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Los orígenes vudú del blues: la presencia del Diablo en la historia de la música

Arte

Por: Mateo García Elizondo - 07/07/2015

Pactos con el Diablo, dinero, fama, locura, carisma, mujeres bonitas, música capaz de poseer a las masas en un trance, y drogas que representan las más altas cúspides del placer así como los vórtices más profundos hacia la destrucción.

Imagen de: http://www.guioteca.com/fenomenos-paranormales/la-aterradora-historia-de-robert-johnson-el-famoso-guitarrista-que-se-volvio-talentoso-por-un-pacto-con-el-diablo/

Creo en Dios y creo en el Diablo.

Definitivamente hay un Diablo, y conoce mi nombre.

                                                                              Daniel Johnston (1961-), músico y cantautor

 

Existe una leyenda recurrente sobre un hombre que, como Fausto, hace un trato con el Diablo a cambio de conocimiento. En esta leyenda en particular, el trato sucede en un cruce de caminos en el cual un hombre intercambia su alma por talento musical, y nadie es mejor exponente de esta leyenda que el mismísimo Robert Johnson, nacido “probablemente” en Hazlehurst, Mississippi, el 11 de mayo de 1911, legendario bluesero pionero del Mississippi Delta que, se dice, vendió su alma al Diablo en un cruce de caminos y obtuvo su talento prodigioso para el blues u obtuvo, según algunos “el blues mismo”.

Su memoria eidética, que le permitía tocar, al igual que Mozart, cualquier canción tras haberla escuchado sólo una vez, su inteligencia e innovación musical son legendarias, y el pacto con el Diablo es la explicación más cuerda que se les ha podida dar hasta ahora. En la canción “Crossroad Blues”, Johnson cuenta que durante un viaje fue a pedirle ayuda a Dios, y como no la encontró, el Diablo se le presentó en un cruce de caminos y le enseño el blues. Aquí se nota un tema subyacente en el cual Johnson, desilusionado por el cristianismo, encuentra en la música y la soledad del cruce de caminos una conexión con sus orígenes ancestrales.

El vudú tiene su origen en las religiones animistas de África del oeste, que llegan a América con la ola de esclavos que se instalan en Estados Unidos a partir de 1809, en particular en el Mississippi Delta, donde se origina el blues a partir de los años 1920-30. Entre ellos, llega Marie Laveau a Baton Rouge, Nueva Orleans, en 1820. La suma sacerdotisa se presentaba a todas las ceremonias con una serpiente pitón llamada Zombi, como lo hizo Britney Spears en los MTV Music Awards 2001, probando que la tradición vudú en la música sigue intacta, aunque no siempre nos demos cuenta de ello.

Las religiones africanas tienen como ejes centrales la música de tambor y bailar para entrar en trance y ser poseído o “montado” (“ride”, como a un caballo) por un Dios. La cantante y escritora Debra Devi habla de esto en su libro The Language of Blues, from Alcorub to Zuzu, y explica que este fenómeno se convirtió en el soul y gospel en las iglesias bautistas afroamericanas, donde la “posesión” por el Espíritu Santo, en particular a través de la música, es una práctica común. Incluso sugiere que la expresión en inglés “Right on” viene de la jerga afroamericana y significa en realidad “Ride on (Jesus)”, es decir, es una exhortación para que el Espíritu Santo siga poseyendo a una persona. La posesión se volvió un estándar en la música rock, donde figuras como Jim Morrisson, Johnny Rotten, Jerry Lee Lewis y Janis Joplin se dejaban “poseer” por el espíritu de la música en el escenario.

En religión vudú, Legba --para los fon de Dahomey-- y Eshu -para los yoruba de Nigeria-- es un intermediario entre dioses y hombres que vive en los cruces de caminos. Legba-Eshu es un “trickster” o “pícaro divino”, un espíritu travieso e impredecible, cualidades que probablemente causaron la desconfianza y contribuyeron a su asociación con el Diablo por parte de los cristianos. Los dioses vudú son la personificación misma de los conceptos de “cool”  y de “soul”. El blues, y por lo subsecuente el rock & roll se vuelven “música del Diablo”, y en ella se habla con frecuencia del hoodoo, el vudú, el amor y el Diablo.

