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Los orígenes vudú del blues: la presencia del Diablo en la historia de la música

Arte

Por: Mateo García Elizondo - 07/07/2015

Pactos con el Diablo, dinero, fama, locura, carisma, mujeres bonitas, música capaz de poseer a las masas en un trance, y drogas que representan las más altas cúspides del placer así como los vórtices más profundos hacia la destrucción.

Imagen de: http://www.guioteca.com/fenomenos-paranormales/la-aterradora-historia-de-robert-johnson-el-famoso-guitarrista-que-se-volvio-talentoso-por-un-pacto-con-el-diablo/

Creo en Dios y creo en el Diablo.

Definitivamente hay un Diablo, y conoce mi nombre.

                                                                              Daniel Johnston (1961-), músico y cantautor

 

Existe una leyenda recurrente sobre un hombre que, como Fausto, hace un trato con el Diablo a cambio de conocimiento. En esta leyenda en particular, el trato sucede en un cruce de caminos en el cual un hombre intercambia su alma por talento musical, y nadie es mejor exponente de esta leyenda que el mismísimo Robert Johnson, nacido “probablemente” en Hazlehurst, Mississippi, el 11 de mayo de 1911, legendario bluesero pionero del Mississippi Delta que, se dice, vendió su alma al Diablo en un cruce de caminos y obtuvo su talento prodigioso para el blues u obtuvo, según algunos “el blues mismo”.

Su memoria eidética, que le permitía tocar, al igual que Mozart, cualquier canción tras haberla escuchado sólo una vez, su inteligencia e innovación musical son legendarias, y el pacto con el Diablo es la explicación más cuerda que se les ha podida dar hasta ahora. En la canción “Crossroad Blues”, Johnson cuenta que durante un viaje fue a pedirle ayuda a Dios, y como no la encontró, el Diablo se le presentó en un cruce de caminos y le enseño el blues. Aquí se nota un tema subyacente en el cual Johnson, desilusionado por el cristianismo, encuentra en la música y la soledad del cruce de caminos una conexión con sus orígenes ancestrales.

El vudú tiene su origen en las religiones animistas de África del oeste, que llegan a América con la ola de esclavos que se instalan en Estados Unidos a partir de 1809, en particular en el Mississippi Delta, donde se origina el blues a partir de los años 1920-30. Entre ellos, llega Marie Laveau a Baton Rouge, Nueva Orleans, en 1820. La suma sacerdotisa se presentaba a todas las ceremonias con una serpiente pitón llamada Zombi, como lo hizo Britney Spears en los MTV Music Awards 2001, probando que la tradición vudú en la música sigue intacta, aunque no siempre nos demos cuenta de ello.

Las religiones africanas tienen como ejes centrales la música de tambor y bailar para entrar en trance y ser poseído o “montado” (“ride”, como a un caballo) por un Dios. La cantante y escritora Debra Devi habla de esto en su libro The Language of Blues, from Alcorub to Zuzu, y explica que este fenómeno se convirtió en el soul y gospel en las iglesias bautistas afroamericanas, donde la “posesión” por el Espíritu Santo, en particular a través de la música, es una práctica común. Incluso sugiere que la expresión en inglés “Right on” viene de la jerga afroamericana y significa en realidad “Ride on (Jesus)”, es decir, es una exhortación para que el Espíritu Santo siga poseyendo a una persona. La posesión se volvió un estándar en la música rock, donde figuras como Jim Morrisson, Johnny Rotten, Jerry Lee Lewis y Janis Joplin se dejaban “poseer” por el espíritu de la música en el escenario.

En religión vudú, Legba --para los fon de Dahomey-- y Eshu -para los yoruba de Nigeria-- es un intermediario entre dioses y hombres que vive en los cruces de caminos. Legba-Eshu es un “trickster” o “pícaro divino”, un espíritu travieso e impredecible, cualidades que probablemente causaron la desconfianza y contribuyeron a su asociación con el Diablo por parte de los cristianos. Los dioses vudú son la personificación misma de los conceptos de “cool”  y de “soul”. El blues, y por lo subsecuente el rock & roll se vuelven “música del Diablo”, y en ella se habla con frecuencia del hoodoo, el vudú, el amor y el Diablo.

