos. El primer instrumento de música, el tambor, muy preciado en las sociedades africanas, se toca a una frecuencia que induce el trance y puede haber sido inventado como un implemento chamánico, destinado a aquellos con la habilidad de entrar en contacto con dioses y espíritus.

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Se rumora que otro notorio bluesero, Howlin’ Wolf, se había ganado el apodo por su costumbre de tocar la guitarra y aullar solo en los cementerios, bajo la luna, aunque él mismo explicaba que esto no tenía nada que ver con vudú o el Diablo, solo que los cementerios eran simple y sencillamente el lugar más callado y tranquilo para poder tocar y practicar el “shouting blues”, que podría fácilmente haber sido confundido con los aullidos de un howling wolf.

Otros músicos que utilizaron simbología y temáticas vudú en sus canciones fueron, por ejemplo, John Lee Hooker en “Crawling King Snake”, que se refiere a la deidad vudú en forma de serpiente llamada Damballa, que representa al creador primordial del mundo. También Screamin’ Jay Hawkins, que escribe “I put a spell on you”, más tarde popularizada por Creedence, que contiene la obvia temática vudú del embrujo. En su versión original, Hawkins la canta gritando, influenciando a Alice Cooper y Marylin Manson. Él y Joe Turner ponen de moda el “shouting blues”, que retoman Muddy Waters (“Got my Mojo Working”) y T-Bone Walker, y que más tarde influencia a Hendrix y a los Rolling Stones. Hendrix incluso se refería a sí mismo como un “voodoo child”, y se dice que durante una época de su vida estuvo obsesionado con ir a ver a una bruja del Delta para que le quitara una brujería. Por su parte, también se rumora que Robert Plant guarda un frasco de tierra proveniente del cruce de caminos de Johnson.

Robert Johnson murió en circunstancias misteriosas en 1938 a la edad de 27 años, al igual que otros integrantes del grupo de los músicos “malditos” como Joplin, Morrison, Hendrix y Cobain. Estaba tocando en el Three Forks Juke en Greenwood, Mississippi, le ofrecieron un trago y hubo una pelea: él tumbó la botella y declaró que “nunca bebía de una botella abierta, porque no sabía lo que le habían puesto”. Le ofrecieron otra botella y esta vez la aceptó. Esa noche no pudo cantar, se enfermó y estuvo varios días vomitando y delirante. Murió poco después, a pesar de recibir todos los cuidados posibles. Hubo muchas conjeturas de que había sido envenenado o víctima de brujería. Se dijo también que el Diablo había simplemente regresado a cobrar lo que le era debido. Sin embargo, su amplio repertorio sobrevivió el paso del tiempo, y ha sido retomado por músicos de talla mundial como Led Zeppelin (“Traveling Riverside Blues”), los Rolling Stones (“Love in Vain”), Cream (“Crossroads”) y los White Stripes (“Stop Breaking Down”). La célebre canción “Sweet Home Chicago”, que han tocado tanto Clapton como B. B. King y los Blues Brothers, también fue compuesta por él, y es quizás su obra más conocida.

Muchos otros músicos legendarios sufrieron un destino similar al de Johnson. ¿Sería posible que el Diablo rondara alrededor de ellos también? El también prodigioso músico y cantautor Daniel Johnston (no confundir con Robert ni con Tommy Johnson, pues todos son de familias diferentes) ha pasado, por su lado, la mayor parte de su vida en una lucha feroz con Dios y el Diablo, y su fascinante historia se puede ver en el documental The Devil and Daniel Johnston. A pesar de ser un virtuoso reconocido por Nirvana y Sonic Youth y de coquetear con el éxito toda su vida, Daniel Johnston nunca conoció la fama ni firmó con disqueras por considerarlas “diabólicas” y tuvo mala suerte con las mujeres, aunque ellas inspiraron toda su música. Eventualmente fue diagnosticado con un trastorno bipolar y sufrió terribles delirios de persecución en las calles de Nueva York, intentando evitar entrar en liga con el Diablo. Pasó gran parte de su vida en hospitales siquiátricos, y hoy en día es prácticamente desconocido. Daniel Johnston es, quizás, un ejemplo de lo que puede suceder cuando un músico virtuoso se rehúsa, a pesar de toda insistencia, a tener cualquier cosa que ver con el Diablo.