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Las prácticas de brujería vudú fueron luego americanizadas y se vuelven el “hoodoo”, folclor originario del Nuevo Continente, ampliamente practicado en América del Norte a principios del siglo XX. Se trata de una colección de cuentos, medicina herbolaria y practicas mágicas derivadas del sincretismo entre nativo-americanos, afroamericanos y europeos. Se publican libros como Secrets of the Psalms y The book of Secrets of Albertus Magnus, que ayudan a popularizarlo. El concepto del “mojo”, la “track magic”, brujería que se disponía en el lugar donde la víctima iba a caminar o poner los pies y se resuelve poniendo peniques de cobre en los zapatos, todos estos conceptos salieron del folclor del hoodoo, que era especialmente popular en Baton Rouge, Nueva Orleans. Todos los blueseros de la zona estaban familiarizados con sus prácticas y las mencionan en su música. Canciones de Johnson como “Me and the Devil Blues”, “Cross Road Blues” --de donde origina la historia del pacto con el Diablo-- y “Stones in my passway” describen el mundo del hoodoo con detalle.

La vida de Johnson fue tumultuosa: antes de empezar a tocar la guitarra se casó con una jovencita, Virginia Travis, que murió dando a luz con solo 16 años. Se cuenta que Robert Johnson no era muy bueno con la música. Había tocado un poco de armónica, pero era malo. Dice su amigo, el bluesero Son House: “¡Que ruidero hacia! La gente se enojaba. Venían y me decían: ‘¿Por qué no le quitas la guitarra a ese muchacho? Nos está volviendo locos’”. Después de la muerte de su esposa Johnson decide irse a recorrer el Delta del Mississippi para tocar en tabernas y burdeles, época durante la cual vivió una vida de disolución, bebiendo y apostando, y sostuvo una relación con una mujer mayor que él, Caletta “Callie” Craft, con la que se casó en secreto en 1931. Al regresar a su hogar en Robinsonville, no solo parecía haber adquirido un talento incomparable para la guitarra, sino un carisma irresistible también. Se rumora que el pacto con el Diablo sucedió durante esa ausencia para recorrer el Delta del Mississippi.

Cuenta Son House que él estuvo presente cuando sucedió el pacto en la esquina de Hwy 1 y Hwy 8, en Rosedale, Mississippi, como lo dice la canción, a pesar de que la leyenda decía que el cruce original era el de Hwy 61 y Hwy 49 en Clarksdale, que hoy en día se ha convertido en un lugar de peregrinaje donde la gente rinde culto a este evento místico y musical. Algunos sugieren que tiene más sentido que haya sido en Rosedale, por su proximidad al río, ya que según el folclor hoodoo el Diablo necesita estar cerca de un río para aparecerse. Según otras historias del folclor local, Johnson viajaba hacia Helena y pasaba por Beulah y se le apareció el Diablo con un perro negro, quien le vendió el blues por el precio de su alma.

El mismo Robert Johnson nunca dijo haber hecho este pacto. La historia es de su mentor, Ike Zimmerman, y de su amigo Son House. Sin embargo, antes incluso de Robert Johnson, ya se hablaba de la leyenda de intercambiar el alma con el Diablo a cambio de talento en el blues. El Reverendo LeDell Johnson contaba de su hermano Tommy, que se había ido de la casa un día y había regresado siendo un prodigio del blues. Según el mismo Tommy Johnson (1896-1956), otro famoso bluesero, sin ninguna relación familiar con Robert Johnson:

Si quieres aprender a tocar la guitarra, o cualquier instrumento, vas a un cruce de caminos. Llegas un poco antes de las 12 de la noche, para estar seguro de que estarás a tiempo. Tomas tu guitarra y te quedas ahí tocando una canción, tú solo. Ahí se te va a aparecer un hombre negro y alto, va a tomar tu guitarra y la va a afinar. Luego va a tocar una canción, y te la va a regresar. Y así fue como yo aprendí a tocar todo lo que yo quisiera.