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Las prácticas de brujería vudú fueron luego americanizadas y se vuelven el “hoodoo”, folclor originario del Nuevo Continente, ampliamente practicado en América del Norte a principios del siglo XX. Se trata de una colección de cuentos, medicina herbolaria y practicas mágicas derivadas del sincretismo entre nativo-americanos, afroamericanos y europeos. Se publican libros como Secrets of the Psalms y The book of Secrets of Albertus Magnus, que ayudan a popularizarlo. El concepto del “mojo”, la “track magic”, brujería que se disponía en el lugar donde la víctima iba a caminar o poner los pies y se resuelve poniendo peniques de cobre en los zapatos, todos estos conceptos salieron del folclor del hoodoo, que era especialmente popular en Baton Rouge, Nueva Orleans. Todos los blueseros de la zona estaban familiarizados con sus prácticas y las mencionan en su música. Canciones de Johnson como “Me and the Devil Blues”, “Cross Road Blues” --de donde origina la historia del pacto con el Diablo-- y “Stones in my passway” describen el mundo del hoodoo con detalle.

La vida de Johnson fue tumultuosa: antes de empezar a tocar la guitarra se casó con una jovencita, Virginia Travis, que murió dando a luz con solo 16 años. Se cuenta que Robert Johnson no era muy bueno con la música. Había tocado un poco de armónica, pero era malo. Dice su amigo, el bluesero Son House: “¡Que ruidero hacia! La gente se enojaba. Venían y me decían: ‘¿Por qué no le quitas la guitarra a ese muchacho? Nos está volviendo locos’”. Después de la muerte de su esposa Johnson decide irse a recorrer el Delta del Mississippi para tocar en tabernas y burdeles, época durante la cual vivió una vida de disolución, bebiendo y apostando, y sostuvo una relación con una mujer mayor que él, Caletta “Callie” Craft, con la que se casó en secreto en 1931. Al regresar a su hogar en Robinsonville, no solo parecía haber adquirido un talento incomparable para la guitarra, sino un carisma irresistible también. Se rumora que el pacto con el Diablo sucedió durante esa ausencia para recorrer el Delta del Mississippi.

Cuenta Son House que él estuvo presente cuando sucedió el pacto en la esquina de Hwy 1 y Hwy 8, en Rosedale, Mississippi, como lo dice la canción, a pesar de que la leyenda decía que el cruce original era el de Hwy 61 y Hwy 49 en Clarksdale, que hoy en día se ha convertido en un lugar de peregrinaje donde la gente rinde culto a este evento místico y musical. Algunos sugieren que tiene más sentido que haya sido en Rosedale, por su proximidad al río, ya que según el folclor hoodoo el Diablo necesita estar cerca de un río para aparecerse. Según otras historias del folclor local, Johnson viajaba hacia Helena y pasaba por Beulah y se le apareció el Diablo con un perro negro, quien le vendió el blues por el precio de su alma.

El mismo Robert Johnson nunca dijo haber hecho este pacto. La historia es de su mentor, Ike Zimmerman, y de su amigo Son House. Sin embargo, antes incluso de Robert Johnson, ya se hablaba de la leyenda de intercambiar el alma con el Diablo a cambio de talento en el blues. El Reverendo LeDell Johnson contaba de su hermano Tommy, que se había ido de la casa un día y había regresado siendo un prodigio del blues. Según el mismo Tommy Johnson (1896-1956), otro famoso bluesero, sin ninguna relación familiar con Robert Johnson:

Si quieres aprender a tocar la guitarra, o cualquier instrumento, vas a un cruce de caminos. Llegas un poco antes de las 12 de la noche, para estar seguro de que estarás a tiempo. Tomas tu guitarra y te quedas ahí tocando una canción, tú solo. Ahí se te va a aparecer un hombre negro y alto, va a tomar tu guitarra y la va a afinar. Luego va a tocar una canción, y te la va a regresar. Y así fue como yo aprendí a tocar todo lo que yo quisiera.

El Reverendo Gary Fox cuenta otras versiones de este mito, en las que hay que llevar consigo tierra de cementerio y el Diablo se puede presentar en muchas formas, como un perro, caballo o gallina negra, pero después de pasar enfrente de la persona que quiere aprender a tocar, si esa persona no sale corriendo, después podrá tocar cualquier canción, pues le habrá vendido su alma al Diablo.

La carrera de Robert despegó, muchos discípulos se acercaron a él y los otros músicos lo veían con una mezcla de envidia y admiración. Fue parte del movimiento fundador del Delta Blues junto con Charley Patton, Skip James y Son House. Grabó muy poco y las pocas grabaciones que hizo fueron hechas a una velocidad inusual en la pista, lo que las hace sonar a un tono diferente que el original. Esta cualidad y el hecho de que la voz de Johnson ya no puede ser escuchada en su tono original, son consideradas parte del mito sobrenatural que rodea al prodigio Robert Johnson.  

