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Un día con el monje zen Leonard Cohen (VIDEO)

Arte

Por: pijamasurf - 07/04/2015

Leonard Cohen prefirió la vida monástica del budismo zen a los excesos de las estrellas de rock

Aunque seguramente no resultará nuevo para sus más cercanos fans, muchos otros podrán sorprenderse al saber que el popular músico Leonard Cohen es un monje zen, que fue ordenado en 1994 dentro de la comunidad del Mount Baldy Zen Center en Los Angeles.

El documental de 1996 de Armelle Brusq retrata la vida cotidiana de Leonard Cohen en el monasterio, meditando, tomando té y viviendo una vida sencilla y solo por momentos quitándose su túnica para entrar a su pequeño estudio de grabación o hablando por teléfono con su hija.

Cohen narra cómo se desencantó de la vida de celebridad y prefirió el llamado del silencio y la comunidad, una vida más tranquila fuera de las luces. "Me gusta estar en un lugar donde se cuida la comida y hay un sentido de comunidad... tal vez el mundo antes era así". "La cultura ya no provee este sentido de virtud y orden... Es necesario entrenarnos para abrir el corazón". Vemos a Cohen en su pequeño cuarto con una decoración austera, barriendo el piso, o conduciendo a su maestro y cargando su maleta.

El Mount Baldy Zen Center fue creado por el maestro Kyozan Joshu Sasaki ("Roshi"), quien murió recientemente a la edad de 107 años. Cohen piensa en él cuando dice: "Un buen amigo es alguien cuyo único interés es ayudarte a ser tú mismo". En el cumpleaños 89 de Roshi, Cohen le escribió un poema, una de sus estrofas dice:

His stomach’s very happy

The prunes are working well

There’s no one left in heaven

And there’s no one going to hell

  Screen shot 2015-07-04 at 8.11.46 PM

Tal vez su música --que el New Yorker llama "sensualidad zen"-- después de ver estos procesos, de conectar las letras y absorber su contexto cobra un nuevo significado, se vuelve más profunda y lúcida a la vez que, paradójicamente, más ligera.

 

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El hombre que duerme en la cama de Hitler (y tiene la colección más grande de memorabilia nazi)

Arte

Por: pijamasurf - 07/04/2015

Una afición que comenzó en la infancia se ha convertido en una de las colecciones más impresionantes de objetos pertenecientes al régimen nazi
[caption id="attachment_97579" align="aligncenter" width="602"]h1 Foto de David Stilltoe para The Guardian: http://www.theguardian.com/world/2015/jun/24/the-man-who-sleeps-in-hitlers-bed?CMP=fb_gu[/caption]

Por razones que podrían no ser tan evidentes, la iconografía nazi se volvió fascinante incluso después de que dicho régimen fuera derrotado y aun más allá de las fronteras de Alemania. Aunque es indisociable de sus circunstancias históricas, los objetos en torno al partido han adquirido cierta aura que los vuelve atractivos, codiciables. De ahí que no sea extraño que en el mundo existan personas dedicadas a coleccionarlos, de la misma forma que se coleccionan estampillas postales o mariposas.

Para muchos, el nombre de Kevin Wheatcroft es el de un desconocido, alguien con tanta importancia como cualquiera. Sin embargo, en el mundo del coleccionismo, se trata de una especie de celebridad, pues ha acumulado el acervo más cuantioso de memorabilia nazi del que se tenga noticia.

La afición de Wheatcroft comienza en su niñez, en su cumpleaños número 5, cuando sus padres le obsequiaron un casco de la SS que él mismo había pedido. Al año siguiente, su padre le negó la compra del Mercedes Benz G4 que Hitler usó para viajar por Sudetenland en 1939. Como sea, en su juventud continuó cultivando su simpatía por el régimen, llegando incluso a recuperar jeeps nazis estropeados o buscando piezas de tanques de guerra. En Linz, Wheatcroft adquirió muchos de los muebles de Hitler, incluyendo su cama, en la cual duerme, aunque ha cambiado el colchón.

Actualmente, Wheatcroft tiene 55 años y mantiene su colección en reserva. Solo hace poco accedió a que esta tuviera un sitio web en donde se ofrece mayor detalle de las piezas que la componen, pero en general prefiere mantenerla al margen del gran público. En parte esto se debe a que los objetos nazis se encuentran regulados legalmente en varios países, en algunos está prohibido comercializar con ellos e incluso ciertos sitios de compraventa en línea (como eBay) optaron por no dar cabida a esas transacciones.

Por el relato que Alex Preston hace en The Guardian sobre Wheatcroft y su colección, resulta evidente que más que un fanático nazi, este empresario inglés es cautivo de una obsesión, un coleccionista en el sentido en que Walter Benjamin lo entendió: un melancólico que busca sustraer a los objetos del circuito de las mercancías, aislarlos, devolverlos a una especie de estado primigenio imposible en el que se muestran únicamente en su esencia, librados de esos accidentes que la historia ineludiblemente les imputa (pero los cuales, finalmente, tal vez sean la verdadera esencia):  

Quizá es posible concretar así el secreto motivo que subyace al coleccionismo: abre el combate con la dispersión. Al gran coleccionista le perturba de modo por completo originario la dispersión y el caos en que se halla toda cosa en el mundo. [...] El alegórico en cambio representa el polo opuesto del coleccionista. Ha renunciado a iluminar las cosas con el empleo de la investigación de sus afinidades o su esencia. Así que las desliga de su entorno, mientras que deja [...] a su melancolía iluminar su significado. El coleccionista, por su parte, liga aquello en que ve correspondencia; así puede alcanzar una enseñanza sobre las cosas por sus afinidades o su sucesión en cuanto al tiempo. [...] En lo que atañe al coleccionista, su colección jamás está completa, y aunque le falte una sola pieza, lo coleccionado permanece como mero fragmento, como desde siempre son las cosas en cuanto hace a la alegoría.

W. Benjamin, Libro de los pasajes

 

[Ver fotos de la colección de Wheatcroft]