El Reverendo Gary Fox cuenta otras versiones de este mito, en las que hay que llevar consigo tierra de cementerio y el Diablo se puede presentar en muchas formas, como un perro, caballo o gallina negra, pero después de pasar enfrente de la persona que quiere aprender a tocar, si esa persona no sale corriendo, después podrá tocar cualquier canción, pues le habrá vendido su alma al Diablo.

La carrera de Robert despegó, muchos discípulos se acercaron a él y los otros músicos lo veían con una mezcla de envidia y admiración. Fue parte del movimiento fundador del Delta Blues junto con Charley Patton, Skip James y Son House. Grabó muy poco y las pocas grabaciones que hizo fueron hechas a una velocidad inusual en la pista, lo que las hace sonar a un tono diferente que el original. Esta cualidad y el hecho de que la voz de Johnson ya no puede ser escuchada en su tono original, son consideradas parte del mito sobrenatural que rodea al prodigio Robert Johnson.  

Los mismos rumores corrían sobre Niccolo Paganini y su talento para el violín, y lo mismo también se decía de Francisco, “el hombre en las costas del Caribe”, un prodigioso vallenatero que según las versiones ya sea vende su alma, ya sea vence en un duelo de acordeón al mismísimo Lucifer en un cruce de caminos. Es curioso que en estas regiones de América del Sur la migración de esclavos africanos y la cultura afrocaribeña que sobrevino después es muy similar al patrón del Delta del Mississippi. En esta zona, sin embargo, la migración dio nacimiento a la cumbia, otra forma de música con orígenes en las danzas de cortejo de África del oeste.

La música siempre ha sido considerada un túnel entre el mundo de los hombres y el de los cielos. El primer instrumento de música, el tambor, muy preciado en las sociedades africanas, se toca a una frecuencia que induce el trance y puede haber sido inventado como un implemento chamánico, destinado a aquellos con la habilidad de entrar en contacto con dioses y espíritus.

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Se rumora que otro notorio bluesero, Howlin’ Wolf, se había ganado el apodo por su costumbre de tocar la guitarra y aullar solo en los cementerios, bajo la luna, aunque él mismo explicaba que esto no tenía nada que ver con vudú o el Diablo, solo que los cementerios eran simple y sencillamente el lugar más callado y tranquilo para poder tocar y practicar el “shouting blues”, que podría fácilmente haber sido confundido con los aullidos de un howling wolf.

Otros músicos que utilizaron simbología y temáticas vudú en sus canciones fueron, por ejemplo, John Lee Hooker en “Crawling King Snake”, que se refiere a la deidad vudú en forma de serpiente llamada Damballa, que representa al creador primordial del mundo. También Screamin’ Jay Hawkins, que escribe “I put a spell on you”, más tarde popularizada por Creedence, que contiene la obvia temática vudú del embrujo. En su versión original, Hawkins la canta gritando, influenciando a Alice Cooper y Marylin Manson. Él y Joe Turner ponen de moda el “shouting blues”, que retoman Muddy Waters (“Got my Mojo Working”) y T-Bone Walker, y que más tarde influencia a Hendrix y a los Rolling Stones. Hendrix incluso se refería a sí mismo como un “voodoo child”, y se dice que durante una época de su vida estuvo obsesionado con ir a ver a una bruja del Delta para que le quitara una brujería. Por su parte, también se rumora que Robert Plant guarda un frasco de tierra proveniente del cruce de caminos de Johnson.

Robert Johnson murió en circunstancias misteriosas en 1938 a la edad de 27 años, al igual que otros integrantes del grupo de los músicos “malditos” como Joplin, Morrison, Hendrix y Cobain. Estaba tocando en el Three Forks Juke en Greenwood, Mississippi, le ofrecieron un trago y hubo una pelea: él tumbó la botella y declaró que “nunca bebía de una botella abierta, porque no sabía lo que le habían puesto”. Le ofrecieron otra botella y esta vez la aceptó. Esa noche no pudo cantar, se enfermó y estuvo varios días vomitando y delirante. Murió poco después, a pesar de recibir todos los cuidados posibles. Hubo muchas conjeturas de que había sido envenenado o víctima de brujería. Se dijo también que el Diablo había simplemente regresado a cobrar lo que le era debido. Sin embargo, su amplio repertorio sobrevivió el paso del tiempo, y ha sido retomado por músicos de talla mundial como Led Zeppelin (“Traveling Riverside Blues”), los Rolling Stones (“Love in Vain”), Cream (“Crossroads”) y los White Stripes (“Stop Breaking Down”). La célebre canción “Sweet Home Chicago”, que han tocado tanto Clapton como B. B. King y los Blues Brothers, también fue compuesta por él, y es quizás su obra más conocida.