Los mismos rumores corrían sobre Niccolo Paganini y su talento para el violín, y lo mismo también se decía de Francisco, “el hombre en las costas del Caribe”, un prodigioso vallenatero que según las versiones ya sea vende su alma, ya sea vence en un duelo de acordeón al mismísimo Lucifer en un cruce de caminos. Es curioso que en estas regiones de América del Sur la migración de esclavos africanos y la cultura afrocaribeña que sobrevino después es muy similar al patrón del Delta del Mississippi. En esta zona, sin embargo, la migración dio nacimiento a la cumbia, otra forma de música con orígenes en las danzas de cortejo de África del oeste.

La música siempre ha sido considerada un túnel entre el mundo de los hombres y el de los cielos. El primer instrumento de música, el tambor, muy preciado en las sociedades africanas, se toca a una frecuencia que induce el trance y puede haber sido inventado como un implemento chamánico, destinado a aquellos con la habilidad de entrar en contacto con dioses y espíritus.

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Se rumora que otro notorio bluesero, Howlin’ Wolf, se había ganado el apodo por su costumbre de tocar la guitarra y aullar solo en los cementerios, bajo la luna, aunque él mismo explicaba que esto no tenía nada que ver con vudú o el Diablo, solo que los cementerios eran simple y sencillamente el lugar más callado y tranquilo para poder tocar y practicar el “shouting blues”, que podría fácilmente haber sido confundido con los aullidos de un howling wolf.

Otros músicos que utilizaron simbología y temáticas vudú en sus canciones fueron, por ejemplo, John Lee Hooker en “Crawling King Snake”, que se refiere a la deidad vudú en forma de serpiente llamada Damballa, que representa al creador primordial del mundo. También Screamin’ Jay Hawkins, que escribe “I put a spell on you”, más tarde popularizada por Creedence, que contiene la obvia temática vudú del embrujo. En su versión original, Hawkins la canta gritando, influenciando a Alice Cooper y Marylin Manson. Él y Joe Turner ponen de moda el “shouting blues”, que retoman Muddy Waters (“Got my Mojo Working”) y T-Bone Walker, y que más tarde influencia a Hendrix y a los Rolling Stones. Hendrix incluso se refería a sí mismo como un “voodoo child”, y se dice que durante una época de su vida estuvo obsesionado con ir a ver a una bruja del Delta para que le quitara una brujería. Por su parte, también se rumora que Robert Plant guarda un frasco de tierra proveniente del cruce de caminos de Johnson.

Robert Johnson murió en circunstancias misteriosas en 1938 a la edad de 27 años, al igual que otros integrantes del grupo de los músicos “malditos” como Joplin, Morrison, Hendrix y Cobain. Estaba tocando en el Three Forks Juke en Greenwood, Mississippi, le ofrecieron un trago y hubo una pelea: él tumbó la botella y declaró que “nunca bebía de una botella abierta, porque no sabía lo que le habían puesto”. Le ofrecieron otra botella y esta vez la aceptó. Esa noche no pudo cantar, se enfermó y estuvo varios días vomitando y delirante. Murió poco después, a pesar de recibir todos los cuidados posibles. Hubo muchas conjeturas de que había sido envenenado o víctima de brujería. Se dijo también que el Diablo había simplemente regresado a cobrar lo que le era debido. Sin embargo, su amplio repertorio sobrevivió el paso del tiempo, y ha sido retomado por músicos de talla mundial como Led Zeppelin (“Traveling Riverside Blues”), los Rolling Stones (“Love in Vain”), Cream (“Crossroads”) y los White Stripes (“Stop Breaking Down”). La célebre canción “Sweet Home Chicago”, que han tocado tanto Clapton como B. B. King y los Blues Brothers, también fue compuesta por él, y es quizás su obra más conocida.