Muchos otros músicos legendarios sufrieron un destino similar al de Johnson. ¿Sería posible que el Diablo rondara alrededor de ellos también? El también prodigioso músico y cantautor Daniel Johnston (no confundir con Robert ni con Tommy Johnson, pues todos son de familias diferentes) ha pasado, por su lado, la mayor parte de su vida en una lucha feroz con Dios y el Diablo, y su fascinante historia se puede ver en el documental The Devil and Daniel Johnston. A pesar de ser un virtuoso reconocido por Nirvana y Sonic Youth y de coquetear con el éxito toda su vida, Daniel Johnston nunca conoció la fama ni firmó con disqueras por considerarlas “diabólicas” y tuvo mala suerte con las mujeres, aunque ellas inspiraron toda su música. Eventualmente fue diagnosticado con un trastorno bipolar y sufrió terribles delirios de persecución en las calles de Nueva York, intentando evitar entrar en liga con el Diablo. Pasó gran parte de su vida en hospitales siquiátricos, y hoy en día es prácticamente desconocido. Daniel Johnston es, quizás, un ejemplo de lo que puede suceder cuando un músico virtuoso se rehúsa, a pesar de toda insistencia, a tener cualquier cosa que ver con el Diablo.

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 El amor

Antes que nada y primero que todo, este arquetipo simboliza al amor. El cine en este sentido nos ofrece dos polos opuestos, que fluctúan entre la cursilería hollywoodense y el desesperanzador mundo sin amor del denominado por David Bordwell “cine de arte”. En medio de estos dos polos existe un cine con corazón que, de forma realista aunque consciente de ser cine, deambula sonámbulo en lo que representa este gran arcano del tarot. Los Enamorados simbolizan en realidad la lucha entre el amor de lo sagrado y lo profano. Este tipo de cintas brotan sobre todo de filmografías independientes y propuestas audaces como lo son por ejemplo varias películas dirigidas por Hong Sang-soo y Joe Swanberg, que en lugares distintos del mundo (Korea, Estados Unidos) desarrollan una técnica parecida, denominada mumblecore. Este cine no podría existir sin establecer la herencia filmográfica de Éric Rohmer, esencial para discutir el tema en cuestión del tarot. Rohmer, cuya carrera despega al final de la de todos sus compañeros de la nueva ola francesa, inicia filmando seis películas perfectamente planeadas y ejecutadas, parte de un mismo proyecto, Seis cuentos morales, a lo largo de casi una década (1963-1972). Hay que recalcar que primero las escribió narrativamente, tal cual en forma de cuentos.   

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Inspirado en la obra maestra del gran F. W. Murnau, Sunrise (1927), Rohmer transcribe en guiones y visualiza la misma historia, contada de seis maneras diferentes. Un hombre comprometido con una buena mujer es tentado por otra más sensual, para finalmente regresar con su primer compromiso. Puestas en escena de lo más sencillas, donde se privilegian los diálogos ante todo, enfrentando lo que dicen los personajes contra lo que sienten, y a eso nos invita la carta de Los Enamorados, a separar los sentimientos de los pensamientos en cada pequeño instante-detalle que compone la vida. Por eso, la propuesta de Rohmer es básica, construida sobre las aparentemente insignificancias cotidianas que el director nos va demostrando que en realidad componen espiritualmente la existencia, aislando así lo que en realidad acaba importando en mayor medida. Néstor Almendros es el fotógrafo de las cuatro últimas películas y ayuda a llevar la propuesta de Rohmer a dimensiones extraordinarias por medio de la simpleza de la iluminación, guardando un respeto impecable ante las fuentes naturales de luz, y el entendimiento de los conflictos de los personajes por medio de la cámara, sin dejar de ser neutral. Para esta misión Rohmer jamás utilizó música que no proviniera de la escena misma, un tocadiscos en cuadro por ejemplo (la realidad retratada indicaba cómo filmarla). Esa pureza habla de este naipe también, en la manera como se articula el filme. Sallie Nichols comenta sobre las dos mujeres que aparecen en la carta: “Quizás una de ellas atrae más su pasión sexual, mientras que la otra tiene en vilo sus sentimientos secretos y su aspiración espiritual”, esto en relación de las dos mujeres con el hombre.      

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En este sentido no podemos dejar de mencionar a Woody Allen, que a través de su obra no ha dejado de preocuparse por definir a los enamorados. Pero sobre todo hay una película que puede funcionar perfectamente para definir este aspecto de la relación entre el cine y el arcano, desmenuzando lo sagrado de lo profano: Sexo, mentiras y video (Steven Soderbergh, 1989). Graham (un radiante James Spader) es un artista visual que huye de sí mismo, no puede tener relaciones sexuales por algunos intensos problemas de su pasado, es impotente, y se dedica a entrevistar mujeres que le platican sobre su sexualidad, para después poderse masturbar con los videocassettes que graba. Hasta que conoce a Alice (una primorosa Andie MacDowell), quien lo hace verse a sí mismo, como en un espejo pulcro. En la cinta podemos apreciar a Cynthia (Laura San Giacomo) como la mujer que lleva la corona de laureles en la cabeza y que acaricia a Graham en sus partes bajas en la carta del tarot, mientras la otra mujer, su hermana, es Alice, invitándolo a sentir de distintas formas mucho más elevadas, a contactar con su espíritu por medio del amor.          

 

El triángulo de la unanimidad

En su forma gráfica del triángulo amoroso, que gráficamente observamos en el Tarot de Marsella con las dos mujeres y el hombre, en la baraja Rider (Rider-Waite) se aprecia más como triángulo conformado por la pareja debajo del Sol, de la divinidad (Eros), conformando un triángulo ascendente con él. La dualidad de las dos mujeres rodeando al consultante representado en el hombre pasa a ser el hombre enfrentado a la mujer, con el comentario de los arboles detrás de ellos, nuevamente las dos columnas de Salomón. Curiosamente hay una montaña al fondo, entre ellos, como si representara su unión encausada a las alturas.

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Podemos experimentar el triángulo en películas ponderosas desde los inicios poéticos del cinematógrafo como lo es L’Atalante (Jean Vigo, 1934), donde una pareja de recién casados viaja en un barco lleno de gatitos, por un angosto río, en compañía del capitán de la embarcación (Michel Simon), una representación de la divinidad. El triángulo se dibuja, y la trama se adhiere al simbolismo: cuando el novio desconfía de su novia que quiere ir a conocer la ciudad, él sigue navegando. El desencuentro simplemente sirve para que el amor real pueda surgir entre la pareja: la mujer no puede vivir sin su otra parte y regresa, y él la espera más allá de cualquier mímica social.

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Sobre las propiedades del triángulo, Sally Nichols nos recuerda que “para Pitágoras, el triángulo era la primera forma geométrica que simboliza una realidad fundamentalmente humana y conectada con el alma”.

El triángulo amoroso se vive en películas donde las dos mujeres del Tarot de Marsella se intercambian por dos hombres y al centro queda ahora la mujer, es lo mismo pero son los años 60 y esta operación liberadora para los sexos estaba de moda. Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964) como cinta que mezcla géneros cinematográficos experimentalmente para que Anna Karina ayude a dos ladrones a robar su casa, qué más simbolismo puede uno pedir (robar su corazón). En la siguiente escena podemos observar el triángulo de los amantes de forma dinámica, en una escena que ocurre en el museo. Y esto es lo que aporta el cine a los arcanos del tarot, los vuelve movimiento que nos afecta inconscientemente

Por otro lado pero también una película parte de la nueva ola francesa, en Jules y Jim (François Truffaut, 1962), sobre dos amigos enamorados de la misma mujer, en la siguiente escena, de forma muy dinámica, volvemos a ver al arcano viajar intrépidamente en la pantalla, en este caso la de tu ordenador:

Brindando fuerza a la carta del tarot por medio de cuadros inmóviles, cámara petrificada y componiendo áuricamente se encuentra la propuesta del director galés Peter Greenaway, que nos enfrenta con naturalezas muertas en encuadres completamente frontales; casi sucesión de varios tableau vivant. La excepcional fotografía de Sacha Vierny, en Una z y dos ceros (1985), hace que el triángulo tome dimensiones simbólicas con pocos precedentes en el cinematógrafo. El triángulo en este caso esta formado por dos hermanos gemelos que se dedican a la zoología y una mujer que sufre un accidente,  perdiendo su pierna. Al inicio acusan a la mujer del accidente pero poco a poco ambos inician relaciones sexuales con ella, quien, dicho sea de paso, en su accidente también mató a un ganso del zoológico donde ellos trabajan, al igual que a  la esposa de los dos. Hay otra mujer que sostiene relaciones sexuales con ambos: una prostituta que ronda el zoológico, donde los hermanos se dedican casi todo el tiempo a fotografiar time-lapses de animales en descomposición. Así que el triángulo se comienza a distorsionar, formando otras figuras: dos mujeres y dos hombres sería un cuadrado, o dos triángulos pegados en sus bases, el trío y la mujer muerta, que se transforma en la coja, con la prostituta, dando espacio a Eros sin restricciones sociales. Hay que tomar en cuenta que la carta también representa la belleza de las formas; en este sentido, esta película se dedica todo el tiempo que dura a construirlo en la realidad cinematográfica de 24 cuadros por segundo y en time-lapses que contrastan, apoyados de los enervantes violines minimalistas de Michael Nyman.      

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En regiones más oscuras el triángulo distorsionado lo podemos apreciar en películas lésbicas de vampiros; Las hijas de la oscuridad (Harry Kümel, 1971) sería un candidato para la mejor de ellas, aunque varios filmes del siniestro iconoclasta Jean Rollin podrían competir. La condesa húngara milenaria acosa a la pareja de recién casados para que el verdadero amor surja, instigando a la esposa hasta hipnotizarla. Por su parte Rollin, oscuro poeta surrealista de la imagen en movimiento, traza oníricas narrativas por medio de dúos de vampiras (en ocasiones más de uno por película) que andan mordiendo hombres taciturnos.         

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Más tarde el fenómeno lo experimentamos a fondo con Inseparables/Dead Ringers (David Cronenberg, 1988), con los dos gemelos ginecólogos interpretados por Jeremy Irons, y su relación con una paciente, madre, amante y esposa, Claire Niveau (Geneviève Bujold), de trágicas consecuencias antisépticamente góticas.  

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Estas formas son tiradas no afortunadas de la carta, cuando aparece al inverso representa una ruptura, el desorden, la infidelidad, la inmediatez de una elección a realizar. En Relaciones peligrosas (Stephen Frears, 1988) una adaptación de una novela epistolar del siglo XVIII sirve para que John Malkovich y Glenn Close den la mejor de sus actuaciones, en una tirada invertida de esta carta del tarot, que pide la rectitud del significado real del arcano y sobre todo, uno de sus más poderosos significados: la unanimidad. 

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La marquesa y el vizconde juegan un juego de seducción perverso con terceros, cuando en realidad es la expresión del amor entre ambos que, por excesos de sus tiempos que dieron como resultado una sangrienta revolución, más adelante no es permitido. El tiempo oscuro ensucia la manera de relacionarse y a través de la tirada invertida, por medio del dolor, el amor surge aunque sea demasiado tarde, puesto que la tirada es invertida desde un inicio, pero la unanimidad impera y coloca todo en su lugar; esa es la fuerza de este naipe.     

 

Cupido y Eros: la belleza

Cupido, el ángel de la mitología romana, hijo de Venus y quizás de Marte o tal vez de Mercurio, dios del amor en pareja, que se debe encontrar diferenciándose del deseo. En la carta de Marsella sobre el hombre decidiéndose entre las dos mujeres vuela el ángel Cupido, apuntándole con su flecha de amor puesto que su decisión, como dijera Sally Nichols, ya está tomada y es de los dioses, él solo debe conectarse en su voluntad divina.  