Muchos otros músicos legendarios sufrieron un destino similar al de Johnson. ¿Sería posible que el Diablo rondara alrededor de ellos también? El también prodigioso músico y cantautor Daniel Johnston (no confundir con Robert ni con Tommy Johnson, pues todos son de familias diferentes) ha pasado, por su lado, la mayor parte de su vida en una lucha feroz con Dios y el Diablo, y su fascinante historia se puede ver en el documental The Devil and Daniel Johnston. A pesar de ser un virtuoso reconocido por Nirvana y Sonic Youth y de coquetear con el éxito toda su vida, Daniel Johnston nunca conoció la fama ni firmó con disqueras por considerarlas “diabólicas” y tuvo mala suerte con las mujeres, aunque ellas inspiraron toda su música. Eventualmente fue diagnosticado con un trastorno bipolar y sufrió terribles delirios de persecución en las calles de Nueva York, intentando evitar entrar en liga con el Diablo. Pasó gran parte de su vida en hospitales siquiátricos, y hoy en día es prácticamente desconocido. Daniel Johnston es, quizás, un ejemplo de lo que puede suceder cuando un músico virtuoso se rehúsa, a pesar de toda insistencia, a tener cualquier cosa que ver con el Diablo.

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Mientras yo era chico mi familia se mudó unas dos o tres veces; mi mayor recuerdo de aquellas transiciones estresantes son cajas. Pilas de cajas, unas arriba de otras, amontonadas, apiladas. Cajas de libros, cajas de CDs y cassettes, cajas de VHSs. Tesoros en una época en la que acercarse al conocimiento era algo mucho más dificultoso; la discografía de Pink Floyd no estaba a un torrent o una lista de Spotify de distancia. Una biblioteca personal, por aquel entonces, era una ventana física a la intelectualidad de un ser humano con ambiciones e interés variados; poseía un valor inigualable y mis padres habrían preferido que se perdiese un electrodoméstico mucho más costoso que algunos volúmenes repletos de notas en las que no había control + z posible. Esas posesiones no tenían valor, porque eran parte de ellos mismos; históricamente, y especialmente a partir del capitalismo y el consumismo fascista, el hombre se ha identificado con sus logros y posesiones: son parte de él, emociones y pensamientos exteriorizados. Manteniendo viva la tradición, cuando me fui a vivir con mi novia probablemente hayamos gastado más en la biblioteca que en el resto de los muebles: una estructura minimalista y asimétrica en la que William Gibson, Jack Kerouac, Stephen King y James Joyce, entre muchos otros, parecen brillar por una luz propia aunque no hay ningún dispositivo LED cerca.

La decisión de gastar en una biblioteca que es el centro del living de nuestro hogar dice tanto de mí como ser humano (es decir, como un mamífero consumidor de productos) como los libros que contiene --pero algo cambió y tengo ahora más libros en mi Kindle que en mi biblioteca. Lo digital y lo analógico se entrecruzan hasta el infinito en un universo transmedial, no es mi objetivo hablar sobre cómo una tecnología nueva complementa a una antigua en lugar de reemplazarla. Lo que me interesa es el desplazamiento de las identificaciones, desde lo material a lo digital: el mismo proceso se sigue dando, solo que no nos importan tanto sus manifestaciones exteriores. He comprado un número importante de libros en la tienda de Amazon, pero he descargado otros tantos. Los adquiridos de manera oficial están vinculados de manera automática con mi cuenta de Amazon; los otros, los tengo backupeados en Dropbox. No me interesa todavía cambiar mi dispositivo manchado y con cicatrices, pero no importa lo que le pase: los libros, las notas que he hecho, están en la nube. El lector de libros electrónicos probablemente sea mi dispositivo favorito y de verdad lo aprecio, pero el destino de mi identificación es como mínimo ambiguo.

De igual manera, el cassette del acústico de Nirvana que compré a los 12 años, o la copia (¿pirata?) que heredé de Meddle; los VHSs que había copiado (esta vez no agrego signos de pregunta) luego de alquilar indiscriminadamente en videoclubs de barrio y especializados en cine de autor y entretenimiento bizarro, eran manifestaciones concretas de mi propio ser. Objetos religiosos, tótems. Ahora, mis gustos musicales se traducen en un conjunto incoherente de listas de Spotify; pago mensualmente para poder seguir siendo yo mismo y si algo le ocurre al CEO de Spotify o si Mark Zuckerberg se despierta con el pie izquierdo una mañana, mi propio ser se verá modificado de una manera profunda (siempre podré recurrir a un torrent y le tendré que quitar el polvo a mi disco externo, aunque la mera posibilidad me criminaliza). La manía de la posesión ha recibido una serie de ataques fuertísimos; sobrevivirá en cierto modo bajo el ala de los coleccionistas y algunos fanáticos de lo vintage, pero para poder ver Star Trek, una serie que ha participado de manera profunda en mi proceso de individuación, no solo debo pagar Netflix de manera religiosa (no hay cuenta gratuita posible) sino que dependo de los contratos complejos y ridículos entre la empresa y las productoras. De hecho, cuando comencé a escribir este artículo iba por la tercera y última temporada de Star Trek, pero el archivo quedó perdido en una carpeta extraña de mi cuenta de Dropbox; hace unas semanas quise continuar viendo los viajes del Enterprise, pero Star Trek ya no está disponible. No figuran los episodios que vi, ni los comentarios de otros usuarios, ni mi calificación de cinco estrellas.