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Tobi, el niño con alas (Antonio Mercero, 1978) es una representación de Cupido en lo obvio; esta cinta fantástica del niño al que le empiezan a crecer alas y causa furor en su sociedad donde el amor es un problema y él un semidios, agente de cambio, es una maldición inaceptable. Al igual que Ricky (François Ozon, 2009), un Cupido material que nace del amor verdadero entre dos seres humanos, un ángel, una bendición difícil de llevar en este mundo cruel.

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Mientras que en lo obtuso, la presencia de Cupido tendría que ver con algún alcahuete cinematográfico o completamente con el azar, simplemente como la situación azarosa que junta a dos amantes. 

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El apartamento (Billy Wilder, 1960) es una genial comedia de las ilógicas reglas sociales que se tienen que romper de una u otra forma para que exista el erotismo del que nace el amor verdadero. C. C. Baxter (Jack Lemmon) se ve forzado a rentar su departamento de soltero a sus jefes laborales para que tengan sus encuentros amatorios, hasta que se enamora de una de esas amantes, Fran Kubelik (Shirley MacLaine). Es el juego de Cupido, insípido de entrada por lo complicado de la situación pero dulce al final, porque la pareja perfecta se ha encontrado y eso es lo importante, lo siguiente son las acciones que tienen que emprender para estar juntos y consumar el amor bajo la presencia de la divinidad, que es en efecto el amor mismo. Y es una operación básicamente idéntica lo que sucede en Breve encuentro (David Lean, 1945), puesto que en su guión, escrito por Noel Coward, existe un personaje que les presta a los personajes la llave de su departamento para que puedan tener sus encuentros amorosos. Justo en ese personaje se inspiró Wilder para escribir El apartamento.

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El doctor Harvey (Trevor Howard) y Laura Jesson (Celia Johnson) deben traicionar el cariño y estabilidad de sus respetables casas para encontrar el amor verdadero, y es que no lo encuentran en su unión en dicho departamento sino en la separación y en la dignificación del hogar más allá de las ataduras que representa en un inicio, no así sino como extensión de la divinidad, de la hegemonía, del balance y del principio de todo lo que tienen, de lo que son en esencia espiritual.      

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La opera prima del infante terrible Leos Carax, Chico conoce chica (1984), sirve para trazar lo que sería el amor expresándose en estos tiempos en apariencia limitados en cuanto a lo sentimental y lo emocional, tiempos absurdos de miseria infinita. El ángel Cupido muestra su herencia compartida: hijo de Mercurio y de Marte a la vez, por ese tono que se halla completamente en lo cinematográfico. Carax, guiándose por los preceptos marcados por la nueva ola francesa, conjugando un ecléctico estilo mercuriano pero haciéndolo agresivamente con ese ferviente deseo que se gesta inmediatamente en Alex (Denis Lavant) hacia Mireille (Mireille Perrier), un deseo que va más allá de lo real y se expresa violentamente, compulsivamente y que en Los amantes de Puente Nuevo (Leos Carax, 1991) tendrá su resolución. Un amor hostil, marciano, por parte de Alex casi de aproximación militar (marcial), como con el uso de un arco. Cupido tiene alas pero ataca con su arco a los enamorados, cambiando su mundo para siempre.

Me llama la atención que la nueva ola del cine francés tenga una relación tan sselación tan siaosden a un hombre. io de duos ólida con esta carta, pero es lógico proviniendo de sus autores; es su gran amor al cine, que no tiene rival. Aprendieron cine mirándolo hasta el cansancio, escribiendo de él en Cahiers du Cinéma (criticándolo), sintiendo reverencia, respeto y admiración primero ante su maestro André Bazin, y luego por los grandes maestros del cine que admiraban conjuntamente. El cine para ellos era un templo de una religión que pudiera ser la del amor, por lo menos en su obra temprana.    

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Fuentes

Mayer, H. Cómo predecir el futuro con el Tarot.

Nichols, S. Jung y el Tarot.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

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