Así el yo se extiende ante formas que en un principio parecen completamente ajenas a él; todas las técnicas de liberación espiritual podrían resumirse en un deshacer, en un desandar del proceso de construcción mediante el cual dejamos de identificarnos, progresivamente, con aquello que no es esencial hasta que descubrimos que el propio yo es una posesión completamente innecesaria que debemos soltar: la personalidad como posesión. Una posesión que, probablemente, carezca de valor. Estos complementos son Horrorcruxes, fragmentos nuestros que nos representan y en los que nos reconocemos; afuera, pero adentro, símbolos y parte del propio ser. Porque siempre existe un objeto físico que actuaba de intermediario, una corporización de esa identificación, un tótem. En el caso del conocimiento una biblioteca, una tarjeta de crédito para el éxito económico, un título universitario: el papel, un papel común y ordinario dotado de poder por un sello y una firma; no importa que los conocimientos adquiridos a lo largo de una vida sean inmateriales (y parte de un yo igual de inmaterial), esta asimilación se lleva a cabo mediante los libros físicos. De igual modo, aunque el mismo dinero sea un concepto abstracto, el papel y el plástico son emblemas, proxies de identificación.

A pesar de su naturaleza abstracta, elegíamos objetos físicos para extender nuestro propio cuerpo; y esto es lo que está cambiando, al ir desapareciendo esos vínculos corporales. Dispositivos tecnológicos como teléfonos y tablets cumplen ese rol; aunque sean reemplazados de manera prácticamente anual en muchos casos debido a la obsolescencia programada, la relación persiste. Ocurre que esa misma relación entre el hombre y el hardware tiene otro mediador, la corporación. La profunda relación que existe entre un ser humano y una marca hacen que la pieza de software y hardware que tenemos en el bolsillo sean a su vez una extensión de la marca, un concepto abstracto y a fines prácticos divino, que se manifiesta en nuestros bolsillos como una sacristía. El hardware también pierde corporalidad, ya que nos identificamos más con el Hacedor de Teléfonos que con el teléfono en sí; podemos cambiar el hardware, al que apenas reconocemos como tal, pues se trata de otro producto de una marca en la que depositamos ciegamente nuestra confianza. Del mismo modo nos relacionamos con objetos religiosos tradicionales como crucifijos, pero en este momento todos los objetos que nos rodean, mucho de los cuales forman parte de nuestra propia identidad, o participan de ella, realizan este juego de manos, pasaje de responsabilidades que se encadenan hasta que se abstraen por completo.

El campo de las identificaciones se aleja así de lo corpóreo, radicándose de manera casi permanente en lo astral. El tótem mismo deja de ser físico para pasar a ser un servicio de streaming o un perfil, un universo compuesto por una o dos imágenes y una pequeña biografía. No tenemos el más mínimo control sobre ese perfil, su alojamiento y funcionamiento nos exceden por completo; aun así poseen un poder inmenso y residen también en nuestros corazones. No importa dónde se encuentren los servidores físicos que responden a los pedidos de los navegadores web, esos objetos prácticamente físicos se encuentran ligados también a nuestro propio destino. El perfil y la lista de reproducción son símbolos de nosotros mismos a través de los cuales nos relacionamos con el mundo; nos relacionamos mediante tótems, con otros tótems --etéricos, todos. Imaginen un final alternativo de Harry Potter: contratan a un hacker (nunca muggle) para rastrear un Horrorcrux digital de Voldemort, perdido en la vastedad del Internet. Habrá cajas cuando me vuelva a mudar --llevaré conmigo libros, CDs y DVDs. Guardaré también en cajas recuerdos, objetos de enorme valor sentimental. Aunque no el mismo de mi biblioteca de iPhoto. No me encuentro tanto en ellos como en la serie de canciones que uní para crear una lista de reproducción en Spotify. Esa lista cualquiera es una síntesis de mis intereses, de mi infancia, de mi educación, de todo aquello que soy y las maneras en que me relaciono con los demás. Toda mi existencia se sintetiza en ese objeto digital y termino siendo un símbolo de ella, me convierto en tótem.

 

Twitter del autor: @ferostabio